Boletí­n Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Las calles perduran


Las casas que hablan. Guí­a histórica del barrio de La Candelaria de Santafé de Bogotá
Elisa Mújica
Biblioteca Nacional de Colombia-Corporación La Candelaria-Colcultura, 198 págs.


Se necesita mucho amor para reconstruir, con base en la memoria y documentos históricos, un sitio especí­fico dentro del cual nos hemos movido durante algunos años. Y es esta circunstancia, precisamente, la que ha llevado a Elisa Mújica a escribir su libro Las casas que hablan. Por ese amor nos conduce hacia todos y cada uno de los vericuetos de lo que hasta el momento se conoce como Bogotá antigua, lugar de su fundación, y que hoy configura el barrio de La Candelaria.

Hace algunos años visité en varias ocasiones la calle Doce, donde viví­a entonces Elisa Mújica. Aquellas visitas me ayudaron no sólo a conocer de cerca a la escritora disciplinada, profundamente enterada de los avatares de la literatura y con una presencia que ya es duradera en la cultura colombiana, sino también su casa, ejemplo de conservación y de belleza colonial.

Durante muchos años vivió Elisa en La Candelaria. La recorrió con la seguridad de quien habita un sitio que le pertenece y lo grabó en su memoria como parte de sus experiencias más gratas. Su afecto por estas calles y estas casas no la limitó al recorrido cotidiano sino que la llevó a escudriñar en libros de diferentes épocas las anécdotas, las historias trágicas, los chismes amorosos y las biografí­as de los personajes que perfilaron bajo sus techos los principios de nuestra nacionalidad.

[...] Pero el general Caicedo la cedió a otro general y además héroe, Juan José Neira, que acababa de obtener el triunfo en una batalla decisiva para liberar a la ciudad de caer en manos de los enemigos del gobierno. Gravemente herido en el combate, Neira falleció allí­, acompañado del dolor de los bogotanos que le amaban por su valor e hidalguí­a, demostrados desde la guerra de la Independencia. Parece que por añadidura poseí­a una extraordinaria hermosura juvenil. El dí­a del entierro, las enlutadas calles de los alrededores de la plazuela presenciaron el inusitado espectáculo de muchas señoras que disputaban a los caballeros el honor de cargar el ataúd. [pág. 87]

En ese minucioso escrutinio se asomó a documentos tan importantes como Leyendas históricas, de Manuel José Forero; Papel periódico ilustrado; Crónicas de Bogotá, de Pedro M. Ibáñez; Croniquillas de mi ciudad, de Luis Marí­a Mora; Reminiscencias de Santafé y Bogotá, de J. M. Cordovez Moure, entre otros, referenciados con acierto y oportunidad a lo largo de su libro.

Con un lenguaje claro y preciso, Elisa Mújica nos conduce por las estancias coloniales y nos hace revivir el tiempo en que la vida trajinaba por sus patios empedrados y sus pisos de madera. Y es evidente que la vida palpita en las páginas del libro, ilustradas con acierto por Daniel Rabanal, y nos invita a mirar con otros ojos esas paredes, balcones y cornisas que hoy continúan su desafí­o al paso del tiempo y al acecho de las modas arquitectónicas.

En la tienda de Llorente, como en las demás de la misma calle, se vendí­an desde paños, terciopelos, bayetas, hebillas, lienzos, holandas y muselinas, hasta cigarros y rapé, especias, vinos, aceites, loza, cuerdas traí­das de Cataluña, papel de escribir, agujas, novenas y medallas de santos. Muchos de los viejos clientes, que antes de la revolución se reuní­an en el local para efectuar sus compras y de paso charlar, volvieron a pasar por el frente cuando los conducí­an al cadalso, levantado en la antigua plaza. Ahora la tienda es el corazón del museo que colecciona los recuerdos preciosos de esos personajes. [pág. 99]

Si de veras se quiere amar a Bogotá, el libro de Elisa Mújica debe ser leí­do en escuelas y colegios y por todos aquellos que habitan esta urbe desordenada, caótica, que espera de sus habitantes un comportamiento acorde con el peso de su historia. La invitación está contenida muchas veces a lo largo del libro, como aquella en que, al referirse a La casa del sabio (en la que nació don Rufino José Cuervo) calle de la Esperanza No. 4-69 (dos plantas), nos dice:

Deberí­a imponerse a los escolares la obligación de peregrinar en comunidad, cada año, a este sitio. [pág. 52]

O como en aquella en que Elisa Mújica, al referirse a la desaparición de muchas casas, con un tenue tinte de nostalgia nos dice:

Ya no están en pie muchas de las casonas que aquí­ se reseñan. Sin embargo, deben evocarse en una guí­a destinada a memorar un trozo de la historia santafereña vivida bajo sus techos. Si se procediera de otro modo, limitando la atención a las construcciones existentes, no podrí­a darse idea de lo que fue La Candelaria y continúa siéndolo en una forma recóndita. [pág. 33]

O cuando nos recuerda las palabras de Moisés de la Rosa:

El trazado de las calles de una urbe es menos perecedero que los edificios y templos levantados en sus aceras, porque éstos a menudo se derrumban o deforman, en tanto que la calle, con su recta o sinuosa trayectoria, perdura como un viejo pergamino. [pág. 33]

Elisa Mújica es santandereana (Bucaramanga) y radicada en Bogotá desde muy temprana edad. Su obra literaria no es abundante pero sí­ muy significativa: las novelas Los dos tiempos, Catalina (premio literario Esso, 1962) y Bogotá en las nubes; los libros de cuentos Ángela y el diablo, írbol de ruedas, Las torres del humo; los ensayos La aventura demorada y la Introducción a santa Teresa; y los libros para niños La Expedición Botánica contada a los niños y Pequeño bestiario. Es, además, miembro de número de la Academia de la Lengua desde 1984.

BENHUR SíNCHEZ SUíREZ