Boletí­n Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Entre la vida y la muerte


Memorias de Lázaro
Rodrigo Arenas Betancourt
Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1994, 153 págs.


Las Memorias de Lázaro son el testimonio, lleno de dolor y rabia, de los dí­as oscuros —noventa y seis— que vive el maestro Rodrigo Arenas Betancourt, atado en "el cambuche", en medio de las montañas, del bosque y de la oscuridad, en manos de secuestradores pertenecientes a un grupo guerrillero de las Farc.

¿Qué otra cosa hacer en medio de un tormento tal que no se puede imaginar por más que nos lo cuenten? Sus captores le dan cuadernos que él llena, unas veces delirante, las otras con una serenidad estudiada y trabajada a punta de decí­rselo a sí­ mismo. El texto viene acompañado de los bocetos que también traza para encontrar salida a su desesperación. Consta de una decena de apartes que inicia con citas varias. En el primero, narrado en tercera persona, Lázaro es el resucitado que baja, aún incrédulo, de las montañas y, luego de la libertad, nos entrega sus memorias: "Lázaro de Betania sobrevivió al secuestro y al sepulcro, enajenado y delirante. Según versiones de sus contemporáneos perdió por completo el hilo de su historia y el trazo de su camino" (pág. 16). Los demás acápites sí­ están escritos con su voz, él es quien narra, y esto toma otra dimensión más intensa y profunda: la de su propio dolor y pánico.

Está herido, está exangüe, está loco, cree no ser capaz de escribir pero lo necesita. Es inminente, es la única salida a la soledad y al miedo, a la rabia y al suplicio. Escribe con un lenguaje florido y elegante, pausado, poco usual en estos tiempos de acelere y violencia, pero sin abstenerse de llamar a las cosas por sus nombres o de maldecir mil veces. Nos habla de miedos, obsesiones, nostalgias y delirios a lo largo de su vida sin ningún orden. Va y viene en el tejido de sus memorias al ritmo del no tiempo en "el cambuche", donde se siente un ahijado de la muerte en la asfixia del secuestro. Así­ escribe estas memorias que él quiere dejar por si acaso no regresa, aunque espera regresar. Siempre tiene una esperanza, esperanza que danza en la cuerda floja de la desesperanza, pero ésta lo sostiene. Maldice su suerte, maldice su estado, maldice a sus captores.

Vida vivida intensamente, de la mano de la muerte, de la mano de la pasión. Viajes al pasado, al amor y al dolor, al arrebato, al desconcierto, y a México. Regresa a México como una constante en su vida, como lo son el arte, Grecia y las mujeres. í‰sta es la trama de las Memorias de Lázaro. No hay orden. Digamos que el encierro, atado en "el cambuche", justifica el desorden de esta obra. El delirio crece hacia el final del cautiverio, cuando ya los porqués se ensartan con la zozobra y con los firmes planes que se traza para estar sereno, para estar presente, para vivir a cada instante su cautiverio, o para huir, pero la idea de la huida o el suicidio es débil; son más grandes las ganas de vivir y las esperanzas de una negociación.

Al principio cuenta cómo lo cogen, lo separan de su esposa y de sus hijos, y lo llevan al cambuche. Primero siente el miedo a la muerte, vive el miedo a morir en el próximo segundo, él, para quien la muerte ha sido compañera inseparable. Después viene el dolor del sufrimiento fí­sico y psicológico. Entonces se queja. Se pregunta por la violencia, que encuentra en la raí­z de los actos humanos en este fin de siglo; habla de la impunidad, sino depravado y ominoso del momento humano, y de la "Revolución", que parecí­a la panacea y resultó el mito del siglo XX.

"[...] me muero de ansiedad en el obtuso y obcecado vientre de la montaña entre búhos enormes y cocuyos lucernarios; desleí­do en el barro negro y gelatinoso; entre los árboles que mastican la tiniebla y la muerden con terrible furia. El corazón es una máquina ciega que apenas aletea desangrando el tiempo. Los minutos se hacen interminables; degüellan la esperanza y toda ilusión. Yo, el viajero narciso, llegué a agonizar, sin quererlo ni pensarlo, a unos metros del lugar donde nací­" (pág. 32). Se consuela con el hecho providencial de que se juntan el nacimiento y la muerte, el útero y la fosa. El monte lo regresa a su infancia, a la madre, a la abuela, a los demonios y a los mitos. Vuelve allí­ para encontrar en recuerdos e imágenes el sentido de su obra y de su pensamiento. Reconoce olores y sonidos, recuerda el fuego y la cocina, el jardí­n y las plantas, y las enseñanzas de la madre. Del padre recuerda otra sabidurí­a: Grecia. ¿Por qué vine a morir al mismo lugar del nacimiento?, es la pregunta que se hace.

Un dí­a lo mandan al seminario en Yarumal. Aquella separación es tan dolorosa que... "mi ser quedó para siempre sangrando y maldiciendo" y su vida ha estado marcada por separaciones desgarradoras, como la del dí­a del secuestro y como las separaciones de las mujeres que ha amado, de los lugares donde ha vivido, y de los objetos que ha amasado. Su infancia es salvaje, religiosa y mágica. Desde entonces la muerte es el personaje habitante de su alma, y ahí­ sigue, terca, invariable, insinuándose, amonestándolo. Después es un adolescente lujurioso que renuncia a Dios. Su pasado: el alcohol, el ocio, el sexo, la belleza, el arte, son sus cómplices; a ellos se entrega, pero nunca consigue la calma.

Dolor. ¿Qué es el dolor? "Sin embargo, ahí­ sobre el dolor de la muerte queda el hermoso rayo de la esperanza" (pág. 64). Recuerdos farragosos lo atropellan en "el cambuche" en el ejercicio diario de escribir para no morir. Va y viene en su vida. En 1944, viaja a México, va a buscar algo que aún no sabe qué es. Cuenta de la vida en México en aquellos años, cuando es el centro intelectual, artí­stico y revolucionario de América. México lo ha marcado. Y Celia, su calavera emplumada, también. Celia Calderón de la Barca Olvera, ex de Arenas Betancourt. La mujer a quien ama y se suicida. Ella es una constante a lo largo del libro, está presente en el cautiverio, muriendo a cada instante, cada mañana y cada noche. A ella le habla de Grecia, del Poseidón y del Partenón. Recorre a Europa de museo en museo, buscando a Grecia. También viaja a los Estados Unidos, pero allí­ no la encuentra. Se pregunta por el arte, por lo indescifrable en la vida y en la belleza; escribe, escribe tejiendo la tela.

A menudo regresa a una lectura que hace en la Academia de Medicina, donde habla del arte, y de sus lecturas sobre Freud y el artista, sobre Leonardo y Miguel Ángel, reflexiones que a veces tienen el matiz de un final de vida, como las cavilaciones de un anciano. Es cuando la tristeza lo invade, y llora. Entonces llegan sus mujeres para consolarlo. Las mujeres de su vida, que han sido musas, estrellas y guí­as, consuelo y madres. Los últimos dí­as se llenan de dolor y rabia, miedo y desesperanza; es cuando vienen los porqués y se torna más delirante, pero busca el Renacimiento para serenarse. Llega hasta el David y se abraza a él como a una tabla de salvación. "Los recuerdos son un consuelo, pienso que nada me hizo feliz: ni el dinero, ni lo que llaman fama, ni la tranquilidad, nada, nada... Fui feliz persiguiendo a una negra maorí­ por la calle de Saint-Denis. Las gentes le gritaban: ‘La negrés, la negrés, la negrés’. Fui feliz; felicidad efí­mera y gratuita, pero inmensa, la única, la absoluta, para mí­ en este antro miserable" (pág. 68).

Un dí­a, repentinamente, viene el rescate. Es enero, ya han pasado las navidades. El maestro Arenas Betancourt está libre, la pesadilla ha concluido, regresa "el resucitado" con su familia y con sus amigos, llega el tiempo de la celebración. Este texto tiene algo extraño. ¿Qué es? Son los desvelos de su vida, que se hacen transparentes por la cercaní­a de la muerte. Con la lectura de estas obsesiones tal vez se entienda de otra manera su obra: Bolí­var desnudo, Prometeo encadenado, Fuente de la vida, Lanceros del Pantano de Vargas, el Monumento a la raza.

DORA CECILIA RAMíREZ