Boletí­n Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

¡El esclavo es porque así­ lo quiere!


La lluvia en el rastrojo
Germán Espinosa
Arango Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 82 págs.


La lluvia en el rastrojo recupera la sátira latina, caracterí­stica del teatro cómico romano. Después de releer a Plauto, Espinosa recuerda que los géneros de la antigüedad son hoy de gran utilidad literaria, sobre todo cuando se quiere retratar una realidad como la nuestra, en la que conviven diversas épocas históricas.

En su Poética, Aristóteles da algunas referencias sobre el origen y los rasgos distintivos de la comedia. En primer lugar, señala que se trata de una imitación de actos propios de hombres viles; y en segundo, que la naturaleza de esos actos es singular, pues no se trata de cualquier especie de maldad, sino de la "maldad fea, que es, dentro de la maldad, la parte que corresponde a lo ridí­culo", es decir, a lo bajo y risible.

Cuando la comedia llega a Roma, pasa de la imitación al insulto, ya no mueve a risa mediante la representación, sino mediante la palabra procaz. La razón de este cambio es la fusión del teatro con la oratoria satí­rica —Menipo hacia el siglo III a. C. fija sus bases—, que consideraba el insulto como otra manifestación del ser literario.

Para el zafio del teatro cómico romano, insultar es una expresión sustitutiva del canto y de la actuación; el ataque también mueve a la reflexión como la catarsis. Y nadie se puede salvar de él, ni siquiera el espectador, que en ocasiones es despedido con palabras húmedas enverdecidas. Algunos espectadores —hoy lectores— astuta o ingenuamente asumen la ofensa como ajena, dirigida al otro, y por tanto menos reflexiva y más risible.

La comedia privilegia el diálogo sobre la acción; la sátira la sí­ncrisis o confrontación de la verdad sobre el diálogo. De ahí­ que los temas del teatro cómico romano —como de La lluvia— son, diremos, de las cuestiones últimas de la existencia humana. Posee un alto contenido teológico, pero sus personajes son dioses humanizados, criados, villanos, perjuros, sacrí­legos, canallas, pí­caros, estafadores de amigos, defraudadores de pueblos, entre otras seres despreciables, bautizados por Plauto con nombres burlescos. La corrosividad usual en este género se explica, en parte, por una actitud abiertamente crí­tica con el pasado vertical, el epos.

Si damos un salto cualitativo, entonces, comprenderemos que una actitud similar a la de Plauto (suma de Aristófanes y Menipo) motiva a Germán Espinosa. Pero surgen dos preguntas: a) ¿Cómo procede el autor de La tejedora de coronas para recuperar y camuflar un género dramático clásico dentro de una obra en prosa? y b) ¿cuál es el perí­odo histórico que describe satí­ricamente? La lluvia es una Novellen dialogada, fácilmente llevable al teatro, cuyas pocas descripciones funcionan a manera de acotaciones: detallan el escenario, el vestuario y las caracterí­sticas de los personajes. Sigue las unidades clásicas de espacio, tiempo y acción. Espacio: se desarrolla dentro de un caserón bogotano. Tiempo: menos de tres dí­as lluviosos de 1961. Acción: la familia Benavides se reúne para abrir un sobre que contiene la suerte de la empresa familiar —Compañí­a Colombiana de Productos Derivados del Manzano— dirigida desde hace veinte años, muerte del padre, por el hermano mayor Agoní­as, invisible para todos, excepto para Edipo, un ciego que lo paladea en su encierro.

Los personajes que salen al escenario son seis, ostinato rigore: Sosí­as, una especie de sirviente que está en lugar del jefe, Agoní­as. Un notario —Malaquí­as Porras—, un psiquiatra —Fablistán—, una matrona —Enone—, un criado —Edipo— y una beldad —Graciela—. En sus nombres almacena Espinosa una gran carga de humor simbólico, que califica como peligrosa la mezcla de resabios y maní­as de épocas distintas. Así­, Malaquí­as ("ángel o mensajero de Dios"), a falta de uno, tiene dos cargos burocráticos: "profeta amigo" (pág. 62) y notario. Fablistán: "psiquiatra" o, mejor, "hablador"; no cientí­fico ni psicoanalista ni psicólogo, como lo identifican. En sus razones se funden los anticuerpos del pensamiento cientí­fico: la charlatanerí­a, el oscurantismo religioso, la pedanterí­a culta y el dogmatismo teórico. Con su voz, la cultura (algún fragmento de Poe o los tí­tulos de las obras de Plauto) suena a conjuro. Tal vez imita al intelectual promedio en Colombia. Enone: nombre misterioso. Su portadora es representante del gamonalismo y el caciquismo transportado a la ciudad. Edipo: ciego y enamorado de su madre adoptiva, la matrona. Es decir, como toda la clase popular, ignorante, reverente y tradicionalista. Graciela: "la gracia divina", la esperanza de la vida eterna, convertida en simple mercancí­a que pasa de una mano a otra. Agoní­as nunca actúa, sólo se habla de él.

Llama la atención el decorado de la casa Benavides. Y más exactamente el de la sala, indicado en el siguiente pasaje (la bastardilla es nuestra): "Cuando Edipo creyó que timbraba el teléfono, eran las ocho de la noche y, en la sala del vetusto caserón bogotano, el único detalle que, a primera vista, hubiese delatado que corrí­a el siglo XX, era el del alumbrado eléctrico, hecho a través de una lámpara de bohemias rojos y sucios [sic] colgada del centro del cielo raso. Pesados muebles del siglo XIX, dispuestos con fastidiosa simetrí­a, reposaban en el ámbito, ahogado por ellos a despecho de su relativa amplitud. Las paredes, recubiertas por mediocres paramentos, soportaban el cansancio de varias consolas forzadas por vulgares figuras de mayólica con motivos de la mitologí­a grecolatina, tratados con lánguida pudibundez" (pág. 9).

En 1961 tal decorado se torna sintomático, muestra la petrificación de una etapa histórica. Si decimos que sólo el alumbrado eléctrico da prueba de la existencia de una nueva época, no querrá decir Espinosa que nuestro siglo XIX se extiende hasta más allá de la mitad del siglo XX. Es decir, que los habitantes del vetusto caserón Benavides se niegan a cambiar su circunstancia histórica. Espinosa, en otras palabras, se refiere al estatismo del paí­s —el centro de un paí­s, la Atenas Suramericana, la República Ateniense, que decoraba sus salas y bibliotecas con motivos de la mitologí­a grecolatina— que vive de la imagen, del engaño.

Es la negación al cambio encarnada en Agoní­as, una especie de virrey que se niega a morir, reanimado por la necesidad de ejercer el poder —siempre invisible, como lo demostraron Kafka y Borges— y por el poder del escritorio, sacralizado dentro del capitalismo. Dicho con mayor precisión: el insulto va dirigido a una serie de instituciones de origen colonial que se fortalecieron con el humanismo cristiano y la burocracia de finales del siglo XIX y de la primera mitad del siglo XX. Lluvia en el rastrojo. Rastrojo, las instituciones coloniales; lluvia, las modernas.

De qué otra forma entender, por ejemplo, la erudición del psiquiatra Fablistán, sino como lluvia en el rastrojo. Ha leí­do a los clásicos latinos, no para aprender de su actitud crí­tico-burlesca, sino para refrescar un poco su léxico latino; cita o habla con frecuencia del psicoanálisis, pero lo confunde con la psiquiatrí­a. O la presencia-ausencia de Agoní­as y la legitimidad de Malaquí­as. A un mal se agregan otros, se junta el hambre con la necesidad. Hagamos conciencia —concluye entre lí­neas Espinosa—. Es justo y necesario que los viejos marrulleros, opositores del cambio, dejen de actuar. Es un deber que dejemos de ser esclavos. El esclavo es porque así­ lo quiere, dice Plauto.

SELNICH VIVAS HURTADO