- Lecciones del pasado
- La reforma universitaria de la Nueva Granada (1820-1850)
John Lane Young (traducción de Gloria Rincón Cubides)
Instituto Caro y Cuervo-Universidad Pedagógica Nacional, Santafé de Bogotá, 1994,
206 págs.
El prefacio del libro de John Lane Young da cuenta de un hecho extraordinario:
Colombia "fue la primera nación independiente del Nuevo Mundo que asumió seriamente
la reforma de la educación superior". Y si se amplía el horizonte al mundo entero,
se halla que los primeros esfuerzos por crear una universidad moderna se hicieron en dos
países: el primero fue Alemania, impulsados por Wilhelm von Humboldt, hermano de
Alexander, el gran explorador de la América tropical. Ello no sorprende, para una nación
de grandes filósofos y hombres de ciencia. Pero lo que sí admira es que el segundo país
fuera Colombia, en los remotos Andes. En Colombia se dieron pasos, antes que en los
Estados Unidos, en Francia o en Inglaterra, para adaptar la enseñanza universitaria a las
demandas de un mundo radicalmente nuevo, producto de la revolución industrial, la
expansión comercial y las luchas sociales dentro del capitalismo. ¿Cómo fue esto
posible en un país donde no había industrias mucho menos revolución
industrial, donde la falta total de caminos dificultaba el intercambio mercantil aun
entre las provincias contiguas, y donde apenas había concluido la lucha por la
independencia? ¿Qué clase de reforma universitaria fue ésta? ¿Cuáles sus
características? ¿Cuáles sus obstáculos, alcances y protagonistas?
Young ofrece un análisis profundizado de la acción del gobierno de la Nueva
Granada, principal agente y promotor de la reforma universitaria, durante los tres
primeros decenios republicanos. Los episodios cruciales de esta historia son la reforma de
la educación superior dentro del "Plan de Estudios" del vicepresidente
Francisco de Paula Santander, publicado en 1826, y la expedición del "Decreto del
Poder Ejecutivo (de 1o. de diciembre de 1842) organizando las universidades",
redactado por Mariano Ospina Rodríguez. Ambas reformas, inspiradas en la Ilustración
neoborbónica, buscaban poner la enseñanza universitaria al servicio del progreso
"moral" y material de la Nueva Granada. Esto sucedió en una época en que la
pequeña elite intelectual, que en gran proporción repartía su tiempo entre cargos
oficiales y la enseñanza universitaria, ponía el dedo en la llaga del profundo atraso de
la nación y debatía los medios para conducirla por la senda del "verdadero
progreso". Las reformas educativas que estudia Young tienen como trasfondo la
convicción, compartida por la minoría ilustrada, de que a la Nueva Granada, por sus
inmensas riquezas y su posición geográfica privilegiada, le esperaba un alto destino en
el concierto de las naciones. Como escribió Manuel Ancízar hacia el final del período
escogido por Young, "educación, industria, caminos, inmigración, son faces de una
sola necesidad nacional, i elementos correlativos e inseparables del progreso tal como lo
piden las peculiares circunstancias de estos países, tan henchidos de vitalidad, tan
vacíos de movimiento i vida". La educación, y en particular la educación superior,
representaba la base primordial del progreso. Al menos en teoría.
Los resultados fueron muy inferiores a las expectativas. Pero para un acucioso
observador contemporáneo, como Young, los medios adoptados por el gobierno para dar
cumplimiento a esta estrategia y los incidentes de su aplicación son tan importantes, o
quizá más, que sus efectos inmediatos.
El tema presenta muchas facetas y suscita un sinnúmero de interrogantes. Young
selecciona exitosamente los de mayor relevancia y organiza su exposición de una manera
lógica y equilibrada. En el primer capítulo, sobre los antecedentes borbónicos
coloniales, el autor da una rápida mirada a la estructura y los contenidos de la
educación superior en los decenios anteriores a la Independencia. Dos universidades, la
Javeriana y la de Santo Tomás, que no eran instituciones de enseñanza sino juntas
examinadoras, otorgaban títulos en las tres profesiones tradicionales: derecho, medicina
y teología. La Ilustración, en su versión neogranadina, encontró poderosos obstáculos
para manifestarse en las aulas. Los célebres proyectos de Francisco Antonio Moreno y
Escandón y las medidas sancionadas por virreyes progresistas, como Antonio Guirior y
Antonio Caballero y Góngora, no llegaron más allá del papel. Pero, como observa Young,
la experiencia de la Expedición Botánica, el papel de Mutis y sus discípulos,
particularmente Caldas, y aun la breve visita de Humboldt, señalaba una nueva dirección.
Los artículos del Semanario de la Nueva Granada, por ejemplo, "son evidencia de que
los granadinos estaban comenzando con entusiasmo a ocuparse de su propia investigación en
los campos de la astronomía, la bótanica, la geología y la meteorología". Young
está, desde luego, más interesado en el detalle de lo que aconteció después, en los
primeros decenios republicanos. No obstante, las disposiciones de 1826 y 1842 son en
esencia sucesivos refinamientos de inquietudes que despertaron simultáneamente con las
ideas revolucionarias que guiaron a la Independencia.
Young evidencia las tensiones existentes dentro de la educación superior en la
Nueva Granada entre 1820 y 1850. Ante todo, la confrontación entre las tradiciones de
origen colonial y las ideas de cambio, que tomaron cuerpo en las reformas de Santander y
Ospina. Como señala Young, "la derogatoria del monopolio dominico de los títulos
académicos señaló un comienzo vigoroso". En el mismo año 1826, cuando tuvo lugar
esta derogatoria, se crearon tres universidades, una en Bogotá, para la Nueva Granada,
otra en Caracas, para Venezuela, y la tercera en Quito, para el antiguo reino del mismo
nombre. En los dos años siguientes los colegios provinciales de Popayán y Cartagena, en
la Nueva Granada, fueron promovidos al rango de universidades. El Congreso de ese año
aprobó un currículo que Young califica como "maravillosamente rico". Cada
universidad debería tener una escuela de medicina, una biblioteca, un jardín botánico,
un laboratorio de química y una imprenta, y se impondría la enseñanza de
"conocimientos útiles", a saber, matemáticas, química, física experimental,
astronomía, botánica, agricultura, mineralogía y zoología. Tal fue el sueño
poco más que un sueño de los legisladores de 1826. El general Santander se
ocupó de elaborar los detalles administrativos y legales de un gran proyecto educativo
que Young sintetiza así: "[...] el Plan de Estudios representaba el control nacional
de la educación superior, el monopolio universitario de la capacitación profesional, los
altos niveles académicos, un curriculum moderno y una cierta libertad
académica". El plan de Santander, pese a sus excelentes intenciones, se vio
entorpecido por inmensas dificultades que generaron un marcado contraste "entre los
que Santander 'estableció' y lo que vino a ser la situación real". Entre otros
aspectos, Santander "no pudo asegurarles a las universidades el monopolio de la
educación superior, porque no estaba en capacidad de restringir los colegios a un curriculum
no profesional". Tampoco consiguió que se pusieran en práctica las medidas
tendientes a garantizar un alto nivel académico, pues muy pronto el Congreso adoptó
disposiciones para suavizarlas. En suma, hacia 1840 en la universidad de Bogotá era
evidente "el desacuerdo político, al igual que el deterioro del nivel
académico".
Las implicaciones de las reformas de Santander y de Mariano Ospina se aprecian
mejor en el análisis que Young hace de la de Ospina, que ocupa seis de los ocho
capítulos del libro. Claramente, este énfasis obedece a exigencias de la exposición.
Inicialmente, Young se detiene a examinar la selección, nombramiento y origen social de
los docentes. Una cuestión interesante concierne al grado en que los nombramientos se
hacían por motivos políticos. Ospina tenía para ello las armas en sus manos, por cuanto
él mismo fortaleció las prerrogativas del poder ejecutivo en esta materia, y recibió
del Congreso el poder de mantener a los docentes en interinidad. Pese a que Young no
encuentra pruebas suficientes que permitan "sacar un juicio conclusivo en cuanto a si
Ospina excluyó a sus enemigos políticos de los cargos docentes", ofrece ejemplos de
individuos distinguidos que ejercieron la cátedra bajo la presidencia de Tomás Cipriano
de Mosquera (1845-1849), y que previamente no habían sido tenidos en cuenta por Ospina
por razones políticas. Otro factor que desempeñaba importante papel en la selección
eran las conexiones familiares, lo cual reducía todavía más la categoría de los
elegibles.
Parte esencial de cualquier reforma educativa de gran alcance es, desde luego, la
de los contenidos. En un capítulo en el que abundan las estadísticas de matrícula
estudiantil y número de profesores en las universidades de Bogotá, Popayán y Cartagena
durante el período 1842-1850, Young muestra, por una parte, la prioridad que se otorgaba
a la "educación preparatoria", impartida en las "Facultades de Filosofía
y Letras" adjuntas a las universidades. Por otra, el énfasis en el currículo
universitario. Derecho, medicina y teología continuaban siendo las disciplinas preferidas
por los estudiantes. Ospina, persuadido de que la nación se había equivocado al
capacitar de modo exclusivo individuos para "gobernar, hacer leyes y
constituciones", introdujo en su reforma medidas para hacer más difícil el ingreso
a las tres disciplinas tradicionales. Favoreció, en cambio, la educación en materias
científicas y técnicas.
Desde el punto de vista de Ospina, la anarquía política podría reducirse y la
economía recibiría nuevo vigor si se diera prioridad a "los asuntos industriales y
a las ciencias útiles, especialmente aquellas relacionadas con la agricultura". Para
ello, restringió a las universidades la preparación de abogados y doctores, con el
objeto de que los colegios provinciales orientaran sus recursos hacia la ciencia y las
artes industriales. Esta medida no fue popular entre los colegios provinciales ni mucho
menos entre estudiantes, que sentían perjudicados sus intereses. Sólo un colegio, el de
Santa Librada en Cali, introdujo el currículo completo de ciencias. En consecuencia,
aparte de las universidades, la educación en este campo se limitó a varios colegios
privados, el más notable de los cuales fue el Colegio del Espíritu Santo, fundado en
Bogotá por Lorenzo María Lleras en 1845.
La inclinación por la educación científica en la Nueva Granada alcanzó su
expresión más elaborada bajo la administración del general Tomás Cipriano de Mosquera.
Young circunscribe su análisis a los hechos básicos de la Política educativa de
Mosquera, quizá la más ambiciosa en todo el siglo XIX. Sin duda, dicha política fue
estimulada por los mismos motivos que lo impulsaron a contratar ingenieros extranjeros
para la apertura de caminos y un arquitecto de origen escocés-danés, Thomas Reed, para
la construcción de un pomposo capitolio en Bogotá. Mosquera creó un Instituto de
Ciencias Naturales, Físicas y Matemáticas, especie de superinstitución que incorporaba
las escuelas de ciencias de las universidades de Bogotá, Popayán y Cartagena, y
comprometió una parte importante de los recursos fiscales del país en la compra de
costosos materiales y equipos de laboratorio y la contratación de profesores extranjeros,
a saber, Giusseppe Eboli, para la cátedra de química en Popayán, Bernard Lewy para la
de Bogotá, y el matemático Aimé Bergeron, para esta misma ciudad. Young documenta bien
los fracasos de Eboli y Lewy, el primero de los cuales no pudo cumplir sus funciones
académicas por falta de recursos universitarios, y el segundo no quiso hacerlo, quizá en
razón de su peculiar carácter. Mejor suerte tuvo Mosquera con el Colegio Militar, su
otro gran proyecto educativo. Creado por ley de lo. de junio de 1847, el Colegio Militar
fue a la vez "un paso hacia la profesionalización del ejército" y "un
paso atrás en la militarización de la sociedad", como bien anota Young, y
proporcionó a la Nueva Granada, por vez primera, ingenieros civiles, agrimensores y
topógrafos adecuadamente entrenados.
No obstante el entusiasmo por la educación científica demostrado por Ospina y
posteriormente por Mosquera, las consabidas profesiones tradicionales: derecho, medicina y
teología, seguían tan saludables como antes y mantenían su primacía dentro del
panorama universitario de la Nueva Granada. "Cada una de estas profesiones
anota Young [...] era un campo de controversia y reforma". A ellas dedica
el capítulo más extenso de su libro. Quizá la reforma que motivó más controversia
tuvo lugar en el campo del derecho, cuando el general Santander introdujo para la
enseñanza el texto Principios de legislación universal del filósofo utilitarista
británico Jeremy Bentham. El cura Margallo lo condenó como fuente de impiedad y
herejía, y fue sucesivamente suprimido y restablecido hasta 1842, cuando Ospina lo
suspendió definitivamente. Young observa con claridad la compenetración, de la política
y la educación superior, particularmente, manifiesta en el hecho de que los legisladores,
normalmente abogados y frecuentemente docentes, no sólo "tenían un conocimiento
directo de la problemática de las universidades", sino que eran ellos mismos quienes
firmaban las disposiciones que las afectaban.
La educación teológica era un terreno tanto o más polémico que el del
derecho. Santander había estipulado cursos de derecho canónico, pero "nunca
reconoció los títulos en esta materia". Ospina, por su parte, tenía una visión
pragmática. El clero podía ser útil para promover la lealtad de las masas y mejorar su
educación, e incluso para difundir conocimientos en los campos de la agricultura y la
economía rural. Pero, además, Ospina fortaleció los seminarios, según explica Young,
"no principalmente para capacitar sacerdotes, sino más bien para recuperar el lugar
que la Iglesia había tenido en la educación de los laicos". Otros aspectos que
explora Young son los relativos al control de la educación eclesiástica por parte del
Estado, y los conflictos asociados con la orden jesuita desde su regreso a la Nueva
Granada hasta el gobierno de José Hilario López.
Las facultades de medicina presentaban un conjunto de problemas totalmente
distinto, en un país donde, según datos de Young, la proporción de habitantes por
médico en la región andina, que era donde había médicos, era comparable "a la que
se obtiene hoy en las partes menos desarrolladas de África". Era evidente que se
necesitaban más médicos, mejor capacitados. Una parte de la respuesta a esta situación
la dio la reforma de Ospina. Esta reforma exigía experiencia clínica como requisito para
el título, lo cual fue una contribución importante para remediar el más grave defecto
de la educación médica anterior, que era sólo teórica. Young entra en detalles sobre
aspectos tan fundamentales como las facilidades hospitalarias y los programas y textos de
enseñanza.
El tema de las finanzas universitarias lo aborda Young desde dos puntos de vista.
En primer lugar los costos para el estudiante, tanto de matrícula como de vivienda y
manutención, que constituían la parte más gravosa del presupuesto estudiantil. Los
datos que aporta Young a este respecto, como en varios otros temas, difícilmente se
encuentran en otras obras. En segundo lugar, los costos de funcionamiento de las
universidades y las fuentes de financiación, que no en todos los casos eran enteramente
ortodoxas. Vale mencionar la mina de Naya, de donde la Universidad de Popayán extraía
parte de sus ingresos con base en el trabajo esclavo.
El último capítulo, que está seguido por una sección de conclusiones y un
epílogo en el cual se bosqueja la evolución de la universidad colombiana hasta bien
entrado el siglo XX, analiza la libertad de enseñanza. Esta expresión sintetiza en gran
medida la política educativa de los gobiernos de José Hilario López y José María
Obando. Young ve en la ley de 15 de mayo de 1850 sobre libertad de enseñanza "la
apertura de una nueva era". No es para menos. El artículo 16 de dicha ley estipulaba
que "se suprimen las universidades".
La reforma universitaria de la Nueva Granada (1820-1850) es un libro
sólidamente fundamentado sobre una vasta documentación de archivo, publicaciones
oficiales del siglo XIX, programas y textos escolares, leyes y decretos, libros, prensa,
folletos y hojas sueltas del período en estudio, y una selección de fuentes secundarias
en las cuales figuran varias tesis doctorales de universidades norteamericanas, sin
publicar en la fecha de elaboración del manuscrito. Algunas de ellas permanecen
inéditas. Este libro en sí mismo fue también originalmente una tesis doctoral
presentada por el autor ante la Universidad de Columbia. Llega al público colombiano en
general con un retraso de 25 años desde su culminación. Es evidente que en las
universidades extranjeras existe un vasto acervo de conocimiento sobre Colombia que
permanece inutilizado, o sólo al alcance de un reducido número de académicos. Es
urgente que estos aportes salgan a la luz y se difundan, y que este esfuerzo editorial del
Instituto Caro y Cuervo y la Universidad Pedagógica Nacional se multiplique.
EFRAÍN SÁNCHEZ CABRA |