Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996

 

Educación de la Mujer en la Joven República

PATRICIA LONDOÑO VEGA
Profesora
Universidad de Antioquia
Trabajo fotográfico: Patricia Londoño Vega

Un mejoramiento significativo en la educación de las colombianas no ocurrió hasta muy avanzado el siglo XIX, aunque aún entonces los adelantos en la educación apenas beneficiaron a una minoría en ambos sexos; en 1912, alrededor del 80% de los colombianos seguían siendo analfabetos. Además, de acuerdo con la región y la categoría social de la población, se tenían marcadas variaciones en la tasa de analfabetismo; por ejemplo, para ese mismo año, en Boyacá era cercana al 90%, mientras que en Antioquia se hallaba alrededor del 60% 27. La organización de la educación pública fue una de las primeras preocupaciones del gobierno de la Gran Colombia. Debido a la escasez de recursos, el esfuerzo del Estado por establecer un sistema público de educación elemental resultó limitado; si bien el 6 de octubre de 1820 el general Francisco de Paula Santander, en su calidad de vicepresidente de la república, dictó un decreto mediante el cual se ordenaba la creación de escuelas para la enseñanza de las primeras letras en todas las villas, ciudades y lugares que tuvieran bienes propios; y determinó que los conventos de religiosas abrieran escuelas 28.

Uno de los puntos discutidos en el Congreso de Cúcuta en 1821 fue el relativo a la instrucción pública en el país. Las ideas de Santander al respecto se concretaron en varias leyes, algunas de las cuales cobijaban a la mujer; y el artículo 17 del 2 de agosto de ese mismo año establecía que:

Siendo igualmente de mucha importancia para la felicidad pública la educación de las niñas, el poder ejecutivo hará que [...] se funden escuelas de niñas en cabeceras de los cantones y demás parroquias en que fuere posible [...] 29

Cuatro días más tarde, el 6 de agosto de 1821, el Congreso consideró que, ya que la educación de las niñas y las jóvenes,

[...] que tanto influyen en la sociedad, exige poderosamente la protección del gobierno [...], y que [...] en el estado actual de guerra y desolación de los pueblos es imposible que el gobierno de la República pueda proporcionar los fondos necesarios para escuelas de niñas y casa de educación para las jóvenes...

era necesario que los conventos de religiosas abrieran escuelas o casas de educación para niñas, y se facultaran arzobispos, obispos y prelados para que hicieran las dispensas necesarias con tal fin. Igualmente, el Congreso estableció que el poder ejecutivo procedería a reglamentar el funcionamiento económico de dichas escuelas 30. Sin embargo, sólo unos cuantos conventos, como los de Santa Inés y Santa Clara, en Bogotá, acogieron la medida; otros se ingeniaron la manera de eludirla.

En 1822 el gobierno creó en Bogotá una Escuela Normal para la formación de maestros —no se pensó en formar maestras— según el método de Joseph Lancaster, un inglés con quien sostenían correspondencia Bolívar y Santander 31. Este método de enseñanza, en el que los alumnos más avanzados enseñaban a los demás, fue muy bien acogido en todo Occidente por su eficiencia y había sido introducido al país en el segundo decenio del siglo XIX. Durante ese siglo fue adoptado por algunos planteles educativos, principalmente las escuelas públicas, pues en los colegios privados el reducido número de alumnos lo hacía innecesario.

En 1826 el gobierno de Santander elaboró un plan de estudios para reformar la educación, en el cual se establecía que la enseñanza pública sería gratuita y común en todo el país, y se disponía la apertura de escuelas donde las niñas aprendieran religión, labores propias de su sexo, y a leer, escribir y contar 32. Una vez disuelta la Gran Colombia, durante el segundo gobierno de Santander (1832-1837), en la República de la Nueva Granada y con la colaboración de Rufino Cuervo, gobernador de la provincia de Cundinamarca, se continuó impulsando la instrucción pública, concebida como un arma contra las cadenas coloniales que limitaban el saber a los monasterios. Se pretendía eliminar el ideal que representaban los frailes para la juventud granadina, abogando por una iniciación en conocimientos socialmente útiles 33.

De acuerdo con los datos reunidos por el secretario de Estado Lino de Pombo (1797-1862), en 1835 existía en la Nueva Granada un total de 690 escuelas públicas, entre las cuales se incluían tanto las lancasterianas como las que utilizaban el antiguo método de enseñanza. Allí se educaban 20.123 alumnos, pero mientras 544 escuelas estaban destinadas a la educación de varones, sólo 146 formaban niñas. Así mismo, Pombo advertía que en todas las provincias existía un número considerable de establecimientos privados —aunque con muy pocos alumnos cada una— pero que él no las contaba en sus estadísticas 34.

En 1828, Matilde Baños creó en Bogotá un establecimiento de carácter privado destinado a la educación de niñas pertenecientes a familias pudientes. Por lo que se sabe de la invitación a los exámenes de fin de curso que se llevaban a cabo en público, allí se enseñaba a las alumnas —además de escritura, lectura y trabajos manuales—, geografía, aritmética, música y gramática francesa. El éxito de esa empresa motivó a otra santafereña, Isabel Cárdenas, para abrir, en 1830, un plantel similar, en el cual educaba a niñas entre los seis y los doce años, que permanecían allí internas, pues sólo podían salir una o dos veces al año 35. Igualmente, en Medellín, Tomasa, Concepción, Dolores y Petronila Caballero Pardo dirigieron una escuela para niñas, en la cual enseñaban lectura, escritura, aritmética y geografía; y, en la misma época, Rosalía Gómez de Obregón fundó una escuela mixta.36. Seguramente en otras ciudades del país surgieron iniciativas parecidas.

En cuanto al número de escuelas por provincia, la que concentraba la mayor cantidad era Mompox, con 126; le seguía Antioquia, con 86; y en tercer lugar Bogotá, con 64; y presentaban un menor número de escuelas las provincias de Riohacha y Chocó 37. No obstante, se debe tener en cuenta que en 1835 sólo el 8,7% de la población en edad escolar iba a la escuela 38.

En aquellos años la educación femenina se seguía considerando menos urgente que la masculina, como lo demuestra el hecho de que no se planteara que la educación dada en los conventos fuera reemplazada o complementada por instituciones estatales; pues se admitía que era imposible que el gobierno de la república pudiera proporcionar los fondos necesarios para las escuelas de niñas 39. A pesar de que los logros al respecto favorecieron principalmente a la juventud masculina, al menos se tuvo en cuenta a la mujer en los debates sobre la educación. En estos años algunos cuestionaron la educación de las jovencitas tras los muros de los conventos; alegaban que el fin último de su educación era prepararlas como esposas y madres, y que en ello poco podían las monjas. En consecuencia, se planteaba que la Dirección de Instrucción Pública debía supervisar el contenido de la educación dada por las religiosas; cuidar que ésta se limitara a enseñarles a leer, escribir, coser y bordar y los rudimentos de la religión 40.

La mayoría de los padres de familia no le daba importancia a la educación de sus hijas. De ahí que el gobernador de la provincia de Cundinamarca se quejara en 1832 ante el gobierno de que la creación de escuelas primarias para niñas era vista con indiferencia. Para el gobierno resultaba inadmisible mantener a las mujeres en la ignorancia en una sociedad ilustrada; admitía que ellas, por ser el sexo más débil, "no son propias para los estudios profundos: ellas no deben dirigir el estado, ni hacer la guerra, ni entrar en el misterio de las cosas sagradas [...]", pero reconocía que de las mujeres dependía la conservación de las buenas costumbres en la sociedad y que, por tanto, no debían ser unas madres ignorantes e indiscretas. También, en nombre de la razón, hacía un llamado a que las niñas fueran educadas por maestros "adornados de una religión pura [...] que supieran música, pintura y baile"41.

En el folleto anónimo Eufemia o la mujer verdaderamente instruida, reimpreso en 1839, se sostenía que:

un juicio sano y cultivado no se adquiere por los estudios profundos que las más de las veces producen un efecto contrario y aún perjudicial, sino tomando una parte activa en todos los negocios domésticos.

Se admitía que las hijas debían aprender a leer, a escribir y a contar de memoria; conocer los pesos, las medidas y las monedas para que no fueran engañadas en las compras; y quizá algo de historia y de geografía, pero nada más, pues los conocimientos superfluos les harían daño 42.

Mientras estuvieron vigentes los planes educativos de Santander, en los decenios de 1820 y de 1830, la instrucción de la mujer fue amparada por la iniciativa privada. En el proyecto del Código Educativo de 1834 se lograron algunos avances en relación con el plan de Santander de 1826, pues, además, de que se contemplaba su instrucción en aquellas labores propias de su sexo, a las mujeres se les permitió que aprendieran aritmética, lectura, escritura y gramática castellana, saberes que podían prepararlas para un futuro mejor manejo de su familia. No obstante, en la mayoría de los artículos de prensa que defendían la necesidad de educar a la mujer se estaba de acuerdo en que la instrucción de ésta requería un contenido muy diferente de la del varón; el consenso era que en el caso de la mujer "la escuela debe ser más hogar que escuela"43.

La única iniciativa oficial en esta época se plasmó en la apertura del Colegio de la Merced, en mayo de 1832, gracias al decreto presidencial formulado por el gobernador de Cundinamarca, Rufino Cuervo. Este colegio se constituyó en el primero dedicado a la enseñanza superior para señoritas que se abrió en el país. En 1838 se trasladó de una casa particular, donde inició labores, al antiguo hospicio de los monjes capuchinos, comunidad que había salido del país en 1819. Allí se enseñaba doctrina cristiana, economía doméstica, urbanidad, gramática española y francesa, dibujo, música y oficios femeninos a niñas entre los 5 y los 14 años. La institución, antes de un cierre temporal ocasionado por la crisis económica y social que vivió el país a mediados del siglo, funcionó durante veinte años sin interrupción; período durante el cual, en su orden, se sucedieron como directoras Marcelina Lago de Camacho, Mercedes Nariño de Ibáñez y Josefina Ospina de Leary 44.

Silveria Espinosa de Rendón
Silveria Espinosa de Rendón, poeta bogotana de la segunda mitad del siglo XIX (Papel periódico Ilustrado, Bogotá. 1886).

En 1833 Rufino Cuervo escribió para las alumnas del Colegio de la Merced un Catecismo de urbanidad, y en Bogotá este colegio publicó en 1843 un folleto en el cual, cumpliendo con los estatutos, se anunciaba que las alumnas debían concurrir a un certamen público para ser evaluadas en aritmética, gramática castellana, francés, geografía, religión, moral, urbanidad y economía usual. En el escrito se incluían los respectivos cuestionarios y la lista de las alumnas por sección. De los cuestionarios puede extraerse el contenido de cada una de esas materias: la economía, por ejemplo, comprendía nociones sobre el cuidado de enfermos, el aseo y la alimentación; en urbanidad se estudiaba la manera como debía arreglarse una señorita según la hora y el evento, su asistencia y participación en las funciones religiosas, los diferentes tipos de visitas y cuando debía realizarlas, como saludar y despedirse, lo propio de las conversaciones, los modales en la mesa, de qué modo caminar en la calle y por dónde hacerlo, su presencia en reuniones, tertulias y bailes, y lo relativo a la correspondencia epistolar: el modo de escribir una carta, su estilo, modelos, tamaños del papel y forma de la letra 45.

 

 

 

La iniciativa privada y los avances en la instrucción de la mujer a mediados del siglo XIX

Una vez concluida la guerra civil de los Supremos, ocurrida entre 1839 y 1841, volvió a cambiar la orientación del sistema educativo en el país; algo corriente en el siglo XIX, pues los distintos gobiernos tendían a relacionar las fallas sociales con el tipo de educación que se diera a la juventud y a cifrar en ello las esperanzas de cambio. Sin duda, Mariano Ospina Rodríguez, político conservador antioqueño, fue quien más influyó en las reformas educativas de mediados del siglo; él buscó un equilibrio entre la orientación técnica y la formación humanística, y a él se debe el retorno, en 1843, de los jesuítas al país después de su expulsión en 1767. Durante el período comprendido entre 1840 y 1860 progresó en el país la educación femenina de carácter privado; así, en un mensaje que Ospina Rodríguez presentó al Congreso en 1844, consigna la existencia de 491 escuelas públicas y 712 privadas en Colombia. A las públicas asistían 19.161 varones y 7.763 niñas; es decir, el 28,8% de los educandos eran mujeres 46.

En esta etapa, el mejoramiento en la educación femenina se debió sobre todo a la iniciativa privada; pues, aunque se crearon algunos colegios oficiales femeninos, las escuelas públicas estaban destinadas en su mayoría a la educación de los varones. En 1847 Boyacá contó con el mayor número de escuelas públicas en el país: 84 para la formación de hombres y cinco, lo mismo que Cundinamarca, en las que se educaban niñas. Las otras pocas escuelas se localizaban en Santander y Cauca, cada uno con tres; Tolima y Magdalena, con dos; y en Antioquia, Bolívar, Panamá y Mompox, con una escuela cada uno. En cambio, en ese mismo año todos los Estados, a excepción del Cauca, contaron con un número de establecimientos femeninos privados superior al de las escuelas para varones; los Estados con mayor cantidad de escuelas privadas para niñas fueron, en su orden, Bolívar, Cauca y Antioquia 47.

A mediados del siglo algunos países latinoamericanos avanzaron en materia de educación femenina. En Argentina, por ejemplo, después de 1852, cuando fue derrocado el general Rosas, pudieron regresar al país los reformadores Juan Bautista Alberdi y Domingo F. Sarmiento, quienes habían viajado extensamente por Europa y Estados Unidos, y habían tenido oportunidad de conocer los adelantos que se estaban dando en la instrucción femenina. A su regreso, uno de los proyectos que ambos impulsaron consistió en la creación de una red de escuelas públicas financiadas por el gobierno para educar jóvenes de uno y otro sexo 48.

En Bogotá algunos de los principales esfuerzos en favor de la instrucción femenina, realizados por personas particulares, fueron los siguientes. El institutor español Pedro José Diéguez y su esposa, Manuela Mutis, fundaron en 1844 dos colegios privados, uno para varones y otro para señoritas, cada uno con cerca de treinta alumnos. En ambos planteles se enseñaba escritura, lectura, aritmética, castellano, ortografía, contabilidad, religión, geografía y nociones de francés; además, las señoritas aprendían trabajos manuales ayudadas por la directora, Manuela Mutis, famosa por sus costuras y bordados 49. De igual modo, en 1844, la viuda del general Santander, Sixta Pontón y Piedrahíta, se empeñó en traer a Colombia a las religiosas francesas de la Sociedad del Sagrado Corazón, fundada en 1800 para educar niñas y jóvenes de la alta sociedad, para que ayudaran a educar a las colombianas. Pero, como no pudo lograrlo, fundó con otras damas la Asociación Piadosa del Sagrado Corazón, con el mismo propósito 50. En conmemoración de la fundación encargó al pintor Ramón Torres Méndez una alegoría en la que se mostrase al Salvador ofreciendo su corazón a las jóvenes 51. Sixta Pontón era considerada por sus contemporáneos una matrona distinguida, inteligente y virtuosa; y en su colegio, que tuvo fama de ser estricto y conventual, se educaba sólo a un reducido número de alumnas, muy escogidas. Se sabe, además, por los cuestionarios de los exámenes públicos de fin de año, que allí se enseñaba religión, gramática castellana, aritmética, contabilidad, geometría, geografía, física, astronomía, historia, italiano, francés e inglés, moral, música y canto; las niñas debían aprender a bordar en lino, seda y oro; a pintar, a confeccionar flores, a remendar, a tejer. Entre los profesores se contaban algunos destacados intelectuales de la época, como Mariano Ospina Rodríguez, José Manuel Groot, José Caicedo y Rojas 52.

En esa misma época fueron fundadas otras instituciones en las demás poblaciones importantes del país; en Antioquia, por ejemplo, en 1848 existían 90 escuelas para varones y 48 para niñas.

Cerca de la mitad de las escuelas que atendían al sexo masculino eran públicas, mientras que de los 48 establecimientos donde se educaban las niñas, 47 eran privados. La educación femenina parecía ser un asunto de los padres de familia, quienes se organizaron en juntas para atender este frente.

La Estrella de Occidente, periódico oficial de Medellín, citaba en julio de 1849 a los padres de familia a la casa del gobernador, para conversar sobre el establecimiento de un colegio femenino costeado por ellos mismos; y en enero del año siguiente el mismo periódico anunciaba a los lectores que la apertura del Colegio de Santa Teresa tendría lugar en el mes de abril de ese año, bajo la dirección de Nicolás Restrepo, Martina Escobar y Juliana Barrientos. Ése fue el primer plantel de enseñanza que abarcó secundaria para señoritas en Medellín; en él se admitían niñas entre los siete y catorce años, y se les enseñaba lectura, escritura, dibujo, costura, bordado, calado, matemáticas, gramática, geografía, moral, urbanidad y economía doméstica 53. Figuraron como sus profesores Rafael María Giraldo, Pedro A. Restrepo, Ignacio Quevedo, José María Facio Lince y otros personajes que entonces se destacaban en las letras o en la política regional. La institución no exigía en los días corrientes el uso de uniforme, pero sí un traje de manga larga, y para las ocasiones especiales las alumnas debían llevar como uniforme de gala un traje blanco de cuello y mangas largas; chal negro; gorra de paja sin flores; botines negros; corbata azul celeste, y en ella un escudo pendiente en que estaban bordados con oro y plata los emblemas de la inocencia y el trabajo (una paloma y una colmena) 54.

La sesión inaugural del colegio, el 7 de abril de 1850, fue muy solemne. Hubo discursos que alababan la educación femenina, algunas alumnas recitaron poesías a la patria, y el acto fue amenizado por la Sociedad Filarmónica con un concierto. Sin embargo, al poco tiempo de iniciadas las labores, empezaron las acusaciones de que "las mentes de las niñas estaban siendo corrompidas por las doctrinas liberales". A lo cual el patriarca y político antioqueño Pedro Antonio Restrepo Escovar, uno de los pedagogos de la institución, respondió con una vehemente defensa de la moralidad y la enseñanza del colegio 55.

Desde mediados de siglo, en los principales centros urbanos del país numerosas casas de familia abrieron sus puertas para la educación de niñas y señoritas 56. Los colegios eran anunciados en hojas volantes y en avisos de prensa; y comúnmente recibían nombres religiosos: San José, la Santísima Trinidad, María, Sagrado Corazón de María, la Concepción, las Mercedes, la Providencia y Santa Teresa, entre otros. Éstos muchas veces no constituían colegios propiamente normales, sino que eran grupos de alumnas conformados en torno a algún preceptor, o a una maestra ocasional, que asumía la enseñanza como labor social o como oportunidad económica en momentos de baja solvencia. Así, por ejemplo, P. A. Restrepo Escovar, para resarcirse de su viudez, dio durante algún tiempo clases de religión, moral, urbanidad y cultura general, a las jovencitas y a las señoras de la incipiente población de Andes (Antioquia) 57.

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Las mujeres de clase alta a mediados del siglo pasado por lo regular recibían alguna educación musical (Dama al piano, acuarela sobre marfil de José Gabriel Tatis, 1856)

La instrucción de las mujeres de clase social acomodada era, en términos generales, precaria; así lo indican los múltiples errores de ortografía, puntuación y gramática que se observan en las cartas escritas en aquella época; por ejemplo, las de Nicolasa Ibáñez, la esposa del político capitalino José Antonio Caro58. Únicamente en algunos planteles el nivel de enseñanza era bueno y estaba acorde con los avances pedagógicos logrados en el extranjero. El Colegio de la Enseñanza, por ejemplo, recibió en 1859 la aprobación de una modificación en su plan de estudios para incluir clases de gramática castellana, geografía, aritmética, historia sagrada, francés y piano, materias estudiadas por las colegialas en los países más desarrollados 59.

No obstante los progresos alcanzados, es necesario tener en cuenta que en aquella época la educación en Colombia se concentraba en los principales núcleos urbanos y que, de todas maneras, los educandos seguían siendo muy pocos; realidad muy diferente de la que se vivía en Estados Unidos y en algunos países de Europa occidental, donde la idea de una instrucción primaria y secundaria, pública y gratuita para ambos sexos era entonces ampliamente aceptada 60. Desde mediados del siglo XIX, en dichos países había aumentado el número de escuelas primarias y secundarias para mujeres e incluso se había admitido que ellas trabajaran como maestras. Esto tal vez pueda explicarse por el hecho de que allí las mujeres aprendieron a leer al mismo tiempo que los hombres, pues para los protestantes la lectura personal de la Biblia se consideraba básica para la salvación del alma 61.

Polémica sobre la educación de la mujer

En los decenios correspondientes a los años 1840 y 1860 se extendió ampliamente el debate sobre la educación femenina a través de la prensa y de folletos. Así, por ejemplo, en un artículo publicado en 1848 en El Neogranadino, de Bogotá, su autor, recogiendo los términos de una discusión iniciada en este periódico, afirmaba que, desde hacía algún tiempo, algunas señoras, después de haber leído la Nueva Heloísa, se "deschabetaron [sic], i hecharon como suele decirse, por la calle del medio, esto es, no siguieron portándose como quienes eran". El autor consideraba que, debido a eso, aquellas señoras se ganaron la fama de "bachilleras" y escandalizaron a la población; sin embargo, aunque el artículo llevaba a que muchos concluyeran que la educación era dañina para las mujeres, allí se consignaba que la situación estaba cambiando y que poco a poco se iba aceptando la idea de que la instrucción femenina fuera provechosa, mientras estuviera ayudada por la moral y se evitara la lectura de novelas perniciosas. De igual modo, el autor consideraba útiles las escuelas para niñas, pues allí van "civilizándose las mujeres para que luego nos desasnen [sic] y nos civilicen a nosotros"; y estaba seguro de que su instrucción redundaría en beneficio del género masculino 62.

El énfasis en el carácter moral atribuido a la instrucción femenina en estos años lo ilustra bien un folleto que reproduce una carta enviada en 1853 por Rafael M. Vásquez al coronel antioqueño Anselmo Pineda (1805-1880), en la cual le expresa su opinión a propósito de la educación de Francisca Vicenta, una de las hijas del coronel. El remitente afirma que por fin la educación femenina era vista como patrimonio de la razón universal, y señala luego que, a su juicio, el problema radica en determinar cuál era la educación que mejor podía preparar a la mujer para su destino de "Esposa, Madre y Majistrado doméstico" 63. Opinaba que el fundamento debía ser la religión católica, pues ésta les procuraría a las mujeres fuerza y voluntad para cumplir con sus deberes; además, según él, era conveniente que las niñas estuvieran preparadas para elegir un buen marido y para prestarle a éste servicios constantes:

[aún] en tareas que se miran como exclusivas del hombre. Un consejo oportuno, una reflexión a tiempo, participación en la teneduría de libros, evasión de un negociado fácil cuando el marido se ocupa de uno difícil, son actos que sientan muy bien a una esposa [...] 64 .

Por último, R. M. Vásquez anotaba que en caso de que la mujer no tuviera la suerte de encontrar un buen compañero sino un "tirano doméstico", ella debía ser capaz de persuadirlo para obtener así un trato más justo; por tanto, la esposa necesitaba cultivar su inteligencia, y sus conocimientos debían abarcar campos como el de la salud, la moral y el saber en general. En suma, opinaba que, en su época, una mujer debía formarse en religión, lectura y escritura, costura, aritmética —para controlar la cuenta de los gastos domésticos mediante la teneduría de libros—, geometría, dibujo, música, física y química 65.

En aquellos años muchas otras personas estuvieron de acuerdo con que la educación femenina estuviera íntimamente ligada a la moralidad pública. Así, en 1871 el prefecto de educación del Departamento Norte, en el Estado de Antioquia, envió una solicitud de aumento de sueldo para la directora de la Escuela de Niñas en Carolina (Antioquia), en la cual decía:

[...] para que la instrucción de la mujer sea al fin en ese distrito, en donde las vagas de todas las edades han hecho retrogradar [sic] y barbarizar las costumbres [...] Sobre todo hay que hacer entrar a todo trance el pueblo de Carolina por algún régimen, y si no es el de la ley, por que no hay quien lo aplique allí, al menos sea el de la moral pública, cuyo fundamento es la educación de la mujer 66.

Eliminar la idea de que la educación de la mujer era menos importante que la de los varones no fue nada fácil. El Plan General de Enseñanza Primaria, adoptado en el Estado de Antioquia el 20 de abril de 1866, consideraba que la instrucción de niños menores de siete años era asunto de los padres de familia, quienes tenían la obligación de enviar a la escuela por lo menos uno o dos de sus hijos, según cuántos tuvieran; en cambio, respecto a la educación de las niñas, afirmaba que "los padres no podrán ser compelidos con apremio a enviar sus hijas a las escuelas, ni obligados a consentir que permanezcan en ellas..." 67