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Testamento y vida familiar en el Nuevo Reino de Granada (siglo
XVIII)
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PABLO RODRÍGUEZ
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Profesor del
Departamento de Historia. Universidad Nacional de Colombia
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Trabajo fotográfico:
Patricia Londoño Vega y Ernesto Monsalve
En el marco de una
investigación que desde hace algunos años realizo sobre la vida de las familias urbanas
en el Nuevo Reino de Granada, he venido descubriendo el inmenso potencial que los
testamentos de hombres y mujeres ofrecen para el conocimiento de sus actitudes ante la
vida y la muerte, para entrever sus sentimientos y para captar el universo doméstico de
la gente del pasado. Considerando el interés surgido entre estudiantes, académicos e
intelectuales por el estudio de la vida cotidiana y la vida privada, he encontrado
oportuno hacer algunos comentarios sobre las características de este peculiar documento y
sus bondades para el análisis histórico. Comentarios que, quizá, puedan animar y
orientar el curso de algunas investigaciones futuras.
Debería iniciarlos
considerando que tal vez no exista otro documento, aparte de los procesos inquisitoriales,
que se haya colocado en el corazón mismo de la historia de las mentalidades como los
registros testamentales. ¿Fueron acaso Johan Huizinga, con su inolvidable El otoño de
la Edad Media, y Bernard Grothyssen, con La formación de la conciencia burguesa en
Francia, los que primero nos revelaron el alcance de estas confesiones póstumas?
Es cierto que la historia
académica tradicional exaltaba el valor de los testamentos, pero en la práctica hacía
una utilización muy precaria de su rico contenido. Simplemente le servían como apoyo
para confirmar fechas de nacimiento o de muerte de figuras notables, o también para
construir el entramado de una genealogía nobiliaria. La floreciente historia social en
los años sesenta y setenta vislumbró en la documentación testamentaria una excelente
ayuda para descifrar las armazones del poder, fundamentalmente del económico. Sin
embargo, fueron los monumentales estudios de Pierre Chaunu, Michel Vovelle y Philippe Aris
sobre los cambios en la actitud ante la muerte, la laicización de la vida y la economía
de las devociones religiosas, los que verdaderamente revolucionaron el análisis del
contenido de los fondos testamentarios. Decenas de miles de testamentos de las provincias
meridionales francesas fueron escudriñados por estos investigadores y sus estudiantes
para construir las más inteligentes teorías sobre los cambios en el espíritu del hombre
contemporáneo. Más cerca de nosotros, y recientemente, el panameño Alfredo Figueroa
Navarro efectuó, en condiciones heroicas, el estudio de dos mil testamentos de las
ciudades y pequeños pueblos de su país. Figueroa Navarro, animado por las revelaciones
de los maestros franceses, quiso observar los cambios de actitudes y de sentimientos
piadosos de los panameños a lo largo del siglo XIX1.
Pero, ¿qué hace del
testamento un documento tan excepcional? ¿Qué encuentran en él los historiadores que
tanto lo aprestigia? Probablemente que, desde su origen y en su contenido mismo, el acto
de testar era un acto tanto jurídico como espiritual. Quien testaba hacía registro de su
mundo material, de sus asuntos paganos, a la vez que hacía confesión de fe, de creencia
y de devoción. Este doble contenido de los testamentos los convirtió en un documento
solemne. Como solemnes eran el acto y la atmósfera de redacción de un testamento. Bien
podían ser copiados en forma apresurada por un escribano junto al lecho de un enfermo,
bien podían ser dictados de manera más ceremonial en el gabinete de un escribano o
podían ser redactados en la intimidad de la alcoba, a la luz de un candil y cuando todos
dormían.
Más significativo aún
resulta el hecho de que los testamentos eran el compendio de una existencia. Eran el
resumen entrecortado de una vida. Un testamento entrelazaba el pasado, el presente y el
futuro. En cierto sentido, envolvían la vida y la muerte. El testador nombraba sus
progenitores y consignaba su origen y vecindario. Hablaba de su matrimonio o, mejor, de
sus matrimonios. No olvidaba a los suegros ni los bienes que había recibido en dote y los
que había introducido al matrimonio. Sabía muy bien de sus épocas de infortunio y de
las de bonanza. Recordaba a quienes le habían socorrido y a quienes le habían
abandonado. Quería que al morir se le guardara memoria, bien con unas velas encendidas al
santo de su devoción, con una misa el día de su onomástico, con el auxilio a los
estudios de algún estudiante pobre o, con suerte, con el recuerdo agradecido de parientes
beneficiados con una porción de su herencia.
Así mismo, los
testamentos parecerían situarse en un lugar distinto de la mayoría de los textos
escritos coloniales. Obedeciendo a su propia lógica y probablemente al estado emotivo en
que eran redactados, los testamentos no separaban los asuntos privados de los públicos.
El individuo se sabía parte de una comunidad, fuera familia, cofradía o vecindario. El
orgullo de los títulos y de los cargos obtenidos a lo largo de su vida no eran
contradictorios con los menudos asuntos de la familia y del espíritu. No obstante, la
fuerza principal de los testamentos parecería provenir del dominio de "lo
personal" y "lo doméstico". No olvidemos que todo testamento comenzaba con
una declaración de fe y de creencia en la vida después de la muerte, continuaba con un
reconocimiento de un cuerpo enfermo o envejecido, e iniciaba los preparativos para la
muerte. A la declaración personal de fe le seguía la manifestación de devoción por una
santidad, los ordenamientos del entierro, el encargo de misas por el alma y la asignación
de partidas de dinero para pobres e instituciones de caridad.
A la vez, los testamentos
eran un verdadero inventario del mundo doméstico personal y familiar 2. El
testamento nombraba al cónyuge y los hijos, pero también a los que acompañaban:
entenados, sirvientes y esclavos. La casa y todos sus enseres eran descritos en detalle.
La precisión con que se nombraba cada prenda de vestir nos recuerda su valor y aprecio.
La distribución de estos bienes y mil anécdotas que se incorporaban en su redacción,
hacen de los testamentos documentos ricos en lo que mi amigo Sergio Ortega gusta llamar
"información residual". Estas anécdotas no son regulares, no son
sistemáticas, pero cuando surgen a los ojos del lector-historiador, éste debe tomarlas
con la alegría y la delicadeza de un arqueólogo.
El testamento, se ha
dicho también, era la última oportunidad que tenía un individuo de limpiar su
conciencia y morir en paz. Ello hacía que en muchos casos quien testaba confesara lo
inconfesable, nombrara lo que había guardado en silencio o había preferido no nombrar.
En un caso, la tunjana María Rosa Pulgarín confiesa haber guardado 2.000 pesos que
había robado un prelado; en otro, el caleño don Agustín Príncipe Quintero admitía
haber timado a no menos de cuatro vecinos que le confiaron sus capitales y, con un clamor
angustiado y en la absoluta miseria, les pedía que le perdonasen por el bien de su alma;
y, finalmente, en cuántos casos hombres y mujeres reconocen a sus hijos naturales 3.
Otros, en cambio, aun en el momento de la muerte guardaban cierto recato y preferían
dejar encargos a personas de confianza. Estas personas quedaban libres de la obligación
de publicar a las autoridades y a los familiares lo encomendado.
En este sentido, hacer un
testamento debía ser un acto liberador. En una sociedad tan barroquizada como la
colonial, era difícil que se dieran expresiones de sincero afecto hacia los parientes,
amigos o sirvientes. En el campo familiar, no digamos ya hacia el cónyuge, sino hacia un
hermano, un padre, legítimo o adoptivo, un yerno o un tío. Así mismo, sirvientes y
esclavos recibían en el último momento la palabra de gratitud y de cariño que en vida
parecía imposible de poderse pronunciar. Expresiones como "voluntad",
"afecto", "amor", "cariño", no debían ser simples
formalidades de última hora, sino auténticos sentimientos.
Tal vez, conviene
considerar también que el hábito de testar no era exclusivo de la gente cargada de
bienes y de prosapia en las ciudades neogranadinas. Considerarlo así sería olvidar la
motivación espiritual del acto testamental. Gente sencilla y modesta, aun aquellos que se
reconocían como "pobres de toda solemnidad", se esmeraban en hacer sus
testamentos. En un Libro de Escribanos de Cali, por ejemplo, al lado del testamento de una
viuda hacendada podía estar el de una mulata pulpera. En suma, los testamentos eran
documentos elaborados por hombres y mujeres, ricos y pobres, laicos y religiosos, viejos y
jóvenes, y no exclusivamente, como acostumbra juzgarse, por la gente de las élites.
Condición que realza aún más la importancia de estos excepcionales documentos.
Ahora bien: los
testamentos neogranadinos del siglo XVIII no se diferencian sustancialmente de los de
otros países hispanoamericanos. Aunque, observados en detalle, sí parecerían existir
sutiles diferencias en los testamentos de las distintas ciudades del Nuevo Reino. Por
ejemplo, los testamentos de las aldeas cercanas a Tunja (Paipa, Somondoco, Chivatá,
Pesca, Ramiriquí y Turmequé) guardan una frescura sin igual. No sólo son menos
formales, sino que la escritura denota cierta rudeza y los hechos, personajes, asuntos e
imágenes campesinas son representados en forma directa. Con facilidad, por ejemplo, un
vecino de Pesca o Turmequé podía no iniciar su testamento con la fórmula convencional
de In Nomine Dei (En Nombre de Dios), sino "Por el Padre, por la Virgen y por el
Espíritu Santo". En su lugar, los testamentos tunjanos son más ricos en elementos
de un sistema nobiliario, fuertemente estratificado y complejo en los rituales de sus
distintas subsociedades religiosas. En Cali, los testamentos son directos informantes del
desgarramiento del sistema esclavista y de la emergencia de los grupos de montañeses y
pardos. Los vecinos de los barrios San Nicolás y Santa Rosa hacen en sus testamentos una
alegoría de una libertad recién conquistada.
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Monja
carmelita descalza (tomado de: Obispado Trujillo, anónimo, Perú)
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Finalmente, la
sobriedad de los testamentos de Medellín llega a ser desconcertante. Resultado, tal vez,
de la difusión de los hábitos mercantiles en su sociedad, los medellinenses se mostraban
reacios a divulgar sus inventarios y a comentar los hechos familiares más allá de lo
estrictamente necesario. Para sus bienes preferían llevar uno o varios libros de apuntes
que siempre guardaban en las gavetas de sus escritorios, y para sus sentimientos cierto
catolicismo estoico les limitaba sus confesiones. Con todo, había testamentos
excepcionales en los que la calidez y los avatares de la vida se imponían sobre las
convenciones familiares y sociales.
Probablemente no exista
otro documento, como los testamentos, que registre tan bien la piedad y la devoción
religiosa de los neogranadinos 4.
Era habitual que todo individuo deseara ser enterrado en alguna de las capillas de la
iglesia parroquial de su ciudad. El hábito de San Francisco que se pedía por mortaja era
demostración de austeridad y renunciación. No obstante, había algunos, como el maestro
don Tomás Ruiz de Salinas, que preferían una casulla, u otros que solicitaban el hábito
de su cofradía. En el extremo de los renunciamientos estaban los que se negaban a los
trajes de lienzo y a que se les enterrara en un ataúd.
Para la segunda mitad del
siglo XVIII distintas órdenes se habían asentado en las ciudades, así que las
devociones se diversificaron. En Tunja, por ejemplo, además de la iglesia de San
Agustín, las capillas de Santo Domingo, San Juan de Dios y Las Nieves atrajeron a los
vecinos. La Orden Tercera, congregaciones de beatas y múltiples cofradías congregaron la
piedad y devoción de gente de distinta condición étnica y social. Entre estas últimas
sobresalían las del Señor Sacramentado, la del Clero y la de Las ánimas. Así mismo, en
Cali, a la par de la iglesia de San Francisco surgieron las capillas de San Agustín, Las
Mercedes y Santo Domingo. En Medellín, a su vez, las capillas de la Veracruz y San Benito
reunieron a la creciente feligresía de la ciudad que no encontraba "asiento y
lugar" en la iglesia mayor.
Por otro lado, resulta
interesante encontrar, en la circunstancia actual de los estudios colombianos, cuando la
jerarquía eclesiástica mantiene vedados sus archivos a los historiadores, que los
testamentos son una magnífica ventana para advertir los caminos del espíritu del siglo
XVIII. Un hecho que me ha llamado la atención de manera especial es la predilección de
las familias medellinenses por enviar a sus hijas a los conventos de Santa Clara y Las
Mercedes de Tunja y Villa de Leyva. Otro convento, un poco más distante, al que también
iban estas doncellas era al de las carmelitas en Cartagena de Indias. Las caleñas, por su
parte, preferían los conventos de aquí de Santafé de Bogotá. Los testamentos también
describen la economía de capellanías, dotes, matrículas y sostenimientos de las
religiosas en estos conventos. Un poco de manera más anecdótica, los testamentos
comentan las peripecias para el traslado de una de estas doncellas a su convento, lo cual
suponía conformar una comitiva que le acompañase y cuidase durante las cuatro o seis
semanas que duraba el peligroso viaje. Resta decir que muchas de las monjas que partían a
otras ciudades no volvían a ver a sus familiares, y sólo eventualmente recibían alguna
misiva o un saludo con algún viajero 5.
El testamento, es cierto,
en muchos casos no provee de una información sistemática, cuantificable. Pero, ¡ay!,
con qué fuerza nos señala fenómenos cruciales del pasado. Uno de éstos, la mortalidad
infantil, permite un comentario aparte. El hecho era tan grave, que tres de cada cuatro
madres perdían uno o varios hijos antes que cumplieran un año. En ocasiones, madre e
hijo sucumbían en el parto. La fatalidad de la muerte infantil era más dramática entre
los sectores pobres de mestizos y mulatos, aunque no era exclusiva de éstos. Mujeres que
tuvieron seis hijos confesaban haber perdido tres o cuatro cuando éstos aún eran bebés.
La memoria de los padres sobre estos niños muchas veces es difusa y simplemente se
refieren a ellos como "los que murieron en menoría", "otros que murieron
en menor edad", "los que fallecieron en su tierna edad", "los que
murieron siendo párvulos" o "los que fallecieron en la puericia". Otros
mantenían una memoria viva de estos niños, recordaban con precisión sus nombres y su
corta vida. Por ejemplo, en Tunja el doctor don Nicolás de Tovar recordaba en su
testamento que en su primer matrimonio había perdido "un niño que murió de edad de
veinticuatro horas"; don Juan José Vela perdió una niña a la que bautizó con el
nombre de María Juana y que "murió a los veintidós días de nacida", o don
Pedro Vicente Muñoz no olvidaba haber perdido a su primera esposa la noche del
alumbramiento de su primogénita 6.
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La
marquesa de san Jorge, señora doña María Thadea González Manrique de Frago. Oleo, 1775
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Los testamentos
informan también de los niños huérfanos y expósitos. Pero un aspecto que me parece
relevante es la perspectiva que este documento ofrece sobre la vivencia de la adopción.
Tengo la certidumbre de que, en ese entonces, adoptar un niño, criarlo y sentirlo como
propio era mucho más corriente que en la actualidad. La adopción no es un invento
moderno. La sociedad colonial encontraba en la caridad cristiana un paliativo importante a
la orfandad y al abandono infantil. No quiere esto decir que todos los niños abandonados
en las calles o en las puertas de las casas encontraran un hogar. Sí, por el contrario,
que con mayor frecuencia los testamentos nombran su integración a un núcleo familiar
frente a las anotaciones consignadas en las listas de población.
Los relatos de adopción
de los testamentos permiten entrever un mundo afectivo complejo, variado y en ocasiones
tranquilizador. Tres casos pueden informarnos de experiencias distintas. En uno de ellos,
doña Antonia Guarín, de Tunja, confesó:
crié a un niño
llamado José Ignacio a quien vestí y cuidé mirándolo con todo amor y caridad, pero él
luego que se vio vestido manifestando su ingratitud en tiempo en que pudiera haberme
servido de algún alivio se ausentó sin que jamás hubiese vuelto a la casa: pero no
obstante esta ingratitud quiero se le den 100 ps. y también todo el ajuar de cama,
pabellón, colchón, sábanas, almohada, frazada y sobrecama, para que éste lo goce con
la bendición de Dios y tenga presente que si a lo menos me hubiese acompañado podía
haber logrado algo más en caridad
7.
En un segundo caso, claro
está que no tan dramático, el también tunjano Valentín Marín decía:
crié a don Antonio
Barreto desde la edad de dos años dominándolo como a propio hijo, le enseñé a escribir
y a leer y por los buenos servicios que de él recibí cuando se casó le di dos caballos,
una silla, una vaca y dos vestidos de paño fino
8.
Finalmente, las
pretensiones de quienes adoptaban un niño podían extenderse hasta presionar una
educación religiosa o un matrimonio conveniente. En un caso, la última consideración
resulta sumamente reveladora. Don Manuel Quintero, vecino de Cali, legó sus bienes a
José Manuel y a Paula María para que de por mitad los gozaran. Ya que, según decía,
"los he criado y mirado como si fuesen mis hijos, por no conocerles padre ni madre,
respecto de que desde que nacieron los arrojaron a mis puertas". Su legado
hereditario lo condicionaba el señor Quintero a que contrajeran matrimonio los dos
hermanos adoptivos: "esto es, decía, casándose el dicho José Manuel
con la dicha Paula María" 9.
En igual sentido, los
testamentos ofrecen la posibilidad de mirar en perspectiva la ilegitimidad sexual y de
nacimiento. Hasta hoy habíamos reconocido la dimensión de ilegitimidad y la fragilidad
de estas relaciones. Pero poco sabíamos de su durabilidad y de los sentimientos filiales
que en ellas se daban. A partir de los relatos testamentales es fácil advertir que las
parejas de amancebados tenían una base más o menos sólida. Por ejemplo, don Josef
Bonilla, barbero de Cali, al enviudar de su primera mujer se unió a Mónica de Alvear,
con la que tuvo cuatro hijos en sus veinte años de convivencia. Al destinar sus bienes
decía: "[...] para que mis hijos legítimos como los naturales los gocen con la
bendición de Dios y la mía". Doña Baltasara de Sea y Mora, Petronila Fernández,
María de Sea y Juan Agustín López Ramírez describen historias similares, e incluso
llegan a sorprender por su esfuerzo para colocar en estado matrimonial a sus hijas. Bien
sabemos que al casar a las hijas se buscaba lavar una culpa, o, en algún caso, evitar la
expiación a las hijas. Otros, por el contrario, enlazaban su vida a alguno de sus hijos
naturales, los que, en ocasiones, eran los únicos que los acompañaban en la soledad de
su vejez. Don Agustín Príncipe Quintero, timador ya nombrado al comienzo de este texto,
confesaba en su testamento que siempre había sido soltero, pero que, no obstante, había
tenido por su hija natural a Bárbara, hija de Juana María González, vecina de Yolombó,
en la provincia de Antioquia, hija que mantuvo y mantendría en su poder 10.
En ausencia de una
literatura autobiográfica colonial en nuestros países, los testamentos constituyen una
fuente primordial para conocer la vida de los viudos y los ancianos. Estos dos grupos de
indefensos parecían impensables hasta hace muy pocos años. Resulta llamativo que fuera
precisamente Simone de Beauvoir la que las definiera como "historias
imposibles". Hablar de viudez colonial es hablar prácticamente de viudas. En las
ciudades neogranadinas por cada viudo había entre cinco y ocho viudas. Con frecuencia las
mujeres quedaban viudas bastante jóvenes, algunas contraían nuevas nupcias y, en todo
caso, siempre estaban incorporadas a la sociedad. Su dimensión y papeles en la sociedad
colonial conduce obligatoriamente a dudar de la imagen negativa que sobre ellas se ha
tenido. Figura que casi siempre encarnaba la envidia, la melancolía o la concupiscencia.
¿Este estereotipo fue acaso un invento de los escritores de gacetillas moralizantes del
siglo XIX?
Los testamentos de
ancianos y viudas sirven para elaborar retablos de figuras singulares, pero también, y
sobre todo, para observar el desgarramiento familiar de la época colonial. Muchas viudas
y ancianos terminaban sus días sin el sustento y compañía de un grupo de familiares. En
los grandes caserones de inquilinato de Cartagena, Tunja y Santafé se los encontraba
viviendo en pequeños cuartos. Parte sustancial de los afectos y sentimientos más
intensos expuestos en los testamentos son los de ancianos o viudas con sus sirvientes,
esclavos o familiares que los habían asistido en sus achaques. Con todo, la enseñanza
que surge con mayor dramatismo de estos testamentos es la de que viudez o ancianidad y
pobreza resultaban una nefasta combinación.
El testamento, por otro
lado, no hace silencio de lo espurio de la sociedad. Como registro personal, los padres,
hermanos o esposos no olvidaban a sus parientes fatuos, bobos, locos y ciegos 11.
Sabían de su desamparo y hacia ellos volcaban sus preocupaciones. Quienes tenían un
patrimonio les nombraban un tutor (con la libertad de que si se cansaban podían nombrar
otro), les dejaban una renta para su manutención y les asignaban un sirviente para el
resto de sus días.
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Juzgado
parroquial (Cuadro de costumbres colombianas, Ramón Torres Méndez, Ed. Víctor Sperling,
s.f)
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Hace algunos años
escribí varios ensayos en los que comentaba las características de la concertación de
los matrimonios de Medellín y la desigualdad en los aportes de hombres y mujeres a las
nupcias. En aquel entonces me llamaba la atención el hecho de que se concertaran tantos
matrimonios en los que las mujeres aportaban la vivienda, los muebles y las alhajas,
mientras que los hombres introducían simplemente: "mi silla chapeada y plateada, mi
caballo y mi espada". Desde entonces he estado pensando en lo importante que eran
para un peninsular o para un criollo estos elementos. La respuesta está en parte en la
preocupación de los padres en proveer a sus hijos de estos símbolos. Un joven de
calidad, aunque pobre, provisto de su silla de montar, de su caballo y su espada, tenía
los atributos para presentarse en esta sociedad.
Quiero, finalmente,
utilizar un caso, de entre los muchos que he encontrado en los testamentos tunjanos, para
destacar algunas características de los matrimonios campesinos del siglo XVIII. Pablo
Contreras contrajo nupcias con Rosalía Ruiz, hija de don Domingo Ruiz, propietario, éste
último, de hatos, estancias, salinas, ganado, solares y casas en Tunja y sus vecindades.
Pablo Contreras, por el contrario, era un hijo de campesinos blancos empobrecidos. No cabe
duda de que Pablo Contreras tenía un aspecto rústico, pues cuando se presentó al
matrimonio decía don Domingo Ruiz "iba su cuerpo vestido con incomodidad
de ruana y demás adyacentes considerables a lo primero". Don Domingo Ruiz debió
costear el matrimonio, que le costó 7 pesos; pero en volver "decente" a su
yerno gastó 60 pesos. Entre otros bienes, le compró una casaca de paño de Castilla
azul, unos calzones y una silla de montar aderezada. Rosalía, la esposa de Pablo e hija
de don Domingo Ruiz quedó embarazada, con tan mala fortuna que murió en el parto y su
hijita sólo sobrevivió dos meses. Esta desventura no fue motivo para que Pablo
abandonara la casa de don Domingo. Por el contrario, se mantuvo en ella, célibe y como el
mejor administrador de su suegro. Don Domingo reconoció muy apropiadamente aquel
comportamiento al dejarle a Pablo un conjunto de valiosos bienes con la observación
explicativa de "porque le he querido y tratado como a un hijo o a un hermano" 12.
Este casi Elogio del
testamento que he terminado haciendo tal vez pueda colaborar a encontrar senderos más
ricos para el estudio de "lo personal" y de "lo doméstico" colonial.
Es una invitación, también, a que el análisis de las experiencias y vivencias
individuales sean aprehendidas y comprendidas en relación con sus comunidades y con el
clima cultural en el que ellas se dieron
Notas:
1 Pierre
Chaunu, La mort í Paris (XVIe, XVIIe et XVIIIe sií¨cles), París, Fayard, 1978;
Michel Vovelle, Piété baroque et déchristianisation en Provence au XVIIIe
sií¨cle,
París, Seuil, 1978; Philippe Arií¨s, El hombre ante la muerte, Madrid, Taurus,
1983, y Alfredo Figueroa Navarro, Testamento y sociedad en el istmo de
Panamá
(siglos XVIII y XIX), Panamá, Roysa, 1991.
2 Debo
este razonamiento a Asunción Lavrin, a quien agradezco una vez más su amabilidad al
enviarme "Lo Femenino: women in colonial historical sources", en Coded
Encounters: writing, gender and ethnicity in colonial Latin America (compilado por
Ceballos-Candau, Cole, Scott y Suárez-Araúz). Amherst, University of Massachusetts
Press, 1994.
3 Archivo
Histórico de Boyacá, Tunja, Escribanos, 1782, fols. 9-17; Archivo Histórico Municipal
de Cali, Escribanos, 1799, libro 1, fol. 347.
4 El
conjunto de imágenes religiosas domésticas permitiría, más que un inventario
iconográfico, la reconstrucción de una geografía de las devociones. Ésta podría ser
una alternativa a los caminos investigativos que emprendiera hace unos años Lucía
Sotomayor en el Instituto Colombiano de Antropología.
5
Hablando de caminos, debería ser a partir de la fuente testamental como se reconstruyeran
los vínculos regionales del siglo XVIII. No deja de inquietarme que aún se continúen
considerando los vínculos de Tunja y Santafé con Maracaibo y las provincias occidentales
de Venezuela como decimonónicas, cuando un siglo antes había un continuo flujo de
hombres y mujeres hacia uno y otro lado.
6 La
noción temporal presente en esta memoria resulta muy significativa. Pocos hechos del
siglo XVIII eran captados de manera tan precisa. Esto podría sugerir que no siempre la
muerte de los niños pasaba inadvertida para sus padres y que, tal vez, para algunos
segmentos de la sociedad los niños empezaban a ser capitales.
7 Archivo
Histórico de Boyacá, Tunja, Escribanos, 1788, libro 200, fol. 347.
8 Archivo
Histórico de Boyacá, Tunja, Escribanos, 1782, libro 196, fol. 45.
9 Archivo
Histórico Municipal de Cali, Escribanos, 1780, libro 3, fol. 43.
10
Archivo Histórico Municipal de Cali, Escribanos, 1798, libro 1, fol. 161; 1795, libro 1,
fol. 36v; 1795, libro 1, fol. 36; 1783, libro 2, fol. 58; 1782, libro 2, fol. 85; 1799,
libro 1, fol. 252.
11 En
ausencia de una medicina que tratara enfermedades como las cataratas o la miopía y,
también, por la poca difusión que había de los anteojos, la ancianidad casi siempre
traía consigo la ceguera. En la antigüedad y en el Siglo de Oro, ciego y anciano eran
uno mismo. En nuestras ciudades era muy crecido el número de ancianos ciegos, mientras
que las personas que poseían anteojos en cada ciudad era ínfima, con excepción, claro
está, de Santafé, donde los abogados de la Audiencia y los miembros del alto clero que
habían viajado y se dedicaban a los libros sabían de su uso y conveniencia. Resta decir
que, en la época, los anteojos, además de ser escasos, debían de ser muy costosos.
12
Archivo Histórico de Boyacá, Tunja, Escribanos, 1782, libro 195, fols. 70-77..
Fotos:
Página anterior:
Testamento de la señora
María Francisca Caicedo y Florez, Manuscrito, 1791 (Libros raros y curiosos, Biblioteca
Luis Ángel Arango).
Portada del testamento de
la señora Caicedo y Florez.
Oficinas del Cabildo,
Casa de los Escribanos y Casa de despacho del Virrey (Tomado de: Historia de Bogotá,
Fundación Misión Colombia, Villegas Editores, Bogotá, 1988, vol. 1).
Casa de la Real Audiencia
(Luis Núñez Borda. Tomado de: Historia de Bogotá, Fundación Misión Colombia,
Villegas Editores, Bogotá, 1988, vol. 1).
Monja carmelita descalza
(Tomado de: Obispado Trujillo, anónimo, Perú).
Obispo (Tomado de: Obispado
Trujillo, anónimo, Perú).
Mujer blanca acompañada
de su criada (Tomado de: Historia de Bogotá, Fundación Misión Colombia, Villegas
Editores, Bogotá, 1988, vol. 1).
Dama en su calesa. Lima,
1837 (Daughters of the Conquistadores, Albuquerque, 1983).
Dama de Nueva España,
detalle de un óleo del siglo XVIII (Las mujeres en
Nueva España, P.
Gonzalbo Aizpuru, México, 1987).
La marquesa de san Jorge,
señora doña María Thadea González Manrique de Frago. Óleo, 1775.
Las hijas del gobernador
don Ramón de Castro, 1797. Detalle de un óleo de José Campeche (José Campeche and
his time: Puerto Rico, 1751-1809, Catálogo, Metropolitan Museum of Art, Nueva York,
1988).
Juana Nepomucena María
Hilaria de Jesús (Estampas santafereñas, Guillermo Hernández de Alba, Bogotá,
Ed. ABC, 1938).
Testamento de María
Lucarda Ospina, La Marichuela (Libros raros y curiosos, Biblioteca Luis Ángel
Arango).
Testamento de María
Lucarda Ospina, La Marichuela (Libros raros y curiosos, Biblioteca Luis Ángel
Arango).
Familia de Nueva España
a finales del siglo XVIII (Las mujeres en Nueva
España, P. Gonzalbo
Aizpuru, México, 1987).
Tipo de habitantes del
Ecuador en el siglo XVIII (Quito a través de los siglos, Eliécer Enríquez B.,
Quito, Biblioteca Municipal, 1938).
Familia de español con
india civilizada y su hija mestiza (Las castas mexicanas, María Concepción
García, Milán, Olivetti, 1989. Este cuadro se atribuye a una escuela neogranadina o
peruana).
Familia de Quito (Voyage
dans lAmerique du Sud, París, W. B. Stevenson, 1828, vol. II).
Juzgado parroquial (Cuadro
de costumbres colombianas, Ramón Torres Méndez, Ed. Víctor Sperling, s.f.).
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