Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996

 

Los Locos Años Veinte y los Cambios en la Vida Femenina

CATALINA REYES CÁRDENAS
Historiadora
Profesora Universidad Nacional (Medellín)
Trabajo Fotográfico: Patricia Londoño Vega

 

Hacia los años 20, como reflejo de los cambios que originó la primera guerra mundial en la situación de la mujer europea, algunos sectores femeninos minoritarios de la elite local y de sectores medios que tenían oportunidad de viajar, de leer, y de estar en contacto con publicaciones europeas, adoptaron actitudes y comportamientos que reñían con el ideal virginal y ascético de mujer. La sofisticación en el vestir, el afán de lujo, el flirt, la coquetería, los deportes, las inquietudes intelectuales y artísticas de este segmento social, frecuentemente encontraron resistencias, censuras y burlas tanto de la prensa católica como de sectores tradicionales, más que todo masculinos, de la sociedad.

La Iglesia, heredera de la tradición patriarcal, si bien "elevaba" y reubicaba a la mujer en la sociedad al concederle la condición de reina del hogar y educadora por excelencia, era muy explícita en cuanto a su inferioridad y sometimiento ante el hombre. La supuesta inferioridad se reforzaba con una legislación nacional que hacía de la mujer casada y soltera una dependiente del hombre, tanto en el manejo de sus bienes económicos como en su condición jurídica y política 34. La Iglesia declaraba, en forma sofística, que la mujer era semejante al hombre en naturaleza y dignidad pero, a renglón seguido, afirmaba: "es inferior al varón y le debe sujeción y obediencia" 35. El padre Ulpiano Ramírez, en 1917, en un folleto que alcanzó gran popularidad, Los mandamientos explicados, cuando define las obligaciones de la esposa, es enfático en explicitar que su principal deber es "respetar a su marido porque es superior. Obedecerle, porque la obediencia se le debe al superior". El esposo, por su parte, debe "cuidar que su esposa cumpla sus obligaciones cristianas [...] y corregirla cuando falte" 36.

Si bien tanto algunos hombres como mujeres se rebelaron ante el estereotipo femenino mariano, muy pocos impugnaron la relación de sometimiento e inferioridad; ésta se aceptaba como un estado natural que tenía, supuestamente, origen en razones biológicas e intelectuales. Un patriarca antioqueño le hace explícita esta situación a su única hija, en una carta de consejos dirigida a ella antes de su matrimonio:

No pierdas de vista —le dice— que el marido, dígase lo que se quiera, es el amo y señor de su mujer; que ésta le debe amor, sumisión, respeto y obediencia [...] La mujer no triunfa noblemente sino obedeciendo, humillándose y hablando con dulzura y mansedumbre. La mujer es irresistible cuando se refugia en su propia debilidad [...] La dicha del hogar [...] Es una recompensa piadosa que el cielo le concede a la mujer cuando ella se resigna a no tener jamás la razón contra el esposo 37.

Pocos contradictores tuvo la generalizada idea de la inferioridad femenina. En Antioquia, individualidades políticas e intelectuales, tanto liberales como conservadoras, refutaron la idea de la inferioridad femenina, poniéndola en entredicho. En 1905, durante el Festival Lírico celebrado en el Teatro Bolívar de Medellín, el político republicano Carlos E. Restrepo, después de una conferencia de la gran educadora María Rojas Tejada, exaltó su valor por ser la primera mujer de la ciudad que ocupó un sillón de conferenciante, y calificó la conferencia como "primer capítulo de feminismo militante".

Carlos E. Restrepo aprovechó este evento para hacer resaltar la importancia de la educación para las mujeres. "Las jóvenes no serán las muñecas bien vestidas que se den o se vendan al primer vicioso que se les ofrezca por marido, ni solteras tendrán que someterse al medio humillante de vivir del dinero de otros" 38.

El trabajo más polémico sobre la situación femenina fue el presentado en 1914 por Ricardo Uribe Escobar, joven liberal, para optar a su título en la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Antioquia. Esta tesis, titulada Notas feministas, causó gran revuelo en la ciudad, y el arzobispo de Medellín, Manuel José Cayzedo, prohibió su lectura. Uribe Escobar impugna la tesis, tan aceptada en ese tiempo, de la inferioridad femenina. Y demuestra que la inferioridad fisiológica, psicológica y religiosa femenina es sólo producto de las condiciones culturales, psicológicas y económicas a las que se ha visto secularmente sometida la mujer. Para Uribe Escobar, el estado de postración intelectual y social de la mujer sólo se podrá remediar cuando la mujer se transforme en un ser productivo que no dependa económicamente del hombre.

Estudiar y progresar

Desde principios del siglo XX algunas mujeres de la sociedad local se rebelaron tímidamente contra el papel de madres y esposas que se les había asignado. En un principio sus quejas apuntaron a mejorar su nivel educativo e intelectual. Querían que se les dejara de considerar como seres mentalmente inferiores, e incluso, para justificar sus reclamaciones, esgrimían el argumento de que "una mujer culta es mejor compañera del hombre que una ignorante".

Algunos piensan que la mujer sólo debe saber gobernar la casa y someterse a un marido [...] la mujer también debe aprender lo que le ayude a embellecer la vida del hombre como hija, hermana y esposa. La mujer no debe hablar cosas baladíes, sino cosas inteligentes que atraigan a los hombres para que éstos no se aburran de ellas 39 .

Es interesante anotar que para las mujeres de la elite y de los sectores medios instruidos, la actividad literaria y periodística representó, desde muy temprano del siglo XX, una forma de desplegar sus capacidades intelectuales y desarrollar su talento y sensibilidad, sin tener que reñir con su papel de ama de hogar. Desde la primera década de este siglo son ya famosas las tertulias literarias de María Jesús Álvarez de Villegas y de Susana Olózaga del Cabo. A la última de ellas, que se realizaba en el taller de costura de doña Susana, asistía Tomás Carrasquilla.

Hubo hombres, sobre todo intelectuales, escritores y periodistas, que apoyaron a las mujeres en su intento de instruirse y tener acceso a la cultura. Muchos de ellos abrieron las puertas de sus periódicos y revistas literarias a las colaboraciones femeninas. Pero también hubo actitudes recelosas de diferentes sectores de la sociedad y de la Iglesia. Ésta era insistente en recomendar a las mujeres cuidarse y no permitir en el hogar el acceso a las malas lecturas, en una época en que la "incredulidad y el escepticismo avanzan triunfantes". La revista Familia Cristiana y otras publicaciones femeninas recomendaban frecuentemente listas de libros aptos para las damas y con aprobación de la Santa Iglesia.

La revista Cyrano promovió y publicó colaboraciones femeninas. Algunas mujeres participaron activamente en ella. Fundada en 1920 por iniciativa de Luis Tejada, propició la participación, desde sus comienzos, de María Cano, Fita Uribe y María Eastman. María Cano imitaba a Alfonsina Storni y Juana de Ibarbourou y publicaba poemas románticos y sensuales que fueron muy criticados.

La revista Sábado, de gran circulación aunque de efímera existencia (1921-1923), en un principio dirigida por Ciro Mendía y luego por Gabriel Cano y Quico Villa, promovió concursos de literatura femenina que tuvieron excelente participación.

En 1926 surgió la revista femenina Letras y Encajes, dirigida por mujeres de la elite, entre ellas Teresita Santamaría de González, Sofía Ospina de Navarro, Ángela Villa, Alicia María Echavarría, María Jaramillo y Tulia Restrepo Gaviria. Para muchos, esta revista fue una respuesta de las "damas bien" a los desafueros de María Cano y compañeras en la revista Cyrano. La idea de Letras y Encajes era preparar a la mujer para el mundo moderno, sin olvidar, sino incluso reforzándolos, los valores católicos.

Sin embargo, durante largos años perduró una actitud que consideraba la preparación intelectual de la mujer como algo innecesario, que incluso podía ser nociva, si no era bien dosificada. Don Jorge Echavarría, dueño y administrador de Fabricato, el 24 de marzo de 1920 escribió en su diario: "Se suicidó una niña Restrepo [...] en Loreto, de 17 años, lo que ha llenado de consternación a la sociedad. La pobrecita estaba indigestada de Anatole France, D’Annunzio...!40.

La educación femenina de las clases altas, aunque comprendía numerosas asignaturas, era superficial y apuntaba a preparar excelentes amas de casa. La mayoría de los colegios femeninos para los sectores ricos contaban con un internado. Éstos cumplían una función de control y vigilancia sobre la vida de las jóvenes en edades en que la sexualidad y la rebeldía podían crear problemas a los padres. Con frecuencia, el confesor recomendaba a la madre el internado de las hijas. Los mismos directores de los colegios insistían en que, para cumplir cabalmente su obra educadora, era preferible que las alumnas estuvieran internas. El internado garantizaba un control sobre el tiempo de la joven y sobre su cuerpo. No debía haber tiempo libre ocioso. Las niñas nunca permanecían solas, y siempre había una mirada vigilante, sobre todo por la noche en los dormitorios. Aun la posesión de un espejo se consideraba como un atentado contra la pureza y virtudes como la sencillez y la modestia.

Las internas tenían, usualmente, dos salidas al año: en diciembre y en junio. Tras la lectura de la correspondencia de jóvenes de principios de siglo, se puede afirmar que pocas fueron felices en los internados41.

Las hijas de María Ospina, hija del político conservador y expresidente Mariano Ospina Rodríguez, estudiaron en el colegio de La Enseñanza, y fueron víctimas de la vida de los internados. Sus quejas eran tan permanentes que su madre, condolida, le escribe a su hermana Concha: "Yo no sé que se hará verdaderamente para que esas niñas se amañen en el Colegio pues estando tan aburridas no podrán aprender nada y da tanta lástima pensar que viven tan tristes"42.

Muchos internados se asemejaban a verdaderas cárceles. Ante cualquier falta, el castigo más usual era el recorte de la salida. "Estoy escribiendo al escondido, porque seguro que querrán hacerme quedar como el otro mes sin salida" le escribe Enriqueta Navarro, desde el internado, a su madre, María Ospina. El internado era asimilado por muchas jóvenes a una verdadera reclusión.

La incómoda vigilancia de los profesores, el silencio nocturno, el despertar a golpes de campana, la ausencia de rostros familiares, nos producían la triste sensación de haber sido expulsadas del hogar para ir a purgar en la cárcel una grave falta cometida... Las visitas de los padres eran de etiqueta a través de la reja del locutorio conventual y bajo el control de una testigo 43.

El único mitigante a la dura situación del internado era el florecimiento de relaciones afectivas con los compañeras de infortunio. El intercambio de confidencias en medio de la soledad y el desarraigo familiar creaba lazos de amistad que, la mayoría de las veces, se prolongaban durante toda la vida. La correspondencia se encargaba de alimentar estas amistades cuando había distancia de por medio. Es frecuente encontrar muestras de largas amistades en que el intercambio de confidencias y fotografías familiares fue asiduo. El diario íntimo, muchas veces mantenido a escondidas, servía también como paliativo a la soledad que debía enfrentar la joven en la vida del internado.