| Entre la
vida y la muerte
Memorias de Lázaro
Rodrigo Arenas Betancourt
Instituto Caro y Cuervo, Santafé de Bogotá, 1994, 153 págs.
Las Memorias de Lázaro son el testimonio, lleno de dolor y rabia, de los
días oscuros noventa y seis que vive el maestro Rodrigo Arenas Betancourt,
atado en "el cambuche", en medio de las montañas, del bosque y de la oscuridad,
en manos de secuestradores pertenecientes a un grupo guerrillero de las Farc.
¿Qué otra cosa hacer en medio de un tormento tal que no se puede imaginar por
más que nos lo cuenten? Sus captores le dan cuadernos que él llena, unas veces
delirante, las otras con una serenidad estudiada y trabajada a punta de decírselo a sí
mismo. El texto viene acompañado de los bocetos que también traza para encontrar salida
a su desesperación. Consta de una decena de apartes que inicia con citas varias. En el
primero, narrado en tercera persona, Lázaro es el resucitado que baja, aún incrédulo,
de las montañas y, luego de la libertad, nos entrega sus memorias: "Lázaro de
Betania sobrevivió al secuestro y al sepulcro, enajenado y delirante. Según versiones de
sus contemporáneos perdió por completo el hilo de su historia y el trazo de su
camino" (pág. 16). Los demás acápites sí están escritos con su voz, él es quien
narra, y esto toma otra dimensión más intensa y profunda: la de su propio dolor y
pánico.
Está herido, está exangüe, está loco, cree no ser capaz de escribir pero lo
necesita. Es inminente, es la única salida a la soledad y al miedo, a la rabia y al
suplicio. Escribe con un lenguaje florido y elegante, pausado, poco usual en estos tiempos
de acelere y violencia, pero sin abstenerse de llamar a las cosas por sus nombres o de
maldecir mil veces. Nos habla de miedos, obsesiones, nostalgias y delirios a lo largo de
su vida sin ningún orden. Va y viene en el tejido de sus memorias al ritmo del no tiempo
en "el cambuche", donde se siente un ahijado de la muerte en la asfixia del
secuestro. Así escribe estas memorias que él quiere dejar por si acaso no regresa,
aunque espera regresar. Siempre tiene una esperanza, esperanza que danza en la cuerda
floja de la desesperanza, pero ésta lo sostiene. Maldice su suerte, maldice su estado,
maldice a sus captores.
Vida vivida intensamente, de la mano de la muerte, de la mano de la pasión.
Viajes al pasado, al amor y al dolor, al arrebato, al desconcierto, y a México. Regresa a
México como una constante en su vida, como lo son el arte, Grecia y las mujeres. ísta es
la trama de las Memorias de Lázaro. No hay orden. Digamos que el encierro, atado
en "el cambuche", justifica el desorden de esta obra. El delirio crece hacia el
final del cautiverio, cuando ya los porqués se ensartan con la zozobra y con los firmes
planes que se traza para estar sereno, para estar presente, para vivir a cada instante su
cautiverio, o para huir, pero la idea de la huida o el suicidio es débil; son más
grandes las ganas de vivir y las esperanzas de una negociación.
Al principio cuenta cómo lo cogen, lo separan de su esposa y de sus hijos, y lo
llevan al cambuche. Primero siente el miedo a la muerte, vive el miedo a morir en el
próximo segundo, él, para quien la muerte ha sido compañera inseparable. Después viene
el dolor del sufrimiento físico y psicológico. Entonces se queja. Se pregunta por la
violencia, que encuentra en la raíz de los actos humanos en este fin de siglo; habla de
la impunidad, sino depravado y ominoso del momento humano, y de la
"Revolución", que parecía la panacea y resultó el mito del siglo XX.
"[...] me muero de ansiedad en el obtuso y obcecado vientre de la montaña
entre búhos enormes y cocuyos lucernarios; desleído en el barro negro y gelatinoso;
entre los árboles que mastican la tiniebla y la muerden con terrible furia. El corazón
es una máquina ciega que apenas aletea desangrando el tiempo. Los minutos se hacen
interminables; degüellan la esperanza y toda ilusión. Yo, el viajero narciso, llegué a
agonizar, sin quererlo ni pensarlo, a unos metros del lugar donde nací" (pág. 32).
Se consuela con el hecho providencial de que se juntan el nacimiento y la muerte, el
útero y la fosa. El monte lo regresa a su infancia, a la madre, a la abuela, a los
demonios y a los mitos. Vuelve allí para encontrar en recuerdos e imágenes el sentido de
su obra y de su pensamiento. Reconoce olores y sonidos, recuerda el fuego y la cocina, el
jardín y las plantas, y las enseñanzas de la madre. Del padre recuerda otra sabiduría:
Grecia. ¿Por qué vine a morir al mismo lugar del nacimiento?, es la pregunta que se
hace.
Un día lo mandan al seminario en Yarumal. Aquella separación es tan dolorosa
que... "mi ser quedó para siempre sangrando y maldiciendo" y su vida ha estado
marcada por separaciones desgarradoras, como la del día del secuestro y como las
separaciones de las mujeres que ha amado, de los lugares donde ha vivido, y de los objetos
que ha amasado. Su infancia es salvaje, religiosa y mágica. Desde entonces la muerte es
el personaje habitante de su alma, y ahí sigue, terca, invariable, insinuándose,
amonestándolo. Después es un adolescente lujurioso que renuncia a Dios. Su pasado: el
alcohol, el ocio, el sexo, la belleza, el arte, son sus cómplices; a ellos se entrega,
pero nunca consigue la calma.
Dolor. ¿Qué es el dolor? "Sin embargo, ahí sobre el dolor de la muerte
queda el hermoso rayo de la esperanza" (pág. 64). Recuerdos farragosos lo atropellan
en "el cambuche" en el ejercicio diario de escribir para no morir. Va y viene en
su vida. En 1944, viaja a México, va a buscar algo que aún no sabe qué es. Cuenta de la
vida en México en aquellos años, cuando es el centro intelectual, artístico y
revolucionario de América. México lo ha marcado. Y Celia, su calavera emplumada,
también. Celia Calderón de la Barca Olvera, ex de Arenas Betancourt. La mujer a quien
ama y se suicida. Ella es una constante a lo largo del libro, está presente en el
cautiverio, muriendo a cada instante, cada mañana y cada noche. A ella le habla de
Grecia, del Poseidón y del Partenón. Recorre a Europa de museo en museo, buscando a
Grecia. También viaja a los Estados Unidos, pero allí no la encuentra. Se pregunta por
el arte, por lo indescifrable en la vida y en la belleza; escribe, escribe tejiendo la
tela.
A menudo regresa a una lectura que hace en la Academia de Medicina, donde habla
del arte, y de sus lecturas sobre Freud y el artista, sobre Leonardo y Miguel Ángel,
reflexiones que a veces tienen el matiz de un final de vida, como las cavilaciones de un
anciano. Es cuando la tristeza lo invade, y llora. Entonces llegan sus mujeres para
consolarlo. Las mujeres de su vida, que han sido musas, estrellas y guías, consuelo y
madres. Los últimos días se llenan de dolor y rabia, miedo y desesperanza; es cuando
vienen los porqués y se torna más delirante, pero busca el Renacimiento para serenarse.
Llega hasta el David y se abraza a él como a una tabla de salvación. "Los recuerdos
son un consuelo, pienso que nada me hizo feliz: ni el dinero, ni lo que llaman fama, ni la
tranquilidad, nada, nada... Fui feliz persiguiendo a una negra maorí por la calle de
Saint-Denis. Las gentes le gritaban: La negrés, la negrés, la negrés. Fui
feliz; felicidad efímera y gratuita, pero inmensa, la única, la absoluta, para mí en
este antro miserable" (pág. 68).
Un día, repentinamente, viene el rescate. Es enero, ya han pasado las navidades.
El maestro Arenas Betancourt está libre, la pesadilla ha concluido, regresa "el
resucitado" con su familia y con sus amigos, llega el tiempo de la celebración. Este
texto tiene algo extraño. ¿Qué es? Son los desvelos de su vida, que se hacen
transparentes por la cercanía de la muerte. Con la lectura de estas obsesiones tal vez se
entienda de otra manera su obra: Bolívar desnudo, Prometeo encadenado, Fuente de
la vida, Lanceros del Pantano de Vargas, el Monumento a la raza.
DORA CECILIA RAMíREZ |