| Lástima, pero hay que
aterrizar
Colombia a new vision
Juan Carlos Botero
Fotografías: Santiago Harker
Villegas Editores, Santafé de Bogotá, 1993, 160 págs.
Colombia desde el aire
Gustavo Wilches Chaux
Fotografías: Aldo Brando
Villegas Editores, Santafé de Bogotá, 1993, 192 págs.
Está muy bien que haya quien se preocupe por promover la imagen de Colombia en
el exterior. En el caso de este libro, dirigido a un público anglohablante, las fotos de
Santiago Harker, expuestas como lo propone el editor, son un espléndido álbum de nuestro
país.
Si el distraído visitante que se topa con el volumen de Colombia a new
vision, en una librería de Nueva York o de Los Ángeles, planea un viaje, es factible
que, atraído por los bellos paisajes, escoja a Colombia como destino.
El libro de Harker es, pues, un libro de promoción turística.
La técnica de este fotógrafo y la impecable calidad de la impresión realizada
en el Japón para Villegas Editores logran un espléndido libro; no cabe la menor duda.
Son sólo vistas de almanaque la mayor parte de estas fotos. Con una luz y un
encuadre estudiados, muestran el paisaje o son narrativas en el caso de algunas tomas
anecdóticas.
Santiago Harker es extraño a lo fotografiado. Sus fotos sólo reflejan el
impacto ante lo insólito de la belleza, y esto no basta. La fotografía que sólo plasma,
queda en el grado de "arte menor" y peca de "arte mecánico". Aquí no
hay un rostro, una luz o una sombra, un paisaje, que sean sugestivos. Se reproducen
imágenes, hay vistas bonitas, a veces, como lo dije, anécdotas entretenidas, que
aparecen ante el fotógrafo y éste aprovecha, nada más.
Lo de Colombia a new vision (Colombia, una nueva visión), no se sabe por
qué viene a colación. ¿Cuál es la nueva visión? Si libros como éste, de bellos
paisajes incitando al turismo, ya hay varios.
No porque haya que mostrar la miseria, la guerra, la violencia cotidiana de
nuestro país; porque es cierto: al lado hay hermosos lugares, como los mostrados en el
libro, que se pueden visitar sin correr otro riesgo distinto del que se corre en otros
países del mundo. Pero hay que ser realistas: este libro peca de ingenuo. Queda claro al
lector que el Santiago Harker de este libro es un turista de imágenes impresas, no una
persona con su sensibilidad en contacto directo con ellas. En sus fotos no hay un ojo
intérprete que tome una buena fotografía. Sus fotos de este libro son superficiales.
En la última parte del libro, donde el paisaje se convierte en juego
geométrico, Harker hace al espectador partícipe de bellos fenómenos naturales, pero
todo queda en un punto donde, demostrada cierta destreza, no hay más nivel visual que el
impreso.
En el texto, escrito por Juan Carlos Botero y traducido al inglés, hay un
complemento útil indicando cosas que el libro visualmente no tiene. Su recuento
informativo deja claro el tono de vida colombiano. Botero tiene oficio escribiendo. El
orden de sus palabras y la manera de expresar ideas son muy claros, en textos como éste,
hechos por encargo.
Publica también la casa Villegas un estupendo libro, Colombia desde el aire,
con fotografías de Aldo Brando, complementadas por Guillermo Cajiao, Carlos Castaño,
Jaime Borda, Hernán Díaz y Rudolf.
La fotografía no permite componer un espacio. Todo lo contenido frente al lente
como objetivo, queda en la foto y no hay selección posible una vez establecido el
encuadre. Las opciones de ángulos y de luz, aunque no modifican el espacio, son
determinantes para el resultado final. Un paisaje siempre está ahí, para referirnos al
caso concreto de este libro de paisajes aéreos, frente a lo inmediato del clic con que se
plasma para siempre. Un helicóptero puede volver a pasar por el mismo sitio tantas veces
como sea necesario, hasta lograr la toma ideal. Lo sugestivo de una buena fotografía
aérea, como las de las páginas de este volumen, va en la dimensión que adquiere al
verse impresa.
En Colombia desde el aire, hay un contenido en cada foto. No sólo dan
ganas de obtener el privilegio de visitar el sitio expuesto, sino que, además, se siente
la intención de cada paisaje, el silencio y la soledad de las montañas, la geometría
aérea y el desorden urbano de nuestras ciudades, la luz de este país, lo insólito, lo
misterioso, y lo terrible en paisajes cruelmente afectados por el hombre. Se siente una
realidad. Hay una narración en el contenido de las fotos donde uno halla identificación,
referencias precisas.
Por la forma en que está armado el volumen, distribuido en seis regiones
geográficas: Costa Atlántica, Costa Pacífica, Zona Cafetera, Andes del Sur, Altiplano y
Santanderes y Orinoquia y Amazonia, presenta un ensamblaje coherente, aun para alguien que
en otro extremo del planeta sólo tenga referencia sobre nosotros en un planisferio.
En el caso del libro de Aldo Brando, fuera de la intensidad visual y el placer
del artista, impresos en cada página, hay que destacar también la secuencia fotográfica
de Guillermo Cajiao: cráteres y picos nevados y una buena foto como todas las suyas; de
Hernán Díaz (pág. 132) de la sabana de Bogotá: líneas verticales de eucaliptos y
diagonales de quicuyo color sabana.
Este libro es una perspectiva visual a la que el ser humano sólo tuvo acceso
cuando pudo despegarse por un momento de la tierra. Es esa visión aérea, el vuelo de un
pájaro, en donde el límite es un horizonte infinito y la imagen vertical, allá abajo,
adquiere una dimensión completamente distinta de su realidad cuando se ponen "los
pies en la tierra".
Los textos de Gustavo Wilches Chaux introducen cada una de las secciones
geográficas en que está dividido el libro. Son textos aclaratorios con muy buenos datos
informativos sobre la estructura social y política, la economía y la historia, las
fundaciones urbanas y las mezclas raciales en cada región.
En Colombia desde el aire sólo falta que llueva. El país de Aldo Brando
siempre está en verano. Hay una sola foto con una nube a punto de descuajarse encima del
artefacto volador en que viaja el fotógrafo. Lástima, hay que aterrizar.
JUAN SIERRA |