Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39. Volúmen XXXII. Editado en 1996
 

Del oro y la injusticia


El oro y la sangre
Juan José Hoyos
Editorial Planeta, Santafé de Bogotá, 1994, 301 págs.


El oro y la sangre es una crónica periodística. Cuenta la guerra fratricida -todas lo son-que desde 1975 se instala entre la comunidad indígena emberá en el departamento del Chocó. Durante 15 años sólo sabemos de sangre derramada, injusticia, destrucciones y hambre, todo en vano, producto de la fiebre alucinante del oro. Termino de leer este libro con dolor de estómago.

La historia es compleja; intervienen muchos factores que arman un nudo intrincado difícil de comprender. Oro, sierras, poder político, religión, antiguas venganzas sin resolver, envidias, ambición, ignorancia, y una sed insaciable de dar muerte al enemigo, al supuesto enemigo, su propio hermano emberá en la mayoría de los casos.

Nunca he entendido las guerras; ésta es otra guerra más que me quedo sin entender, por más que esté explicada en El oro y la sangre de Juan José Hoyos, premio Germán Arciniegas de periodismo, organizado por el Grupo Editorial Planeta. El texto es el producto de una investigación detallada sobre el conflicto, los movimientos y los móviles de este absurdo. Está dividido en dos partes, la primera de las cuales se llama “El Oro” y cuenta la historia desde la llegada de los españoles sedientos de oro, en busca de Dabaibe como El Dorado de la leyenda. Habla de la historia de las minas de oro y cómo se dan los cambios de dueños pasando por alto que esas tierras han pertenecido a la comunidad emberá desde siempre. Escribe un poco acerca de los indios, más de sus problemas de salud, hambre, educación y muerte que de sus vidas y costumbres. Habla de los trabajos de la misión claretiana instalada en Santa Ana de Aguasal y de sus párrocos, de las intervenciones durante el conflicto y de sus contradicciones como misioneros.

La segunda parte, “La Sangre” da cuenta de la guerra que esa búsqueda de El Dorado genera en la región. La típica violencia colombiana que, a pesar de los horrores narrados, nos es tan familiar. Las dos partes, “El Oro” y “La Sangre”, no están tan claramente separadas, como el oro y la sangre tampoco lo están en la historia de los cuatro mil emberás que alguna vez dijo un censo que habitaban las selvas del río Andágueda.

Al parecer, la guerra en el Chocó se remonta al siglo XVI, cuando los españoles llegan al territorio selvático en busca del oro de Dabaibe. Llegan atacando y torturando a los indios, para con ello obtener la información del lugar donde se encuentra el verdadero Dorado. Los indios se defienden atacándolos con lanzas, flechas, dardos envenenados y cerbatanas. Desde entonces el oro ha estado unido a la sangre y a la muerte. Los españoles consiguen entrar en la espesura, se apoderan de las minas, controlan las sierras, llevan esclavos negros desde Popayán y Anserma como mano de obra. En 1670 llegan los misioneros claretianos a evangelizar y a dominarlos. Instalan misiones en diferentes sitios y comienzan la labor de enseñanza de la doctrina de Cristo con métodos totalmente colonialistas, métodos que hasta hace pocos años todavía continuaban causando estragos en la cultura indígena.

Durante la guerra de los Mil Días llegan a Dabaibe blancos, colonos y mineros paisas y se asientan produciendo cambios. En 1927 dicen que la mina Morrón, en Río Colorado, pertenece a una sociedad de paisas explotadores; después, en los años cincuenta, se presenta un pleito y la mina se cierra durante quince años. En el 68 se establece un acuerdo amigable pero no queda consignado en escritura pública. En 1975 el indígena Aníbal Murillo encuentra una nueva mina cerca de la anterior. Aquí todos estos hechos se juntan para dar comienzo a una verdadera guerra entre indios y blancos, indios e indios, indios y policía o ejército, indios y guerrilleros. Guerra en la que a las mujeres sólo les queda correr con sus hijos a refugiarse. Es una historia de venganzas, odios, injusticias en medio de la ignorancia y la mezquindad.

Durante los quince años siguientes se suceden inútiles reuniones de paz con participación de los líderes de las comunidades, con representantes del gobierno nacional y de otras organizaciones privadas, donde se logran, en algunas ocasiones, acuerdos importantes que no siempre se cumplen o que al final sirven para nada. Vienen a continuación violentos ataques entre las comunidades, algunas veces con intervención del ejército o la policía, o de blancos que han estado cercanos a la historia de las minas, también asesinan a algunos de los jaibanás más viejos. Esta violencia que sin cesar ha arrasado los poblados, los cultivos, el ganado, la salud, la alegría y la fe, se extiende hasta 1990, cuando aparece un grupo guerrillero del Ejército Popular de Liberación que logra una nueva reunión de los gobernadores de cabildos y un fresco clima de calma en esta guerra que parece sin fin.

El texto, por la manera como está organizada la investigación, tiene páginas pesadas por el exceso de información densa y árida que lo convierte más en un expediente que en una crónica. Pierde la agilidad de la narración que logra en otros apartes del libro, como cuando intercala capítulos con testimonios de personajes que han vivido la guerra, los sacerdotes misioneros claretianos, los médicos o la maestra, o también aquel que narra en primera persona cuando el autor llega hasta la selva del río Andágueda formando parte de una de las tantas comisiones que fue, a “ver” el problema, o cuando introduce las anécdotas de los indios en plena fiebre del oro montando en avión o rumbeando en los prostíbulos hasta acabar con todo el dinero. Testimonios y capítulos que dan a la crónica otra dimensión más rica que el solo hecho de dar cuenta de reuniones frustradas y nuevos ataques cada vez más violentos.

El libro termina con una decena de páginas de cronología de la guerra del oro en el Alto de Andágueda, que puede ser muy útil para quien requiera esa información de manera ágil y ahorra al lector desprevenido entrar en la densidad de la información.

DORA CECILIA RAMÍREZ