Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 39 . Volúmen XXXII. Editado en 1996
 

El hechizo de la miseria


Mateo solo
Evelio Rosero Diago
Cooperativa Editorial Magisterio,
Santafé de Bogotá, 1995, 75 págs.

I

Mateo solo es la desgracia de un niño de diez años en una casa encantada; malamente encantada, pues no hay varitas mágicas de hadas ni duendes salvadores.

En efecto, se diría que esa casa donde ocurre la historia, cuyas paredes parecen “un hielo largo de color azul”, es víctima de un hechizo: allí, con Mateo, habitan una tía “mala” (la tía Cecilia) que semeja una bruja (su rostro “es huesudo y alargado, lleno de manchas, sobre un cuello también largo, con muchos lunares...”); una criada jorobada y burlona, Pastora (que al final también resulta siendo una tía); una hermana adolescente, con la cabeza rapada, que es presa de la locura y, por último, una abuela enferma (con un inmenso tumor en el pecho), la persona más lúcida de la casa, pero que es, a la vez, el símbolo mayor de la impotencia.

Ese ambiente de pesadilla, propio de la casa, es víctima, como se venía diciendo, de un hechizo: el hechizo de la miseria.

II

El argumento de Mateo solo, centrado en un episodio al cual convergen varias retrospecciones, conforma, entonces, una historia de miseria y desolación:

Mateo y su media hermana adolescente son enviados a una ciudad donde siempre llueve y hace frío (otra vez la ciudad gris y enemistosa a la que en algún momento acuden los personajes principales de nuestra más importante tradición novelística, a saber: María, La vorágine, Cien años de soledad). Los envía una madre bonita, con la promesa de que en dicha ciudad estarán mejor.

Pronto nos enteramos, sin embargo, de que la madre de Mateo ejerce “el oficio más viejo del mundo”, como reza el dicho popular y que en realidad lo que ha hecho es desembarazarse de su responsabilidad. Ella, la madre, es de alguna manera esa hada ausente de la novela porque nunca asume el papel soñado por el niño.

Mateo y su hermana llegan a una casa de paredes frías, a un infierno frío, digamos, porque de ahí en adelante comienzan a pagar el castigo, a sufrir por deudas contraídas por sus mayores: los niños, que a lo mejor soñaban con la casita de chocolate del cuento, caen en realidad en manos de la bruja: de la tía Cecilia que, luego sabremos, también tiene sus razones para desempeñar su papel: la tía es la encargada de la manutención de la abuela y de Pastora y, por si esto fuera poco para su mísero sueldo de empleada de un banco, arriban nuevas bocas a su casa. La tía, por lo demás, termina pensionándose y ve, al mismo tiempo, caer su sueldo y elevarse los gastos del hogar. Así vemos que el motivo desencadenante de la locura que se va adueñando de todos en la casa es la escasez de recursos económicos.

III

Mateo está solo. Tiene hambre.

Hay un episodio de la novela que hace hincapié en esa hambre: Pastora, la tía jorobada, es la encargada de la cocina. En algún momento ella y el niño se hacen amigos, y llegan a la complicidad de esperar a que todos duerman para cocer media taza de arroz y devorarlo en silencio. Es doloroso este episodio, descrito con crudeza. Uno recuerda tal vez la miseria en la casa del coronel que espera su pensión: los hechos son semejantes, el coronel raspa la olla del café y pone a hervir piedras; Mateo y Pastora devoran media taza de arroz blanco con las manos: no usan cubiertos para no despertar a los otros personajes.

IV

Pero, no obstante lo anterior, existe una diferencia notable en relación con el autor de Cien años de soledad: en Mateo solo no hay realismo mágico, sino un realismo horroroso. El humor de esta novela es más bien de un matiz negro. No hay cabida a la inocencia: Mateo es un niño-adulto, lo cual no significa que esté mal concebido como personaje; por el contrario, la lucidez de Mateo y el hecho de que la novela se organice desde su voz (puesto que todos los discursos son catalizados por su voz) nos dicen mucho sobre su sentido: esta novela le dice adiós a la inocencia, a los niños. Y es que, en un ambiente tan miserable como en el que se desarrollan los hechos, los niños, por mera ley de subsistencia, deben madurar antes de tiempo. Por eso no es raro el hecho de que Mateo acuda con sus compañeros al cine de hombres y ni siquiera se inmute ante las escenas pornográficas: a diferencia de Camacho y de José Luis, ya él conoce lo que las mujeres tienen entre las piernas.

V

A pesar de tratar con crudeza el tema de la miseria, Evelio Rosero logra conciliarlo con un tono poético sosegado. Toda la novela se mantiene en un ritmo más bien suave y pausado, acompañado de imágenes sobrias. Sin hiperbolizaciones, porque los ensueños de Mateo son, con todo, los propios de un niño que, como él admite, ha leído a Simbad el Marino. La imaginación en manos de los niños, personajes preferidos por Rosero en sus novelas (los niños también son los protagonistas de las otras novelas, El incendiado y Juliana los mira, que conforman una trilogía con Mateo solo), la imaginación en manos de los niños, repito, no es hiperbolización. Lo otro, la lucidez de Mateo, así como su monólogo y su soledad, sí pueden constituir algo raro, pero no en este ambiente aciago. Raro, sí, pero, sobre todo, triste.

ANTONIO SILVERA ARENAS