Boletí­n Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Tortuosas humoradas


Historias detrás de la historia de Colombia. Escándalos, rumores y anécdotas sobre protagonistas y episodios nacionales
Eduardo Lemaitre
Editorial Planeta, Colección Memoria de la Historia, Santafé de Bogotá, 1994, 274 págs.


De Quincey escribió que la historia es una disciplina infinita, o al menos indefinida, ya que los mismos hechos pueden combinarse o interpretarse de diversos modos, lo que implica que un texto histórico que recoja las voces de cronistas y viajeros sólo podrá aportar de novedoso la interpretación particular de los sucesos efectuada por su compilador.

El gran reto del historiador, por tanto, ha de ser el de apreciar los hechos de manera imparcial y narrarlos de forma objetiva, dejando al lector la posibilidad de evaluarlos y sacar sus propias conclusiones. Si logra realizar con éxito esta misión, su obra quizá pueda salvarse, pero si cae en el maniqueí­smo o se parcializa, irá rumbo al fracaso y será pronto condenada al olvido.

Historias detrás de la historia de Colombia de Eduardo Lemaitre es, como tantos libros de su género, una apretada colección de viñetas que, en forma de artí­culos periodí­sticos, nos llevan del descubrimiento a la república, rescatando algunas páginas soterradas de nuestra historia.

Este relato podrí­a resultar interesante, simpático y hasta revelador, si permitiera a los cronistas y viajeros de la época transmitirnos el asombro y perplejidad que les suscitara el nuevo mundo. Pero afectado por lo anecdótico, la pintoresco y lo trivial, termina por adquirir un tono chascarrillero que trunca las alas de la imaginación y degrada a lo banal la gran saga americana.

Un maniqueí­smo de civilización y barbarie rige las páginas de Historias detrás de la historia de Colombia, en el que los indios en general, y los caribes en particular, son presentados como una horda de antropófagos, sodomitas y desvergonzados, que no dejó una sola muestra de su cultura que valga la pena, mientras que los hijos de Castilla —hombres barbados y de pelo en pecho—, son los portadores de la civilización, representantes de "una cultura infinitamente superior en todos los aspectos".

El historiador cartagenero, influenciado quizá por las lecturas de Iriarte y Samaniego, organiza los breves episodios de su relato a manera de fábulas didácticas que, introducidas con una cita equivalente al clásico "habí­a una vez" y concluidas con el no menos trivial "colorí­n colorado", le sirven para enseñarnos una moraleja de amor al poderoso y desprecio al débil, la cual justifica, al mejor modo eugenésico, el triunfo del primero y la desaparición del último como una ley inexorable de la vida.

"Nuestros abuelos paternos practicaban la antropofagia. Este es un hecho positivo, sobre el que están de acuerdo todos los cronistas de la época y hasta Humboldt, que nos visitó 200 años después de la conquista; pero no antropófagos ordinarios, sino con refinamientos de gourmet, pues, según consta, primero capaban a sus prisioneros, luego los engordaban y finalmente se los comí­an asados, presumiblemente a la barbacoa [...] Según cuenta fray Pedro Simón, los indios muzos (que también eran caribes, como los pijaos) vení­an muy sí­ señores a tomar tranquilamente a los pací­ficos indios moscas (muiscas o chibchas) que necesitaban para comer, ni más ni menos que como quien saca carneros de una manada. O sea que, si no llegan los españoles a tiempo, y les dan su merecido, no queda ni un chibcha".

Lo más deplorable quizá en el estilo ahipado y cojitranco con que el señor Lemaitre nos lleva a los barquinazos por las páginas de nuestra historia, es su sentido del humor, burdo, prejuiciado y chocarrero, en el que nos revela con toda claridad su desprecio por el indio, el negro, las mujeres y los homosexuales, a quienes considera como débiles, pusilánimes y sumisos, en fin, dignos responsables de su desgracia. Las tortuosas humoradas del señor Lemaitre funcionan como leitmotiv en su relato y encierran, como grotescos paréntesis, cada uno de los episodios de su libro.

Un pasaje sobre la sodomí­a entre los caribes, narrado por Fernández de Oviedo, es introducido por Lemaitre de la siguiente manera: "No menos detestable para esos hombres barbados y de pelo en pecho que eran los conquistadores les pareció a Oviedo y a sus compañeros el homosexualismo que se practicaba entre nuestros abuelos (diré mejor entre nuestros tí­os)" y luego de hacer que Fernández de Oviedo nos cuente la forma enérgica como el gobernador don Pedro de Heredia reprimió en su tiempo la "nefanda sodomí­a", añade el siguiente colofón de su cosecha: "Con lo que se demuestra, claramente, que el ñato Heredia no respetaba, ni por semejas, la dignidad ni los derechos humanos, como sí­ lo hace por ejemplo el presidente Clinton, insigne protector de los maricas, dicho sea con todo el respeto; y que el señor Oviedo estaba muy atrasado en sus ideas".

La inauguración en Cartagena del monumento a la india Catalina, efectuado durante el perí­odo en que el señor Lemaitre era presidente de la Academia de Historia de esa ciudad, es introducido por su pluma de la siguiente manera: "Se ha erigido recientemente en Cartagena una estatua a la india Catalina; y como ya en la prensa nacional empezaron a aparecer fotografí­as del monumento, algunas con acompañamiento de damas tan desnudas como aquella, bueno es que hablemos hoy de ese personaje", para luego anotar que si Catalina merece o no un monumento, es algo que depende del cristal con que se mire, porque para "la gavilla que ya sabemos", esta mujer que se prestó a ayudar a Heredia en su expedición conquistadora, no pasa de ser una "cerda colaboracionista aliada del imperialismo", mientras que para personas como él, "que no ven las cosas históricas bajo la lente aberrante de la polí­tica", en Catalina "puede justamente rendí­rsele homenaje —y así­ se ha hecho— a la raza india, que felizmente terminó aceptando y adaptándose a las realidades de una civilización infinitamente superior, por todos aspectos". Y agrega, a manera de puntillazo, la siguiente inquietud que desasosiega su espí­ritu: "Porque, ¿qué tal que estuviéramos todaví­a tirando flechas y comiéndonos los unos a los otros, fí­sicamente?".

La mojigaterí­a y puerilidad del señor Lemaitre llega a extremos inconcebibles cuando se atreve a hacer mofa de la forma como vestí­an nuestros aborí­genes, y después de anotar que según Juan de Castellanos y Fernández de Oviedo las indias de Galerazamba (tribu de donde provení­a Catalina), solí­an andar incluso con las "partes impudentes" al aire y los hombres apenas si ocultaban el miembro viril en canutos de oro o caracoles, propone con su inefable chocarrerí­a que "ahora que tanto se habla de ‘moda colombiana’ [...] algún modista nacional deberí­a lanzar un modelo masculino, especial para estrenarlo en el próximo concurso de belleza [...] de modo que los jurados calificadores salgan a pares con las candidatas, que para ese tiempo andan por acá más patentes y abiertas que las parientas de la india Catalina".

Consecuente con el maniqueí­smo civilización-barbarie, poderoso-débil, conquistador-conquistado, que rige su obra, Eduardo Lemaitre, en su dilatado periplo del descubrimiento a la conquista, nos presenta una particularí­sima visión de la historia en la que, basándose en estudios de Tuberville, la Inquisición aparece como una institución que, si bien pudo haber sido cruel, se debió más que todo al alto sentido del cumplimiento del deber que tení­an sus lictores, que a la perversidad de los mismos. Y, por el contrario, el padre De Las Casas, de acuerdo con Menéndez Pidal, aparece como: "un paranoico atormentado por un monoideí­smo fijo y obsesivo" que, según Lemaitre, lo mantuvo botando espumarajos por la boca durante 50 años, empeñado en demostrar que todo lo que habí­an hecho los españoles desde Colón hasta la época era malo, mientras que los indios antropófagos, como los caribes y los aztecas, eran mansas palomas.

Fiel a su empeño por desinfamizar la historia, Eduardo Lemaitre no sólo se limita a reinterpretarla, sino que —obcecado y monotemático como el mismí­simo De Las Casas— se obstina en transmitirnos sus prejuicios de clase, llegando incluso a justificar el uso de la violencia con tal de preservar las instituciones y mantener a raya a la plebe.

Al hacer referencia al aciago pasaje de las Bananeras, nos señala que, de acuerdo con el revelador estudio de "el gran polí­tico liberal Pedro Juan Navarro", Cortés Vargas, jefe militar de las tropas gubernamentales que masacraran a los huelguistas de la United Fruit Company, era, a diferencia de lo que muchos han creí­do, "un militar civilizado, y además un intelectual, que llegó a ser Académico de la Historia", y a quien simplemente le tocó en suerte ejecutar "una represión obligada y necesaria, pero excesiva", para luego añadir que esta "página tenebrosa de nuestra historia contemporánea debe servirnos de lección para impedir severamente la prédica comunista, enemiga del concepto de Patria".

Finalmente, y como para sellar con broche de oro su amor por quien ostenta la vara del poder, nuestro historiador concluye su capí­tulo sobre la república con un vergonzoso ditirambo acompañado de hurras y ví­tores al presidente Turbay Ayala, quien con su estatuto de seguridad ha sabido dar al paí­s "un ejemplo de ponderación y de prudencia, dos virtudes que son el pedestal de la respetabilidad".

El hombre de letras, escribió Borges, "ha de ser una especie de gran dios insondable, capaz de comprender a todos los seres, sin descender jamás a la mera polí­tica, que discrimina y que condena", principio lamentablemente pretermitido por este libro, en el que el autor, con el pensamiento amurallado como el tiempo en las paredes de su antigua ciudad, nos trae una visión anquilosada, fragmentaria y clasista de la historia, que poco o nada aporta a la comprensión de nuestra realidad, surgida del mestizaje, la cual debe tender cada vez más hacia el respeto por el otro, hacia la aceptación de nuestras diferencias.

SAMUEL SERRANO S.