Boletí­n Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Fotografí­a homogeneizada y pasteurizada


Fotografí­a latinoamericana contemporánea
Asfoto
Publicaciones Cultural, Santafé de Bogotá, 1994, 175 págs., ilustrado.


El libro recoge las fotografí­as premiadas en el segundo concurso "Lo mejor de la fotografí­a en América Latina", editado por la Asociación de la Fotografí­a, la Imagen y el Video de Colombia (Asfoto). También reúne una muestra de obras premiadas en distintos salones nacionales del ramo en Latinoamérica. Los jurados del concurso fueron Juan Luis Mejí­a Arango, Jean-Jacques Beucler, Eugenia Cárdenas S., Reynaldo Duarte R., Santiago Pol, Rudolf Hermann Schrimpff M. y Benjamí­n Villegas J.

Participan noventa fotógrafos de Colombia, Venezuela, Bolivia, Chile y Ecuador. El 75% de ellos son colombianos. Es evidente la ausencia de otros paí­ses, como Argentina, y parece demasiado pequeña la representación de otros, como Chile y Ecuador. Esta simple estadí­stica muestra que el tí­tulo del libro es sin duda una exageración publicitaria. Pero al mismo tiempo cabe destacar y reconocer el esfuerzo realizado para acopiar en un volumen de óptima calidad editorial, una muestra de lo que los editores y jurados consideran que es la fotografí­a latinoamericana.

Lo anterior introduce la pregunta de fondo: ¿son estas imágenes representativas de la fotografí­a latinoamericana? Como en el libro del primer concurso, en el presente predomina lo que podrí­a denominarse una "estética internacional de la fotografí­a", si bien hay trabajos que deben exceptuarse de esta regla. Tal estética, que aspira a constituirse en la corriente dominante de la fotografí­a, es divulgada activamente por revistas y anuarios fotográficos comerciales y publicitarios.

Como en la moda, las artes plásticas o la publicidad, también en la fotografí­a los grandes paí­ses industrializados han sabido posicionarse como los creadores de una vanguardia que tiende a adoptarse y a imponerse en los demás paí­ses, los cuales se convierten en practicantes y adaptadores más o menos acertados y más o menos exitosos, de estilos, temáticas y técnicas que aparecen como lo artí­sticamente aceptable y lo estéticamente deseable y correcto. Es evidente que no existe la fotografí­a latinoamericana, entendida como algo único y uniforme. Por el contrario, como en todas las manifestaciones humanas y culturales, predomina la diversidad y la singularidad. Sólo que aquí­ prácticamente se ha hecho caso omiso de ella.

Como resultado de todo esto, el mayor o menor grado de adscripción de un fotógrafo a la corriente principal marcará su mayor o menor grado de aceptación y reconocimiento por parte de cierta comunidad fotográfica ilustrada de la región, hasta el punto de que la expresión individual queda en muchos casos abolida. No pocas imágenes parecen producidas por un único fotógrafo. Al mismo tiempo y como contraejemplo, en el caso de la fotografí­a aficionada incluida en el libro, se nota cierto alejamiento del esquema descrito. Curiosamente, son los fotógrafos aficionados, tal vez con menores compromisos comerciales, los que muestran en el libro un deseo de hacer una fotografí­a más propia y de construir un lenguaje fotográfico sin el sensacionalismo de los efectos especiales y sin el afán a ultranza de ser unos practicantes más de la estética dominante en el arte de la cámara.

La pregunta arriba formulada se responde, entonces, diciendo que la publicación recoge algunos de los mejores esfuerzos por adscribirse a la corriente principal de la fotografí­a internacional. Mientras en la portada se observa el perfil de un niño negro, tal vez con el ánimo de dar el "toque" latinoamericano, en la contraportada aparecen seis imágenes homogeneizadas y pasteurizadas, que supuestamente serí­an antológicas y llevan el nombre del paí­s: un flamante vehí­culo (Colombia); un paisaje andino (Bolivia); un incendio forestal (fotografí­a amateur); una barriada minera en el atardecer, a manera de pesebre (Ecuador); un refinado desnudo (Venezuela) y la foto de un proceso industrial (Chile).

Si en el primer concurso las obras se presentaron repartidas en dieciséis categorí­as, para la segunda versión el número aumentó a veintisiete, lo que confirma, una vez más, que las clasificaciones son generalmente un ejercicio de la arbitrariedad y hasta de la confusión. Por ejemplo, "Retratos" es una categorí­a distinta de "Gente", sin que aparentemente se justifique que así­ lo sea. Igual sucede con los grupos "Naturaleza y paisaje natural", "Flora y fauna" y "Mensaje ecológico", que parecen redundantes; el mismo caso se presenta con "fotografí­a publicitaria" "producto", "alimentos y bebidas", "moda" y "automóviles". La parcelación de los temas tal vez cumple una función "democrática" en el concurso, porque permite multiplicar los premios y menciones y dejar a más participantes satisfechos. En efecto, se otorgaron tantos premios a la excelencia como categorí­as y se dio un número superior de menciones.

Resulta interesante examinar aquí­ las secciones denominadas "Arte", "Retratos", "Gente", "Reporterí­a gráfica" y "Amateur" (que tiene cinco apartados: tema libre, gente, recreativa [???], paisaje, fauna y flora y obra fotográfica). En la primera, se revela una concepción absurda según la cual la fotografí­a "artí­stica" es en esencia la que recurre al artificio, en la técnica o la composición. De preferencia recurre al desnudo envuelto en velos, a un pictorialismo refinado, a los contraluces esplendorosos, a la magnificación de detalles, a lograr atrapar alguna rareza, un efecto de luz o un juego de espejos. Homenaje a Frida Kahlo, del boliviano Fernando Cuéllar, clasificada en esta sección, se aparta de los procedimientos mencionados y, aunque con ciertas deficiencias técnicas, logra componer una imagen significativa. Igual ocurre en el caso de Nacho Marí­n, de Venezuela, participante en distintas categorí­as. Con su trabajo Mutantes, en la sección de retratos, consigue una pieza extraña y perturbadora, con poder expresivo. Otras obras suyas, como La insidia y Ninfas, de gran refinamiento visual y técnico, parecen excesivamente complacidas en su propia belleza superficial, lo cual vence el misterio que intentan expresar.

En la sección denominada "Gente-figura humana" sobresale de nuevo Nacho Marí­n, premiado justamente por su obra Narciso, un desnudo masculino de calidad pictórica. Por el contrario, el mismo autor, en Venus, hace concesiones al estilo impuesto por las revistas elegantes de desnudos. Cabe mencionar también la imagen en blanco y negro titulada Descanso No. 2, del venezolano Carlos Opitz, por su simbologí­a sugerente y novedosa.

"Reporterí­a gráfica" es la sección más decepcionante; aparece una obra única sin mayor interés. Parece increí­ble que, con tantos reporteros gráficos que existen en Latinoamérica esta categorí­a del concurso haya despertado tan escaso interés.

Entre los participantes en el capí­tulo de aficionados, se encuentran varios ejemplos de fotografí­as de sólido carácter y valores expresivos. Tal es el caso del desnudo de Catalina Jaramillo, los retratos de Marí­a Cristina Patiño y la secuencia de retratos premiados de Luis Morales, titulada Personajes un poco inusuales, en la que estudia la interacción de elementos animales con la figura humana.

Al lado de tanto dominio brillante de técnicas y de la aplicación obediente del repertorio de la estética de la corriente principal de la fotografí­a internacional, existe otra fotografí­a latinoamericana, apenas insinuada en el libro, con valores propios y heredera de una tradición construida por artistas como Martí­n Chambi o Benjamí­n de la Calle. Aunque alejada de la tendencia dominante y poco útil para las agencias publicitarias, es tal vez más justa en revelar nuestro propio rostro y es, por necesaria, la que quedará como documento visual cierto, y este sí­ ineludible, de América Latina.

SANTIAGO LONDOí‘O Ví‰LEZ