- Eladio de medio cuerpo
- Eladio Vélez
Varios autores
Litografía Especial, Medellín, 1994, 130 págs., ilus.
En los últimos dos años la bibliografía antioqueña registra un auge en la
publicación de libros de arte de formato grande. Han aparecido obras sobre Francisco
Antonio Cano, el Museo de Antioquia, Jesusita Vallejo, Camilo Isaza, León Posada,
Humberto Chaves y Eladio Vélez. A la vez que esto conduce a una revalorización del arte
antioqueño, ha significado para la industria editorial de la región el incursionar en un
campo anteriormente reservado a las impresoras bogotanas, y en general puede decirse que
ha salido airosa de su compromiso, si bien la calidad de ciertas encuadernaciones y la de
algunas separaciones de color todavía debe mejorarse. Desafortunadamente no puede decirse
lo mismo de editores y autores. Dos denominadores comunes tienen estas publicaciones: por
una parte, ofrecen textos francamente deficientes en contenido histórico y pobres en
calidad literaria; y por otra, la diagramación generalmente no hace justicia a las obras
del artista. Se dirá que se trata de un aprendizaje y que éstas son apenas las primeras
realizaciones. Pero en una época en que tanto las artes gráficas como la investigación
histórica muestran avances notables, esto suena como una simple disculpa para eludir
responsabilidades.
Al mismo tiempo que han aparecido los libros, el mercado local de las obras de
los artistas publicados ha comenzado a registrar precios en ascenso. El fenómeno hace
evidente una de las funciones principales de los libros de arte: valorizar una firma, no
importa que la forma y el contenido de las publicaciones sea impropio, lo cual no parece
interesarle a casi nadie. El asunto principal es que esté publicado, lo cual parece
convertirse en una suerte de garantía. Los libros reciben buena acogida y, aunque varios
de ellos no salieron al comercio porque se trata de regalos de empresas, se ha generado
algún mercado secundario que revela la sed del medio en materia de ediciones de arte.
Publicado por la alcaldía de Itagüí, el Área Metropolitana y la Escuela de
Arte Eladio Vélez de la Sociedad de Mejoras Públicas del mismo municipio, el libro
dedicado al pintor Eladio Vélez (1897-1967) no se aparta del perfil antes descrito. Sin
duda los patrocinadores y editores hicieron un esfuerzo meritorio, se saca del olvido a un
artista antioqueño de cierta importancia y la impresión es de buena calidad. Pero los
textos y la concepción gráfica, partes componentes básicas de la publicación, son
deficientes más allá de lo aceptable. A lo largo de las páginas es corriente encontrar
obras de pequeño formato ampliadas con exageración y, a su vez, grandes pinturas como
los extraordinarios paisajes de 1937 (1,14 x 2,29 m, pág. 117) reducidas a tamaños
filatélicos. Adicionalmente se encuentran algunas obras reproducidas innecesariamente dos
veces (por ejemplo, Cortadores de hierba aparece en las páginas 24 y 96; Canto al
trópico, en la 24 y la 89).
El libro incluye tres textos y una cronología. El título del primero, escrito
por Elkin Alberto Mesa, parece tomado de una página deportiva: "Eladio Vélez,
artista formidable". "Formidable" es un adjetivo que se aplica bien a un
ciclista. Adjudicárselo al pintor suena a despropósito retórico: no fue gran innovador
ni a él se debe un giro extraordinario en la pintura colombiana, lo cual no es ningún
demérito, sino una simple realidad. No obstante, el artículo en un principio parece
prometedor. Intenta un recorrido cronológico. Señala influencias y hace algunas
comparaciones con obras de pintores europeos, lo que constituye posiblemente la mejor
parte del ensayo. Posteriormente decae y francamente decepciona cuando se ocupa del pintor
una vez regresa a Colombia.
Darío Ruiz, en el artículo "Eladio Vélez, el legado de la visión
íntima", aplica su habitual recurso de "poetizar", que consiste en
escribir por asociación libre a partir de la obra del pintor. No se arroja allí ninguna
luz en materia histórica ni contribuye a la comprensión o disfrute de la obra porque,
antes que esclarecimiento, el lector encuentra confusión en lo que resulta ser un
deshilvanado capricho subjetivo.
El tercer capítulo estuvo a cargo de un equipo de investigación dirigido por
Ana Ligia Pimienta. Es el mejor documentado de los tres textos, y el que más esperanzas
despierta. Pero lamentablemente se queda corto y muy incompleto, ya que se desaprovechan
materiales de gran interés, como la correspondencia del pintor y entrevistas con personas
allegadas a él.
Por último, la cronología, encargada a Jorge Cárdenas, quien fuera alumno de
Vélez, cumple a duras penas con informar asuntos generales y agrega poco a los textos que
la preceden. El tono general que recorre los ensayos es admirativo y elogioso, tal vez por
la creencia de que la admiración y el homenaje no admiten la crítica, el señalamiento
de flaquezas y vaivenes connaturales a la profesión. En nada disminuye el aprecio y
respeto por el artista el establecer que en cierta época fue mal pintor, porque por
razones económicas debió inclinarse al gusto de sus clientes y producir obras que dentro
de su propia estética son superfluas, fenómeno sufrido y vivido por muchos artistas.
Parece que existiera en los autores la creencia de que escribir un texto es
sinónimo de escribir alabanzas. Entiéndase que tampoco creo que sea lo contrario. Tanto
elogio contemporáneo al pintor muerto parece a veces oportunista, y contrasta con el
crudo hecho de que, al igual que Cano y tantos otros, murió casi olvidado y rechazado. Lo
cierto del caso es que, debido a que con los años se ha producido el agotamiento del arte
"de vanguardia", el mercado intenta recuperar a creadores más ciertos y
necesarios, considerados "burgueses" o "académicos" en su momento,
entre los cuales se encuentra el pintor de Itagüí.
Los vacíos que deja el libro en cuanto a su vida y su obra son varios y no
desdeñables. Poco se menciona el trabajo como escultor y nada se dice de su labor como
asistente de Marco Tobón Mejía en París, de quien en 1931 pintó un extraordinario
retrato modelando una medalla. La violenta polémica entre "eladistas" y
"pedronelistas" está apenas mencionada y reducida a su mínima expresión, a
pesar de que fue la más importante y significativa entre las sostenidas por los artistas
de Medellín en el siglo XX. La obra gráfica incluida enfatiza demasiado en los bocetos
de estudiante, que si bien son excelentes, soslayan el hecho de que Vélez fue también
grabador y realizó diversas caricaturas, de las cuales el libro presenta muy pocas. Se
olvidan también los numerosos retratos que el pintor produjo por encargo, muchos basados
en fotografías, con los cuales ganó el pan precariamente. En las reproducciones
predominan las acuarelas, ampliadas de manera exagerada respecto a su tamaño original.
Muchas de las incluidas son repetitivas en temática, técnica y estilo, mientras que
óleos de mayor aliento y alcance estético aparecen disminuidos en tamaño e importancia,
creándose así una percepción desproporcionada de la obra. Escasa mención reciben sus
alumnos, entre quienes se contó Débora Arango, la pintora más importante del arte
colombiano. Por último, Eladio fue autor de algunos virulentos artículos de prensa, por
ejemplo durante la pelea con los "pedronelistas", y en defensa de Francisco A.
Cano, cuando el viejo maestro estaba próximo a morir. La publicación prácticamente
olvida esta reveladora faceta del pensamiento y posición que asumió el pintor, con
excepción de una referencia a "Mi testamento". No habría sido superfluo
presentar un inventario y quizá algunos extractos de los escritos.
Se demuestra, una vez más, que un libro no se hace sólo con buenas y santas
intenciones, financiación y una litografía de calidad. Hacen falta investigación,
conocimientos y respeto por el artista, por el lector y, por qué no decirlo, por la
cultura. Habrá que repetir aquí un severo desacuerdo con la práctica de urdir
alegremente algunas elogiosas páginas con datos salpicados de frases grandilocuentes y
"poéticas". Esta impostura se ha convertido ya en todo un método para ciertos
autores, pues es efectista, da brillo y es más rápida para cumplir con un encargo. Tal
modalidad se repite una vez más en el caso de Eladio Vélez, de quien este libro produce
apenas un retrato de medio cuerpo.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ |