| ¡El
esclavo es porque así lo quiere!
La lluvia en el rastrojo
Germán Espinosa
Arango Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 82 págs.
La lluvia en el rastrojo recupera la sátira latina, característica del
teatro cómico romano. Después de releer a Plauto, Espinosa recuerda que los géneros de
la antigüedad son hoy de gran utilidad literaria, sobre todo cuando se quiere retratar
una realidad como la nuestra, en la que conviven diversas épocas históricas.
En su Poética, Aristóteles da algunas referencias sobre el origen y los
rasgos distintivos de la comedia. En primer lugar, señala que se trata de una imitación
de actos propios de hombres viles; y en segundo, que la naturaleza de esos actos es
singular, pues no se trata de cualquier especie de maldad, sino de la "maldad fea,
que es, dentro de la maldad, la parte que corresponde a lo ridículo", es decir, a lo
bajo y risible.
Cuando la comedia llega a Roma, pasa de la imitación al insulto, ya no mueve a
risa mediante la representación, sino mediante la palabra procaz. La razón de este
cambio es la fusión del teatro con la oratoria satírica Menipo hacia el siglo III
a. C. fija sus bases, que consideraba el insulto como otra manifestación del ser
literario.
Para el zafio del teatro cómico romano, insultar es una expresión sustitutiva
del canto y de la actuación; el ataque también mueve a la reflexión como la catarsis. Y
nadie se puede salvar de él, ni siquiera el espectador, que en ocasiones es despedido con
palabras húmedas enverdecidas. Algunos espectadores hoy lectores astuta o
ingenuamente asumen la ofensa como ajena, dirigida al otro, y por tanto menos reflexiva y
más risible.
La comedia privilegia el diálogo sobre la acción; la sátira la síncrisis o
confrontación de la verdad sobre el diálogo. De ahí que los temas del teatro cómico
romano como de La lluvia son, diremos, de las cuestiones últimas de la
existencia humana. Posee un alto contenido teológico, pero sus personajes son dioses
humanizados, criados, villanos, perjuros, sacrílegos, canallas, pícaros, estafadores de
amigos, defraudadores de pueblos, entre otras seres despreciables, bautizados por Plauto
con nombres burlescos. La corrosividad usual en este género se explica, en parte, por una
actitud abiertamente crítica con el pasado vertical, el epos.
Si damos un salto cualitativo, entonces, comprenderemos que una actitud similar a
la de Plauto (suma de Aristófanes y Menipo) motiva a Germán Espinosa. Pero surgen dos
preguntas: a) ¿Cómo procede el autor de La tejedora de coronas para recuperar y
camuflar un género dramático clásico dentro de una obra en prosa? y b) ¿cuál es el
período histórico que describe satíricamente? La lluvia es una Novellen
dialogada, fácilmente llevable al teatro, cuyas pocas descripciones funcionan a
manera de acotaciones: detallan el escenario, el vestuario y las características de los
personajes. Sigue las unidades clásicas de espacio, tiempo y acción. Espacio: se
desarrolla dentro de un caserón bogotano. Tiempo: menos de tres días lluviosos de 1961.
Acción: la familia Benavides se reúne para abrir un sobre que contiene la suerte de la
empresa familiar Compañía Colombiana de Productos Derivados del Manzano
dirigida desde hace veinte años, muerte del padre, por el hermano mayor Agonías,
invisible para todos, excepto para Edipo, un ciego que lo paladea en su encierro.
Los personajes que salen al escenario son seis, ostinato rigore: Sosías,
una especie de sirviente que está en lugar del jefe, Agonías. Un notario
Malaquías Porras, un psiquiatra Fablistán, una matrona
Enone, un criado Edipo y una beldad Graciela. En sus
nombres almacena Espinosa una gran carga de humor simbólico, que califica como peligrosa
la mezcla de resabios y manías de épocas distintas. Así, Malaquías ("ángel o
mensajero de Dios"), a falta de uno, tiene dos cargos burocráticos: "profeta
amigo" (pág. 62) y notario. Fablistán: "psiquiatra" o, mejor,
"hablador"; no científico ni psicoanalista ni psicólogo, como lo identifican.
En sus razones se funden los anticuerpos del pensamiento científico: la charlatanería,
el oscurantismo religioso, la pedantería culta y el dogmatismo teórico. Con su voz, la
cultura (algún fragmento de Poe o los títulos de las obras de Plauto) suena a conjuro.
Tal vez imita al intelectual promedio en Colombia. Enone: nombre misterioso. Su portadora
es representante del gamonalismo y el caciquismo transportado a la ciudad. Edipo: ciego y
enamorado de su madre adoptiva, la matrona. Es decir, como toda la clase popular,
ignorante, reverente y tradicionalista. Graciela: "la gracia divina", la
esperanza de la vida eterna, convertida en simple mercancía que pasa de una mano a otra.
Agonías nunca actúa, sólo se habla de él.
Llama la atención el decorado de la casa Benavides. Y más exactamente el de la
sala, indicado en el siguiente pasaje (la bastardilla es nuestra): "Cuando Edipo
creyó que timbraba el teléfono, eran las ocho de la noche y, en la sala del vetusto
caserón bogotano, el único detalle que, a primera vista, hubiese delatado que
corría el siglo XX, era el del alumbrado eléctrico, hecho a través de una
lámpara de bohemias rojos y sucios [sic] colgada del centro del cielo raso. Pesados
muebles del siglo XIX, dispuestos con fastidiosa simetría, reposaban en el ámbito,
ahogado por ellos a despecho de su relativa amplitud. Las paredes, recubiertas por
mediocres paramentos, soportaban el cansancio de varias consolas forzadas por vulgares
figuras de mayólica con motivos de la mitología grecolatina, tratados
con lánguida pudibundez" (pág. 9).
En 1961 tal decorado se torna sintomático, muestra la petrificación de una
etapa histórica. Si decimos que sólo el alumbrado eléctrico da prueba de la existencia
de una nueva época, no querrá decir Espinosa que nuestro siglo XIX se extiende hasta
más allá de la mitad del siglo XX. Es decir, que los habitantes del vetusto caserón
Benavides se niegan a cambiar su circunstancia histórica. Espinosa, en otras palabras, se
refiere al estatismo del país el centro de un país, la Atenas Suramericana, la
República Ateniense, que decoraba sus salas y bibliotecas con motivos de la mitología
grecolatina que vive de la imagen, del engaño.
Es la negación al cambio encarnada en Agonías, una especie de virrey que se
niega a morir, reanimado por la necesidad de ejercer el poder siempre invisible,
como lo demostraron Kafka y Borges y por el poder del escritorio, sacralizado dentro
del capitalismo. Dicho con mayor precisión: el insulto va dirigido a una serie de
instituciones de origen colonial que se fortalecieron con el humanismo cristiano y la
burocracia de finales del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Lluvia en el
rastrojo. Rastrojo, las instituciones coloniales; lluvia, las modernas.
De qué otra forma entender, por ejemplo, la erudición del psiquiatra
Fablistán, sino como lluvia en el rastrojo. Ha leído a los clásicos latinos, no para
aprender de su actitud crítico-burlesca, sino para refrescar un poco su léxico latino;
cita o habla con frecuencia del psicoanálisis, pero lo confunde con la psiquiatría. O la
presencia-ausencia de Agonías y la legitimidad de Malaquías. A un mal se agregan otros,
se junta el hambre con la necesidad. Hagamos conciencia concluye entre líneas
Espinosa. Es justo y necesario que los viejos marrulleros, opositores del cambio,
dejen de actuar. Es un deber que dejemos de ser esclavos. El esclavo es porque así lo
quiere, dice Plauto.
SELNICH VIVAS HURTADO |