Boletí­n Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Ceremonia posmoderna


Ceremonia culta
Germán Silva Pabón
Editorial Gráficas Olí­mpica, Pereira, 1993, 155 págs.


No voy a contarles la novela, porque aspiro con su autor, Germán Silva Pabón —nacido en Facatativá en 1951—, a que ustedes también la lean, desprevenidamente, sin la intromisión erudita de alguien que generalmente pasa por encima del goce de la creación; es decir, leerla como se supone debe hacerse una lectura como ésta.

Pero sí­ voy a detenerme un poco en la satisfacción que me produjo este monumento a la palabra, desde el mismo momento en que recibí­ el original como participante en el X Concurso de novela Ciudad de Pereira, hasta hoy, cuando, ya editada como ganadora de aquel certamen, me invita de nuevo a sumergirme en la magia que propone a lo largo de sus páginas.

Se me ocurre que una novela como Ceremonia culta se ve muy poco en estas latitudes. ¿Antecedentes? Tal vez los haya en novelas como La casa infinita, de Augusto Pinilla, o en Que viva la música, de Andrés Caicedo, o en Conciertos del desconcierto, de Manuel Giraldo Magil, o en Los placeres perdidos, de Marco Tulio Aguilera Garramuño. Pero las desborda, creo yo, no tanto porque comparta la música como telón de fondo, alma y nervio de la cultura masiva contemporánea, y el nihilismo como actitud frente a la vida, sino porque va más allá de esa anécdota que siempre hemos esperado de una novela, esa "historia" que se sustituye aquí­ por el goce de la creación en cada página y la magia del lenguaje. La interrelación se da, entonces, entre el cúmulo de vida —valga decir, conocimientos de nuestra contemporaneidad— que posea el lector y la infinita gama de posibilidades interpretativas que ofrece el autor a través de sí­mbolos, parodias, textos e intertextos que deambulan por la novela.

Ser diferente es, pues, un mérito muy grande en un paí­s donde la más promocionada leyenda contemporánea de indestructibilidad quedó perforada por un balazo en un tejado cosmopolita o donde el que pretende ser el mejor concurso anual de novela —por el monto de su premio, claro está—, fue declarado desierto, es decir, la loterí­a no cayó en el público, y la sensación que quedó flotando en el ambiente fue la de crisis, pobreza, retroceso, superficialidad, mala calidad, falta de profesionalismo, burla al lector, carencia de la figura promisoria de otro Nobel para esta sufrida patria que apuesta más al economicismo consumista que al espí­ritu y donde la sensación de no ser produce un vací­o que pareciera no poder llenarse.

Digo pareciera, porque, justamente, hay hechos y obras que me hacen pensar en que el espejo puede retirarse, y que antes que una polémica por un fallo adverso, por fortuna superado en una nueva versión del concurso, la respuesta está en una obra como ésta. Porque al encontrarnos con Ceremonia culta, creo que ustedes van a estar de acuerdo conmigo, se desvanece aquel panorama tan desolador, y si ella no estuvo en la guillotina del afamado concurso desierto, quizá fue porque el tiempo coincidente de participación la hizo quedarse en Pereira y porque, tal vez, su protagonista, Santiago, llamado the swap, le ofreció a su creador la misma dosis de incredulidad con que él lo dejó vagar por las 155 páginas del libro y le compró el tiquete en Servientrega —¿tal vez Avianca?— para irse a gozar en la región más cafetera de Colombia.

No fue en vano su viaje a medí­rsele a la vida. Porque la obra le da, en toda su dimensión, la respuesta al interrogante que la modernidad siempre le reclamó a la novela, y en general a la literatura, es decir, el arte de la palabra, y que la vida se puede crear, sufrir y cantar, sin olvidarla, a partir del goce del lenguaje.

Porque la vida está ahí­. ¿Cuál? Toda la vida, y esta totalidad depende del cristal que coloquemos para atravesarla y encontrarnos. Y toda la historia. El hoy y el ayer. La novela va y viene, retorna al pasado, recoge lo que le place para desacralizarlo y banalizarlo, sin tomarse la molestia de plantear ningún futuro distinto del de la nada. Están ahí­, pues, el ayer y el hoy de la cultura: la filosofí­a, la música, la literatura, en un aquelarre desenfrenado y orgiástico de la palabra, en una ceremonia de nuestra civilización que puede ser la parodia de una misa, un concierto, la marca o eslogan de un grupo o, simplemente, una actitud frente a la vida. Si buscáramos un significado, dirí­a que desentraña al hombre cosmopolita, lo desnuda, lo sube y lo baja, lo enreda, se enreda en él, es él en definitiva.

Porque personajes de hace siglos o de ahora, el pensamiento de hace años y el de ahora, convergen en la novela en un hoy impensable hace pocos decenios. Sin embargo, no hay en ella una acción que implique una historia, sino una serie de hechos y de pensamientos que articulan el clima en que está basada la novela. A través de sus páginas deambulan los grandes pensadores de la modernidad y los menores vivientes de la cotidianidad con sus discernimientos; los grandes artistas de la vanguardia, los músicos y los filósofos de la feudalidad y la modernidad con los pequeños serenateros, los pobres y los abyectos, los ricos y los sublimes; la existencia en un instante de toda la cultura, el presente y el pasado, desde los grandes paradigmas hasta los pequeños creadores del folclor popular, desde la invención de términos hasta la larga enumeración barroca que configura una descripción; es una orgí­a de sonidos, historias, cuentos, anécdotas, acciones mí­nimas o apocalí­pticas a través de las cuales Santiago, llamado the swap, se fija en la memoria del lector. El homo ludens que apuesta en 155 apretadas páginas por el hoy: el hombre posmoderno.

Leer Ceremonia culta es aceptar una propuesta de discusión frente a nuestros desconocimientos de la fragmentada e impredecible realidad que nos rodea, nuestra carencia de vida frente a la gran erudición, clásica y ficticia, que se da en la novela. Una vez aceptado el reto, nos preparamos para un goce infinito, página a página, donde no debemos aspirar a una historia lineal sino a una acumulación de experiencias en las cuales o estamos identificados con ella desde nuestra cultura de hoy o la rechazamos frente a la vertiginosidad con que la cultura del consumo hace obsoleta la más próxima conquista de la inteligencia.

En fin, como ven, hay que leerla y gozarla. Por eso los invito a aceptar el juego oní­rico de Ceremonia culta, a vibrar con la parafernalia de su mundo posmoderno.

BENHUR SíNCHEZ SUíREZ