Boletí­n Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

Un camino hacia Kant


La reconstitución clásica del saber: Copérnico, Galileo, Descartes
Iván Darí­o Arango
Editorial Universidad de Antioquia, Medellí­n, 1993, 276 págs.


Los estudios de filosofí­a en Colombia —en las facultades que han superado el marco escolástico clerical que presentaba la filosofí­a como un sistema de verdades integradas en tratados— tienen como eje fundamental la lectura y el comentario de los grandes clásicos. Esta tarea suele llevarse a cabo siguiendo en gran parte un orden cronológico. De los presocráticos se pasa a Platón, de éste a Aristóteles y de aquél a la Edad Media, que suele liquidarse en un solo semestre, para después pasar —dando un salto mortal por encima del Renacimiento— a los clásicos de la modernidad. Primero Descartes, luego Kant y finalmente Hegel, después del cual el orden cronológico se pierde un poco, en parte porque los estudiantes ya están a punto de terminar su octavo semestre y en parte porque después de Hegel resulta más difí­cil establecer los clásicos de cada época. Todo esto lo completan —un poco marginalmente— Marx y Nietzsche, y —para que el siglo XX no se quede del todo por fuera del recorrido histórico— la filosofí­a analí­tica, Heidegger, quizá Husserl, la escuela de Francfort y uno que otro seminario sobre Gadamer o Foucault.

A primera vista podrí­a pensarse que quien absuelva un pénsum como el que se ha descrito aquí­ tendrá, al final del mismo, una visión total de la historia de la filosofí­a. Sin embargo —a pesar de esta apariencia de totalidad— el programa resulta, mirado más de cerca, tremendamente fragmentario. Y esto no sólo porque haya épocas enteras que, por falta de tiempo, se queden por fuera del programa —como el Renacimiento o la antigüedad romana— sino, ante todo, porque cada uno de los clásicos estudiados es considerado teniendo en cuenta sólo marginalmente las discusiones de las que su obra formaba parte y concentrándose no en los problemas sino en las soluciones dadas a éstos.

Lo anterior es especialmente cierto con respecto a la filosofí­a moderna y, particularmente, con respecto a la obra de Kant. Un estudiante de quinto o sexto semestre de filosofí­a recibe en las manos la Crí­tica de la razón pura y, dos semanas después, se supone que debe tener completamente claro que allí­, entre otras cosas, está encerrada la clave para la solución de los problemas epistemológicos que habí­a planteado la revolución copernicana. Normalmente nadie se atreve a preguntar qué demonios es la revolución copernicana y —mucho menos— cuáles fueron los problemas epistemológicos que creó, y el encargado de la cátedra tiende a suponer que todos los asistentes entienden perfectamente de qué se está hablando, y parte de esa base para formular sus explicaciones sobre Kant.

Sin embargo —a menos que entre los asistentes haya algún estudiante de fí­sica con intereses filosóficos— la mayorí­a de los que se ponen de acuerdo en hablar de la relación entre Kant y la revolución copernicana sólo logran explicarse la revolución copernicana a partir de lo que alcanzan a entender de Kant y no al revés. Como serí­a de esperarse, ya que los estudios de filosofí­a no suelen contemplar la historia de la fí­sica y, como es bien sabido, la fí­sica que se aprende en los colegios suele ser un conjunto de verdades que se presentan como ya comprobadas. Todo ello lleva a que la lectura de Kant sea hecha por muchos estudiantes como quien da palos de ciegos y que incluso para muchos su encuentro con la Crí­tica de la razón pura sea el punto en el que su interés por la filosofí­a termina por disolverse en confusión y desesperanza.

Por todo lo anterior, es grato encontrarse con el libro de Iván Darí­o Arango —La reconstitución clásica del saber— en el que se intenta responder a ciertas cosas que muchos estudiantes de filosofí­a siempre han querido saber sobre la revolución copernicana sin haberse atrevido jamás a preguntarlas. Es posible que haya libros mejores sobre el tema, es posible que al especialista muchas cosas le parezcan un poco de segunda mano. Pero nada de ello le resta mérito alguno a un libro que sin duda será leí­do agradecidamente por muchos. Las siguientes notas sobre el libro no pasarán de ser algunas apreciaciones parciales de un lector agradecido.

La revolución copernicana

Lo primero que se saca en claro de la lectura del libro —que, por lo demás, está escrito en un estilo que hace agradable la lectura— es que la revolución copernicana no se reduce a lo planteado en la obra de Copérnico sino que —sobre todo— es algo que tiene que ver con las repercusiones posteriores de esta obra y las consecuencias que sacaron de ella Bruno, Kepler y, sobre todo, Galileo. Quizá para alguien familiarizado con la historia de la fí­sica y la astronomí­a lo anterior sea obvio y no merezca ni siquiera ser señalado. Pero, sin duda, el lector con formación filosófica y no fí­sica agradece que se haga claridad sobre ello.

Normalmente suele resumirse el efecto de la revolución copernicana diciendo que con Copérnico se empezó a presumir que la naturaleza sólo daba respuesta a aquellas preguntas que se le formulaban. Esto —expresado sólo como un resultado— se muestra abstracto y bastante incomprensible. La lectura del libro de Arango, sin embargo, termina por llenar la afirmación anterior de contenido.

El libro está dividido en tres capí­tulos y un anexo. El primer capí­tulo está dedicado a la formulación del heliocentrismo por parte de Copérnico y a la historia del problema que con la formulación de su teorí­a —que tuvo lugar con la publicación de Las revoluciones de las esferas celestes, en 1543— y a la historia del problema al que la teorí­a heliocéntrica querí­a dar solución. El problema tiene que ver con la posibilidad de calcular el movimiento de los astros y encontrar la regularidad subyacente a los movimientos aparentemente irregulares —por ejemplo, movimientos aparentemente retrógrados— y ya habí­a sido formulado por Platón:

¿qué movimientos circulares y uniformes deben asignarse a cada uno de los planetas para explicar sus trayectorias anuales aparentemente irregulares? [pág. 39]

En principio el heliocentrismo y el movimiento de la tierra conforman una de las soluciones posibles a este problema y de hecho ya en la antigüedad Aristarco lo habí­a sugerido pero sin repercusiones dignas de señalar. Cuando Copérnico vuelve a plantear esta solución, en el siglo XVI, se encuentra, en cambio, con un terreno fértil para la discusión de su hipótesis, ya que el Renacimiento —y su expresión filosófica, el neoplatonismo— generaban un ambiente intelectual en el que ante todo se confiaba en el poder de la razón para descifrar los secretos de la naturaleza. Pero, como ya se dijo antes, no fue tanto la hipótesis copernicana como las reacciones que ella suscitó lo que generó la llamada revolución copernicana.

Dentro de esas reacciones deben ser entendidos los trabajos de Galileo y de Kepler, que estaban guiados en buena parte por el deseo de encontrar pruebas fí­sicas del sistema copernicano. En el marco de esta reseña es imposible mencionar todos los problemas que Arango plantea en su libro. Pero quizá la hipótesis fundamental sea que el sistema copernicano exigí­a revisar no sólo la cosmologí­a sino también toda la fí­sica anterior. Dentro de esa revisión se encuentra, por ejemplo, el trabajo de Galileo sobre la caí­da de los cuerpos, de los que Arango se ocupa en el segundo capí­tulo —dedicado a Galileo— y en el anexo.

En este último se cita el momento culminante del Diálogo sobre los máximos sistemas, de Galileo, a cuya luz se puede entender quizá el problema epistemológico fundamental de los albores de la modernidad, que no es otro que el cuestionamiento del sentido común en el cual estaban basadas tanto la astronomí­a tolemaica como la fí­sica y la cosmologí­a aristotélicas. En el diálogo, Salviatti, —el álter ego de Galileo, defiende el sistema copernicano frente a las objeciones del aristotélico Simplicio. Una de las objeciones de Simplicio (pág. 254) tiene que ver con la caí­da de los cuerpos. Si una piedra cae de una torre, cae al lado de la torre, dice Simplicio. Eso es así­ y está de acuerdo con nuestra experiencia cotidiana. Pero Simplicio quiere, además, inferir de ello el movimiento de la tierra, ya que —según él— si la tierra se moviese la piedra no podrí­a caer alrededor de la torre. No contento con eso, Simplicio agrega que eso se ve muy claro si se piensa que, si una piedra cae de un mástil de una nave en movimiento, ésta no cae al lado del mástil. La respuesta de Salviatti a esta objeción —como Arango lo indica— es uno de los momentos culminantes del diálogo y quizá uno de los momentos culminantes de la historia del conocimiento. Salviatti contesta que, aunque él no ha hecho la experiencia de la nave, sabe que en la nave en movimiento la piedra cae al lado del mástil aun en la nave en movimiento, porque así­ es necesario que sea (pág. 256). Poco después, agrega Arango, Gassendi hizo la experiencia propuesta por el diálogo y confirmó la hipótesis de Galileo.

Lo interesante y lo copernicano acá —en el sentido en que se suele utilizar la expresión revolución copernicana al enfrentarse a la lectura de Kant— es que Galileo formula la ley, y la experiencia es hecha por Gassendi teniendo en cuenta esta ley. O sea que, para volver a lo que se decí­a atrás, la naturaleza da una respuesta a una pregunta concreta que se le hace. También, además, hay que decir que todas las experiencias y observaciones de Galileo y de Kepler estaban basadas en el sistema copernicano, que habí­a sido planteado sin más datos que aquellos de los que habí­an dispuesto los antiguos. Partiendo de estos datos —que en el libro de Arango no son, naturalmente, presentados con la precipitud con que aquí­ se hace— y de la idea de que se llega a ver algo en la naturaleza de lo cual ya se tení­a una idea en el entendimiento —tómese el ejemplo de la ley de la inercia formulada por Galileo en el diálogo y confirmada después por el experimento de Gassendi— se puede entender mucho mejor el siguiente pasaje de la Crí­tica de la razón pura que suele ser citado inmediatamente después de haber pronunciado las palabras mágicas "revolución copernicana" y que Arango vuelve a citar dentro de un contexto que lo llena de sentido:

por extraordinario y absurdo que parezca, nosotros mismos somos los que establecemos el orden y la regularidad en los fenómenos que llamamos naturaleza, siendo imposible hallarlos en ella si no los tuviéramos y existieran primitivamente en nuestro espí­ritu. [pág. 260]

El libro de Arango allana en gran parte el camino a esta frase de Kant. Para allanarlo por completo faltarí­a —como puede desprenderse de algunas observaciones del mismo Arango— un capí­tulo dedicado a Newton. Pero ello no puede reprochársele a Arango, porque, aunque el libro abre de algún modo un camino hacia Kant, éste no fue escrito como tal e incluso parece encontrar su meta filosófica antes de Kant, en el capí­tulo tercero que está dedicado a Descartes. Ese paso —teniendo como presupuestos las consideraciones acerca de Copérnico y Galileo— también es fundamental en el camino hacia Kant, ya que fue precisamente Descartes quien explicitó y radicalizó la crí­tica de la experiencia cotidiana que subyací­a en los planteamientos de Galileo y Copérnico.

El estudiante de filosofí­a que se enfrente al trabajo de Arango notará como éste desplaza la atención de las Meditaciones metafí­sicas y el Discurso del método —que son los textos que más se suelen trabajar en las facultades de filosofí­a— hacia las Reglas para la dirección del espí­ritu, en donde los dos puntos más discutidos de la filosofí­a cartesiana —la ficción del genio maligno, en la primera meditación, y la postulación de Dios como garante de la posibilidad de la verdad, en la tercera— no tienen la importancia que tienen en las Meditaciones metafí­sicas.

A Arango le interesa principalmente Descartes como epistemólogo y como teórico de la ciencia, y su interés lo lleva a definir el concepto que tení­a Descartes de la experimentación cientí­fica en oposición a la defendida por el empirismo de Bacon. Para Bacon —en esto Arango sigue observaciones de Lalande— pretende hacer una clasificación y un cuadro de todas las experiencias (pág. 206). Descartes sugiere que no hay un camino distinto de construir determinadas experiencias de acuerdo con determinados presupuestos teóricos. Por eso puede decirse que la experiencia depende de la teorí­a, como suele decirse en el momento de empezar a leer a Kant.

El libro de Arango subraya lo anterior como una de las caracterí­sticas fundamentales de la ciencia moderna y proporciona ejemplos claros —tomados de la historia de la ciencia del siglo XVII— que le permiten al lector traer un poco a la tierra lo que de otro modo puede parecer especulación nebulosa.

Caminos abiertos

El libro de Arango puede llegar a varios tipos de público. Su público natural —desde luego— lo conforman los estudiantes de filosofí­a y los profesores de filosofí­a de bachillerato, y en ese sentido es un libro pedagógico. Pero gracias a cierto temperamento literario de Arango, el libro puede salir de los cí­rculos especializados. Arango sabe escribir, lo cual, lamentablemente, no siempre es normal entre filósofos, y, sobre todo, sabe utilizar la cita textual como un recurso expositivo sin romper el ritmo del texto y sin que ésta se convierta en una carga molesta para el lector. La calidad ensayí­stica del libro permite recomendarlo también, por ejemplo, a profesores de fí­sica de bachillerato, que sin duda pueden enriquecerse con las reflexiones epistemológicas que hace Arango a partir de la historia de la fí­sica.

Otra virtud del libro —de la cual Arango parece ser plenamente consciente— es que presenta tanto la historia de la ciencia como la historia de la filosofí­a como un proceso de búsqueda y no como una serie de respuestas que deban ser asumidas dogmáticamente. Con esto último, el libro enfrenta otro de los problemas que surgen de los programas de historia de la filosofí­a que se esquematizaron al comienzo de esta reseña, consistente en ver sólo las grandes obras dejadas por los grandes clásicos, olvidándose del camino que los llevó hacia ellas. El camino de Arango para salir de esa —por así­ llamarla— historia monumental de la filosofí­a ha pasado por la historia de la ciencia. Este es un camino posible e incluso necesario para aquel que se ocupe, por ejemplo, de Kant y Descartes, pero no es el único. Sin embargo, en todo caso es ejemplar y muestra algo fundamental: un filósofo no puede saber sólo filosofí­a sino que tiene que estar abierto a otras ramas del conocimiento en mucho mayor medida que los especialistas de alguna otra disciplina.

Algo sugerente que no se alcanzó a tocar es la relación que Arango establece entre el neoplatonismo renacentista y la revolución copernicana. Ello también contribuye a llenar un vací­o que dejan los programas de filosofí­a con su salto mortal por encima del Renacimiento, que es una época interesante como pocas para la historia de la filosofí­a, precisamente porque —tanto en la filosofí­a como en otras ramas de la actividad humana— fue una época más de búsqueda que de respuestas. El que esa búsqueda fuera muchas veces errática no le resta interés sino, por el contrario, se lo agrega. Y aunque con respecto a la filosofí­a del Renacimiento el libro de Arango muchas veces se quede corto —incluso sorprendentemente, no hay ninguna mención a los trabajos de Frances A. Yates sobre la época— el señalar hacia allí­ puede ser acaso un estí­mulo para muchos estudiantes en ví­spera de decidir el tema de su tesis de grado que quizá se atrevan a pensar en alguna monografí­a sobre Ficino o Pico de la Mirandola o, en general, sobre el neoplatonismo renacentista que ya sugerí­a —todaví­a sin el rigor kantiano— que era algo que habí­a dentro de nosotros lo que nos permití­a establecer las regularidades de los fenómenos de la naturaleza. El que, como lo señala Arango, el maestro de Copérnico Domenico Maria de Novara, haya estado cerca de los neoplatónicos florentinos puede servir como punto de apoyo para reconstruir la senda que va desde los albores de la filosofí­a moderna hasta su consumación en las tres crí­ticas kantianas. El hecho de que a partir del siglo XIX muchas corrientes filosóficas se hayan caracterizado por una dura crí­tica de esta tradición —en parte reivindicando la experiencia cotidiana que esta tradición poní­a en cuestión— no elimina en modo alguno la necesidad de una mejor comprensión de ésta.

RODRIGO ZULETA