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Wiedemann
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JUAN GUSTAVO COBO BORDA
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ERNESTO VOLKENING
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Trabajo fotográfico:
Alberto Sierra Restrepo
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Colecciones de la
Biblioteca Luis Ángel Arango
WIEDEMANN: COLOR Y
EXILIO
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Desnudo
sentado,s.f. Óleo sobre cartón Colección permanente, Banco de la República
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EL EXILIADO
MANTIENE VIVA, en la retina de la memoria, los colores de su inicial contacto con el
mundo. Al nacer en Munich en 1905 e interesarse por las artes plásticas, las primeras
visiones de Guillermo Wiedemann bien pudieran fijarse en los caballos azules de Franz Marc
o en las remotas tierras vírgenes de ese adánico primitivismo con que los expresionistas
alemanes de la nueva sensibilidad huían hacia la naturaleza, trátese del bosque verde o
las cumbres recubiertas de nieve. La choza africana o los archipiélagos del Pacífico
donde los tótems de Gauguin todavía arden, con sensualidad ancestral, en la penumbra
salvaje.
Todos huían desnudos
para toparse con las camisas pardas del nazismo. El nazismo, que también exaltaba el
cuerpo y agregaba a sus marchas marciales el sueño redivivo de un imperio ario. Para
escapar de esa nueva barbarie mecanizada viajó Wiedemann, no hacia la angulosa
frontalidad de los colores netos de ese edén plástico, sino hacia la bruma azul de la
costa Pacífica colombiana donde los negros africanos habían vuelto a convocar los
sortilegios de su magia animista, entre cortinas de lluvia.
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La
muerte, 1942
Acualrela sobre papel
Colección permanente, Banco de la República
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En esa tierra muy
caliente se instaló Wiedemann con sus trebejos de pintor y extrajo de esa niebla húmeda
una siluetas arcanas. Unos perfiles sugerentes que trazaban sobre la lámina del aire la
humana elegancia de su airosa esbeltez. Muy consciente, en todo caso, de su situación:
"Existe una gran diferencia entre Gauguin y yo: él quiso convertirse en nativo; yo
sigo siendo un europeo de Munich que viaja y pinta en Purificación, Puerto Tejada o en el
Chocó".
Sofía Urrutia, quien fue
su alumna y lo conocía bien, recuerda la impactante belleza corporal de la raza negra, en
Puerto Tejada, y el irónico drama de Wiedemann con sus modelos femeninos. Podía admirar
sus cuerpos, llegar a la intimidad, pero no había nada más difícil que lograr que
aceptasen ser pintadas: perdían el alma.
Sin embargo, Wiedemann lo
logró. Se compenetró con su atmósfera, las inmovilizó vestidas en la detenida
atmósfera nocturna de sus pueblos, como en el cuadro propiedad de Germán Arciniegas,
donde la luz del interior de las casas destaca las siluetas de las mujeres, en esas largas
noches conversadas en los pórticos, mientras el horizonte se puebla con rumores de selva
y el guayacán permanece quieto en mitad de la plaza.
Luego, en las canoas por
los ríos o en ese logro indudable que es Hamaca II, de 1956, ya las desnudó en su
esencia gracias al envolvente juego de sus líneas circulares o las petrificó, como una
pareja mineral, en el óleo propiedad de álvaro Castaño, donde las fija para siempre
como los firmes bloques negros de una compenetración absoluta con sus valores táctiles.
Son ya pura pintura. Formas en el espacio. Volúmenes sobre la tela. Relieves.
Sin embargo, fue más
allá. Continuó trazando sus siluetas, que luego parecen evadirse en una imprecisa aura
de sueño, que flota en torno suyo y las circunda con el vasto horizonte de las lejanías
arquetípicas. De la fábula mítica.
Así parece sugerirlo la
acuarela de 1948, con la cual se abre el libro Wiedemann (1970), preparado por su esposa,
y donde esta figura negra, con su bonete y su casaca de cuello alto, descansa en la
amarilla magia de ese color matizado de rojos y verdes, y se espiritualiza aún más, en
su ademán de rey mago, con la introspección meditativa de sus ojos bajos.
El ciclo concluye con el
monotipo, "Sin título", que el catálogo de la Biblioteca Luis ángel Arango El
legado de Guillermo Wiedemann (1994) registra en su página 31. Hay algo de dios nubio, de
grabado rupestre y pendón heráldico en esa silueta que parece venir de muy lejos y cuya
cabellera se hunde ya en el tiempo circular de la perpetua metamorfosis. La rueda cíclica
de la reencarnación infinita. Pasa, pero está inmóvil en su certeza inmemorial.
Pero ese interés por lo
primitivo, por el paraíso de una reconciliación plena con una naturaleza a la vez
gratificante y letal, se basa ante todo en el proceso de afirmación de la pintura misma
que se despoja de su romanticismo básico ante un paisaje inédito y se sostiene con
entereza en el contrapunto línea-color. En esta primera época es la línea el factor
predominante. Las pescadoras, los músicos o la hamaca ya mencionada, demuestran cómo la
llegada de Wiedemann a Colombia en 1939 y su posterior nacionalización, en 1946, fue muy
fértil para su arte; el arte de un hombre sensible y tímido, con preocupaciones
filosóficas y gran viajero por los caminos de Colombia.
Esos elementos de su
personalidad y de su arribo a una tierra incógnita lo llevaron a buscar una solución
pictórica que conciliara lo imprevisto del Nuevo Mundo con las coordenadas
interpretativas de Europa. Lógica con poesía. De ahí las escuetas líneas con que
delimitó la frontalidad habitual de sus figuras el óvalo del rostro, la caja del
torso, el círculo de los senos, el cruce angular de los brazos las cuales estaban
buscando, en realidad, ordenar esa libérrima disposición de los fondos. La expresividad
suelta de su emotiva predisposición al color.
Como recuerda Sofía
Urrutia en el caso de las acuarelas, Wiedemann empapaba el papel, y sobre esa humedad
dejaba que el color lo impregnase, para sólo así trazar luego esos ideogramas de
referencia humana que ya tendían hacia la abstracción de un simple signo plástico. De
un ideograma de color planteándose sus propios problemas de composición y armando sus
específicas estructuras de sentido.
Todo ésto lo vio bien
Walter Engel, el crítico que en 1959 dedicó la primera monografía a la obra de
Wiedemann y señaló como el contrapunto entre disolución expresionista y claridad
constructiva sería una constante de su tarea.
Dijo Engel:
Los cuadros del
trópico creados por Wiedemann tenían desde el principio un pujante estilo personal. Pero
a veces puede parecer en ciertos paisajes ante todo como si la exótica y
caótica exuberancia tropical fuera a imponerse incondicionalmente. Por segunda vez en el
curso de su carrera, el artista estaba entregado a un agresivo expresionismo. Antes había
sido como reacción contra la Academia. Ahora fue la reacción contra un mundo en cadenas,
fue el saludo arrebatado y extático a otro mundo, a un Nuevo Mundo, donde nuevamente se
pudo respirar, vivir, opinar, trabajar.
Ante la magnitud de
este choque, el temperamento de un artista de tan aguda sensibilidad tuvo
irremediablemente que desconcertarse, excederse, desbordarse. Sin embargo, la
conciencia plástica no demoró esta vez dos años en imponerse como antes en Europa,
después de la estada en Berlín. La recuperación de los principios constructivos se
realizó con sorprendente rapidez. Y desde entonces, el desenvolvimiento es permanente,
muchas veces radical pero nunca más caótico o desenfrenado. El Arte ha recuperado la
plenitud de sus derechos y prerrogativas. [pág. 7]
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Mulata
y bodegón, 1942 Acuarela sobre papel Colección permanente, Banco de la República
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Caras que son
máscaras, interiores que son ángulos, composiciones donde el ritmo de cruces y enlaces
recuerdan al Picasso que también suavizaba el mestizaje entre arte negro y cubismo con el
encanto de una música inscrita con su trazo ondulante en el propio pentagrama del papel,
como es el caso de los famosos Tres músicos, de 1921 o los no menos famosos Tres
bailarines, de 1925.
Algo de ese esquema
básico se mantiene en Wiedemann, donde sus fondos sugieren definidos contrastes entre luz
y sombra. Entre primer plano y esos interiores intrincados, como en la acuarela de 1957,
donde ya la obra asume una independencia formal, ajena a cualquier referencia realista.
Al mismo tiempo el
intercambio entre la acuarela y el óleo fue otra constante de su tarea. Con su traspaso
de esas manchas melódicas hacia esos empastes expresivos, a través de la caligrafía de
sus grafismos, en ocasiones un simple enlace lineal, en otras ya un arabesco tachista,
como si tratara de otorgar un marco a los mapas arbitrarios de su imaginación.
Esos cuadrados,
rectángulos y triángulos con que buscaba obtener otro mundo, tan valioso o más que el
anterior mundo de los negros que habían terminado por convertirse en íconos.
Tal el caso de ese óleo
de 1955, La muerte, donde vemos como esa aparición inquerida nos conmueve con la
rotundidad espectral de una presencia elaborada, por decirlo así, de puras ausencias. Ya
no hay casi nada, salvo la proverbial máscara negra, el azul de su columna vertebral, los
dos círculos rojos de sus senos, y esos brazos, frágiles palillos horizontales de uno de
los cuales pende el vertical pescado muerto. Una presa tan irrisoria como la esquelética
figura. Es una muerte pobre: la muerte que nos llama, con su desnudez sin subterfugios.
En su Carta a un joven
pintor (1964) Herbert Read citó a Picasso: "No hay arte abstracto", "Es
preciso empezar siempre con algo. Después es posible eliminar todo rastro de realidad. De
todos modos, al llegar a ese punto ya no hay peligro, porque la idea de objeto habrá
dejado una marca indeleble".
El cuadro se convertía
así en su propio motivo, en "símbolos de necesidad interior", como pedía
Kandinsky. Así sucede con un cuadro como La muerte, que es ya un punto límite y
a la vez una marca indeleble. Los elementos anotados comenzarán a componer en el espacio
plástico su propia y libérrima constelación, fieles siempre al pensamiento de Wiedemann
expresado así en una respuesta a Kitty de Preminger:
Yo valoro el color y
la composición, elaborando estos dos componentes en el sentido de una estructura
arquitectónica.
Siguió siendo fiel a
ellos cuando a mediados de la década de los cincuenta se internó, valiente y arriesgado,
en un nuevo territorio desconocido: el del expresionismo abstracto, tan vivo en el color
como reflexivo en su construcción. Otro auténtico exilio cuya única patria resultaba el
color.
Walter Engel, el crítico
austriaco radicado en Colombia desde 1938, quien siguió muy de cerca toda la evolución
de Wiedemann, efectuó en 1969 esta síntesis de su arribo a la abstracción.
Para Guillermo
Wiedemann, pintor de origen alemán quien forjó sus armas en el exacerbado ambiente del
expresionismo de la Europa central, acrecentado luego hasta el rojo blanco bajo el impacto
del trópico suramericano, fue una transición dura y larga la conquista del arte
abstracto. Intelectualmente, bajo el imperativo de algunos libros esenciales (de Willi
Baumeister, Werner Haftmann y otros) y de algunos sectores de la crítica, ya estaba
convencido de la meta ineludible de lo abstracto. Wiedemann llegó a esa meta después de
un tremendo esfuerzo de disciplinada casi desesperada abstracción progresiva,
hasta la extinción de los últimos vestigios de todo lo que significaba figura, paisajes,
bodegón, en una palabra: naturaleza. Al fin, los resultados comenzaron a corresponder al
dictado de una voluntad y honestidad poco comunes.
De formas y colores,
ritmos y líneas, estructuradas al fin en términos abstractos, con el talento de un gran
pintor, nacieron composiciones que colocan a Wiedemann en la primera línea del
expresionismo abstracto de Colombia. [Revista Espiral, Bogotá, núm. 111-112,
septiembre-diciembre 1969, pág. 55]
Las tensiones de los
cuadros, arremolinadas en torno a los núcleos de fuerza gráficos que mencionábamos
antes, llegan luego a desplazarse, horizontal o verticalmente, haciendo dinámica toda la
superficie del lienzo. Se superponen así los rectángulos de color con tersa eficacia,
nítidos en sus límites y complejos en los contrastes cromáticos, en muchas ocasiones
poco convencionales, en busca de armonías más soterradas. Imprevisibles, pero no
llamativas, en su secreta afinidad.
Son esos bloques que el
pincel, como si fuera espátula, edifica y sostiene, con sus anchos bordes, sin deslizarse
en transiciones, sino manteniendo la fuerza de su trazo y el riesgo que corrían en su
indagación. En muchos casos, el cuadro se derrumba, por color o por composición, pero en
sus aciertos indudables, que son muchos, hay un logrado contrapunto visual que abre y
cierra el horizonte, en sustracciones de luz y sombra, como si las anteriores obras, más
imbricadas y expresivas, en líneas desligadas de sus núcleos o superposiciones más
líricas y festivas en el color, se hubiesen sosegado, tornándose graves y densas, en su
pureza denotativa.
Son cuadros sabios y
profundos, no sólo por la búsqueda espiritual que implican, sino porque ella se percibe
en el júbilo de esos rojos y azules que cantan su propia encarnación feliz. Son cuadros
para contemplar largo tiempo, perdidos en esas nebulosas fluyentes y dinámicas, como en
acuarelas, cuyos títulos son tan dicientes: Tonos apagados, Composición en medios
tonos.
La lucha ha dado paso a
una comprensión. A una depuración escueta y límpida. No hay que imponer la rúbrica,
sino dejar que respiren los espacios. En tal sentido óleos como La apertura
(1964) o Formas rosadas (1965) llegan a componer toda una cabal filosofía de la
armonía y a la vez el despojo. De la profundidad expresiva con que esos bloques de color
llegan a acordarse unos con otros, y esos bloques, cada uno de ellos irrefutable en sí
mismo, se supeditan a su lograda expresividad total. Al conjunto pleno que es ya el
cuadro.
Tan ardua sencillez hace
que términos como paz y energía, se vuelvan simplemente el rojo o el amarillo, el azul y
el naranja, siempre con esos pilares negros que determinan y en realidad ahondan e
intensifican esos juegos metafóricos, en su libre asociación.
Pero Wiedemann, activo
siempre, quiso ir más allá. Empezó su nuevo trabajo con los collages, a
mediados de la década del sesenta, sobre los cuales escribió Marta Traba:
El permanente
espacio-atmósfera de Wiedemann, diluido en el cuadro, desapareció. Fue reemplazado por
un espacio móvil pero estricto, rodando entre planos para ayudar a armarlos y defenderlos
de la disolución.
En sus obras había
relaciones cromáticas y cruzamientos entre zonas fuertes y débiles. Después de los
collages, Wiedemann comenzó a componer buscando estructurar sólidamente la superficie
pintada.
Se trata de un óleo
beneficiado por la alegría, la audacia, la voluntad de improvisación, el ánimo festivo
y la belicosidad del collage.
Con esta nota juvenil y
esforzada, donde a través del papel corrugado, los hilos, las tapas de las latas de la
pintura y su irreprimible poder expresivo, se cierra la meditada y admirable carrera de
este pintor único, que corrió todos los riesgos sin proclamarlos con estridencia sino
incorporándolos, en sabia asimilación, a las rupturas radicales con que se rehizo a sí
mismo en obras que todavía nos conmueven por la elocuencia de su densidad espiritual y la
fuerza de sus honestos planteamientos plásticos, siempre atento a una pintura que sólo
respondía a su llamado interior. A su innegable grandeza como creador.
Sobre Wiedemann
1. Walter Engel,
Wiedemann, Bogotá, Extensión Cultural Distrito Especial, 1959.
2. Wiedemann, Bogotá,
Fotograbado Nacional, 1970.
3. María Elvira Iriarte,
El legado de Guillermo Wiedemann, Bogotá, Biblioteca Luis ángel Arango, 1994, pág. 86.
4. Marta Traba, Bogotá,
Museo de Arte Moderno, Editorial Planeta, 1984, págs. 103-110. Contiene ocho notas sobre
Wiedemann, de 1957 a 1969.
5. Francisco Gil Tovar,
El arte colombiano, Bogotá, Plaza & Janés, 1985, págs 113-114.
6. Beatriz Mejía de
Millán, El arte colombiano en el siglo XX, Pereira, Universidad Tecnológica, 1988,
págs. 55-56.
7. Santiago Mutis Durán,
El visitante, Medellín, Universidad de Antioquia, 1986, págs. 124-143.
8. Casimiro Eiger,
Crónicas de arte colombiano 1946-1963, Bogotá, Banco de la República,1995, págs.
662-664.
9. E. Serrano, Cien años
de arte colombiano 1886-1986, Bogotá, Museo de Arte Moderno, 1985, págs. 119-121.
JUAN
GUSTAVO COBO BORDA
VOLKENING SOBRE
WIEDEMANN (1952)*
-
Un estudio sobre las obras
de Wiedemann recientemente expuestas en la Galería, de Bogotá
-
Las cosas de
este mundo nuestro han ido palideciendo en el transcurso de los últimos decenios, han
perdido su frescura y sus esmaltes en un lento e inexorable proceso de deslustre. Tanto es
así que a veces me pregunto si a la angustia, el pretendido rasgo fundamental de la
época, no se ha sustituido por el tedio, animal triste, de ojos que no ven e inasible
como las medusas, si bien mucho menos bello.
Puede que el
común de las gentes aún no se haya dado cuenta de lo que está pasando por no haber
desarrollado el hábito de mirar las cosas de cerca, las personas sensibles y despiertas,
en cambio, reaccionan contra una transformación de su mundo, la que, al parecer, está
fuera de su alcance justamente porque comenzó en algún punto intangible de su propio
ser. Los modos de reacción varían. Unos gritan, gesticulan y remueven el fango por
milésima vez como si allí se escondiese el arcano infalible, y otros se crean paraísos
artificiales en un último esfuerzo por devolver a las cosas su antiguo resplandor. Sólo
unos pocos se han enterado de que el mundo de lo sensible no puede rejuvenecer sin que uno
se remonte hasta las prístinas fuentes, hasta el principio que no es necesariamente un
comienzo, sino tal vez un centro oculto, situado quién sabe dónde. Y como Juan Jacobo
Rousseau sigue ejerciendo influencia sobre las corrientes subterráneas del espíritu
occidental, se cruzan los siete mares en busca de aquel misterioso punto arquimédico.
Así me
explico, en lo más hondo, la escapada de Gauguin. ¿Encontró lo que andaba buscando? Lo
dudo. En las creaciones nacidas de su comunión con el paisaje intacto de Tahití que
fascina un exotismo por cierto enormemente decorativo que, sin embargo no tuvo la
resonancia esperada. En su novela The Moon and Sixpence, Somerset Maugham señala
el fracaso de una noble ambición, simbolizado por la destrucción de las últimas
asombrosas obras de su héroe, especie de Gauguin de dimensiones monstruosas. Hay más: al
pintor del libro lo come la lepra, siniestra imagen de las fuerzas disolventes de una
naturaleza que no es tan bondadosa como la concibiera el filósofo ginebrino.
No es quizá
del todo desacertado evocar el recuerdo de Gauguin al hablar de Wilhelm Egon Wiedemann
quien hace unos quince años resolvió, con la espontaneidad característica de los
grandes cambios en la vida, trasladarse de Munich a Colombia, y aquí se quedó para
convertirse en un pintor de negras y mulatas, de bogas y pescadores, de la molicie y las
exuberancias de lo zona tórrida. En la sabana de Bogotá, hubiera encontrado un paisaje
extrañamente parecido a la naturaleza nórdica, con su sobriedad no exenta de
melancólico encanto. Pero la sabana no le decía nada a ese alemán que no buscaba lo
afín, sino el contraste y el olvido de los horizontes antaño familiares.
El rasgo
gauguinesco no ha de faltar en la aventura de un europeo que abandona sus lares hastiado
de pintar eternamente la manoseada superficie de las cosas en su derredor y al mismo
tiempo impedido por su propio temperamento nada revolucionario de romper los moldes
tradicionales para edificar de sus trozos un mundo nuevo, a la manera de Picasso.
Podríamos llevar la analogía aún más lejos, diciendo que Wiedemann encontró su
Tahití en la costa, en las riberas de los grandes ríos y en los verdores del Chocó.
Por otra
parte, lo que cuenta en la vida de un pintor no son los motivos, sino los resultados. Y en
este caso los resultados son tan distintos de lo que lograra Gauguin como distinto es el
estilo de Wiedemann de la manera de pintar sin profundidad, cual si los óleos fueran
tapices, en la fase tahitiana del parisiense.
Raras veces
nos damos cuenta cabal del verdadero alcance de nuestras decisiones vitales, y no es
imposible que, al principio, el cambio de escenario hubiera significado para Wiedemann
simplemente la oportunidad de hallar nuevos "temas", relacionados con lo que
comúnmente se llama "género exótico". Afortunadamente su disposición innata
y aún latente, cuando llegaba, no se acomodaba a un concepto tan limitado de sus
intenciones, pues de lo contrario, tendríamos hoy "un pintor del trópico" como
los hay por docenas, y no valdría la pena dedicarle más de una cuartilla.
Desde luego,
la disposición en un artista, por más necesaria que fuese para evitarle esa última
degradación de llegar a favorecido de las damas enamoradas de lo "pintoresco",
no lo es todo. Tan sólo si a ella se asocia la recia formación en los cánones de una
larga tradición artística puede desarrollarse la personalidad de un pintor. Sin la
personalidad, la que no debe confundirse con el talento, el artista no pasa de ser un
autómata que responde a ciertos estímulos procedentes del mundo exterior y siempre está
en peligro de hundirse en la pleamar de los fenómenos. Hasta los impresionistas lo
sabían, según lo revela su definición del arte como "naturaleza vista a través de
un temperamento", pues el temperamento no es otra cosa que el modo de ver individual,
único y, por tanto, irreductible.
El peligro
es aún más grande en el caso del pintor que, sin haber tenido la oportunidad de
amañarse paulatinamente a nuevas condiciones ópticas recibe de lleno el impacto de la
rebosante naturaleza tropical. De ahí la importancia del primer encuentro de Wiedemann
con ese nuevo mundo, no sólo para el futuro desarrollo de su arte, sino también para una
justa apreciación de lo que valdrían esa personalidad suya y toda esa cultura pictórica
adquirida al someterlas a tan dura prueba.
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Sin
título, 1962 Acuarela sobre papel Colección permanente, Banco de la República
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Aún
recuerdo su exposición de óleos organizada por la Biblioteca Nacional en 1945, cuando el
paisajista aún le llevaba ventaja al pintor de figuras, tanto en lo cuantitativo como en
lo cualitativo: los paisajes abundaban, y el hombre que, por decirlo así, formaba una
parte integral del ambiente, fue tratado a la manera de un objeto de la naturaleza, como
un árbol o una flor. Ya en aquel entonces pudimos observar una relación de dar y tomar
entre el artista y su mundo, un alternar de la espontánea asimilación de lo nuevo y
extraño con la tentativa de dominarlo para no ser dominado, mediante los recursos del
arte europeo. Si bien estaban ausentes de esa prueba de fuerzas la libre acción creadora
a la vez que la adecuada penetración de lo dado, se veía claramente que Wiedemann no
cultivaría un "exotismo" decorativo (la manera cómoda de asimilar el trópico
como "género"), ni se dejaría absorber por el ambiente como el malogrado
héroe de Somerset Maugham.
A las
fuerzas absorbentes de las tierras cálidas el artista opuso la serena ecuanimidad y el
ojo vigilante propios de la grande escuela francesa que florecía en la segunda mitad del
siglo diecinueve hasta bien entrado el nuestro. Eminentemente francesas les parecían, en
efecto, a sus paisanos la elegancia de su manera de resolver determinados problemas
pictóricos, la alegría sensual, la luminosidad cromática y la transparente gracia de
sus interiores. De ahí que algunos lo llamaran "impresionista" lo cual no me
parece muy apropiado ni siquiera para caracterizar sus comienzos, pues la cualidad más
notable en las obras de los Pisarro, Sisley, Renoir y Monet, esa espléndida luz de
mediodía, que borra los contornos y desvirtúa los colores, y todo ese encanto de
plein-air, jamás han podido seducir a Wiedemann. Para él siempre ha tenido más
importancia el color un color saturado y rico, aprehendido hasta en sus propiedades
recónditas, por no decir misteriosas que la luz, a no ser que sea la de las
bombillas o el claroscuro de la manigua. Quizá se trate aquí de un eco lejano del
desaparecido "arte de atelier" de Munich. Fue impresionista tal vez en la
acepción más amplia del término, la que abarca cierta objetividad depurada de
arbitrariedades personales y sobre todo, el renunciamiento consciente a la psicología. Si
hacemos caso omiso de algunas cabezas de negritas, un tanto coquetas y por cierto bastante
malas "adorables" las encontraron las señoras que visitaron la
exposición de 1945 Wiedemann no se ha ocupado de las manifestaciones del alma
humana y por la misma razón no es retratista.
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Negro
sobre cuadrado rojo, 1965 Óleo sobre tela Colección permanente, Banco de la República
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La
ausencia de lo psicológico en su obra, incluso allí donde aparece la figura del hombre,
serio defecto según una opinión bastante difundida, constituye a mi modo de ver, una de
sus grandes virtudes. Recuérdese al respecto que dejar hablar al alma, como lo hacen los
poetas, y hablar al alma a la manera de los pintores, son dos cosas muy distintas.
Precisamente en aquellos negros de la primera exposición, reclinados con soberana
negligencia contra paredes y postes, en todas aquellas esbeltas figuras de mulatas
"que no nos dicen nada" y se mantienen en una especie de orgullosa
incomunicabilidad, hallamos los comienzos apenas perceptibles de una asombrosa evolución
artística.
Bastaba que
esas mismas figuras se desprendieran del ambiente al que parecían adheridas, para vivir
en adelante una vida hasta cierto punto independiente en otro plano, e inmediatamente se
puso de relieve una tendencia por cierto sorprendente en un "impresionista".
Tratando de caracterizarla hablábamos por primera vez en 1948 de un secreto clasicismo en
el arte de Wiedemann, sin cosechar más que irónicas sonrisas o indignadas exclamaciones
por un concepto que hoy día está en boga. Pero en aquel entonces parecía un disparate.
¿Cómo, Wiedemann, el insigne colorista, el continuador de la tradición parisiense
del fin de siglo, el pintor de las frondosas riberas del Magdalena y de interiores casi
tan atrevidos como los de Toulouse-Lautrec un clásico? Claro que, no lo es en el
sentido del exangüe academismo que se cultivara en la corte de Luis I de Baviera, pero
sí en el significado profundo de un arte que ensalza la figura humana, destacándola del
mundo circundante, y al mismo tiempo la reduce a sus elementos esenciales, sin buscar
jamás lo expresivo. Por lo mismo que la pintura de Wiedemann no tiene nada de anecdótico
ni evoca asociaciones ideológicas de ninguna índole, sus figuras, lejos de señalar
hacia un punto situado fuera de ellas, descansan, por decirlo así, sobre su propio eje, y
si acaso "expresan" algo, es el puro estar en el espacio, la misteriosa
relación funcional entre un cuerpo y "su" espacio, el hallarse de pie o tendido
en su forma más acrisolada, depurado de contingencias, y casi se diría, abstracta. Las
inclinaciones clásicas también explican la afinidad a primera vista extraña del artista
con el mundo negro, pues, según la ingeniosa observación de nuestro amigo Antonio María
Bergmann, el africano de la costa está, sin duda, más cerca de la edad homérica que un
profesor de humanidades.
A medida que
la figura humana venía recobrando su antigua dignidad, se obraba también una honda
transformación en los paisajes de Wiedemann. En un momento cronológicamente difícil de
determinar el artista comenzó a podar la exuberante frondosidad del trópico, poniendo de
relieve, en cambio, el aspecto tectónico del cuadro, sin privarlo por eso de su
sabiamente distribuida y bien equilibrada riqueza de colores que siempre constituirá una
de las máximas cualidades de ese pintor dotado de un instinto cromático poco menos que
infalible. El despertar de la voluntad de composición, totalmente ajena al impresionismo
una voluntad que, dicho sea de paso, nunca violenta los fenómenos, sino antes bien
descubre en ellos las subyacentes leyes de estructura se halla, desde luego,
íntimamente entrelazada con la aludida rehabilitación del hombre. Las estatuas griegas
serían inconcebibles ante un fondo de jungla bengala.
Por lo
visto, Wiedemann había entrado en una nueva fase de su lucha bajo los signos de Cáncer y
Capricornio. Ya no le satisfacían, ni el empleo de los recursos
"impresionistas" ni una actitud defensiva frente a la salvaje grandeza del
trópico. Ya no se limitaba a recibir y a filtrar lo recibido proporcionalmente o su
capacidad asimiladora, sino que tomó la ofensiva, haciéndose cada vez más independiente
de lo que el ambiente tenía de coactivo. Con esto no quiero decir que le hubiera vuelto
la espalda para pintar sus propias visiones más o menos subjetivas. Nunca fue más
sugestiva la magia de la selva que en las dos variantes de La caza, con su luz difusa y su
verdor impenetrable, pero al mismo tiempo tan translúcido.
Ambos
lienzos forman parte de los exhibidos en octubre por la Galería Buchholz que tiene el
doble mérito de haber mostrado una selección de obras bastante parejas desde el punto de
vista cualitativo y de haber informado al público de aficionados en Bogotá
concienzudamente sobre las principales tendencias manifiestas en las creaciones de los
últimos dos años. La variedad del conjunto no podría ser más grande. Hay obras como
Figura azul en silla, a las cuales se ciñe en más alto grado que a las frías
abstracciones geométricas de Piet Mondrian la calificación de "pintura pura",
y que en su delicado cromatismo reflejan una envidiable madurez artística.
Indudablemente, el azul aqueróntico de la piel en el óleo citado viene de profundidades
inaccesibles a la contemplación estética, mas aunque por tal motivo nos abstenemos de
comentarlo, nos queda la deliciosa pared del fondo con sus diluidos matices grisáceos,
violados, amarillentos, su dejo de azul claro y ese soberbio verde de botella a mano
derecha de la sentada. Hay desnudos de un maravilloso tono de café con leche, y hay la
espléndida Figura de mujer rojinegra, colocada entre una tira de color ocre y otra
violácea, con la mano levantada hacia los pechos en un gesto casi ritual, la cara
ovalada, inmóvil, de boca enorme, carece de rasgos individuales, no hace ni contesta
preguntas.
Esa negra,
como todo lo que pinta Wiedemann, existe en diversas variantes, unos menos, otras aún
más logradas. El arte de un pintor nunca debe juzgarse por la obra aislada sino por el
conjunto, sobre todo en este caso en que los cuadros, girando en torno de determinados
temas formales, problemas cromáticos o de composición, forman grupos, los cuales a su
vez se complementan, o se contradicen. Pues tampoco acierta quien trate de resumir las
creaciones del artista en una fórmula universal, especie de falsa síntesis que en lugar
de aceptar lo contradictorio como legítima manifestación de la riqueza vital lo
disuelve. No pocos contrastes por ejemplo entre un Wiedemann severamente formalista y un
Wiedemann enamorado de la belleza de una curva o de las delicias de un color, piénsese en
el contorno del hombro, hermoso hasta lo inverosímil, de la figura inclinada en Cinco
mujeres o en la sabrosa mancha amarilla que vivifica la masa oscura y compacta de
Istmina se explican por el ritmo alternante del proceso creador. Otros, en
cambio, no son tan fáciles de reconciliar.
Destácanse
por encima de la variedad del conjunto, de la cual acabamos de dar una idea somera, dos
extremos que son como los puntos terminales de dos tendencias divergentes en la obra de
Wiedemann. Tenemos, por una parte, el ciclo temático cuya finalidad esencial ya se
insinúa en Mujeres de pie, aunque tan sólo llega a su representación perfecta
en los Pescadores. En el primero de los óleos mencionados vemos una de las
constelaciones predilectas del artista, la que en su aspecto formal repite la situación,
conocida desde la antigüedad, del Juicio de París un grupo de tres figuras
femeninas y otra, la cuarta, un poco retirada de ellas. Cuadro hermoso y hermoso ya no
sólo por sus colores que comprenden todos los matices, tan característicos de la paleta
de Wiedemann, entre el morado y el violáceo, sino en igual medida por el modo de resolver
el eterno problema de la relación entre varios cuerpos animados reunidos en el mismo
sitio. En otras palabras, la belleza de la obra, lejos de arraigar en lo subjetivo es
expresión de una ley. En Pescadores un público ávido de "realismo",
o sea de historias pintadas, buscaría en vano el famoso "sabor a sal marina" y
otras cosas interesantes. Decididamente, no hay en el cuadro nada interesante en el
sentido que generalmente suele atribuírsele a la palabra y hasta las simples herramientas
del oficio, la red, el venablo, la canoa, se han transformado en simples emblemas. Las
siluetas de los cinco hombres, depuradas de detalles naturalistas, meras abreviaciones de
cuerpos movidos, forman un todo articulado y magistralmente equilibrado. El color un
gris azulado, un gris de lluvia, un azul celeste, un bello rojo de herrumbre ha sido
relegado al fondo, y el contorno blanco de las figuras subraya aún más las cualidades
gráficas de una obra cuyos rasgos sobresalientes son la serenidad y la transparencia. Lo
que habíamos llamado el clasicismo de Widemann llega aquí a la cumbre.
Mas, como
dice el adagio alemán, "nadie se pasea impunemente bajo palmeras". Aunque
Wiedemann ha logrado eludir los escollos del exotismo placentero, no es menos cierto que
el mundo afro-americano, con el cual está en contacto permanente, ejerce sobre él,
justamente por lo que tiene de primitivo y ancestral, una extraña fascinación. Y la
fascinación se hace tanto más apremiante cuanto más ahonda el pintor en su mundo
predilecto. En un momento dado parece que sus negras dejan de ser negras para convertirse
en reinas sacerdotisas como las hubiera hace dos milenios en las culturas del
Occidente de áfrica. La desindividualización en Figura de mujer, se
acentúa hasta la anonimidad absoluta en el rostro impasible de la Mujer en silla
blanca. En efecto, más personalidad hay en la elegante desenvoltura del cuerpo que
en la hierática rigidez de esa cara que da la impresión de una máscara de madera y nos
recuerda las famosas esculturas de Ife. Los ojos y la boca revelan crueldad, la crueldad
de una diosa o de una larva de libélula. Nos hallamos frente a un mundo arcaico,
impenetrable, opaco, totalmente ajeno a la lucidez clásica. Cuál de las dos tendencias
se impondrá, o qué insospechada síntesis entrambas surgirá de la grandiosa empresa
destinada a restituir a las cosas su brillo, descendiendo hasta los orígenes, nadie, ni
el propio artista sabría decirlo.
ERNESTO
VOLKENING
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Montaña
No. 7, 1988 Óleo sobre lienzo Colección Permanente, Banco de la República
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* Tomado de
la revista Vida, Bogotá, septiembre de 1952, págs. 8-15.
Sin título, 1965
Óleo sobre tela
Colección permanente, Banco de la República
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