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En los
orígenes del nacionalismo colombiano: europeísmo e ideología nacional en Samper,
Núñez y Holguín (1861-1894)
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FRÉDÉRIC MARTÍNEZ
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Institut Francais d'Études Andines
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Trabajo fotográfico: Ernesto Monsalve
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CARLOS
HOLGUÍN:
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DE LOS MODELOS EUROPEOS DE ORDEN
PÚBLICO A LA IDEOLOGÍA DE LA AUTENTICIDAD NACIONAL
Encargado del poder ejecutivo por
Núñez, cuando éste, en 1888, se retira definitivamente a Cartagena, Carlos Holguín
inicia la fase nacionalista de los gobiernos de la Regeneración: el suyo
(1888-1892) y el de su cuñado Miguel Antonio Caro (1892-1898), que desarrollarán
básicamente el mismo tipo de retórica civilizadora.
Impugnador de las utopías importadas 34,
exponente del sentimiento patriótico desarrollado por el viaje al exterior 35,
defensor del parlamentarismo inglés frente a un republicanismo francés que le parece
poco creíble, Holguín es, bajo muchos aspectos, el heredero del discurso europeísta de
Samper y de Núñez. Sin embargo, al reemplazar los matices de la retórica positivista y
ecléctica de Núñez por un discurso monolíticamente conservador y católico, Holguín
inaugura una nueva fase del nacionalismo colombiano: un discurso de estrecha autenticidad
nacional compensado por un recurso masivo, sistemático y oficial a los modelos europeos
de orden público.
La transformación del discurso
civilizador: el orden, máxima expresión de la civilización
El primer aspecto de esa nueva
definición nacional es la transformación de lo que se podría llamar el discurso
de la civilización. La existencia, en la Colombia del siglo XIX, de una justificación
civilizadora que correspondía a cada propuesta política, a cada estrategia de acceso al
poder, queda bastante clara, y ya hemos visto la densidad civilizadora de los discursos de
Samper y Núñez. Holguín maneja, como todos los políticos de la época, el discurso de
civilización desde arriba, pero cambiándolo de signo. En su discurso, la
marca de la civilización ya no reside en el ideal de la libertad, de la tolerancia y de
la dulcificación de los castigos, promovido por los radicales. Inspirado por la retórica
de Núñez, Holguín lleva la inversión del discurso de la civilización a un punto que
Núñez, a pesar de todo lo liberal y positivista, nunca había alcanzado.
Inversión de la retórica liberal, el
discurso de Holguín introduce también sustanciales cambios en la referencia a Europa
planteada por la retórica de Núñez: en particular, al abandonar esa suerte de
cosmopolitismo distante que Núñez había querido instaurar con relación a los ejemplos
europeos. Esta distanciación, esa voluntad de no apegarse a un modelo o a una corriente
política europea en particular, permitía a Núñez observar sin compromiso y utilizar
como le convenía la referencia a las naciones europeas. Núñez, además, no se
interesaba en crear una ideología nacionalista para el pueblo: su discurso civilizador,
elitista por naturaleza, no parece haberse dirigido nunca más que a los pocos colombianos
de entonces que lo podían entender. El cosmopolitismo elitista de Núñez tenía, a pesar
de todo, más que ver con la lógica de las capacidades -que participen en el
debate político los que son competentes, sin mayor preocupación por la representación
política del pueblo lato sensu, una fórmula política encarnada por la
monarquía constitucional de Luis Felipe en Francia 36- que con la de una
imposición por el Estado de una ideología del orden social.
El discurso de Holguín inaugura,
efectivamente, una nueva articulación entre ideología nacional y referencia a Europa que
se diferencia mucho de la de Núñez. En vez de manejar con cierto relativismo los
ejemplos europeos convenientes a la lógica del poder en Colombia, Holguín se declara
prácticamente un admirador de las políticas de orden público de las naciones europeas,
en particular de la de Francia. Las oposiciones políticas europeas entre partidos del
orden y partidos del movimiento, muchas veces hábilmente zanjadas
por Núñez, se vuelven a transportar tales cuales a Colombia. Holguín, en un gesto que
recuerda las polémicas entre liberales y conservadores de los años 1850 y 1860, define
sin vacilar cuál es su Europa de referencia: la Europa del orden.
En esta perspectiva, Holguín justifica
la mayor parte de las medidas de su gobierno, y más generalmente de la Regeneración, por
una referencia sistemática al orden público en Europa.
La restricción de la libertad de la
prensa es necesaria una vez que se sabe que [...] ningún país civilizado se ha
atrevido a sancionar la absoluta irresponsabilidad de la prensa 37. En 1889,
la expedición del decreto 286, que permite al ministro de Gobierno la interdicción de la
venta y circulación de ciertos periódicos extranjeros, es defendida por el ministro
José Domingo Ospina Camacho, en referencia a la política de restricción de la libertad
de prensa en Francia 38. Presentando la prensa, desde 1826, como el arma
privilegiada de las pasiones políticas y la causa número uno de los disturbios del orden
público, Ospina afirma que inclusive los liberales franceses están en favor de la
restricción de la libertad de imprenta:
El partido que había defendido hasta
ahora la libertad ilimitada de imprenta, como baluarte obligado de la libertad civil,
empieza ya a retroceder en ese camino y así vemos que el Gobierno francés, presidido hoy
por los más notables corifeos de aquella escuela, ha presentado y sostenido en las
Cámaras la tesis de que es medida indispensable para la conservación de la paz y la
estabilidad de la República, la intervención gubernativa en los asuntos de imprenta 39.
El ejemplo de los países
adelantados se esgrime para justificar la reducción de las becas de estudio pagadas
por el gobierno 40, la voluntad de importar profesores extranjeros41, el deseo de
una prensa de oposición responsable 42, etc.: el propósito civilizador de
Holguín, como el de Caro, podría resumirse como una voluntad de demostrar que el
conservadurismo es la forma natural del mundo civilizado, y que Colombia tiene que tomar
esta modalidad de la civilización moderna como modelo.
A partir de ese propósito básico, la
mayoría de las orientaciones políticas se justifican por el deseo de imponer una
política que corresponda al conservadurismo internacional. Holguín recurre a ese tipo de
justificación para defender, en polémica con el liberal Santiago Pérez en 1893, el
cambio de opiniones políticas de Núñez:
En los países civilizados, en donde
la política no se explota como negocio, porque los servidores públicos lo son de la
Nación, y su carrera no depende del capricho de los jefes vencedores, tienen lugar con
frecuencia cambios como el del Dr. Núñez, que a nadie se le ocurre atribuir a motivos
indignos ni calificar de traición 43.
Holguín menciona entonces a varios
políticos europeos de primer rango que conocieron una evolución comparable: Disraeli,
Thiers, Gambetta y Jules Ferry, todos los cuales pasaron del radicalismo
exagerado a la defensa del conservadurismo 44. En fin, exasperado por
los ataques liberales a la Regeneración, se queja de tantas críticas, [...] en vez
de aplaudírsenos por haber constituido un Gobierno sobre los eternos ideales de los
partidos conservadores del mundo civilizado... 45.
La postura civilizadora de Holguín no se
limita a la retórica. Efectivamente, su administración representa también el apogeo de
la importación institucional a partir de la fuente ejemplar que es Europa. Nunca antes se
había visto en Colombia una empresa tan oficializada y sistemática de observación y de
importación de las formas europeas- en buena medida francesas-de construcción del orden
social. Durante su administración se importan numerosas congregaciones religiosas, la
mayoría francesas e italianas; se envían funcionarios a estudiar en Francia 46 el
sistema educativo primario y secundario 47, la contabilidad pública 48, la
legislación militar, las técnicas militares (táctica general, estrategia y armamento de
infantería, artillería) 49, serán observados por funcionarios del Estado
colombiano en esos años. La más importante de esas misiones es, sin duda, la que
desembocará en la importación de un comisario francés para organizar la policía
nacional en Bogotá. Llegado a Bogotá en 1891, el comisario Gilibert organizará un nuevo
cuerpo de policía, enfrentándose con dificultades de todo orden. Saber si Gilibert, en
siete años de dirección de la nueva policía nacional, logró realizar el sueño de
Holguín - quien había recomendado al Congreso en 1888, cuando todavía era ministro de
Gobierno, el importante ramo de Policía que en todos los países civilizados se
considera como uno de los agentes más poderosos para el buen gobierno de los
pueblos 50- es una pregunta de delicada respuesta que se sale del marco de
este estudio 51.
El lugar ocupado por los modelos de orden
público se debe a un fenómeno de doble vertiente que, observándose perfectamente en la
producción discursiva de Holguín, es característico de los años 1890 en Colombia: la
obsesión, interna, por la imposición del orden público y la mezcla de fascinación y
temor frente a la amenaza social que parece socavar el fundamento de las sociedades
europeas. Presente ya en los discursos de Samper y Núñez, el tema de la amenaza social
invade por completo la representación de Europa elaborada por Holguín. La gran línea
divisoria en la representación bipolar de Europa ya no es liberalismo versus antiguo
régimen, ni impiedad frente a catolicismo, sino subversión versus orden. Este miedo de
la traslación de la subversión europea a América, que se encuentra frecuentemente en
los textos de Holguín, no tiene seguramente mejor expresión que esta consideración
entregada al Congreso, en un momento en que Holguín se felicita, a
posteriori,
del fracaso de la inmigración europea. En efecto, no tiene sentido, dice [...]
poner en peligro nuestros derechos señoriales con grandes masas de inmigrantes 52.
De la felicidad nacional a la
autenticidad nacional
La descripción del peligro social y
político que amenaza a Europa sirve de base a Holguín para desarrollar un discurso de la
felicidad nacional colombiana: lo expone por primera vez en un artículo que publica en
1881 en la revista conservadora El Repertorio Colombiano. En este artículo, escrito en
París, Holguín plantea una pregunta clave respecto a Europa: ¿Son estos países
más felices que nosotros? 53. La respuesta a esta pregunta pasa por una
evaluación de las calidades de las sociedades europeas -entre las cuales, un Estado más
estable- y de las desventajas de la vida en Colombia -la pobreza en particular-, pero
Holguín se detiene sobre todo en los peligros que revelan las incontrolables sociedades
europeas: el materialismo, la emigración, los suicidios -más de 7.000 en Francia en
1880-e, los riesgos de guerra en las fronteras y, sobre todo, los enemigos internos. Los
atentados nihilistas en Rusia, la amenaza irlandesa y los movimientos agraristas en
Inglaterra, y el espectro rojo en Francia hacen del trabajo de los gobernantes
europeos una labor sobrehumana 54:
Nosotros o el Terror y la
Guillotina, decían los Borbones; La monarquía de Julio o el Rojismo se
decía en tiempo de Luis Felipe; El Imperio o los descamisados, se repetía en
tiempo de Napoleón III; y nosotros o la Comuna gritan hoy los oportunistas.
Siempre el espectro rojo, siempre la perspectiva de algo peor como único alivio para el
mal presente. Triste destino el de Francia 55.
La conclusión de Holguín no brinda
sorpresa alguna. No solamente [...] bajo muchos aspectos, son mejores las
condiciones de nuestra existencia 56, sino que desde el punto de vista del
poder político -incontestablemente, el punto de vista privilegiado por Holguín- la tarea
de los gobernantes en Colombia [...] parece y es juego de niños 57.
Más que un discurso sobre la felicidad nacional, el discurso de Holguín parece ser un
discurso sobre la felicidad de los dirigentes colombianos, por la facilidad de su oficio.
En su último mensaje al Congreso como jefe del poder ejecutivo, en 1892, Holguín
repetirá casi en términos semejantes esta retórica de la felicidad nacional:
[...] debemos aprender también a
vivir con lo que tenemos, y a no vivir atormentados con el espejismo del extraordinario
progreso material de otros países. Ni la riqueza es por sí sola elemento de felicidad
para los pueblos, como no lo es tampoco para los individuos, ni a su consecución se
pueden sacrificar otros bienes de orden superior. Colombia sería uno de los países más
felices de la tierra, con sólo que nos diéramos cuenta de nuestra felicidad. [...] Veo
un peligro serio en la impaciencia que se ha apoderado de algunos espíritus por que
lleguemos de un salto a ser millonarios, a decuplicar nuestras rentas, a ver nuestro
territorio cruzado por ferrocarriles, y a decuplicar también nuestra población trayendo
los sobrantes de otras regiones. ¡Y todo esto para que seamos felices! ¡Para que no haya
pobres! ¡Para que no haya desgraciados! ¡Como si la desgracia y el dolor no fueran en
todas partes el lote de la humanidad, y le fuera dado al hombre suprimirlos en la tierra!
Yo querría que muchos de nuestros conciudadanos fuesen a los grandes centros de la
civilización, no a deslumbrarse con las exterioridades del lujo de unos pocos y la
brillantez de las exposiciones, sino a penetrar algo en el fondo de aquellas sociedades, y
nos dijeran si habían hallado la felicidad en el seno de aquellas multitudes encorvadas
por el trabajo, hambreadas por las contribuciones, que sucumben por millares bajo la
intemperie de los climas y desesperadas por emigrar. Yo las he visto de cerca durante
años enteros, y puedo deciros que somos muy felices, que no cambiaría nuestro atraso por
la prosperidad de ninguno de los países que he visitado. Cuando uno conoce el mundo, no
puede, sin sonreír, oír al espíritu de partido hablar de nuestras desgracias y enumerar
entre ellas las enormes contribuciones que pagamos 58.
Poema de Alfredo
Tomás Ortega dedicado al señor Holguín en su libro Inmemoriam en 1896.
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Alfredo Gueñas,
caricaturista, representa la cesión del poder de Núñez a Holguín (El Zancudo, Bogotá,
1890)
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En otros términos, el secreto de
la felicidad para Colombia consiste en vivir en conformidad con su ser profundo, que
Holguín define así: un país atrasado pero modesto en sus ambiciones, agrícola pero
contento de su suerte, y sobre todo piadosamente resignado. El programa nacionalista de
Holguín, impregnado de la idea de la autenticidad nacional, rechaza tanto la importación
anacrónica de una peligrosa modernidad social y política -En las sociedades, como
en la naturaleza, todas las precocidades extraordinarias son peligrosas, y todo lo
anómalo es transitorio 59- como el orgullo republicano, que seguramente
asimila a una de esas precocidades extraordinarias, [...] porque esto de pretender
cuatro aprendices de aquí que son los gobiernos de Europa y América son unos infelices
ignorantes retrógrados que deben venir a buscar en este rincón luz y experiencia, no
merece ni risa 60. Mientras Holguín se impone como el mayor importador
decimonónico de normas europeas a Colombia, dibuja para la masa un camino más estrecho:
aceptarse como un país agrícola, atrasado, modesto, resignado, religioso, y que vive en
armonía con su ser profundo. La importación masiva de congregaciones religiosas
europeas, la campaña del Plebiscito Nacional -la autoconsagración de los
municipios y departamentos colombianos al Sagrado Corazón de Jesús, promovida por el
Gobierno y la Iglesia en estos años 61- corresponden al mismo proyecto político.
Completada y profundizada por Caro la obra ideológica de Holguín, la doctrina de la
autenticidad nacional creada en los años de la Regeneración dominará la definición
cultural de Colombia hasta bien entrado el siglo XX.
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Poema de Alfredo
Tomás Ortega dedicado al señor Holguín en su libro Inmemorian en 1896.
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Complementando el discurso de
Núñez sobre la cohesión social, el discurso de Holguín se presenta, extrañamente,
como la primera expresión de una ideología nacionalista dirigida hacia las masas.
Forjada por las elites, esa ideología para el pueblo nace del proyecto de integración
jerárquica de las masas en la pirámide social. En otros términos, obsesionado por la
conservación de la estructura jerárquica de la sociedad, Holguín ratifica oficialmente
una distinción que, aunque bien conocida, nunca se había expresado tan clara y
públicamente como en su retórica: para las elites, el cosmopolitismo como fuente de
inspiración y autoridad política; para el pueblo, el sentimiento nacional como fuente de
cohesión social y de felicidad. La retórica del gobierno de Holguín imprime una marca
absolutamente esencial, por su profundidad y su duración, al surgimiento de una definición
nacional en Colombia: la creación artificial de este sentimiento nacional, caracterizada
por una supuesta autenticidad, y justificado por su utilidad para mantener un orden social
amenazado, aparece como un producto elaborado por las elites para consumo exclusivo del
pueblo, como la última vertiente del proyecto regenerador.
CONCLUSIÓN
El estudio de la evolución de la
retórica europeísta y nacionalista de esos tres paradigmáticos políticos que fueron
José María Samper, Rafael Núñez y Carlos Holguín, entre los años 1860 y 1890, nos
parece que aporta una luz nueva sobre el surgimiento de la ideología nacionalista en
Colombia. Más que ninguna otra, estas tres inteligencias políticas supieron captar,
formular y utilizar las representaciones dominantes en la sociedad de la época; supieron
inclusive, en buena medida, crearlas. Contemporáneos, sus discursos dejan, sin embargo,
aparecer estas inflexiones que conocen las ideologías en el tiempo breve de las
coyunturas políticas. Los mismos elementos ideológicos, presentes en sus respectivos
discursos en diferentes proporciones, y completados por rupturas y aceleraciones
claramente visibles, dibujan el cauce recorrido por la naciente ideología nacional a
través del cosmopolitismo intelectual de los círculos dirigentes de la época, antes de
cuajarse, y por mucho tiempo, en el último decenio del siglo.
En muchos aspectos, el discurso dominante
de José María Samper, en los años 1860, es un discurso de mediación cultural:
una elite ilustrada, convencida de su legitimidad, se propone como explícita civilizadora
de la sociedad, gracias a los modelos generados por la experiencia política de los
países europeos. Encarnada en su versión liberal por Samper, esta doctrina tiene
igualmente numerosos representantes en las filas conservadoras. El comienzo de la
Regeneración, acompañado de un discurso de cosmopolitismo patriótico, propone
un primer distanciamiento respecto de Europa. Ya no es la sencilla influencia de los
modelos civilizadores que se invoca, sino el efecto de maduración, de desarrollo del
patriotismo, de síntesis y de reflexión sobre los éxitos y los fracasos de la política
europea que reivindica Núñez. El discurso de la autenticidad nacional, en ciernes en la
retórica nuñista, cobrará toda su importancia en el discurso de Holguín. Volviendo a
una referencia más inmediata a los modelos europeos útiles a su proyecto político
-esencialmente los modelos de orden público-, Holguín compensa el cosmopolitismo de los
gobernantes por un discurso oficial de autenticidad nacional, destinado a desempeñar en
el pueblo un papel centrípeto de cohesión social.
Varios factores nos parece que explican
esta evolución.
La diferenciación de las estrategias
políticas, en primer lugar. Los gobiernos liberales habían fomentado, en cierta medida,
la creación de un sentimiento nacional, basado en el orgullo republicano, el naciente
culto a los héroes y la fe en el progreso material. Sin embargo, sus esfuerzos, bastante
limitados, dejaban el campo abierto para una empresa mucho más sistemática y ambiciosa
de nacionalización del pueblo. Los ideólogos de la Regeneración, en busca
de signos de una clara ruptura política, iban a aprovechar esa oportunidad, pintando la
era radical como un período de desaforada imitación de lo extranjero, y la nueva era que
inauguraban como una vuelta a la esencia nacional de Colombia.
La modificación del sufragio aparece
como otro importante factor explicativo: la ideología de ilustración del pueblo
planteada por Samper en los años 1860 responde no solamente al sufragio universal
masculino instaurado por la Constitución de 1853, sino, sobre todo, a la toma de
conciencia de los liberales de que este régimen electoral, dada la influencia del clero
en las elecciones, podía muy bien serles desfavorable, como había ocurrido en 1856: por
lo tanto, la civilización del pueblo era más que nunca políticamente
necesaria. Al contrario, la lógica de las capacidades que se advierte en Núñez y la
difusión por Holguín de una ideología nacionalista para el pueblo, reflejos del
sufragio restringido implantado a nivel nacional por la Regeneración, corresponden al
objetivo de integración autoritaria de las masas, en cuanto sector de la población
necesariamente dirigido.
Los progresos objetivamente realizados,
entre los años 1860 y los años 1890, en la construcción de un Estado-nación, y el
hecho de que los años fundadores se alejan en el tiempo, pueden también explicar que
aparezca cada día más difícil referirse abiertamente a modelos foráneos. En eso, no
hay reducción de la referencia a Europa -la tendencia importadora de los grupos
dirigentes tiende, por el contrario, a aumentar-, pero sí hay una sofisticación cada vez
mayor. La estrategia discursiva de la Regeneración, con el tema de la madurez adquirida
en Europa, induce, efectivamente, a una posición mucho más compleja respecto a Europa
que la retórica de los civilizadores de los años 1850 y 1860. El discurso de Holguín,
explícitamente europeísta por un lado, es compensado por la difusión de una ideología
nacionalista que lo contradice aparentemente.
Por fin, la evolución misma de las ideas
nacionalistas europeas explica el camino recorrido en el proceso de creación de una
ideología nacionalista. A los años 1850, marcados por las grandes ideas de renacimiento
de las nacionalidades en Europa, correspondía una ola de nacionalismo de tinte liberal en
el que la circulación cultural era reconocida como un factor favorable a la libertad y a
la construcción de nuevas entidades políticas. La ideología del progreso era una
ideología relativamente abierta, en la que la confianza en la virtud de las instituciones
desempeñaba un papel determinante. No es asombroso que esta época aparezca en Colombia
como el apogeo de la mediación cultural, tanto liberal como conservadora, como modo de
constitución de la nación. Al final del siglo, el panorama de las ideas sobre la nación
han cambiado mucho en Europa. El crecimiento de las tensiones nacionalistas, avivadas por
la lucha por las constituciones de imperios coloniales en Asia y África, ha dado al
pensamiento nacionalista europeo un carácter más cerrado, más exclusivo, más agresivo.
El darwinismo, el racismo, los grandes mitos del carácter de los pueblos, que también
entonces se difunden masivamente, conducen a los ideólogos nacionalistas a de1niciones
estrechas y exclusivas de sus respectivas naciones. La mediación cultural, tanto en
Europa como en América, es sacrificada como ideología dominante para dejar lugar a una
búsqueda insaciable de autenticidad nacional. La ideología nacionalista elaborada por
Núñez y Holguín, indudablemente, es un producto de esa corriente.
Explícitamente, la cohesión social que
buscan implantar los gobiernos de la Regeneración se define por el apego a lo nacional
-una identidad nacional definida por las elites regeneradoras- y un rechazo de lo
extranjero que amenaza destruirlo. En realidad, esa representación engendrada y
esparcida, en un gran esfuerzo de difusión popular, por la Regeneración, sirve para
defender lo que las supuestas y denunciadas doctrinas extranjeras amenazan destruir, es
decir, más que una identidad nacional que todavía queda por construir: la estructura
jerárquica de la sociedad colombiana.
Esta empresa de catequización nacional y
nacionalista emprendida a finales de siglo por un Estado considerablemente ayudado por la
Iglesia revela una incontestable modernidad: de cierta forma, la Regeneración constituye,
después de los intentos fracasados del medio siglo, uno de los primeros dispositivos
políticos que, en Colombia, se dirigió hacia las masas, y quiso incluirlas en la vida
nacional, aunque haya sido de forma autoritaria, dirigista y paternalista. La
Regeneración responde, entre otras cosas, a una especie de anticipación, por parte de
las elites, de la entrada de las masas en la política. Temerosos de la explosión
social que podría engendrar una irrupción brutal del pueblo en la política nacional,
los dirigentes regeneradores juzgan preferible integrar a las masas mediante un proyecto
dirigido y controlado.
La naturaleza del nacionalismo colombiano parece, entonces, determinada por su creación
como una de las herramientas de esa empresa de integración autoritaria de las masas,
decidida anticipadamente por las elites dirigentes, como el mejor antídoto a la
revolución social.
Debelando la irrupción de las masas por
varios decenios, el nacionalismo populista y autoritario que forjó y difundió la
Regeneración para retardarla bien puede haber reforzado su esporádica violencia: pero
más allá de la instrumentación política, las ambiguedades de las estrategias
decimonónicas de legitimación, entre cosmopolitismo civilizador y nacionalismos
autenticista, dan señas de haber marcado profundamente el discurso de la identidad en
Colombia.
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