Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996

 

Los Murmullos de Voces Silenciadas

CATALINA REYES CÁRDENAS
Historiadora
Profesora Universidad nacional de Colombia (Medellín)
Trabajo fotográfico: Patricia Londoño Vega

El paradigma femenino de reina del hogar, moralizadora y salvadora del hombre y los hijos, logró tener vigencia hasta los años 40. Sin embargo, es necesario preguntarnos hasta qué punto estas ideas lograron impregnar a todos los sectores sociales. Estas preguntas son necesarias si tenemos en cuenta que no todas las mujeres tenían el mismo nivel social y cultural. Muchas de las mujeres de sectores pobres, inmigrantes campesinas, y aun las oriundas de la ciudad, tenían una escasa educación, que si bien no llegaba al analfabetismo total, sí se reducía a los mínimos rudimentos de lectura y escritura 10. La mayoría de las mujeres populares que aparecen como acusadas o testigos en el Archivo Judicial de Medellín ignoraban su edad precisa y no sabían firmar.

Muchas de las publicaciones católicas que hemos reseñado, en particular La Familia Cristiana, El Obrero Católico y El Social, tenían amplios tirajes y se repartían gratuitamente; aún así, su lectura por parte de los sectores femeninos populares pudo ser escasa. Incluso obreras que tenían acceso a estas publicaciones en sus lugares de trabajo dicen no haberlos leído "por falta de tiempo" 11. Pero el discurso moralizador femenino no se reducía únicamente al material impreso. El púlpito, la confesión y la labor de las asociaciones religiosas reforzaban el papel de la prensa.

La información sobre el modo de vida de las mujeres de sectores populares es muy fragmentaria e incompleta. Hallar a las mujeres del pueblo implica una intuitiva tarea en la que nos tenemos que apoyar en fuentes como son los datos estadísticos, la literatura, los expedientes criminales y algunos testimonios orales de gran valor.

Para las mujeres pobres, ser las reinas del hogar, tener la comida servida a tiempo y un pequeño jardincillo eran aspiraciones que no podían alcanzar. Desde muy pequeñas, su vida traspasaba el espacio doméstico; colaboraban en el sostenimiento de la familia, lavando ropa en las orillas del río, vendiendo leche, verduras, carbón, leña y en otros trabajos domésticos menores. La mayor parte de su tiempo transcurría fuera del hogar. Su sexualidad tenía poco que ver con la imagen angelical y virginal de la mujer burguesa y pequeñoburguesa. A pesar de que Antioquia tenía un bajo porcentaje de ilegitimidad y uniones libres, los juicios criminales nos muestran que, dentro de los sectores pobres de la ciudad, no eran escasas las hijas ilegítimas, las madres solteras o las mujeres que accedían a relaciones sexuales prenupciales, generalmente seducidas con promesas de matrimonio o, en algunos casos, violadas 12.

En sus testimonios en los juicios criminales, muchas de ellas aceptaban como natural la sumisión sexual. Es muy diciente el testimonio de María Rita Mesa, viuda de 30 años de edad, sindicada de infanticidio en 1911. Al referirse a su cuerpo, dice que este es "para usar" y que "nadie la ha usado después de eso" (se está refiriendo a una violación de la que fue víctima) 13.

Esta actitud contrasta abiertamente con el ideal femenino mariano predicado en aquel entonces. Y más extraña resulta aún cuando se descubre que mujeres con actitudes similares a la de María Rita eran inmigrantes campesinas, provenientes de zonas del oriente antioqueño, donde dominaban relaciones familiares patriarcales y un fuerte peso de la religión católica representada en la figura del cura párroco. También se constata en los casos del Archivo Judicial que, a pesar de las prohibiciones morales y religiosas, muchas jóvenes campesinas eran iniciadas en la vida sexual por intentos de violación y relaciones incestuosas. Padres, tíos, hermanos y hasta abuelos aparecen sindicados en casos de fuerza y violencia 14. Podríamos aventurarnos a afirmar que, en una cultura campesina patriarcal y masculina, la imagen femenina estaba completamente desvalorizada y de ella no se esperaba más que la sumisión al dominio del hombre, fuera este padre, hermano, esposo, novio o compañero.

Varios médicos higienistas y los juristas trataron de interpretar estas conductas sexuales anormales. Muchas de sus apreciaciones están marcadas por una fuerte influencia sociologizante francesa sobre los problemas de orden cultural y económico, que se impuso a partir de los años 30. En sus Estudios médico-legales, psiquiátricos y criminológicos, el doctor Julio Ortiz Velásquez nos explica la existencia del incesto y la violencia sexual con el siguiente argumento:

La familia, en el concepto de muchas de estas gentes del bajo pueblo, no es una carga con obligaciones para el jefe del hogar, sino una propiedad con sus derechos para el poseedor. La esposa no es una compañera, la mujer de los afectos, eje del hogar sino una esclava, una hembra para sus menesteres y un blanco para sus desahogos, sus cóleras y sus desvaríos. Los hijos en la infancia son cebos para el trabajo duro e inapropiado a sus años, o para la mendicidad; en la adolescencia, una propiedad para provecho del progenitor [...] son esclavos de sus padres y el látigo cae sobre ellos inmisericordemente [...] Las hembras, en la cocina, el lavadero, al cuidado del rancho humilde. El dominio de los padres sobre los hijos es incontrastable y absoluto. Creen que les pertenecen y pueden disponer de ellos a su talante.

El resultado de esta situación, para Ortiz Velásquez, es que "el ayuntamiento con una hija lo considera como derivación y consecuencia del dominio irrestricto sobre la persona material de sus descendientes" 15.

Según este médico, la explicación para el incesto en los hogares campesinos, sería el producto de una actitud patriarcal abusiva, donde el hijo aparece únicamente como una propiedad del padre sometida a su dominio en todos los aspectos.

Para médicos y juristas de la época, el incesto también estaba relacionado con las precarias condiciones de vida de las clases populares. El hacinamiento y la promiscuidad en las viviendas de los pobres propiciaba este tipo de relaciones sexuales. Les preocupaba sobre manera el hecho de que la pareja no contara con un espacio para su intimidad y que, muchas veces, hasta el lecho conyugal fuera compartido por padres e hijos.

Teniendo en cuenta que el incesto generalmente permanece en el silencio y la impunidad, la preocupación de médicos y legisladores por este delito es un indicio de que su ocurrencia debía de ser relativamente frecuente. La situación no deja de ser contradictoria y compleja en una región con una fuerte moral sexual basada en el respeto a la familia y la vigencia de un código de honor familiar donde la virginidad de las mujeres era el máximo galardón de virtud femenina.

Estas relaciones incestuosas aparecen judicialmente bajo la categoría de fuerza y violencia, uno de los más recurrentes en lo que podríamos denominar delitos sexuales. Las víctimas de estos atentados eran generalmente niñas no mayores de 14 años. Como aún hoy en día ocurre, en este tipo de juicios, paradójicamente, es la víctima quien tiene que demostrar su inocencia. Señalada como culpable al principio del juicio, sus esfuerzos no se dirigen a la denuncia del agresor sino a demostrar que es inocente. Se le hace responsable de la violación por vestirse de determinada manera, por salir a la calle a solas, por no haber avisado a los primeros intentos de violencia, por haberse dejado amedrentar, etc.

Para los jueces de estos juicios era imperativo tratar de esclarecer si la víctima, durante la agresión, había sentido placer. Esta pregunta era pertinente para las mayores de doce años, pues médicos y legisladores de la época, sostenían la idea de que la inocencia de la niñez era incompatible con los instintos sexuales. A los niños se les negó la sexualidad hasta bien avanzada la primera mitad del siglo. "Por su edad es incapaz de sentir pasiones genitales", es la observación común de los jueces en los casos de fuerza y violencia contra las niñas.

De quince casos de fuerza y violencia consultados, en uno solo el sindicado fue declarado culpable. Este caso se convirtió en un hecho jurídico particularmente complicado, y recorrió varias instancias judiciales. Del juzgado municipal pasó al juzgado superior, y de ahí fue remitido al tribunal superior. No había claridad ni en la culpabilidad del individuo, ni en la clasificación del delito. Para algunos jueces el hecho de no haber copulado el sindicado con la ofendida, una niña de cinco años, a quien se le encontraron fuertes escoriaciones, no era un delito, pues no se había presentado desfloración ni cópula. Para otros, el acto inmoral cometido no era suficiente causal, y consideraban que la tentativa de violación en sí no era un delito. Otros consideraron que la falta de testigos invalidaba cualquier inculpación. Finalmente, el Tribunal Superior, a pesar de la apelación del juez, condenó al sindicado a ocho años de prisión.

Una de las razones para declarar inocentes a los agresores sexuales de estas niñas era que en pocos casos se daban desfloraciones. Es muy diciente que el único acusado declarado culpable, no lo fuera por haber hecho más daño que los otros, sino por ser "hombre de mala fama, reconocido como ratero y vago, mal trajeado y descalzo" 16. En los otros casos, para declararlos inocentes contó mucho el hecho de que los acusados gozaran de buena posición social. Varios de ellos eran negociantes, muchas veces pequeños tenderos que pretendían seducir a sus víctimas con pequeños regalos e intentaban sus ataques sexuales en el establecimiento.

La tienda aparece como lugar especialmente propicio para estos actos. "Hoy como a las dos de la tarde —narra Ana Mercedes Jaramillo, de 13 años— fui a la tienda a comprar bizcochos y estando solo Sánchez (tendero de 40 años) me tomó por los brazos y haciéndome fuerza me entró al interior del establecimiento. Quiso levantarme la ropa pero pude defenderme gritando fuerte..." 17 No sólo hay pequeños comerciantes sindicados de este tipo de delitos; se encontraron dos médicos inculpados que utilizaron como escenario sus respectivos consultorios. Obviamente, dada su posición social, fueron sobreseídos.

Algunas niñas eran utilizadas por mujeres mayores que las alquilaban a hombres a cambio de dinero, aparentemente sin el consentimiento de la madre. La denuncia era hecha generalmente por los vecinos. "Un grupo de mujeres negocian con el cuerpo de una niña de nombre Blanca, como de unos diez años, vendiéndola para que unos cachacos abusen deshonestamente de ella. He visto que la llevan a orillas del río, a la Manga de María Casilda, a la Plaza de Boston...." Es poco probable que la madre no fuera consciente de estos abusos, pues la niña también recibía plata y se habla de la entonces no despreciable suma de cincuenta pesos. Es importante anotar que el mote de cachacos sólo se utilizaba para la gente de los sectores altos. Este tipo de casos permite pensar que la prostitución infantil no era ajena a una sociedad aparentemente pacata y moralista pero en la cual hasta los mismos miembros de las elites quebrantaban los códigos morales evidenciando una doble moral 18.

Las niñas víctimas de abusos sexuales, exceptuando un caso, eran todas de sectores populares, las que más expuestas estaban a los peligros de la calle. Estos hechos ocurrían, en su mayoría, en las orillas del río o en las numerosas mangas que formaban parte del paisaje urbano hasta bien entrados los años 30. Sitios como Belén y la América favorecían este tipo de abusos, por sus numerosos despoblados.

En los expedientes se aprecían las difíciles condiciones de vida de los sectores pobres de la ciudad. Muchas de estas niñas, desde muy temprana edad, colaboraban con sus madres en distintos oficios. Se dedicaban a lavar ropa, limpiar enladrillados, elaborar escobas con cañafisto recogido de las orillas del río, o hacer mandados, que era una forma disfrazada de mendigar. No tenían un hogar y muchas vivían en fondas populares, que eran en realidad míseras casas de inquilinato. Su vida no tenía estabilidad y no pocas veces terminaban internas en las "casas de pobres".

Las madres, muchas veces agobiadas por el peso de la situación económica, desatendían a sus hijas, y generalmente quienes descubrían y denunciaban los abusos a que eran sometidas eran las vecinas u otros parientes cercanos. "[...] actualmente no sé donde se encuentra...", afirma una testigo con respecto a Inés Echeverri niña de 12 años, hija natural, a quien Rosendo Álvarez pretendió violar en las orillas del río. "Infiero que pueda encontrarse en alguna casa de beneficencia, pues a pesar de la indiferencia de la madre, observaba que mantenía mucho deseo de colocarse en la Casa del Buen Pastor". Posteriormente, en la indagación, la directora del Colegio María Auxiliadora certificó que "Inés Echeverri estuvo aquí en calidad de sirvienta hasta el domingo 13, día en que pasó a la Casa Taller María Auxiliadora con el fin de que aprendiera algún oficio con que se eduque para después poderse ganar la vida" 19. Inés Echeverri, contó en parte con suerte; otras niñas en igual situación, víctimas del desarraigo familiar, sin vivienda y sin ocupación, pasaban fácilmente de la mendicidad a la prostitución infantil.

La falta de un lugar para vivir, de un hogar, era el problema que más agobiaba a los pobres urbanos, sobre todo a las jóvenes campesinas inmigrantes. Algunas de ellas tuvieron acceso a instituciones, como la Casa Taller de María Auxiliadora. En estos lugares se llevaba vida monacal, la libertad personal era mínima y las actividades eran rigurosamente controladas, sin permitir la ociosidad e inactividad. Las internas trabajaban gratuitamente a cambio de la alimentación y de un sitio para dormir. Estas instituciones tenían la finalidad de disciplinar, moralizar, educar y capacitar a los sectores populares para que pudieran incorporarse a los procesos productivos, dejando de ser una carga para la sociedad y el Estado. Como lo expresaba la directora del Colegio María Auxiliadora, "que se eduque, para después ganarse la vida", éste parece haber sido el lema de la filantropía antioqueña del siglo XX.