Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996

 

La Instrucción Femenina Bajo los Gobiernos Radicales

PATRICIA LONDOÑO VEGA
Profesora
Universidad de Antioquia
Trabajo fotográfico: Patricia Londoño Vega

Después que los liberales radicales lograron imponer, en 1863, la Constitución de Rionegro, la educación, igual que la paz y el mejoramiento en la red de caminos, recibieron del gobierno atención prioritaria durante casi veinte años. Por esta época se sostuvo, con mayor convencimiento que antes, la idea de que la educación era el camino para alcanzar la tan ansiada civilización. La reforma educativa fue concebida como una de las funciones del Estado, y para implementarla se creó la Dirección Nacional de Instrucción Pública, anexa al Ministerio del Interior. A través del decreto orgánico de noviembre de 1870, la instrucción pública primaria fue declarada gratuita, obligatoria y laica; desatándose con ello una controversia tal, que llevó a la guerra civil en 1876. A pesar de la crisis económica y política, en estos años el número de establecimientos educativos en el país creció a un ritmo mayor que en épocas pasadas 68, aunque ese crecimiento fue muy desigual en las diferentes regiones del país. Según cifras reunidas por J. O. Melo, en 1873 los índices más altos de escolaridad para los niveles de primaria se presentaron en Antioquia (5,4%), Cundinamarca (4,6%) y Santander (3,1%); Bolívar y Boyacá apenas alcanzaron el 2,9%; y, en general, la proporción alcanzó en el país el 3,0%. Junto con el anterior proceso se dio una expansión más rápida de la enseñanza femenina. La proporción de niñas en las escuelas pasó del 16% al 34% entre 1847 y 1870 69.

Los recursos fiscales no fueron suficientes para aplicar la reforma en todos los Estados, y además esta fue interrumpida por la guerra civil de 1876; durante casi dos años muchos establecimientos educativos tuvieron que suspender actividades y sus locales fueron convertidos en cuarteles. Según J. Jaramillo Uribe, el número de escuelas y estudiantes en 1880 era inferior al de 1876: 1.646 escuelas y 79.123 estudiantes en el 76; 1.395 y 71.500 en 1880 70. El sistema educativo seguía beneficiando a un sector minoritario de la población. En 1875 sólo el 18% de los niños acudía a la escuela primaria 71; en cuanto a las mujeres, todavía se continuaba discutiendo si se las debía educar o no. Un sector de la crítica a la educación de la mujer sostenía que ésta era la tarea más importante de la sociedad, con el consabido argumento de que las mujeres constituyen la base de la moralidad de un pueblo. Entre quienes opinaban así estaba Josefa Acevedo de Gómez; ella, en su Tratado de economía doméstica, publicado en 1869, se quejaba del desprecio que manifestaban los hombres frente a la inteligencia de las mujeres 72.

La situación había empezado a cambiar: entre 1847 y 1870 la proporción de niñas en las escuelas del país pasó del 16% al 34% 73; y entre 1873 y 1874 se contabilizaron un total de 1.845 escuelas en el país, que comprendían tanto las del sector rural como las del urbano, en las cuales se educaban 1.301 niños y 544 niñas. Considerando sólo las escuelas públicas, los Estados donde mejor representada estuvo la educación femenina fueron Cundinamarca, Santander y Antioquia. Muy diferente era lo que ocurría con las escuelas privadas; el mayor número de ellas se concentraba en Antioquia, y su cantidad, 155, superaba el número de las de varones, 148. También en el Estado de Cundinamarca el número de escuelas privadas para niñas, 53, superó el de las de varones, 38 74. En los Estados con los índices de escolaridad más alta en 1874 —Antioquia, Cundinamarca y Santander— la instrucción de la mujer se acercaba más a la de los varones que en el Cauca, Tolima, Bolívar y Magdalena, departamentos con muy bajos índices de escolaridad 75.

Uno de los cambios presentados durante el período comprendido entre 1870 y 1880 fue el mayor acceso de la mujer a la educación; algunos gobiernos seccionales y, principalmente, las entidades particulares hicieron mucho en beneficio de la instrucción femenina en casi todas las ciudades del país. Las cifras indican que la instrucción pública experimentó en aquellos años un notable aumento: de 1.347 niñas que se educaban en 1869 se pasó a 32.347 en 188176. Durante estos años, en las principales ciudades del país se continuaron fundando colegios privados dirigidos al sexo femenino. Tales establecimientos por lo general se publicitaban mediante avisos publicados en la prensa local o en hojas volantes; anunciaban si recibían alumnas en calidad de internas, lo cual era más común, semiinternas o externas; la fecha de iniciación de labores; el nombre del director, que generalmente era una mujer, y la ubicación del plantel. Algunos anuncios incluían la lista de materias que se enseñaban; el costo por año, según el tipo de alumna; el número de estudiantes; el horario; los útiles que debían conseguir las alumnas.

Se acostumbraba publicar en la prensa, generalmente en aquella dirigida a las mujeres o a la familia, artículos en los cuales los examinadores comentaban los resultados de los certámenes públicos de fin de año y la exhibición anual de los trabajos manuales; se aprovechaba, además, para elogiar o recomendar algún establecimiento en particular. A veces los anuncios proporcionaban información sobre las actividades diarias de las estudiantes. Así, en 1864, el Colegio de la Santísima Trinidad, de Bogotá, dirigido por Estoquea Carrasquilla, publicó una hoja volante donde especificaba que recibía niñas entre los siete y los trece años "que no adolezcan ninguna enfermedad crónica ni contagiosa"; y añadía que "Habrá once meses de enseñanza y uno de asueto, que será el de diciembre", y que las alumnas podían ir a sus casas todos los domingos, excepto el primero del mes. Pero aquellas niñas cuyos padres vivían lejos podían quedarse en el colegio tanto los domingos como en época de vacaciones, previo el pago de una cuota extra; además, no se permitía que ninguna alumna saliera con un criado o una persona que no fuese conocida por la directora del colegio, a las niñas que no llegaran los domingos a las seis no se les dejaría salir el domingo siguiente, las visitas eran prohibidas y no se podía llevar al colegio nada de comer.

Cada alumna llevará al Colejio cama, colchón, almohada, tasa, jarra. Toda ropa deberá estar marcada con el nombre i apellido con todas las letras. El baúl en que deberá guardar la ropa tendrá su correspondiente cerradura. Los vasos serán de metal y estarán marcados. También tendrá cada alumna una silla y caja de costura, con todos los útiles para esta i para los bordados [...]

No se permitía usar traje de seda, y en el colegio se les lavaba y planchaba la ropa a las alumnas 77. Por último, al finalizar el año, había certámenes a los que no podían asistir sino los padres o los acudientes. Los detalles sobre las costumbres cotidianas en los colegios también pueden conocerse a través de los reglamentos. Por ejemplo, en 1865, en cumplimiento del Código de Instrucción Pública, el Colegio de la Merced, en Bogotá, adoptó un nuevo reglamento: allí constaba que las alumnas debían levantarse a las cinco y media de la mañana, tender la cama, rezar, bañarse, desayunar y concurrir a clases. Los domingos, los padres de familia o los tutores podían llevarse a las niñas a partir de las nueve de la mañana, pero ellas debían regresar máximo a las cinco y media de la tarde 78.

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Los contenidos de la educación femenina en gran medida reforzaron los papeles tradicionales asignados a la mujer. Esta lámina europoea es titulada Condición social de la mujer de acuerdo con su profesión y Realidad de la vida.

Según las listas de materias anunciadas en la prensa, en los colegios femeninos, en el decenio de 1860, se enseñaba: religión, historia sagrada, gramática castellana, aritmética, cálculo, francés, dibujo, costura, bordados y tejidos, música y, en algunos colegios, geografía. Los varones, en vez de trabajos manuales estudiaban latín, inglés, contabilidad, álgebra, geometría, "ciencia intelectual". En el decenio siguiente, materias como urbanidad, higiene y economía doméstica —las cuales estuvieron incluidas en los programas del decenio de 1840 y después desaparecieron—, y otras asignaturas nuevas, como cálculo, geografía general y de Colombia, historia patria e historia natural, fueron añadidas al programa de estudios de los colegios femeninos. Los comentarios publicados en artículos de prensa y, a veces, las propagandas de los colegios femeninos insistían en que la formación moral y religiosa, y el cultivo de las buenas maneras, eran parte esencial de la formación de las jóvenes. Las listas de materias y las alusiones a la presentación de trabajos al final del año, permiten inferir que era muy exigente el entrenamiento en todo tipo de labores manuales. Las ceremonias de fin de año eran muy solemnes; generalmente eran amenizadas con números de música y canto ejecutadas por las mismas alumnas.

El debate continúa

En diciembre de 1870 el inspector de instrucción pública, Medardo Rivas, miembro del Olimpo Radical, presentó ante el gobernador de Cundinamarca un informe sobre el Colegio de la Merced de Bogotá, en el cual hacía comentarios que reflejaban las nuevas ideas acerca de la instrucción femenina; planteaba que al sistema pedagógico del colegio había que agregarle "un método práctico que las acostumbre a aplicar los conocimientos que reciben" 79, y considerando los escasos recursos económicos de las jóvenes que allí educaba el Estado, "esta educación debe darse de manera que pueda servirles para formarse una carrera más tarde en la sociedad" 80. En su concepto, "la educación intelectual que reciben las jóvenes las hace demasiado señoritas" [subrayado del autor] 81. Por ello sugería que se alternaran con las labores domésticas y observaba además que "en las jóvenes que viven encerradas en el Colejio [había] una tendencia funesta a la anemia i la clorosis" 82, lo cual atribuía a la falta de ejercicio físico necesario para el fortalecimiento del cuerpo. Igualmente, recomendaba que las alumnas atendieran una huerta o un jardín y que tuvieran más recreación 83. Al año siguiente, el inspector Rivas dio, en el mismo colegio, una serie de conferencias sobre la educación de la mujer, las cuales fueron publicadas. A juicio suyo, en comparación con los avances logrados en este campo en Europa y Norteamérica, la educación femenina en el país había estado muy descuidada; decía que por ignorancia y por envidia se había impedido a las mujeres hacer uso de sus talentos; y que durante la colonia las mujeres no cultivaron su razón, pues "[...] sus aspiraciones, sus dolores y su felicidad, todo moría dentro de los muros de su espaciosa cárcel", pero que la época había cambiado 84.

El inspector les recordaba a las alumnas que el gobierno financiaba el Colegio de la Merced por reconocer la enorme influencia de la mujer en la sociedad; y con la idea de que ellas, al volver a sus poblaciones de origen, llevaran "semillas de ciencia y de virtud" 85. En la novena conferencia les advertía que:

cuanto voy a deciros hoi será grato para vosotras [...] i lo dire aunque la directora del colegio haya de acusarme de que desmoralizo el establecimiento i que os aconsejo cosas perniciosas [...] Es que la educación física es más importante que la educación intelectual. Es que la primera necesidad a que debemos atender es robustecer nuestro cuerpo [...]. Una mujer débil de cuerpo no puede tener energía en las grandes dificultades de la vida [...] 86.

Según M. Rivas, el pudor, el recato y la modestia no se deben alterar con la adquisición de conocimientos; un ejemplo de ello, citado por él, es el notable adelanto logrado en la instrucción de la mujer tras su emancipación en los Estados Unidos. Pero, alternando con estas opiniones, que se pueden considerar de vanguardia para la época, el inspector les daba a las mujeres consejos acordes con posiciones más convencionales; en su quinta conferencia, por ejemplo, les decía que "[...] los hábitos de obediencia dulce y resignada ahora, os preparan para no sentir en el largo período de la vida el yugo moral que debéis soportar [...]" 87.

Formación de las primeras maestras

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Clase de economía doméstica en Estados Unidos, 1899 (tarjeta postal)

Desde el 2 de agosto de 1821, cuando el Congreso autorizó al ejecutivo la creación de escuelas normales que se guiaran por el método lancasteriano, la idea de fundar escuelas para formar maestros fue acogida por la ley, aunque en ese momento no se tuvo en cuenta a la mujer. Más adelante, en 1842, Pedro Alcántara Herrán y Mariano Ospina Rodríguez establecieron escuelas normales destinadas exclusivamente a los varones; no obstante ya había quienes se atrevían a plantear que este oficio era apto igualmente para las mujeres. Así, por ejemplo, el 2 de diciembre de ese mismo año, Pedro Fernández Madrid disertó en la Sociedad Filarmónica de Bogotá sobre la conveniencia de formar maestras para que se hicieran cargo de las escuelas de primaria 88.

En 1870, como parte de la reforma educativa, fue promulgado un decreto en el cual se dictaminaba que cada capital de los estados federales debía crear una escuela normal 89. Al año siguiente, Manuel Ancízar, después de visitar las escuelas de Bogotá, presentó un informe a la Junta de Instrucción que fue publicado en la revista bisemanal de la Dirección Nacional de Instrucción Pública, Escuela Normal, en el cual se reseñaban los avances educativos logrados en Estados Unidos y en los principales países europeos en este ramo. El autor de tal informe concluía allí que el principal problema de la educación primaria en el país era la falta de maestros capacitados; lo que sirvió de contexto para que se empezara a capacitar a las mujeres como instructoras 90. Las mujeres habían ejercido como maestras, incluso nombradas por el gobierno, antes que oficialmente se empezaran a capacitar como tales. En la lista de decretos sobre nombramientos de directoras de escuela del Estado de Antioquia, por ejemplo, consta que entre 1865 y 1870 —antes de la creación de las primeras normales femeninas— se registraron veintitrés maestras, quienes provenían de Santa Rosa, Rionegro, Barbosa, Amagá, Caldas, Fredonia, Santo Domingo, Amalfi, Anorí, Yarumal, El Retiro, San Vicente y Manizales. Y de la lista de los directores de escuela registrados entre 1865 y 1880, años para los cuales se dispone de esta información, se tiene que una tercera parte eran mujeres 91.

El informe de Ancízar sirvió de base para que el gobierno encargara al cónsul de Colombia en Berlín que contratara pedagogos de Alemania —nación con la cual se tenían importantes vínculos comerciales, pues era el principal comprador del tabaco colombiano—, con el propósito de que vinieran por seis años a preparar personal docente en Colombia de acuerdo con los modernos métodos educativos. En 1872 llegaron nueve profesores, uno para cada Estado, y al poco tiempo otros; entre ellos la educadora católica Catalina Recker, a quien se encargó de dirigir la Escuela Normal de Señoritas, de Bogotá, creada por decreto del 15 de agosto de 1872 y que empezó labores con cuarenta alumnas 92. En esta institución se enseñaba, entre otras materias, telegrafía teórica y práctica; lo que parece ser el primer intento de capacitación técnica femenina que se dio en el país, aunque interrumpido por orden del gobierno un año más tarde 93. Entre 1871 y 1880 las escuelas normales de Bogotá graduaron 128 maestros y 120 maestras 94. Además, el Congreso de la república, en agosto de 1873, aprobó una partida presupuestal destinada a abrir normales para señoritas en los demás Estados 95. En Antioquia fue donde primero se llevó a efecto este decreto; de tal modo que en Medellín se creó en 1875 la primera normal femenina, dirigida por Marcelina Robledo de Restrepo 96. Así mismo, en ese año se crearon otras en Tolima, Tunja y Santa Marta, y al año siguiente en el Cauca 97.

Aunque las normales contaban con algunos elementos pedagógicos modernos, en ellas pervivía en gran parte la rigidez de los métodos tradicionales. Un testimonio lo da una alumna de la Normal de Señoritas de Tunja. Cuando ella tenía quince años, después de haber terminado un laborioso vestido de prenses se lo mostró a la profesora, ante las exclamaciones de admiración de las demás compañeras; pero ésta alcanzó a percibir un atisbo de vanidad en la alumna y le exigió que desbaratara el traje y le enseñó la lección de que "más vale una mujer virtuosa que una excelente costurera" 98.

En 1873 el gobierno había fijado el plan de estudios para las normales de señoritas, con 12 materias y una duración de tres años. Pero el plan no era de carácter obligatorio sino de mera orientación, y cada Estado lo aplicó como quiso; muchas escuelas incluyeron las mismas asignaturas —astronomía, física y geología— que veían los varones, lo cual llevó a que algunos se quejaran del descuido en la formación doméstica de las jóvenes. Luis Orjuela, autor de la célebre Minuta histórica zipaquireña, recogió el comentario hecho por una anciana de esa localidad:

Gracias a Dios yo no he de vivir cuando llegue el día, que pronto llegará, en que la cocinera pregunte: ¿Para donde quiere Ud. (pues ya nadie dirá su Merced) que le ponga la olla, para el Norte o para el Sur? 99

La creación de las escuelas normales les dio a las mujeres la oportunidad de tener una profesión rentable y respetable.

Polémica en verso sobre las escuelas normales para señoritas

El tipo de instrucción dada en las escuelas normales femeninas desató una curiosa polémica en verso 100. Esta se inició en 1883, cuando la Imprenta de Medardo Rivas, en Bogotá, publicó el poema El joven Arturo 101 , del escritor zipaquireño Roberto Mac Douall (1850-1921), quien abiertamente se definía como liberal. En el epílogo y los siete cantos del poema, su autor criticaba la educación que se impartía a las jóvenes en las escuelas normales; Clara, la figura central del poema, era una alumna de dieciocho años, pobre y soltera, a quien su madre había matriculado en la Normal con la esperanza de que después, como instructora, colaborara al sustento familiar. A los tres años de estudio, Clara recibe su diploma y, según el poema, en la sesión de graduación "estuvo muy lista y atrevida/ y un tanto varonil en sus modales/ pues la mujer se hace hombre en las Normales". Más adelante, otro personaje, un anciano, comentaba:

A estas cosas no llamo yo progreso
Pues no progresa quien se vuelve loco [...]
Antes una muchacha se aplicaba
A aprender cosas de mayor provecho
Cortaba con primor, pedaceaba,
Y dejaba un remiendo muy bien hecho;
Las cuentas del mercado examinaba
Sin saber logaritmos ni derecho
Y sin gastar francés y hablando en prosa,
Era, llegado el caso, buena esposa
102

Observaba también el autor, a través de la figura del anciano, que, con la nueva educación en las normales, las mujeres no querían cuidar a la prole ni al marido, pues "La ardentia verba les perturba el seso" 103. Es así como al joven enamorado que había dejado a su dulce novia, Margarita, para unirse a Clara en matrimonio civil, ahora no le quedaba otra alternativa que remendar su ropa, vivir entre la mugre y dejarse mandar por las criadas mientras ella se divertía. Al final, se presenta un malentendido entre los esposos, pues él, al saber que Clara salió una noche para ver a un tal Arturo, creyó que ella le era infiel con un vecino, a quien agredió, cuando en realidad ella había salido a observar una estrella llamada Arturo. El autor culpabiliza de ese embrollo a la educación científica, impartida en las normales, la cual crea mujeres "marimachas", que no sirven para esposas. En uno de sus apartes el poema dice:

Allí se aprende todo: arquitectura,
Idiomas, canto, física aplicada,
Hermenéutica, química, pintura,
Historia natural, patria y Sagrada,
Legislación, estética, escultura,
Náutica, natación, relojería,
Táctica militar y astronomía
104.

Y el esposo de Clara, ante el fracaso de su matrimonio, se pregunta:

¿Y pude yo contar con la ternura
De una mujer que ha estado en las Normales,
Y que se ha ejercitado en la escultura,
Copiando de modelos naturales,
Que cree que es el alma una impostura
Que el orgullo, invento de los mortales,
Y que es el corazón sencillamente
Una bomba aspirante e impelente?
105

Al final el autor le dice a Clara: "Señora, se ha lucido: Volvió loco de atar a su marido" 106.

La publicación de este poema ocasionó varias respuestas, algunas de ellas en verso. El Diario de Cundinamarca y el periódico Nueva Era reseñaron la polémica desatada. La controversia se afianzó con el poema anónimo El sofisma del joven Arturo. Su autor, extrañado de que un liberal atacara la instrucción femenina, comentaba que "La luz no prostituye, regenera". Y agregaba que era equivocado juzgar un árbol por uno solo de sus frutos; además juzgaba anacrónico revivir doctrinas superadas, a través de personajes ficticios que, como Clara, de ninguna manera resultaban representativos del tipo de alumna que asistía a las normales. En fin, le parecía un sofisma plantear que si Clara estuvo en la Escuela Normal, donde le enseñaron de todo, y salió mala, se concluye entonces que la dañó la Normal 107.

Otra respuesta, también en verso, firmada por "Una Normal", alguien que se presentaba como "una ignorante maestra" una pobre aldeana educada en la Normal, calificaba de muy pobre la lógica del autor de dicho poema, pues, por una alumna que delinquió, las atacó a todas 108. Luego demostraba que las acusaciones de Mac Douall estaban erradas. Era falso que en las normales se enseñara lo que éste decía, y en realidad a tales instituciones recurrían las mejores familias de Bogotá para educar a sus hijas. La supuesta autora relataba su propio caso: su padre, que era soldado, murió y dejó a su madre a cargo de varios hijos; pero ella, gracias a la formación que recibió en el plantel, pudo ayudar al sostenimiento de su familia. Añadía también que en la historia inventada por Mac Douall la culpa no fue del colegio sino del carácter de Clara, una niña malcriada, ya que, decía: "Vos no negaréis, noble poeta, que de institutos que Colombia aclama han salido también muchos varones malandrines, perdidos y follones" 109, pues es sabido que "la mujer, como el hombre, es una criatura que al bien o al mal su inteligencia aplica". Y le pregunta a Mac Douall: ¿Por qué, entonces, al hacer hombres casquivanos, no atacaba también la educación masculina?, y enseguida lo acusaba de querer formar mujeres "mentecatas". Por último, la autora sostenía que, entre los influjos regeneradores a que podía aspirar el país, ninguno le brindaba tan lisonjeras esperanzas como las que podía obtener por medio de la educación de las mujeres, no tanto por el hecho de favorecerlas a ellas, sino porque con ello éstas podían servir a la patria educando a sus hijos 110.

Dentro de esta polémica, la tercera respuesta al poema de Mac Douall la constituyó una "Carta de desafío que el Director de Instrucción Pública del Estado, el Dr. Constancio Franco V. dirige al Sr. D. Roberto Mac Douall"111. En ella su autor equipara la posición de Mac Douall a la de los godos, lo califica de ignorante en todos los términos y, al final, con sarcasmo, lo reta a duelo 112.

Aparte de este simpático debate, al finalizar el siglo XIX fueron relativamente frecuentes los artículos de prensa alusivos a la educación femenina. A pesar de los avances, muchos seguían insistiendo en que una cosa era proporcionarle a la mujer conocimientos en distintos campos del saber; y otra, más esencial, era darle una sólida formación moral, pues lo contrario "sería sacarla de su elemento i colocarla a la orilla de un abismo insondable, en el cual se precipitaría arrastrando consigo generaciones enteras..." 113

Según el autor, al hombre le produce "cansancio encontrarse en el hogar, al retirarse diariamente de los negocios, a una mujer científica", pues:

[se ve] privado de esa alegría tan amable y de ese encantador placer que consiste en instruir a vuestra esposa en esas mil cosas que ella tiene el buen gusto de ignorar [...], en una palabra de hacer de ella vuestra dócil alumna 114.

Con ello, equivocadamente se concluyó que, si se pierden los rasgos que identifican al sexo femenino, se produce ese cuadro apocalíptico de destrucción en cadena tan temido en el siglo pasado: alterada la feminidad, desaparecen los papeles de esposa y de madre; la familia se convierte en una especie de sociedad anónima disoluble, y por ende vulnerable, y sin ella la sociedad se aniquilaría 115.