Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996

 

Entre Ángeles y Demonios

CATALINA REYES CÁRDENAS
Historiadora
Profesora Universidad nacional de Colombia (Medellín)
Trabajo fotográfico: Patricia Londoño Vega

Conocer la vida diaria e íntima de las mujeres en los primeros 30 años del siglo XX no es tarea fácil. La primera obligación es despojarse de las miradas simplistas que, al recluirla en el espacio doméstico, han minimizado su presencia en la historia. Las mujeres como grupo homogéneo, sin diferencias, no existen. Sobre ellas inciden las desigualdades sociales, las diferencias de edad, los niveles educativos y culturales, las actividades que desarrollan y, obviamente, la estructura física y psíquica de cada una. Mi propósito es tratar de entreabrir algunos postigos que nos permitan aproximarnos a imágenes que, aunque parciales, sean suficientemente humanas para entender la realidad de lo que fue la vida de las mujeres de Medellín en las postrimerías del siglo XIX y comienzos del presente.

A partir del siglo pasado en Europa, y en particular en Francia, se consolidaron nuevas ideas sobre el lugar que debía ocupar la mujer dentro de la sociedad 1. La proclamación del dogma de la inmaculada concepción, en el año 1854, marcó la imagen femenina, y reimpuso el culto mariano, iniciado desde los primeros siglos del cristianismo.

Estos hechos, aparte de su importancia en la vida religiosa, expresan una lenta incorporación y transformación de la imagen femenina en la sociedad occidental católica, heredera de una tradición patriarcal, proveniente de la cultura hebrea. La mujer concebida como Eva, pecaminosa, voluptuosa y asociada con la tentación y la perversión, se puede pensar a partir del siglo XIX de manera más positiva, gracias al ideal de María, la madre virginal de Cristo y la reina de los cielos. La mujer, en su nueva imagen angelizada, fue entronizada como la reina del hogar y se convirtió en instrumento importante del discurso religioso católico.

La mujer, sin un lugar real en la sociedad patriarcal, pasó a desempeñar una misión clave en la sociedad burguesa: modelar a su esposo y a sus hijos, evangelizar y disciplinar la familia. Las mujeres de la elite, además de ejercer una acción benéfica sobre sus propias familias, asumieron el papel de "misioneras sociales" al participar en la educación y al servir de modelo a las mujeres de las clases populares, sobre todo a las obreras.

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Lavanderas en una de las quebradas de Medellín, ca. 1920 (colección particular)

El discurso médico e higiénico también vio en la mujer a su mejor aliada. Se le asignó el papel de enfermera del hogar, responsable de la salud y de la productividad de todos sus miembros. Era ella la responsable de inculcar los hábitos de limpieza e higiene a los hijos, de asegurar una adecuada alimentación en el hogar, de prevenir las enfermedades y de cuidar a los enfermos.

La economía y el trabajo doméstico, el manejo del hogar, la educación y promoción de los hijos y del esposo, la integridad moral de todos los miembros de la familia, los cuidados de salud e higiene y el control moral fueron, todas, tareas femeninas de gran importancia. Estas obligaciones se elevaron a categoría de oficio, bajo el novedoso título de "ama de casa".

En Medellín, esta nueva imagen femenina, difundida por la Iglesia y los médicos, fue bien recibida, pues reforzó algunos valores católicos tradicionales. La familia se fortaleció como paradigma de orden social y espacio privilegiado para inculcar hábitos morales y buen comportamiento, así como para el ejercicio del control social 2.

A fines del siglo XIX la presencia de los jesuitas y otras comunidades religiosas que llegaron a Medellín fortalecieron a la Iglesia. Este hecho no estuvo muy asociado al predominio político de los conservadores, en particular al gobierno de Pedro Justo Berrío. No se puede descartar que en el peso que cobró la Iglesia en la ciudad hubiera influido la fuerte raigambre campesina de la cultura paisa.

Este poder de la Iglesia hizo del Medellín de principios de este siglo una sociedad contradictoria, con continuos desencuentros entre una acelerada modernización técnica y económica y la búsqueda de una esquiva modernidad social y cultural. Estos desequilibrios se manifestaron, entre otras cosas, en el peso de la familia, la tradición y la Iglesia sobre las relaciones sociales y la vida privada de los individuos.

Los jesuitas sobresalieron como la comunidad religiosa masculina más dinámica en la labor de "civilizar", "moralizar" y "cristianizar" la ciudad. En su Colegio San Ignacio se educó la mayoría de la elite masculina que figuró en la vida económica y política de Antioquia durante los primeros cincuenta años de este siglo. Además de su proyecto educativo, esta institución creó una serie de asociaciones, congregaciones y de prácticas religiosas que moldearon la vida cotidiana de los habitantes de la ciudad. En esta labor la mujer fue una pieza clave. Con su tenacidad, los jesuitas instauraron nuevas prácticas religiosas que gozaron de fuerte arraigo en la región casi hasta los años 70 de este siglo. Algunas de ellas fueron la celebración de los primeros viernes, los ejercicios espirituales, el rosario en familia, la entronización del Sagrado Corazón de Jesús. Igualmente, crearon y fortalecieron una serie de asociaciones religiosas que desempeñaron un papel fundamental en el control y el disciplinamiento social tanto de la elite, como de los sectores populares. Los Patronatos, la Acción Católica, la Asociación de Obreros Católicos San José, las Escuelas Nocturnas para Obreros, la Asociación de Madres Católicas y las Hijas de María fueron muestras del dinamismo e importancia de esta comunidad. Entre las congregaciones femeninas la más importante fue la de La Presentación o Hermanas de la Caridad; además de dirigir el colegio de La Presentación, administraban el hospital, el orfanato, el manicomio y otra serie de instituciones.

Sumado a los sermones, los ejercicios espirituales y el confesor personal, a quien se le consultaban todas las decisiones importantes, para garantizar su influencia los jesuitas contaron con un órgano de difusión, la revista Familia Cristiana, que tuvo una larga vida, de 1906 hasta 1932. Estaba dirigida a la educación de las Amas de Hogar de los sectores medios y de la elite. Era frecuente en esta y otras publicaciones católicas el discurso que apuntaba a la creación de un arquetipo de mujer sometida al hombre, pero dignificada en su papel de madre e imitadora de la Virgen María. Esta "angelización" de la mujer le permitía ocupar el trono del hogar a cambio de practicar virtudes como la castidad, la abnegación, la sumisión, el espíritu de sacrificio, la negación de sus deseos y, aun, de su propio cuerpo. Actitudes consideradas tradicionalmente femeninas en algunos sectores, como la vanidad, la coquetería y el interés por la moda, fueron duramente criticados, pues no se conciliaban con el ideal ascético de mujer casta, cuya principal misión era no sólo su salvación, sino también la de su esposo y sus hijos.

Pero el modelo mariano no era fácil de alcanzar en la vida cotidiana de una ciudad cada día más moderna. Existían imaginarios tentadores y formas de resistencia que se oponían a estos arquetipos ideales. En la prensa católica aparecieron frecuentes quejas contra la coquetería femenina, contra la moda, las malas lecturas, el cine, el teatro y los deportes femeninos. En pocas palabras, se descalificaba la atracción hacia un mundo moderno, que tenía su escenario fuera de los muros del hogar y que competía con los valores católicos.

La división irreconciliable entre cuerpo y alma, idea clave en la tradición católica consideraba a la mujer únicamente en su papel de madre. La maternidad era reivindicada como la función femenina por excelencia. "La suerte de la mujer es criar hijos para la humanidad [...] a veces toda la vida, durante muchos años sin descanso..." 3. La sexualidad fue concebida como acto exclusivamente reproductivo, cualquier significado distinto era considerado perverso y dañino para el cuerpo y con mayor razón para el alma. Esta disociación entre amor y placer sexual tuvo un gran impacto sobre la sexualidad masculina y femenina e influyó en las ideas que sobre el amor y la vida matrimonial se elaboraron en la sociedad local.

Pensar que la mujer antioqueña de fines del siglo XIX y principios del XX tuviera como meta definida reivindicar su placer y su cuerpo, sería caer en un anacronismo. Para la mayoría de las mujeres, su relación con los hombres, concebida a través del matrimonio, se asociaba a otras ideas que parecían ser más importantes para ellas. Estabilidad, protección económica y afectiva y respeto podrían ser las claves de la felicidad de las mujeres de este tiempo.

La imagen de la mujer "reina del hogar" sometida a la autoridad del esposo, o madre, sumisa, resignada y dedicada a la crianza de los hijos, tenía sus fisuras. Este ideal parece haber tenido alguna aceptación entre las mujeres de la clase media, pero es dudoso que tuviera la misma fuerza dentro de la elite y de los sectores populares. Las mujeres de la elite habían ocupado tradicionalmente espacios sociales distintos del exclusivamente hogareño. El haber asumido su papel de misioneras sociales les permitía, para dedicarse a actividades de beneficencia, salir del espacio doméstico y liberarse parcialmente de la carga de su propio hogar. Las mujeres de los sectores populares, por razones económicas, rara vez podían limitar su existencia al mundo hogareño.

En la prensa católica, y aun en algunos escritos médicos, aparecen críticas severas al afán de la mujer por abandonar a sus hijos al cuidado del servicio doméstico para dedicarse a diversiones y entretenimientos. La gran facilidad de proveerse, tanto en sectores altos como medios, de empleadas domésticas que desempeñaran todo tipo de oficios permitió a las madres locales delegar en otras personas tareas, hoy consideradas tan maternales, como el amamantamiento de los hijos. Sirvientas, "dentroderas", niñeras, cargueras y nodrizas eran de empleo corriente en Medellín. Entre la elite y los sectores medios altos, la costumbre de internar a los hijos e hijas en los colegios de la ciudad se extendió casi hasta los años 50, y propició que las madres tuvieran poco que ver con la crianza real de sus hijos. "Hogares de clase media que sostienen costurera, lavandera, sirvienta, y niñeras, mientras ¿qué hace la doña del hogar? En el salón de belleza, en el juego, tomando té, en la casa de la amiga, [...] en el teatro. En una palabra, cumpliendo sus deberes sociales..." 4

En la campaña emprendida por la Iglesia y por los sectores dirigentes de la sociedad para educar a las mujeres como buenas y dignas amas de hogar, se recurre a descripciones idealizadas de lo que debía ser un hogar de clase media y a las compensaciones de la vida hogareña. Nociones como limpieza, orden y comidas a tiempo son frecuentes en estos discursos.

Todo es orden en la casa: en el jardín revientan las flores; en la sala de recibo los muebles de mimbre están alineados [...] En la sala lucen unos claveles sembrados en el vaso de cristal; un tapiz rojo le da un ambiente solemne [...] y en el centro se destaca la imagen del Redentor. Orden, sencillez, limpieza [...] Sobre la máquina "Singer" están bien dobladas las costuras cotidianas... 5

Estas cualidades del hogar no eran necesariamente para proporcionar satisfacción a la mujer; más bien debían operar como mecanismo para el control de los varones:

Procure ante todo dar a su casa un aspecto de alegría, conservándola muy limpia y con mucho orden; si le es posible cultive un jardincito donde su marido guste distraerse. Sobre todo haga lo posible para que las comidas se sirvan siempre a la misma hora; de tal manera que el marido sepa que todos lo aguardan en la casa y no se le ocurra siquiera pasar por el estanco 6 .

El insistente discurso, que se mantuvo hasta los años 50, sobre la necesidad de que la mujer permaneciera en el hogar no deja de ser paradójico en una ciudad donde la fuerza de trabajo fabril femenina fue clave en la industrialización. En 1923, había 2.815 obreras, el 73% de la fuerza obrera de la ciudad. Los obreros sumaban 1.032, el 27% de la fuerza laboral fabril. Para la prensa católica y algunos sectores de la sociedad, el trabajo obrero femenino era incompatible con su función de reina y guardiana del hogar. "La obrera es una familia destrozada [...] De ordinario la obrera es una mujer sacada del puesto a que estaba destinada y desviada del camino por donde Dios la dirigía. No es la mujer para la fábrica sino para la casa" 7. Las mujeres casadas tenían cerradas las puertas de acceso al trabajo y, según lo muestran claramente los censos de obreras de la ciudad, excepto en las trilladoras, prácticamente no se les dio empleo. En el período de 1916-1941, el 85,2% de las obreras eran solteras, el 10% casadas, y el 4,8% viudas 8.

Las duras condiciones de vida de los sectores asalariados en la primera etapa de la industrialización afectaron las tasas de natalidad y nupcialidad durante los tres primeros decenios del siglo XX. En 1905 la población de Medellín, sin contar los cinco mil habitantes de Bello, sumaba 65.547 personas. Su tasa de crecimiento había aumentado en un 2,39% en relación con los últimos años del siglo XIX. Sin embargo, en el mismo período los niveles de natalidad y nupcialidad habían decrecido. En 1912 la tasa de natalidad era del 36,3 por mil habitantes y la de nupcialidad de 5,5 matrimonios por mil habitantes. Para el mismo año, en Antioquia la tasa de natalidad era de 40,6 y la de nupcialidad de 7,0. Para el período comprendido entre 1912 y 1924 la tasa de natalidad había disminuido en un 19%. El ingeniero Jorge Rodríguez, quien manejaba la Oficina de Estadística del Municipio de Medellín en esta época, era consciente de este fenómeno y lo explicaba por la degeneración de la raza, que había perdido vigor debido al alcoholismo y la sífilis, y también por la mala situación económica, que dificultaba los matrimonios o retrasaba la edad para casarse. Contrarias a la visión generalizada, estas cifras muestran que muchas mujeres no contrajeron matrimonio, otras no lo hicieron muy jóvenes, y que el número promedio de hijos por familia tampoco fue elevado, al menos hasta 1930. Sin embargo, estas conclusiones, válidas estadísticamente para el promedio de las mujeres, posiblemente no se cumplieron en los sectores altos de la sociedad, donde la ausencia de preocupaciones económicas pudo haber permitido que los matrimonios se continuaran realizando desde muy jóvenes y que las tasas de natalidad fueran altas.

Es de suponer que el peso del discurso moral y religioso sobre la función y el lugar de la mujer incidió no sólo en el alto número de obreras solteras, sino también en la creciente masculinización de la fuerza de trabajo fabril a partir de los años 40, cuando las mujeres fueron reemplazadas casi por completo por hombres en las textileras antioqueñas 9. Este relevo también tuvo que ver con la rebeldía que manifestaron las mujeres en la vida laboral, contraria a las expectativas del modelo paternal y católico que se les pretendía imponer, así como con la falta de oportunidades para capacitarse y la dificultad como mujeres para poder trabajar en turnos por la noche. El discurso que condenaba el trabajo femenino penetró la mentalidad de las mujeres y reforzó los prejuicios masculinos sobre el trabajo femenino.