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Entre Ángeles y Demonios
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CATALINA REYES CÁRDENAS
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Historiadora
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Profesora Universidad
nacional de Colombia (Medellín)
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Trabajo fotográfico:
Patricia Londoño Vega
Conocer la vida diaria e
íntima de las mujeres en los primeros 30 años del siglo XX no es tarea fácil. La
primera obligación es despojarse de las miradas simplistas que, al recluirla en el
espacio doméstico, han minimizado su presencia en la historia. Las mujeres como grupo
homogéneo, sin diferencias, no existen. Sobre ellas inciden las desigualdades sociales,
las diferencias de edad, los niveles educativos y culturales, las actividades que
desarrollan y, obviamente, la estructura física y psíquica de cada una. Mi propósito es
tratar de entreabrir algunos postigos que nos permitan aproximarnos a imágenes que,
aunque parciales, sean suficientemente humanas para entender la realidad de lo que fue la
vida de las mujeres de Medellín en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del
presente.
A partir del siglo pasado
en Europa, y en particular en Francia, se consolidaron nuevas ideas sobre el lugar que
debía ocupar la mujer dentro de la sociedad 1. La proclamación
del dogma de la inmaculada concepción, en el año 1854, marcó la imagen femenina, y
reimpuso el culto mariano, iniciado desde los primeros siglos del cristianismo.
Estos hechos, aparte de
su importancia en la vida religiosa, expresan una lenta incorporación y transformación
de la imagen femenina en la sociedad occidental católica, heredera de una tradición
patriarcal, proveniente de la cultura hebrea. La mujer concebida como Eva, pecaminosa,
voluptuosa y asociada con la tentación y la perversión, se puede pensar a partir del
siglo XIX de manera más positiva, gracias al ideal de María, la madre virginal de Cristo
y la reina de los cielos. La mujer, en su nueva imagen angelizada, fue entronizada como la
reina del hogar y se convirtió en instrumento importante del discurso religioso
católico.
La mujer, sin un lugar
real en la sociedad patriarcal, pasó a desempeñar una misión clave en la sociedad
burguesa: modelar a su esposo y a sus hijos, evangelizar y disciplinar la familia. Las
mujeres de la elite, además de ejercer una acción benéfica sobre sus propias familias,
asumieron el papel de "misioneras sociales" al participar en la educación y al
servir de modelo a las mujeres de las clases populares, sobre todo a las obreras.
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Lavanderas
en una de las quebradas de Medellín, ca. 1920 (colección particular)
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El discurso médico
e higiénico también vio en la mujer a su mejor aliada. Se le asignó el papel de
enfermera del hogar, responsable de la salud y de la productividad de todos sus miembros.
Era ella la responsable de inculcar los hábitos de limpieza e higiene a los hijos, de
asegurar una adecuada alimentación en el hogar, de prevenir las enfermedades y de cuidar
a los enfermos.
La economía y el trabajo
doméstico, el manejo del hogar, la educación y promoción de los hijos y del esposo, la
integridad moral de todos los miembros de la familia, los cuidados de salud e higiene y el
control moral fueron, todas, tareas femeninas de gran importancia. Estas obligaciones se
elevaron a categoría de oficio, bajo el novedoso título de "ama de casa".
En Medellín, esta nueva
imagen femenina, difundida por la Iglesia y los médicos, fue bien recibida, pues reforzó
algunos valores católicos tradicionales. La familia se fortaleció como paradigma de
orden social y espacio privilegiado para inculcar hábitos morales y buen comportamiento,
así como para el ejercicio del control social 2.
A fines del siglo XIX la
presencia de los jesuitas y otras comunidades religiosas que llegaron a Medellín
fortalecieron a la Iglesia. Este hecho no estuvo muy asociado al predominio político de
los conservadores, en particular al gobierno de Pedro Justo Berrío. No se puede descartar
que en el peso que cobró la Iglesia en la ciudad hubiera influido la fuerte raigambre
campesina de la cultura paisa.
Este poder de la Iglesia
hizo del Medellín de principios de este siglo una sociedad contradictoria, con continuos
desencuentros entre una acelerada modernización técnica y económica y la búsqueda de
una esquiva modernidad social y cultural. Estos desequilibrios se manifestaron, entre
otras cosas, en el peso de la familia, la tradición y la Iglesia sobre las relaciones
sociales y la vida privada de los individuos.
Los jesuitas
sobresalieron como la comunidad religiosa masculina más dinámica en la labor de
"civilizar", "moralizar" y "cristianizar" la ciudad. En su
Colegio San Ignacio se educó la mayoría de la elite masculina que figuró en la vida
económica y política de Antioquia durante los primeros cincuenta años de este siglo.
Además de su proyecto educativo, esta institución creó una serie de asociaciones,
congregaciones y de prácticas religiosas que moldearon la vida cotidiana de los
habitantes de la ciudad. En esta labor la mujer fue una pieza clave. Con su tenacidad, los
jesuitas instauraron nuevas prácticas religiosas que gozaron de fuerte arraigo en la
región casi hasta los años 70 de este siglo. Algunas de ellas fueron la celebración de
los primeros viernes, los ejercicios espirituales, el rosario en familia, la
entronización del Sagrado Corazón de Jesús. Igualmente, crearon y fortalecieron una
serie de asociaciones religiosas que desempeñaron un papel fundamental en el control y el
disciplinamiento social tanto de la elite, como de los sectores populares. Los Patronatos,
la Acción Católica, la Asociación de Obreros Católicos San José, las Escuelas
Nocturnas para Obreros, la Asociación de Madres Católicas y las Hijas de María fueron
muestras del dinamismo e importancia de esta comunidad. Entre las congregaciones femeninas
la más importante fue la de La Presentación o Hermanas de la Caridad; además de dirigir
el colegio de La Presentación, administraban el hospital, el orfanato, el manicomio y
otra serie de instituciones.
Sumado a los sermones,
los ejercicios espirituales y el confesor personal, a quien se le consultaban todas las
decisiones importantes, para garantizar su influencia los jesuitas contaron con un órgano
de difusión, la revista Familia Cristiana, que tuvo una larga vida, de 1906 hasta 1932.
Estaba dirigida a la educación de las Amas de Hogar de los sectores medios y de la elite.
Era frecuente en esta y otras publicaciones católicas el discurso que apuntaba a la
creación de un arquetipo de mujer sometida al hombre, pero dignificada en su papel de
madre e imitadora de la Virgen María. Esta "angelización" de la mujer le
permitía ocupar el trono del hogar a cambio de practicar virtudes como la castidad, la
abnegación, la sumisión, el espíritu de sacrificio, la negación de sus deseos y, aun,
de su propio cuerpo. Actitudes consideradas tradicionalmente femeninas en algunos
sectores, como la vanidad, la coquetería y el interés por la moda, fueron duramente
criticados, pues no se conciliaban con el ideal ascético de mujer casta, cuya principal
misión era no sólo su salvación, sino también la de su esposo y sus hijos.
Pero el modelo mariano no
era fácil de alcanzar en la vida cotidiana de una ciudad cada día más moderna.
Existían imaginarios tentadores y formas de resistencia que se oponían a estos
arquetipos ideales. En la prensa católica aparecieron frecuentes quejas contra la
coquetería femenina, contra la moda, las malas lecturas, el cine, el teatro y los
deportes femeninos. En pocas palabras, se descalificaba la atracción hacia un mundo
moderno, que tenía su escenario fuera de los muros del hogar y que competía con los
valores católicos.
La división
irreconciliable entre cuerpo y alma, idea clave en la tradición católica consideraba a
la mujer únicamente en su papel de madre. La maternidad era reivindicada como la función
femenina por excelencia. "La suerte de la mujer es criar hijos para la humanidad
[...] a veces toda la vida, durante muchos años sin descanso..." 3. La sexualidad fue concebida como acto exclusivamente
reproductivo, cualquier significado distinto era considerado perverso y dañino para el
cuerpo y con mayor razón para el alma. Esta disociación entre amor y placer sexual tuvo
un gran impacto sobre la sexualidad masculina y femenina e influyó en las ideas que sobre
el amor y la vida matrimonial se elaboraron en la sociedad local.
Pensar que la mujer
antioqueña de fines del siglo XIX y principios del XX tuviera como meta definida
reivindicar su placer y su cuerpo, sería caer en un anacronismo. Para la mayoría de las
mujeres, su relación con los hombres, concebida a través del matrimonio, se asociaba a
otras ideas que parecían ser más importantes para ellas. Estabilidad, protección
económica y afectiva y respeto podrían ser las claves de la felicidad de las mujeres de
este tiempo.
La imagen de la mujer
"reina del hogar" sometida a la autoridad del esposo, o madre, sumisa, resignada
y dedicada a la crianza de los hijos, tenía sus fisuras. Este ideal parece haber tenido
alguna aceptación entre las mujeres de la clase media, pero es dudoso que tuviera la
misma fuerza dentro de la elite y de los sectores populares. Las mujeres de la elite
habían ocupado tradicionalmente espacios sociales distintos del exclusivamente hogareño.
El haber asumido su papel de misioneras sociales les permitía, para dedicarse a
actividades de beneficencia, salir del espacio doméstico y liberarse parcialmente de la
carga de su propio hogar. Las mujeres de los sectores populares, por razones económicas,
rara vez podían limitar su existencia al mundo hogareño.
En la prensa católica, y
aun en algunos escritos médicos, aparecen críticas severas al afán de la mujer por
abandonar a sus hijos al cuidado del servicio doméstico para dedicarse a diversiones y
entretenimientos. La gran facilidad de proveerse, tanto en sectores altos como medios, de
empleadas domésticas que desempeñaran todo tipo de oficios permitió a las madres
locales delegar en otras personas tareas, hoy consideradas tan maternales, como el
amamantamiento de los hijos. Sirvientas, "dentroderas", niñeras, cargueras y
nodrizas eran de empleo corriente en Medellín. Entre la elite y los sectores medios
altos, la costumbre de internar a los hijos e hijas en los colegios de la ciudad se
extendió casi hasta los años 50, y propició que las madres tuvieran poco que ver con la
crianza real de sus hijos. "Hogares de clase media que sostienen costurera,
lavandera, sirvienta, y niñeras, mientras ¿qué hace la doña del hogar? En el salón de
belleza, en el juego, tomando té, en la casa de la amiga, [...] en el teatro. En una
palabra, cumpliendo sus deberes sociales..." 4
En la campaña emprendida
por la Iglesia y por los sectores dirigentes de la sociedad para educar a las mujeres como
buenas y dignas amas de hogar, se recurre a descripciones idealizadas de lo que debía ser
un hogar de clase media y a las compensaciones de la vida hogareña. Nociones como
limpieza, orden y comidas a tiempo son frecuentes en estos discursos.
Todo es orden en la
casa: en el jardín revientan las flores; en la sala de recibo los muebles de mimbre
están alineados [...] En la sala lucen unos claveles sembrados en el vaso de cristal; un
tapiz rojo le da un ambiente solemne [...] y en el centro se destaca la imagen del
Redentor. Orden, sencillez, limpieza [...] Sobre la máquina "Singer" están
bien dobladas las costuras cotidianas...
5
Estas cualidades del
hogar no eran necesariamente para proporcionar satisfacción a la mujer; más bien debían
operar como mecanismo para el control de los varones:
Procure ante todo dar
a su casa un aspecto de alegría, conservándola muy limpia y con mucho orden; si le es
posible cultive un jardincito donde su marido guste distraerse. Sobre todo haga lo posible
para que las comidas se sirvan siempre a la misma hora; de tal manera que el marido sepa
que todos lo aguardan en la casa y no se le ocurra siquiera pasar por el estanco
6
.
El insistente discurso,
que se mantuvo hasta los años 50, sobre la necesidad de que la mujer permaneciera en el
hogar no deja de ser paradójico en una ciudad donde la fuerza de trabajo fabril femenina
fue clave en la industrialización. En 1923, había 2.815 obreras, el 73% de la fuerza
obrera de la ciudad. Los obreros sumaban 1.032, el 27% de la fuerza laboral fabril. Para
la prensa católica y algunos sectores de la sociedad, el trabajo obrero femenino era
incompatible con su función de reina y guardiana del hogar. "La obrera es una
familia destrozada [...] De ordinario la obrera es una mujer sacada del puesto a que
estaba destinada y desviada del camino por donde Dios la dirigía. No es la mujer para la
fábrica sino para la casa" 7. Las mujeres casadas tenían
cerradas las puertas de acceso al trabajo y, según lo muestran claramente los censos de
obreras de la ciudad, excepto en las trilladoras, prácticamente no se les dio empleo. En
el período de 1916-1941, el 85,2% de las obreras eran solteras, el 10% casadas, y el 4,8%
viudas 8.
Las duras condiciones de
vida de los sectores asalariados en la primera etapa de la industrialización afectaron
las tasas de natalidad y nupcialidad durante los tres primeros decenios del siglo XX. En
1905 la población de Medellín, sin contar los cinco mil habitantes de Bello, sumaba
65.547 personas. Su tasa de crecimiento había aumentado en un 2,39% en relación con los
últimos años del siglo XIX. Sin embargo, en el mismo período los niveles de natalidad y
nupcialidad habían decrecido. En 1912 la tasa de natalidad era del 36,3 por mil
habitantes y la de nupcialidad de 5,5 matrimonios por mil habitantes. Para el mismo año,
en Antioquia la tasa de natalidad era de 40,6 y la de nupcialidad de 7,0. Para el período
comprendido entre 1912 y 1924 la tasa de natalidad había disminuido en un 19%. El
ingeniero Jorge Rodríguez, quien manejaba la Oficina de Estadística del Municipio de
Medellín en esta época, era consciente de este fenómeno y lo explicaba por la
degeneración de la raza, que había perdido vigor debido al alcoholismo y la sífilis, y
también por la mala situación económica, que dificultaba los matrimonios o retrasaba la
edad para casarse. Contrarias a la visión generalizada, estas cifras muestran que muchas
mujeres no contrajeron matrimonio, otras no lo hicieron muy jóvenes, y que el número
promedio de hijos por familia tampoco fue elevado, al menos hasta 1930. Sin embargo, estas
conclusiones, válidas estadísticamente para el promedio de las mujeres, posiblemente no
se cumplieron en los sectores altos de la sociedad, donde la ausencia de preocupaciones
económicas pudo haber permitido que los matrimonios se continuaran realizando desde muy
jóvenes y que las tasas de natalidad fueran altas.
Es de suponer que el peso
del discurso moral y religioso sobre la función y el lugar de la mujer incidió no sólo
en el alto número de obreras solteras, sino también en la creciente masculinización de
la fuerza de trabajo fabril a partir de los años 40, cuando las mujeres fueron
reemplazadas casi por completo por hombres en las textileras antioqueñas 9. Este relevo también tuvo que ver con la rebeldía que
manifestaron las mujeres en la vida laboral, contraria a las expectativas del modelo
paternal y católico que se les pretendía imponer, así como con la falta de
oportunidades para capacitarse y la dificultad como mujeres para poder trabajar en turnos
por la noche. El discurso que condenaba el trabajo femenino penetró la mentalidad de las
mujeres y reforzó los prejuicios masculinos sobre el trabajo femenino.
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