Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39. Volúmen XXXII. Editado en 1996
 

En los orígenes del nacionalismo colombiano: europeísmo e ideología nacional en Samper, Núñez y Holguín (1861-1894)

 
FRÉDÉRIC MARTÍNEZ
Institut Francais d'Études Andines
Trabajo fotográfico: Ernesto Monsalve

 

CARLOS HOLGUÍN:
DE LOS MODELOS EUROPEOS DE ORDEN PÚBLICO A LA IDEOLOGÍA DE LA AUTENTICIDAD NACIONAL

Encargado del poder ejecutivo por Núñez, cuando éste, en 1888, se retira definitivamente a Cartagena, Carlos Holguín inicia la fase “nacionalista” de los gobiernos de la Regeneración: el suyo (1888-1892) y el de su cuñado Miguel Antonio Caro (1892-1898), que desarrollarán básicamente el mismo tipo de retórica civilizadora.

Impugnador de las utopías importadas 34, exponente del sentimiento patriótico desarrollado por el viaje al exterior 35, defensor del parlamentarismo inglés frente a un republicanismo francés que le parece poco creíble, Holguín es, bajo muchos aspectos, el heredero del discurso europeísta de Samper y de Núñez. Sin embargo, al reemplazar los matices de la retórica positivista y ecléctica de Núñez por un discurso monolíticamente conservador y católico, Holguín inaugura una nueva fase del nacionalismo colombiano: un discurso de estrecha autenticidad nacional compensado por un recurso masivo, sistemático y oficial a los modelos europeos de orden público.

La transformación del discurso civilizador: el orden, máxima expresión de la civilización

El primer aspecto de esa nueva definición nacional es la transformación de lo que se podría llamar el “discurso de la civilización”. La existencia, en la Colombia del siglo XIX, de una justificación civilizadora que correspondía a cada propuesta política, a cada estrategia de acceso al poder, queda bastante clara, y ya hemos visto la densidad civilizadora de los discursos de Samper y Núñez. Holguín maneja, como todos los políticos de la época, el discurso de civilización “desde arriba”, pero cambiándolo de signo. En su discurso, la marca de la civilización ya no reside en el ideal de la libertad, de la tolerancia y de la dulcificación de los castigos, promovido por los radicales. Inspirado por la retórica de Núñez, Holguín lleva la inversión del discurso de la civilización a un punto que Núñez, a pesar de todo lo liberal y positivista, nunca había alcanzado.

Inversión de la retórica liberal, el discurso de Holguín introduce también sustanciales cambios en la referencia a Europa planteada por la retórica de Núñez: en particular, al abandonar esa suerte de cosmopolitismo distante que Núñez había querido instaurar con relación a los ejemplos europeos. Esta distanciación, esa voluntad de no apegarse a un modelo o a una corriente política europea en particular, permitía a Núñez observar sin compromiso y utilizar como le convenía la referencia a las naciones europeas. Núñez, además, no se interesaba en crear una ideología nacionalista para el pueblo: su discurso civilizador, elitista por naturaleza, no parece haberse dirigido nunca más que a los pocos colombianos de entonces que lo podían entender. El cosmopolitismo elitista de Núñez tenía, a pesar de todo, más que ver con la lógica de las capacidades -que participen en el debate político los que son competentes, sin mayor preocupación por la representación política del pueblo lato sensu, una fórmula política encarnada por la monarquía constitucional de Luis Felipe en Francia 36- que con la de una imposición por el Estado de una ideología del orden social.

El discurso de Holguín inaugura, efectivamente, una nueva articulación entre ideología nacional y referencia a Europa que se diferencia mucho de la de Núñez. En vez de manejar con cierto relativismo los ejemplos europeos convenientes a la lógica del poder en Colombia, Holguín se declara prácticamente un admirador de las políticas de orden público de las naciones europeas, en particular de la de Francia. Las oposiciones políticas europeas entre partidos del “orden” y partidos del “movimiento”, muchas veces hábilmente zanjadas por Núñez, se vuelven a transportar tales cuales a Colombia. Holguín, en un gesto que recuerda las polémicas entre liberales y conservadores de los años 1850 y 1860, define sin vacilar cuál es su Europa de referencia: la Europa del orden.

En esta perspectiva, Holguín justifica la mayor parte de las medidas de su gobierno, y más generalmente de la Regeneración, por una referencia sistemática al orden público en Europa.

La restricción de la libertad de la prensa es necesaria una vez que se sabe que “[...] ningún país civilizado se ha atrevido a sancionar la absoluta irresponsabilidad de la prensa” 37. En 1889, la expedición del decreto 286, que permite al ministro de Gobierno la interdicción de la venta y circulación de ciertos periódicos extranjeros, es defendida por el ministro José Domingo Ospina Camacho, en referencia a la política de restricción de la libertad de prensa en Francia 38. Presentando la prensa, desde 1826, como el arma privilegiada de las pasiones políticas y la causa número uno de los disturbios del orden público, Ospina afirma que inclusive los liberales franceses están en favor de la restricción de la libertad de imprenta:

El partido que había defendido hasta ahora la libertad ilimitada de imprenta, como baluarte obligado de la libertad civil, empieza ya a retroceder en ese camino y así vemos que el Gobierno francés, presidido hoy por los más notables corifeos de aquella escuela, ha presentado y sostenido en las Cámaras la tesis de que es medida indispensable para la conservación de la paz y la estabilidad de la República, la intervención gubernativa en los asuntos de imprenta 39.

El ejemplo de los “países adelantados” se esgrime para justificar la reducción de las becas de estudio pagadas por el gobierno 40, la voluntad de importar profesores extranjeros41, el deseo de una prensa de oposición responsable 42, etc.: el propósito civilizador de Holguín, como el de Caro, podría resumirse como una voluntad de demostrar que el conservadurismo es la forma natural del mundo civilizado, y que Colombia tiene que tomar esta modalidad de la civilización moderna como modelo.

A partir de ese propósito básico, la mayoría de las orientaciones políticas se justifican por el deseo de imponer una política que corresponda al conservadurismo internacional. Holguín recurre a ese tipo de justificación para defender, en polémica con el liberal Santiago Pérez en 1893, el cambio de opiniones políticas de Núñez:

En los países civilizados, en donde la política no se explota como negocio, porque los servidores públicos lo son de la Nación, y su carrera no depende del capricho de los jefes vencedores, tienen lugar con frecuencia cambios como el del Dr. Núñez, que a nadie se le ocurre atribuir a motivos indignos ni calificar de traición 43.

Holguín menciona entonces a varios políticos europeos de primer rango que conocieron una evolución comparable: Disraeli, Thiers, Gambetta y Jules Ferry, todos los cuales pasaron del radicalismo “exagerado” a la defensa del conservadurismo 44. En fin, exasperado por los ataques liberales a la Regeneración, se queja de tantas críticas, “[...] en vez de aplaudírsenos por haber constituido un Gobierno sobre los eternos ideales de los partidos conservadores del mundo civilizado...” 45.

La postura civilizadora de Holguín no se limita a la retórica. Efectivamente, su administración representa también el apogeo de la importación institucional a partir de la fuente ejemplar que es Europa. Nunca antes se había visto en Colombia una empresa tan oficializada y sistemática de observación y de importación de las formas europeas- en buena medida francesas-de construcción del orden social. Durante su administración se importan numerosas congregaciones religiosas, la mayoría francesas e italianas; se envían funcionarios a estudiar en Francia 46 el sistema educativo primario y secundario 47, la contabilidad pública 48, la legislación militar, las técnicas militares (táctica general, estrategia y armamento de infantería, artillería) 49, serán observados por funcionarios del Estado colombiano en esos años. La más importante de esas misiones es, sin duda, la que desembocará en la importación de un comisario francés para organizar la policía nacional en Bogotá. Llegado a Bogotá en 1891, el comisario Gilibert organizará un nuevo cuerpo de policía, enfrentándose con dificultades de todo orden. Saber si Gilibert, en siete años de dirección de la nueva policía nacional, logró realizar el sueño de Holguín - quien había recomendado al Congreso en 1888, cuando todavía era ministro de Gobierno, el “importante ramo de Policía que en todos los países civilizados se considera como uno de los agentes más poderosos para el buen gobierno de los pueblos” 50- es una pregunta de delicada respuesta que se sale del marco de este estudio 51.

El lugar ocupado por los modelos de orden público se debe a un fenómeno de doble vertiente que, observándose perfectamente en la producción discursiva de Holguín, es característico de los años 1890 en Colombia: la obsesión, interna, por la imposición del orden público y la mezcla de fascinación y temor frente a la amenaza social que parece socavar el fundamento de las sociedades europeas. Presente ya en los discursos de Samper y Núñez, el tema de la amenaza social invade por completo la representación de Europa elaborada por Holguín. La gran línea divisoria en la representación bipolar de Europa ya no es liberalismo versus antiguo régimen, ni impiedad frente a catolicismo, sino subversión versus orden. Este miedo de la traslación de la subversión europea a América, que se encuentra frecuentemente en los textos de Holguín, no tiene seguramente mejor expresión que esta consideración entregada al Congreso, en un momento en que Holguín se felicita, a posteriori, del fracaso de la inmigración europea. En efecto, no tiene sentido, dice “[...] poner en peligro nuestros derechos señoriales con grandes masas de inmigrantes” 52.

De la felicidad nacional a la autenticidad nacional

La descripción del peligro social y político que amenaza a Europa sirve de base a Holguín para desarrollar un discurso de la felicidad nacional colombiana: lo expone por primera vez en un artículo que publica en 1881 en la revista conservadora El Repertorio Colombiano. En este artículo, escrito en París, Holguín plantea una pregunta clave respecto a Europa: “¿Son estos países más felices que nosotros?” 53. La respuesta a esta pregunta pasa por una evaluación de las calidades de las sociedades europeas -entre las cuales, un Estado más estable- y de las desventajas de la vida en Colombia -la pobreza en particular-, pero Holguín se detiene sobre todo en los peligros que revelan las incontrolables sociedades europeas: el materialismo, la emigración, los suicidios -más de 7.000 en Francia en 1880-e, los riesgos de guerra en las fronteras y, sobre todo, los enemigos internos. Los atentados nihilistas en Rusia, la amenaza irlandesa y los movimientos agraristas en Inglaterra, y el “espectro rojo” en Francia hacen del trabajo de los gobernantes europeos “una labor sobrehumana” 54:

“Nosotros o el Terror y la Guillotina”, decían los Borbones; “La monarquía de Julio o el Rojismo” se decía en tiempo de Luis Felipe; “El Imperio o los descamisados”, se repetía en tiempo de Napoleón III; y “nosotros o la Comuna” gritan hoy los oportunistas. Siempre el espectro rojo, siempre la perspectiva de algo peor como único alivio para el mal presente. Triste destino el de Francia” 55.

La conclusión de Holguín no brinda sorpresa alguna. No solamente “[...] bajo muchos aspectos, son mejores las condiciones de nuestra existencia” 56, sino que desde el punto de vista del poder político -incontestablemente, el punto de vista privilegiado por Holguín- la tarea de los gobernantes en Colombia “[...] parece y es juego de niños” 57. Más que un discurso sobre la felicidad nacional, el discurso de Holguín parece ser un discurso sobre la felicidad de los dirigentes colombianos, por la facilidad de su oficio. En su último mensaje al Congreso como jefe del poder ejecutivo, en 1892, Holguín repetirá casi en términos semejantes esta retórica de la felicidad nacional:

[...] debemos aprender también a vivir con lo que tenemos, y a no vivir atormentados con el espejismo del extraordinario progreso material de otros países. Ni la riqueza es por sí sola elemento de felicidad para los pueblos, como no lo es tampoco para los individuos, ni a su consecución se pueden sacrificar otros bienes de orden superior. Colombia sería uno de los países más felices de la tierra, con sólo que nos diéramos cuenta de nuestra felicidad. [...] Veo un peligro serio en la impaciencia que se ha apoderado de algunos espíritus por que lleguemos de un salto a ser millonarios, a decuplicar nuestras rentas, a ver nuestro territorio cruzado por ferrocarriles, y a decuplicar también nuestra población trayendo los sobrantes de otras regiones. ¡Y todo esto para que seamos felices! ¡Para que no haya pobres! ¡Para que no haya desgraciados! ¡Como si la desgracia y el dolor no fueran en todas partes el lote de la humanidad, y le fuera dado al hombre suprimirlos en la tierra! Yo querría que muchos de nuestros conciudadanos fuesen a los grandes centros de la civilización, no a deslumbrarse con las exterioridades del lujo de unos pocos y la brillantez de las exposiciones, sino a penetrar algo en el fondo de aquellas sociedades, y nos dijeran si habían hallado la felicidad en el seno de aquellas multitudes encorvadas por el trabajo, hambreadas por las contribuciones, que sucumben por millares bajo la intemperie de los climas y desesperadas por emigrar. Yo las he visto de cerca durante años enteros, y puedo deciros que somos muy felices, que no cambiaría nuestro atraso por la prosperidad de ninguno de los países que he visitado. Cuando uno conoce el mundo, no puede, sin sonreír, oír al espíritu de partido hablar de nuestras desgracias y enumerar entre ellas las enormes contribuciones que pagamos 58.

Poema de Alfredo Tomás Ortega dedicado al señor Holguín en su libro Inmemoriam en 1896.

 

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Alfredo Gueñas, caricaturista, representa la cesión del poder de Núñez a Holguín (El Zancudo, Bogotá, 1890)

En otros términos, el secreto de la felicidad para Colombia consiste en vivir en conformidad con su ser profundo, que Holguín define así: un país atrasado pero modesto en sus ambiciones, agrícola pero contento de su suerte, y sobre todo piadosamente resignado. El programa nacionalista de Holguín, impregnado de la idea de la autenticidad nacional, rechaza tanto la importación anacrónica de una peligrosa modernidad social y política -“En las sociedades, como en la naturaleza, todas las precocidades extraordinarias son peligrosas, y todo lo anómalo es transitorio” 59- como el orgullo republicano, que seguramente asimila a una de esas precocidades extraordinarias, “[...] porque esto de pretender cuatro aprendices de aquí que son los gobiernos de Europa y América son unos infelices ignorantes retrógrados que deben venir a buscar en este rincón luz y experiencia, no merece ni risa” 60. Mientras Holguín se impone como el mayor importador decimonónico de normas europeas a Colombia, dibuja para la masa un camino más estrecho: aceptarse como un país agrícola, atrasado, modesto, resignado, religioso, y que vive en armonía con su ser profundo. La importación masiva de congregaciones religiosas europeas, la campaña del “Plebiscito Nacional” -la autoconsagración de los municipios y departamentos colombianos al Sagrado Corazón de Jesús, promovida por el Gobierno y la Iglesia en estos años 61- corresponden al mismo proyecto político. Completada y profundizada por Caro la obra ideológica de Holguín, la doctrina de la autenticidad nacional creada en los años de la Regeneración dominará la definición cultural de Colombia hasta bien entrado el siglo XX.

 

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Poema de Alfredo Tomás Ortega dedicado al señor Holguín en su libro Inmemorian en 1896.

Complementando el discurso de Núñez sobre la cohesión social, el discurso de Holguín se presenta, extrañamente, como la primera expresión de una ideología nacionalista dirigida hacia las masas. Forjada por las elites, esa ideología para el pueblo nace del proyecto de integración jerárquica de las masas en la pirámide social. En otros términos, obsesionado por la conservación de la estructura jerárquica de la sociedad, Holguín ratifica oficialmente una distinción que, aunque bien conocida, nunca se había expresado tan clara y públicamente como en su retórica: para las elites, el cosmopolitismo como fuente de inspiración y autoridad política; para el pueblo, el sentimiento nacional como fuente de cohesión social y de felicidad. La retórica del gobierno de Holguín imprime una marca absolutamente esencial, por su profundidad y su duración, al surgimiento de una definición nacional en Colombia: la creación artificial de este sentimiento nacional, caracterizada por una supuesta autenticidad, y justificado por su utilidad para mantener un orden social amenazado, aparece como un producto elaborado por las elites para consumo exclusivo del pueblo, como la última vertiente del proyecto regenerador.

CONCLUSIÓN

El estudio de la evolución de la retórica europeísta y nacionalista de esos tres paradigmáticos políticos que fueron José María Samper, Rafael Núñez y Carlos Holguín, entre los años 1860 y 1890, nos parece que aporta una luz nueva sobre el surgimiento de la ideología nacionalista en Colombia. Más que ninguna otra, estas tres inteligencias políticas supieron captar, formular y utilizar las representaciones dominantes en la sociedad de la época; supieron inclusive, en buena medida, crearlas. Contemporáneos, sus discursos dejan, sin embargo, aparecer estas inflexiones que conocen las ideologías en el tiempo breve de las coyunturas políticas. Los mismos elementos ideológicos, presentes en sus respectivos discursos en diferentes proporciones, y completados por rupturas y aceleraciones claramente visibles, dibujan el cauce recorrido por la naciente ideología nacional a través del cosmopolitismo intelectual de los círculos dirigentes de la época, antes de cuajarse, y por mucho tiempo, en el último decenio del siglo.

En muchos aspectos, el discurso dominante de José María Samper, en los años 1860, es un discurso de mediación cultural: una elite ilustrada, convencida de su legitimidad, se propone como explícita civilizadora de la sociedad, gracias a los modelos generados por la experiencia política de los países europeos. Encarnada en su versión liberal por Samper, esta doctrina tiene igualmente numerosos representantes en las filas conservadoras. El comienzo de la Regeneración, acompañado de un discurso de cosmopolitismo patriótico, propone un primer distanciamiento respecto de Europa. Ya no es la sencilla influencia de los modelos civilizadores que se invoca, sino el efecto de maduración, de desarrollo del patriotismo, de síntesis y de reflexión sobre los éxitos y los fracasos de la política europea que reivindica Núñez. El discurso de la autenticidad nacional, en ciernes en la retórica nuñista, cobrará toda su importancia en el discurso de Holguín. Volviendo a una referencia más inmediata a los modelos europeos útiles a su proyecto político -esencialmente los modelos de orden público-, Holguín compensa el cosmopolitismo de los gobernantes por un discurso oficial de autenticidad nacional, destinado a desempeñar en el pueblo un papel centrípeto de cohesión social.

Varios factores nos parece que explican esta evolución.

La diferenciación de las estrategias políticas, en primer lugar. Los gobiernos liberales habían fomentado, en cierta medida, la creación de un sentimiento nacional, basado en el orgullo republicano, el naciente culto a los héroes y la fe en el progreso material. Sin embargo, sus esfuerzos, bastante limitados, dejaban el campo abierto para una empresa mucho más sistemática y ambiciosa de “nacionalización” del pueblo. Los ideólogos de la Regeneración, en busca de signos de una clara ruptura política, iban a aprovechar esa oportunidad, pintando la era radical como un período de desaforada imitación de lo extranjero, y la nueva era que inauguraban como una vuelta a la esencia nacional de Colombia.

La modificación del sufragio aparece como otro importante factor explicativo: la ideología de ilustración del pueblo planteada por Samper en los años 1860 responde no solamente al sufragio universal masculino instaurado por la Constitución de 1853, sino, sobre todo, a la toma de conciencia de los liberales de que este régimen electoral, dada la influencia del clero en las elecciones, podía muy bien serles desfavorable, como había ocurrido en 1856: por lo tanto, la civilización del pueblo era más que nunca políticamente necesaria. Al contrario, la lógica de las capacidades que se advierte en Núñez y la difusión por Holguín de una ideología nacionalista para el pueblo, reflejos del sufragio restringido implantado a nivel nacional por la Regeneración, corresponden al objetivo de integración autoritaria de las masas, en cuanto sector de la población necesariamente dirigido.

Los progresos objetivamente realizados, entre los años 1860 y los años 1890, en la construcción de un Estado-nación, y el hecho de que los años fundadores se alejan en el tiempo, pueden también explicar que aparezca cada día más difícil referirse abiertamente a modelos foráneos. En eso, no hay reducción de la referencia a Europa -la tendencia importadora de los grupos dirigentes tiende, por el contrario, a aumentar-, pero sí hay una sofisticación cada vez mayor. La estrategia discursiva de la Regeneración, con el tema de la madurez adquirida en Europa, induce, efectivamente, a una posición mucho más compleja respecto a Europa que la retórica de los civilizadores de los años 1850 y 1860. El discurso de Holguín, explícitamente europeísta por un lado, es compensado por la difusión de una ideología nacionalista que lo contradice aparentemente.

Por fin, la evolución misma de las ideas nacionalistas europeas explica el camino recorrido en el proceso de creación de una ideología nacionalista. A los años 1850, marcados por las grandes ideas de renacimiento de las nacionalidades en Europa, correspondía una ola de nacionalismo de tinte liberal en el que la circulación cultural era reconocida como un factor favorable a la libertad y a la construcción de nuevas entidades políticas. La ideología del progreso era una ideología relativamente abierta, en la que la confianza en la virtud de las instituciones desempeñaba un papel determinante. No es asombroso que esta época aparezca en Colombia como el apogeo de la mediación cultural, tanto liberal como conservadora, como modo de constitución de la nación. Al final del siglo, el panorama de las ideas sobre la nación han cambiado mucho en Europa. El crecimiento de las tensiones nacionalistas, avivadas por la lucha por las constituciones de imperios coloniales en Asia y África, ha dado al pensamiento nacionalista europeo un carácter más cerrado, más exclusivo, más agresivo. El darwinismo, el racismo, los grandes mitos del carácter de los pueblos, que también entonces se difunden masivamente, conducen a los ideólogos nacionalistas a de1niciones estrechas y exclusivas de sus respectivas naciones. La mediación cultural, tanto en Europa como en América, es sacrificada como ideología dominante para dejar lugar a una búsqueda insaciable de autenticidad nacional. La ideología nacionalista elaborada por Núñez y Holguín, indudablemente, es un producto de esa corriente.

Explícitamente, la cohesión social que buscan implantar los gobiernos de la Regeneración se define por el apego a lo nacional -una identidad nacional definida por las elites regeneradoras- y un rechazo de lo extranjero que amenaza destruirlo. En realidad, esa representación engendrada y esparcida, en un gran esfuerzo de difusión popular, por la Regeneración, sirve para defender lo que las supuestas y denunciadas doctrinas extranjeras amenazan destruir, es decir, más que una identidad nacional que todavía queda por construir: la estructura jerárquica de la sociedad colombiana.

Esta empresa de catequización nacional y nacionalista emprendida a finales de siglo por un Estado considerablemente ayudado por la Iglesia revela una incontestable modernidad: de cierta forma, la Regeneración constituye, después de los intentos fracasados del medio siglo, uno de los primeros dispositivos políticos que, en Colombia, se dirigió hacia las masas, y quiso incluirlas en la vida nacional, aunque haya sido de forma autoritaria, dirigista y paternalista. La Regeneración responde, entre otras cosas, a una especie de anticipación, por parte de las elites, de la entrada de las masas en la política.  Temerosos de la explosión social que podría engendrar una irrupción brutal del pueblo en la política nacional, los dirigentes regeneradores juzgan preferible integrar a las masas mediante un proyecto dirigido y controlado.
La naturaleza del nacionalismo colombiano parece, entonces, determinada por su creación como una de las herramientas de esa empresa de integración autoritaria de las masas, decidida anticipadamente por las elites dirigentes, como el mejor antídoto a la revolución social.

Debelando la irrupción de las masas por varios decenios, el nacionalismo populista y autoritario que forjó y difundió la Regeneración para retardarla bien puede haber reforzado su esporádica violencia: pero más allá de la instrumentación política, las ambiguedades de las estrategias decimonónicas de legitimación, entre cosmopolitismo civilizador y nacionalismos autenticista, dan señas de haber marcado profundamente el discurso de la identidad en Colombia.