Boletí­n Cultural y Bibliográfico. Número 37 . Volumen XXXI - 1994 - editado en 1996
 

La negación de la ciencia


Filósofos, dietetas y teúrgos
Jorge Antonio Mejí­a Escobar
Editorial Universidad de Antioquia, Medellí­n, 1993.


El libro del reverendo padre Jorge Antonio Mejí­a Escobar —Filósofos, dietetas y teúrgos (1993)— está, prácticamente desde el tí­tulo, repleto de sorpresas. Quien lea el tí­tulo y piense en la vindicación de prácticas curativas tradicionales ajenas a la medicina escolar que ha tenido lugar en los últimos decenios en el ámbito de las ciencias sociales, se imaginará que el padre Mejí­a ha escrito un libro sobre brujos, chamanes y curanderos.

Sin embargo, el subtí­tulo ya disuade al lector ingenuo. No se trata de chamanes del Amazonas, se trata de Grecia y de —cito el subtí­tulo— "la disputa por los modelos de conocimiento en la medicina hipocrática". Con la nueva pista brindada por este subtí­tulo, el lector se dispone a empezar entonces la lectura de un libro sobre la medicina en la antigua Grecia. Pero al leer las dos primeras páginas se encontrará que lo que lo espera, en realidad, es un libro sobre Aristóteles.

No es que al padre Mejí­a se le haya olvidado la idea de escribir un libro sobre medicina. No. Lo que pasa es que quiere escribir un libro sobre la relación de Aristóteles con la medicina, movido por la necesidad de desentrañar la clave de la interpretación realista del mundo, ya que ésta, como bien se sabe, representa una ruptura con el idealismo platónico. Supongo que el padre Mejí­a no se molestará si se señala que él no es el primero al que se le ocurre que el realismo aristotélico representa una ruptura con el platonismo ni el primero en buscar las motivaciones de esa ruptura. í‰l es modesto, sólo quiere plantear una hipótesis para explicar esta ruptura. Según esta hipótesis (pág. 12), la medicina griega habrí­a servido de inspiración al realismo aristotélico.

Pero —eso se descubrirá pronto— se trata de un libro sobre Aristóteles que se ocupa muy poco —y muy superficialmente— de Aristóteles. Dos citas de la Metafí­sica, una de Diógenes Laercio y una, bastante traí­da de los cabellos, de Homero —destinada a mostrar que Aristóteles pertenecí­a a una familia de médicos, para lo cual, dado el estado de la investigación actual, no era necesario citar ni a Homero ni a Diógenes Laercio— liquidan la preocupación aristotélica del autor.

En cuanto a bibliografí­a secundaria, parece ser que lo último sobre Aristóteles que se leyó el padre Mejí­a fue el libro de Jaeger, cuya edición española es de 1946. La alemana es de 1923.

Probablemente si le hubiera caí­do en las manos el trabajo de I. Düring habrí­a encontrado mucho material para formular hipótesis plausibles para explicar las motivaciones del realismo aristotélico. Pero no importa, lo que a él parece interesarle es la hipótesis de la medicina como una de las motivaciones, y esta hipótesis es la que él se propone investigar en su libro. Al final del libro el padre Mejí­a confesará que a la larga la hipótesis no funciona (pág. 93), pero no importa. Como dirí­a Cavafis —para seguir moviéndonos en aguas griegas— lo que importa no es llegar a Itaca sino el camino.

Ese camino —como ya se sugirió más atrás— empieza con el intento de mostrar cómo Aristóteles provení­a de familia de médicos. Mostrar eso —en realidad— es facilí­simo. O, mejor, absolutamente innecesario. Es algo que ya sabe todo el mundo. Todo el mundo que se ocupe de filosofí­a griega, se entiende. En la introducción a la filosofí­a griega —vieja ya— de Walther Kranz (Die griechische Philosophie), para citar sólo un ejemplo, se empieza el capí­tulo sobre Aristóteles afirmando que éste provení­a de una familia de médicos. Pero el padre Mejí­a prefiere hacer un ejercicio retórico simulando que el asunto es tema de discusión y al final resolviendo el litigio a su favor. Como quien resucita a un muerto que no está muerto, para dejar al auditorio con la boca abierta. Eso es, pues, lo primero que se encuentra uno en el camino. Que el autor tiene algo de mago de feria. También en eso de que vive anunciando cosas que luego resultan ser otras.

Como el libro sobre curanderos que se convierte en un libro sobre medicina griega que se convierte en un libro sobre Aristóteles que se convierte en un libro sobre Hipócrates. Pero, para escribir un libro sobre Hipócrates, primero hay que estar seguros de que Hipócrates existió. Por eso el padre Mejí­a considera que tiene que salirles al paso a los filólogos clásicos que —empezando por Willamowitz Moellendorf— ponen en duda que Hipócrates haya escrito realmente las obras que se le atribuyen. Sí­, parece decir el padre Mejí­a, no escribió todo lo que se le atribuye pero la cosa no es para tanto. Algo sí­ escribió y alguna importancia tuvo que tener. Citas de Platón y de Aristóteles sirven para sustentar esto. Pero si no sirvieran, tampoco importarí­a tanto, porque lo que le interesa al padre Mejí­a no es Hipócrates como personalidad histórica sino la medicina en Grecia y el corpus hipocrático.

Entonces, como se ve, tampoco se trata de un libro sobre Hipócrates. No, si ya en el subtí­tulo se habí­a hablado de la disputa de los modelos de conocimiento en la medicina hipocrática. O sea que se trata de una disputa. Y para una disputa se necesitan varios, a menos que lo que se hubiera querido escribir fuera un libro sobre la esquizofrenia de Hipócrates. Pero Hipócrates —aunque quien sabe si Willamowitz Moellendorf hubiera dicho otra cosa— era médico y no paciente. Y aunque no fuera, no importa, porque los textos del corpus hipocrático de los que el padre Mejí­a se ocupa durante buena parte del libro en todo caso no están atribuidos a Hipócrates, aunque forman parte del llamado corpus hipocrático, del cual el padre Mejí­a se ocupa un poco antes de entrar a hablar de los textos que le interesan.

Primero se intenta determinar la época en que fueron escritos los textos del corpus y se llega a aceptar que se escribieron entre el 500 y el 250 a. C. Luego se discute sobre posibles clasificaciones de los textos del corpus. Después —y aquí­ merece la pena detenerse un poco— hay una serie de reflexiones sobre la tensión existente entre medicina cientí­fica y medicina mágica en la Grecia clásica, que será también el tema de uno de los textos analizados —La enfermedad sagrada— y que sin duda alguna está en estrecha relación con el desarrollo de la filosofí­a en Grecia.

Al ocuparse de este tema, el padre Mejí­a Escobar simula asombrarse al darse cuenta de que a partir del siglo IV parece haber una reacción irracional en la medicina griega. Eso fue así­, y no sólo en la medicina sino en prácticamente todos los ámbitos de la actividad pública. Pero casi medio siglo después que Dods publicara su libro sobre Los griegos y lo irracional —que el padre Mejí­a leyó en una traducción italiana de 1978— nadie puede presentarse a sí­ mismo como descubridor de una cosa así­. Y aunque el padre Mejí­a cita de cuando en cuando a Dods, la manera como presenta el tema da la sensación de que quiere hacer creer al lector que está presentando sus propios hallazgos filológicos.

En este punto, sin embargo, puede despertarse cierta expectativa en el lector atento. Al comienzo se ha empezado buscando la clave de la motivación del realismo aristotélico. Luego se ha dicho que esta clave podrí­a estar en la medicina y se empieza a investigar el corpus hipocrático, a través de lo cual se llega a la sospecha de que alrededor del siglo IV hubo una crisis del racionalismo griego. Incluso —en fin de cuentas, el padre Mejí­a si se leyó a Dods— se llega a señalar que esta crisis tiene que ver con la peste de Atenas y las guerras del Peloponeso, y esto se respalda con la cita de un pasaje de Tucí­dides.

En este contexto cabrí­a preguntarse si una de las motivaciones del realismo aristotélico no puede haber sido el deseo de hacer frente a la crisis de la racionalidad griega sin caer en el irracionalisno. Sobre todo serí­a plausible que alguien que ha estado buscando la clave de las motivaciones del realismo aristotélico se lo preguntara. Pero el padre Mejí­a no se lo pregunta. A pesar de que a partir del capí­tulo cuarto parece abandonar su hipótesis inicial sin que eso le impida seguir escribiendo el mismo libro. Aunque ahora ya no se trata de Aristóteles, sino de dos obras del corpus hipocrático: Sobre la antigua medicina y Sobre la enfermedad sagrada. En el análisis de esos dos textos, el padre Mejí­a se apoya permanentemente en un presupuesto falso, según el cual habrí­a que oponer una medicina teórica —que busca formular teorí­as generales sobre la constitución del hombre— y otra que podrí­a ser llamada empí­rica, destinada a la curación de los individuos (pág. 5l). Según la clasificación del padre Mejí­a, la medicina empí­rica serí­a aristotélica y la otra platónica. El lector precavido quizá sospeche de inmediato que la clasificación es algo simplista. Pero lo que no creo que nadie sospeche es lo consecuente que llega a ser el padre Mejí­a en su simplismo. í‰l se imagina un aristotelismo que renuncia por completo a las leyes generales, un aristotelismo que se parecerí­a mucho a la caricatura del empirista que presenta Hegel al comienzo de la Fenomenologí­a del espí­ritu, y a partir de ello se decide a calificar de platónico todo esfuerzo por formular leyes generales. Eso se ve con toda claridad cuando Mejí­a sostiene (pág. 37) que el esfuerzo por descubrir, a partir de la observación de casos individuales, "el tipo de cada enfermedad envuelve la misma abstracción que fue necesaria para crear la teorí­a platónica de las ideas". O sea que para Mejí­a la inducción es algo platónico. Quizá sea necesario aclarar que el aristotelismo no pretende —como quiere hacerlo creer Mejí­a— olvidar las leyes generales para dedicarse sólo a lo individual. Incluso Aristóteles llega a definir (Analí­ticos, 87) la ciencia como el conocimiento con ayuda de lo general. Esto es algo que Mejí­a desconoce a lo largo de todo su confuso y errático libro: nada menos que la concepción de la ciencia que tení­a Aristóteles. Justamente en un libro que pretendí­a investigar la relación del aristotelismo con una disciplina cientí­fica. Con este presupuesto es imposible sorprenderse ante el hecho de que el libro no llegue a ningún resultado digno de mención. El lector va de sorpresa en sorpresa, teniendo a veces la sensación de que lo están tratando de engañar y a veces sintiendo que le están tomando el pelo. El lector familiarizado con la filosofí­a no aprende nada y el que no lo esté, seguramente, después de leer un libro así­, no va a estarlo jamás. El que quiera saber algo de filosofí­a de la ciencia se confundirá con respecto a la filosofí­a y a la ciencia. Sin embargo, a pesar de todo ello, Mejí­a es profesor. Si se juzga por el libro, no serí­a sorprendente que muchos de sus alumnos terminen decepcionados de la filosofí­a, ya que la imagen que el padre Mejí­a parece tener de Aristóteles —y quizá de la filosofí­a— no es otra cosa que una negación de la ciencia y de la filosofí­a.

RODRIGO ZULETA