Boletí­n Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Los fantasmas de La Candelaria


Cuentos para niños de La Candelaria
Elisa Mújica
Carlos Valencia Editores, Santafé de Bogotá, 1994, 69 págs.


Elisa Mújica no es bogotana, pero ha vivido la mayor parte de su vida en el corazón de esa ciudad inmensa en la que todo el mundo tiene afán y camina sin ver, sin imaginar que cada calle, cada balcón, cada plaza tiene su leyenda.

Son precisamente cinco de estas historias las que narra Mújica en su libro Cuentos para niños de La Candelaria. Con un tono casi oral, que hace sentir al lector como si estuviera oyendo cuentos a los pies de una abuela sabia, la escritora va habitando, poblando de leyendas lugares por todos conocidos, como la plazoleta de La Pola y las casas de La Candelaria. También son familiares al lector los protagonistas: Rufino José Cuervo, Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos, Antonio Ricaurte, José Celestino Mutis y Policarpa Salavarrieta.

No es la primera vez que Mújica escribe sobre Bogotá o sobre temas históricos, ni tampoco la primera vez que escribe para niños. Entre sus varios libros están Catalina y Bogotá de las nubes, novela en la que deja ver su obsesión por esta ciudad; La Candelaria: crónicas; La Expedición Botánica contada a los niños; Pequeño bestiario y José Celestino y el dragón. Relatos infantiles.

En Cuentos para niños de La Candelaria se fusionan los lugares cotidianos con los personajes históricos y, además, se narran las historias de tal forma que éstas están despojadas del acartonamiento de la historia tradicional. Así­, por ejemplo, se nos presenta a Rufino José Cuervo no sólo como el gran lingüista obsesionado por las palabras, sino también rodeado de magia, puesto que es precisamente un fantasma de esos que habitan las casas viejas el que le ayuda a encontrar las morrocotas de oro que le permiten ir a Parí­s y hacerse famoso. Está también José Celestino Mutis y sus tantos descubrimientos presentados por Mújica en un tono que, aunque didáctico, no deja de ser encantador, puesto que el gran sabio es presentado casi como un niño enamorado de una flor azul y enemigo de los dragones de la ignorancia.

De esta forma, Mújica reescribe la historia usando estrategias de la literatura infantil, como la incorporación de los elementos mágicos, el tratamiento de los personajes como seres que se convierten en héroes y el uso de un lenguaje sencillo y concreto. Esta reescritura de la historia es valiosa, no sólo porque recupera para La Candelaria sus leyendas y reconcilia a los niños con la historia, al hacerla entretenida, sino también porque incorpora elementos posmodernos que cuestionan la llamada historia oficial.

Un ejemplo claro de esto es la desmarginalización de las mujeres, que aparecen en sus textos con nombres propios y realizando acciones importantes, como se ve en el último relato del libro, Un ramo de rosas y una paloma. Allí­, Mújica dice: "En los demás cuentos de este libro los héroes alguna vez fueron niños. En éste, la heroí­na alguna vez fue una niña. Lo narro por la siguiente razón: si algo abunda en Colombia son precisamente las heroí­nas". Otro ejemplo de crí­tica directa a la llamada historia oficial es el lugar importante que da Mújica a los personajes secundarios que hicieron posible que triunfaran los grandes. Así­, en Aventuras del prí­ncipe Celestino, no sólo destaca a Mutis sino también a cada uno de sus colaboradores: Eloy Valenzuela, Antonio Garcí­a, José Camblor y Roque Rodrí­guez, quienes, "por haber sido los primeros que dieron en nuestro paí­s una batalla en regla contra la ignorancia, merecen figurar no solamente en la historia sino también en los cuentos, con sus nombres resaltados y sin que les falte una letra". Además, Mújica se esfuerza en mostrar las proezas de los americanos de una época en la que eran los españoles los que tení­an el poder y las facilidades de llevarlas a cabo. Por eso destaca el esfuerzo de Rufino José Cuervo y dice: "El mundo entero y principalmente España admiran lo que Rufino José llevó a cabo". Habla también de Gregorio Vásquez de Arce y Ceballos como "el gran artista santafereño, orgullo de su ciudad y de su raza [...] que demuestra que el talento y la constancia valen más que el dinero y los tí­tulos heredados".

En las citas anteriores, es fácil ver el tono didáctico de la autora. Esto se da no sólo en cuanto a lo temático (en el cuestionamiento de la historia misma), sino también en cuanto al lenguaje. A lo largo del texto está haciendo comentarios en los que señala, por ejemplo, que el dragón es el sí­mbolo de la ignorancia, para guiar a los niños en la lectura. Además, hay explicaciones de ciertas palabras, como parque, que "no significa siempre un sitio lindo sembrado de árboles [...] Quiere decir también el depósito de un ejército para guardar municiones [...]". No faltan tampoco las generalidades sobre el lenguaje mismo, como cuando en la historia de Cuervo, El fantasma de la chaqueta verde, dice: "Rufino se hallaba convencido de que, aun cuando cada uno cree hablar sólo del tema que se le ocurre en ese momento, en realidad, por la forma como pronuncia cada palabra y por las que escoge para expresarse, está diciendo quién es, de dónde llegaron sus antepasados, si sabe leer y escribir y cuál será su papel en la vida".

Hay que señalar que este tono didáctico, que en muchos de los libros infantiles resulta aburrido y excluye de sus lecturas a personas de otras edades, en Cuentos para niños de La Candelaria está por lo general bien manejado, puesto que se presenta integrado a la historia, incorporado a la narración.

Cuentos para niños de La Candelaria es, pues, un libro no sólo entretenido e ilustrativo, sino también complejo y contemporáneo. Al fusionar la historia y la literatura, nos habita de nuevo, a niños y grandes, con los revividos personajes de La Candelaria.

LILIANA RAMíREZ