Boletí­n Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Carlos Rojas: el mejor de una generación


Carlos Rojas
José Hernández, José Hernán Aguilar
Fotografí­as: Hernán Dí­az, ílvaro Dí­az
Seguros Bolí­var, Santafé de Bogotá, 1993, 149 págs.


A lo largo de todo el siglo XX, pero muy particularmente en los años posteriores a la segunda guerra mundial y hasta los años sesenta predominó como artí­culo de fe, tan absoluto que ni siquiera se enunciaba como creencia sino como supuesto anterior a toda racionalidad, un internacionalismo de la sensibilidad común a todos los artistas. Sin duda, las primeras vanguardias de principios del siglo contribuyeron a esto. También la evolución tecnológica que estandarizó muchos diseños —es decir, que universalizó muchas formas—, reduciendo a la vez el tamaño del mundo y, por lo tanto, haciendo más plausible la ilusión de que los hombres somos todos iguales. También hay causas polí­ticas: ganar la guerra les produjo a los Estados Unidos la utilidad adicional de imponer en el mundo el "American way of life". En los años cuarenta y cincuenta Europa renací­a gracias al plan Marshall. Igual en el mundo del arte, el ni siquiera verbalizado internacionalismo se irradiaba desde Nueva York. Valí­a —¿vale?— lo que se canonizaba desde la Gran Manzana.

Entremos en detalles: ese nunca cacareado internacionalismo, edificado sobre otras lógicas supone la existencia de un "buen gusto" consistentemente variable, según ciertas modas que se irradian desde la metrópoli. Los artistas que se formaron bajo este espí­ritu comienzan ahora a volverse tan identificables por el ambiente de su tiempo, que sus biografí­as artí­sticas y la evolución de su obra plástica ya tienen un inevitable color de época que los identifica. El internacionalismo, por fuerza, tiende a la ley universal; en otras palabras, a la abstracción, primer sí­ntoma inequí­voco en la tendencia natural de cualquier artista formado en aquel perí­odo. Un individuo puede ser aristócrata de la provincia de Popayán, hijo de inmigrantes polacos en Lima, segunda generación de italianos en Buenos Aires, brillante arquitecto caraqueño o exseminarista de Facatativá. Un individuo puede tener cualquiera de estos diferentes orí­genes y, si decide continuar su formación artí­stica en los años cuarenta y cincuenta con su peregrinación de aprendizaje a Europa y Nueva York, el resultado está sostenido por unas determinantes que ya se pueden señalar históricamente.

Con esa misma perspectiva histórica, el fenómeno puede entrar a calificarse con signos positivos o negativos. Basta señalarlo como un hecho que puede ejemplificarse con nombres propios —llámese Negret, Szyszlo, Polesello, Soto o Carlos Rojas— de individuos que aplicaron su talento a convertir en formas universalmente intercambiables unas historias personales que tienen que ser convertidas en anécdotas explí­citas para poder ser relacionadas por quien observe el producto final.

En apariencia, nada se ha dicho hasta aquí­ de este libro. Pero, acaso, se ha dicho todo.

El relato biográfico de su paisano José Hernández es excelente. Como texto literario, como biografí­a, es una contribución importante a la bibliografí­a colombiana, tan escasa, de un concepto narrativo del género. Una de las relaciones que la biografí­a de Hernández esclarece a plenitud es la existente entre el mundo personal y cotidiano de Carlos Rojas y las diferentes etapas de sus obras. Naturalmente, si un Champollion de la pintura intentara llegar, a partir de sus cuadros, a los orí­genes concretos de cada uno, se perderí­a en el rastreo. La virtud del relato es que verbaliza la coherencia de una mentalidad. De algún modo, José Hernández inventa un Carlos Rojas que equivale al Carlos Rojas que Carlos Rojas inventó en sus cuadros.

Tres ejemplos concretos: la impronta pop, la abstracción y el minimalismo. De cada uno de ellos Hernández nos cuenta la historia al revés: el pop existí­a en Facatativá desde siempre, la abstracción estaba en el aire del Nueva York de Rojas de los años cincuenta, y también en su formación escolástica, y el minimalismo era una culminación de éstos.

El Carlos Rojas que Carlos Rojas inventó en sus cuadros: este libro con su narración, pero sobre todo con la reproducción de su obra —de su biografí­a estética— deja el testimonio de un buen artista. De un hombre que posee la sensibilidad suficiente para conectarse desde su formación con la más demostrativa expresión de su época, que estuvo en los centros de irradiación de esa visión del mundo en el momento preciso, que tuvo el talento y la disciplina suficientes para formarlo, y la capacidad de traducir la historia personal de un facatativeño en la obra artí­stica de un pintor y escultor de lenguaje internacional.

Este libro, que continúa con la serie patrocinada por Seguros Bolí­var como parte de una biblioteca colombiana del arte moderno, se completa con una nota crí­tica sobre la obra de Carlos Rojas, escrita por José Hernán Aguilar.

JUAN SIERRA