Ceremonia posmoderna
Ceremonia culta
Germán Silva Pabón
Editorial Gráficas Olímpica, Pereira, 1993, 155 págs.
No voy a contarles la novela, porque aspiro con su autor, Germán Silva Pabón
nacido en Facatativá en 1951, a que ustedes también la lean,
desprevenidamente, sin la intromisión erudita de alguien que generalmente pasa por encima
del goce de la creación; es decir, leerla como se supone debe hacerse una lectura como
ésta.
Pero sí voy a detenerme un poco en la satisfacción que me produjo este
monumento a la palabra, desde el mismo momento en que recibí el original como
participante en el X Concurso de novela Ciudad de Pereira, hasta hoy, cuando, ya
editada como ganadora de aquel certamen, me invita de nuevo a sumergirme en la magia que
propone a lo largo de sus páginas.
Se me ocurre que una novela como Ceremonia culta se ve muy poco en
estas latitudes. ¿Antecedentes? Tal vez los haya en novelas como La casa infinita, de
Augusto Pinilla, o en Que viva la música, de Andrés Caicedo, o en Conciertos
del desconcierto, de Manuel Giraldo Magil, o en Los placeres perdidos, de Marco
Tulio Aguilera Garramuño. Pero las desborda, creo yo, no tanto porque comparta la música
como telón de fondo, alma y nervio de la cultura masiva contemporánea, y el nihilismo
como actitud frente a la vida, sino porque va más allá de esa anécdota que siempre
hemos esperado de una novela, esa "historia" que se sustituye aquí por el goce
de la creación en cada página y la magia del lenguaje. La interrelación se da,
entonces, entre el cúmulo de vida valga decir, conocimientos de nuestra
contemporaneidad que posea el lector y la infinita gama de posibilidades
interpretativas que ofrece el autor a través de símbolos, parodias, textos e intertextos
que deambulan por la novela.
Ser diferente es, pues, un mérito muy grande en un país donde la más
promocionada leyenda contemporánea de indestructibilidad quedó perforada por un balazo
en un tejado cosmopolita o donde el que pretende ser el mejor concurso anual de novela
por el monto de su premio, claro está, fue declarado desierto, es decir, la
lotería no cayó en el público, y la sensación que quedó flotando en el ambiente fue
la de crisis, pobreza, retroceso, superficialidad, mala calidad, falta de profesionalismo,
burla al lector, carencia de la figura promisoria de otro Nobel para esta sufrida patria
que apuesta más al economicismo consumista que al espíritu y donde la sensación de no
ser produce un vacío que pareciera no poder llenarse.
Digo pareciera, porque, justamente, hay hechos y obras que me hacen pensar en que
el espejo puede retirarse, y que antes que una polémica por un fallo adverso, por fortuna
superado en una nueva versión del concurso, la respuesta está en una obra como ésta.
Porque al encontrarnos con Ceremonia culta, creo que ustedes van a estar de acuerdo
conmigo, se desvanece aquel panorama tan desolador, y si ella no estuvo en la guillotina
del afamado concurso desierto, quizá fue porque el tiempo coincidente de participación
la hizo quedarse en Pereira y porque, tal vez, su protagonista, Santiago, llamado the
swap, le ofreció a su creador la misma dosis de incredulidad con que él lo dejó
vagar por las 155 páginas del libro y le compró el tiquete en Servientrega ¿tal
vez Avianca? para irse a gozar en la región más cafetera de Colombia.
No fue en vano su viaje a medírsele a la vida. Porque la obra le da, en toda su
dimensión, la respuesta al interrogante que la modernidad siempre le reclamó a la
novela, y en general a la literatura, es decir, el arte de la palabra, y que la vida se
puede crear, sufrir y cantar, sin olvidarla, a partir del goce del lenguaje.
Porque la vida está ahí. ¿Cuál? Toda la vida, y esta totalidad depende del
cristal que coloquemos para atravesarla y encontrarnos. Y toda la historia. El hoy y el
ayer. La novela va y viene, retorna al pasado, recoge lo que le place para desacralizarlo
y banalizarlo, sin tomarse la molestia de plantear ningún futuro distinto del de la nada.
Están ahí, pues, el ayer y el hoy de la cultura: la filosofía, la música, la
literatura, en un aquelarre desenfrenado y orgiástico de la palabra, en una ceremonia de
nuestra civilización que puede ser la parodia de una misa, un concierto, la marca o
eslogan de un grupo o, simplemente, una actitud frente a la vida. Si buscáramos un
significado, diría que desentraña al hombre cosmopolita, lo desnuda, lo sube y lo baja,
lo enreda, se enreda en él, es él en definitiva.
Porque personajes de hace siglos o de ahora, el pensamiento de hace años y el de
ahora, convergen en la novela en un hoy impensable hace pocos decenios. Sin embargo, no
hay en ella una acción que implique una historia, sino una serie de hechos y de
pensamientos que articulan el clima en que está basada la novela. A través de sus
páginas deambulan los grandes pensadores de la modernidad y los menores vivientes de la
cotidianidad con sus discernimientos; los grandes artistas de la vanguardia, los músicos
y los filósofos de la feudalidad y la modernidad con los pequeños serenateros, los
pobres y los abyectos, los ricos y los sublimes; la existencia en un instante de toda la
cultura, el presente y el pasado, desde los grandes paradigmas hasta los pequeños
creadores del folclor popular, desde la invención de términos hasta la larga
enumeración barroca que configura una descripción; es una orgía de sonidos, historias,
cuentos, anécdotas, acciones mínimas o apocalípticas a través de las cuales Santiago,
llamado the swap, se fija en la memoria del lector. El homo ludens que
apuesta en 155 apretadas páginas por el hoy: el hombre posmoderno.
Leer Ceremonia culta es aceptar una propuesta de discusión frente a
nuestros desconocimientos de la fragmentada e impredecible realidad que nos rodea, nuestra
carencia de vida frente a la gran erudición, clásica y ficticia, que se da en la novela.
Una vez aceptado el reto, nos preparamos para un goce infinito, página a página, donde
no debemos aspirar a una historia lineal sino a una acumulación de experiencias en las
cuales o estamos identificados con ella desde nuestra cultura de hoy o la rechazamos
frente a la vertiginosidad con que la cultura del consumo hace obsoleta la más próxima
conquista de la inteligencia.
En fin, como ven, hay que leerla y gozarla. Por eso los invito a aceptar el juego
onírico de Ceremonia culta, a vibrar con la parafernalia de su mundo posmoderno.
BENHUR SíNCHEZ SUíREZ |