Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39 . Volúmen XXXII. Editado en 1996
 

“La inocencia, como una estación de tren barrida por el viento”


La farmacia del Ángel
Juan Manuel Roca
Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1995, 95 págs.

No es gratuita ya la certeza de que en Colombia sea Juan Manuel Roca el poeta en el que con más claridad se evidencia el proceso de formación, o más bien, a estas alturas, el de depuración. Desde su primer libro de poemas -Memoria del agua- hasta este último -La farmacia del Ángel-, no es extraño encontrar en él casi los mismos temas, los mismos tópicos, las mismas creencias, los mismos símbolos. En efecto, Juan Manuel Roca pareciera repetirse en lo que no es más que un ejercicio sobre el que va asumiendo los cánones que le son propios. En sus creaciones, vistas en secuencia cronológica, queda la sensación -el lector podrá comprobarlo por sí mismo- de que cambiará tan sólo el objeto, aquellos rasgos distintivos que necesariamente tienen que separar a un libro de los demás. No en vano los preparativos de esta Farmacia del Ángel son (en equilibrada dosificación) una ajustada muestra de cada una de sus talladas obsesiones. Subsisten, por ejemplo, en su fondo, tal como si de ellos hubiese quedado marcado para siempre, los resentimientos que hicieron carrera en los años 70, de los que, por fortuna y en una actitud estrictamente libre, apenas queda para hoy la feliz sátira. Sin duda, de esta época permanece en Roca el ingenio en el dominio del llamado “arte de la coyuntura”, en la punzante capacidad de observar esgrimiendo. Por ello también sea la suya, considerando el modo en que la poesía se escribe, una literatura funcional que se adapta con facilidad (y fidelidad) a las necesidades y a la lengua de los oyentes. No hay mayor evidencia -aparte la madura distribución y pronunciación de sus textos- que la insidiosa presencia de “la voz característica”, la voz que surge de los estrados. En tal sentido, son variados los recursos de los que el poeta se sirve a fin de lograr su objetivo. Precisamente de éstos, y a partir, desde luego, de este libro que nos ocupa, quizá resulte apropiado hacer resaltar aquéllos que por su continuo empleo aparecen visibles. Es el caso de la contraposición, la que ni por asomo se ve reducida a simples retruécanos, presente a lo largo del libro, y que ayuda a la personalísima atmósfera que envuelve sus textos y los sostiene en un punto vacilante entre dos realidades: la conocida (la que nos es dada) y la ignorada, su opuesta (que intuimos, o, como bien lo hace Juan Manuel Roca, construimos). Un ejercicio de evasión de la realidad tangible para realzar su intangible, la que con obviedad está sujeta a una realidad poética:

De: Parábola de las manos, pág. 13:
“Hay una mano de luz que
                  /construye escaleras,
Una de sombra que afloja sus
                            /peldaños”.
De: Monólogo del que no conoce nada, pág. 14:
“Con las estrellas que desconozco Se podría dibujar un vasto
                                                                              /planisferio”.
De: Segunda muerte de Lázaro, pág. 16:
“¿No muero y nazco cada día, Cada vez que mi cuerpo entra O sale de los sueños?”
De: Relación de algunas habitantes, pág. 20:
“Haz que la sombra del disparo no
                                         /hiera La sombra del venado”.
De: Tempestad en un vaso de cristal, pág. 21:
“... De desmemoria es la tinta
Con la que se traza la palabra Eternidad...”.

 

No faltan tampoco, frente a las contraposiciones, sus opuestas, las sobreposiciones:

De: Mural de las máscaras, pág. 22:
“...un Ángel sin voz persiguiendo
                              /el silencio”.
De: Rapsodia de ausentes, pág. 36:
“...del incendio salvar sólo
                                    /el agua”.
De: Otra canción de la mujer que lava el agua, pág. 51:
“De tiempo en tiempo, al menor
                                  /descuido,
Me visita la mujer que lava 
                                    /el agua”.
De: Epitafio del aguafiestas, pág. 56:
“El que nombraba el maguey en
                  /casa del ahorcado”.
De: Distrito de los bares, pág. 63:
“...un hombre manco que trabaja a
                                  /destajo”.

Otro procedimiento, inconsciente o no, parece ser el de fijar las imágenes en una realidad pictórica (no sólo aludiendo directamente a pintores; en este libro, entre otros, a Guadalupe Posada, Chagall, Munch, o Van Gogh) sino levantando también, igual que si levantara un lienzo, sus plásticas escenas. En este aspecto, Roca parece haber vivido sus experiencias como quien, alucinado, entra a un cuadro y desde allí las dice:

De: El Ángel sitiado, pág. 25:
“... La inocencia, como una
                           /estación de tren
barrida por el viento...”.
De: La soledad del guardafaros, pág. 64:
“En la sonora noche que despierta
Los órganos del mar o sus
                               /trombones,
Los grandes trasatlánticos
                              /encendidos
Como una ciudad entre la niebla
Parten en dos labios las aguas
                              /procelosas”.

No escasean, en cuanto misteriosos, los habitantes de la historia, a los que Roca se acerca por el costado de su enigma: la segunda muerte de Lázaro, lo que vio la mujer de Lot, el cartero de Van Gogh o el lápiz mordisqueado de Rimbaud. Ni faltan tampoco los símbolos que singularizan su poesía: los espejos, el sueño, el amor, la patria, la infancia... Con todo, no es sólo por las calidades formales, que Juan Manuel Roca atrae a sus lectores, sino también por los argumentos y temas que maneja.

GUILLERMO LINERO