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En
Colombia es un mérito que un cuento sea legible
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Cuentos colombianos. Antología
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José Félix Fuenmayor, Hernando
Téllez,
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Álvaro Cepeda Samudio, Eduardo
Caballero Calderón,
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Manuel Mejía Vallejo, Roberto Burgos Cantor
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Alfaguara, Santafé de Bogotá, 1995, 117
págs.
La historia del cuento colombiano, a
pesar de las apariencias, es ya bastante larga. Sin necesidad de precipitarnos en el
abismo poco confiable de los relatos míticos precolombinos, encontramos ejemplos muy
refinados de cuentos -a la manera occidental- ya en el siglo XVII, en
Rodríguez Freyle (Los relatos de Juana García o de Inés de Hinojosa son buenos
ejemplos) o en El descenso de Pedro Porter a los infiernos, extraño y poco
conocido texto inserto en El desierto prodigioso o Prodigio del desierto,
de Pedro de Solís y Valenzuela, del que algunos historiadores sospechan, y con sobradas
razones, que se trata de una historia ya conocida posiblemente desde el medievo, sin que
hasta ahora nadie, que yo sepa, haya logrado precisar su fuente original. Pero esto no
rebaja sus méritos, más aún si recordamos que las leyendas y las tradiciones locales
constituyen una de las inagotables fuentes de la literatura fantástica. He encontrado una
variante muy interesante del mismo relato del hombre que baja a los infiernos en busca de
una información, crucial para él, que alguien se ha llevado a la tumba, en un relato de
Walter Scott que se titula Willie el
vagabundo (1824), trasunto a su vez
de alguna leyenda escocesa. Dejo el dato a los investigadores y prosigo.
El cuento de Valenzuela prefigura con
extraña anticipación el relato de Carrasquilla En la
diestra de Dios Padre
(1897), sobre todo en ese extraño regodeo nuestro por lo dantesco, violento y
terrorífico y, en este caso en particular, por la descripción minuciosa de los suplicios
infernales, que podemos encontrar también, en el fresco contemporáneo, aunque no menos
horroroso, de la iglesia de la Compañía de Jesús en Quito.
Quiero decir que desde siempre el cuento
colombiano ha sido violento, que desde siempre ha versado sobre el fenómeno de la Violencia.
Lo anterior para hacer resaltar que esta nueva y muy breve antología no solamente no
elude el tema sino que resulta especialmente pródiga en él.
En el prólogo, Conrado Zuluaga advierte
que la pretensión de esta selección es, antes que nada, abrirle al lector las puertas al
mundo de seis escritores, a los que califica como autores representativos de nuestro
quehacer literario y cultural. Luego añade que ella ha sido concebida como
una iniciación, como un primer paso.
Admitiendo la muy valedera intención de
la recopilación, que por cierto explica exclusiones muy obvias, como la de García
Márquez (¿o la de Mutis?), aunque no explica el por qué todos los cuentos sean
contemporáneos, el propósito de esta reseña es, antes que nada, suministrar al lector
alguna información en caso de que quiera dar ese probable segundo paso, si es que algún
cuento le gustó, cosa que Alfaguara olvidó hacer, pues supongo que el lector que se
acerca a este libro será, en la mayoría de los casos, un neófito, un simple curioso que
va en busca de aventura tras el prestigio de una editorial foránea, y que puede incluso
ser un lector foráneo. Por desgracia, el libro no nos da un solo dato bibliográfico
sobre los autores.
La obra de José Félix Fuenmayor se
reduce a un solo libro de cuentos, La muerte en la
calle, reeditada en
1993 con prólogo de García Márquez. Español de nacimiento, emigró a Barranquilla.
Navegaba en un remanso de sabiduría que le permitía ver el lado distinto de las
cosas, cuenta García Márquez. Como tantos otros autores de algún mérito, su obra
permanecería en la clandestinidad si no fuera por la cercanía de su hijo Alfonso con el
premio Nobel colombiano. La atmósfera de estos cuentos es como abrir al azar un
álbum de retratos de niños, con pantalones cortos y lazos de primera comunión. La
historia de la génesis del mejor de sus cuentos nos recuerda mucho la de Casa tomada
de Cortázar, sólo que en aquella ocasión el mecenas fue Borges. Cuenta el Nobel
colombiano:
El primer cuento suyo que leí fue
el primero que acabo de releer: La muerte en la calle. José Félix llevó el
original al café para que lo publicáramos en un semanario aventurado que dirigía su
hijo Alfonso, y del cual yo era jefe de redacción. Estaba narrado en primera persona por
un protagonista que sin duda iba a morir al final, y desde el título fue evidente que
tenía una falla estructural insalvable: el narrador no pudo tener bastante tiempo para
escribir el cuento que estaba contando. Se lo hice notar a José Félix, con la
pedantería propia de un principiante intoxicado por la teoría, y él se encogió de
hombros y me dio una lección feliz:
'Lo escribió después de muerto' .
Muerte en la calle tiene una
rara virtud. El narrador es un mendigo, un hombre colocado a una gran distancia social e
intelectual del escritor. Hay algo evidente en este cuento: Fuenmayor sabía narrar. En
esto, es válida la comparación que hace García Márquez con Rulfo. No obstante, y a
pesar de los esfuerzos que hace Gabito por mostrarlo como una joya de nuestras letras, el
cuento, siendo bueno, no es tampoco una obra maestra. Por lo demás, el resto de cuentos
del mismo libro no guarda la misma calidad del primero.
El cuento de Hernando Téllez
(1908-1966), Espuma y nada más, proviene de Cenizas para
el viento
y otras historias (1950), escrito desde lo más profundo de la primera
violencia colombiana. El lector interesado encontrará un lúcido prólogo de Marta
Traba en la edición chilena de 1969 y una iluminadora reseña del recordado Germán
Vargas en el número 5 de este mismo Boletín Cultural y Bibliográfico (1985), en el cual
sostiene que en Téllez hubo más un gran ensayista que un aceptable cuentista. También
puede consultarse la hermosa página, para mí la mejor que se ha escrito sobre Téllez,
del prólogo de Cobo Borda (Textos
no recogidos en libro, Colcultura,
1979), que por cierto omite toda referencia a sus cuentos. Frustrado autor de ficción,
Téllez pensó toda su vida escribir una gran novela acerca de tres o cuatro generaciones
de una familia antioqueña, como nos cuenta Alberto Lleras. Creo que lo hizo más por un
pudor a la manera de Juan Rulfo que por falta de capacidades; recordemos que en alguna
ocasión Téllez le dijo a Próspero Morales Pradilla: O se escribe como Dostoievski
o no se escribe, frase tras la cual nos privamos casi por completo de dos buenos
prosistas.
No obstante, los cuentos de Téllez
suelen ser huéspedes de la mayor parte de las antologías, desde la de Andrés Holguín
hasta la de Pachón Padilla y, si bien nadie parece aceptarlos en conjunto, no deja de ser
curioso que para Andrés Holguín sea ejemplar el caso de Sangre en los jazmines,
que parece más apropiado para una antología del horror que para una de cuentos
colombianos, o que para Germán Vargas Genoveva me espera
siempre sea
uno de los más hermosos que registra la cuentística nacional, o que Conrado
Zuluaga, a quien, salvo aclaración en contra, se debe la presente antología, haya
escogido para este volumen Espuma y nada más, acaso el mejor de la serie. Una
lectura atenta muestra que los tres cuentos mencionados tienen sus méritos propios y se
desarrollan en medio de una atmósfera de suspenso y del profundo terror del monte, tanto
desde el punto de vista del guerrillero como del soldado. Por lo demás están muy bien
escritos. Este cuento de Téllez nos recuerda casi de inmediato a Un día de estos,
el breve relato del dolor de muelas del alcalde en Los funerales de la Mamá Grande,
que por cierto es doce años posterior al de Téllez. En éste, el héroe es un barbero
infiltrado que tiene que afeitar al capitán y vacila a la hora de asesinarlo con la
navaja barbera.
Si bien la obra cuentística de Álvaro
Cepeda Samudio, aquel costeño de risa francota y hablar desenfadado a quien alcanzó la
muerte en la flor de la edad, responde -como la de García Márquez- a la misma
influencia del Hemingway de Los asesinos, tiene cuentos mucho mejores que el
aquí incluido, Todos estábamos a la espera (1954), en el volumen Los
cuentos
de Juana.
La obra múltiple de Eduardo Caballero
Calderón alcanza, a mi modo de ver, sus dos más grandes cimas en esa pequeña obra
maestra sobre la violencia que es El cristo de espaldas (1952), y en El buen
salvaje (1966), preludio parisino de la historia de una desintegración física y
moral que sería llevada a la magnificencia por su hijo Antonio Caballero en Sin
remedio
(1984). Como cuentista, Caballero Calderón brilló en un género bastante raro en
Colombia: el del cuento histórico infantil. Recuerdo en especial la historia de El
niño soldado y uno sobre la infancia de Teresa de Ávila. La presente antología nos
regala ¿Por qué mató
el zapatero?, una buena muestra de sus cuentos
para adultos.
Sabemos que Conrado Zuluaga posee en alto
grado un sentido estético, pero los dos últimos cuentos de esta serie resultan
notablemente pobres al lado de los demás. Se trata de Al pie de la ciudad (1955)
de Manuel Mejía Vallejo, ambientado, como el de Fuenmayor, entre la hez de la sociedad,
los pescadores de desperdicios. Parece incluido en este volumen como para hacer resaltar
el contraste con el primero de la serie. En mi opinión, es indudable que Mejía Vallejo
tiene muchos cuentos superiores a éste, aunque después de una cima temprana con otra
obra maestra sobre la violencia, El día señalado (1964), por momentos la de
Manuel Mejía Vallejo parece ser una carrera en sostenido pero firme descenso.
Lo único interesante del cuento del
cartagenero Roberto Burgos Cantor (n. en 1948) parece ser el título, Estas frases de
amor que se repiten tanto, del volumen Lo amador (1980). Entiendo que Burgos
cantor ha sido aclamado como uno de los buenos valores de las últimas generaciones. A
juzgar por este cuento, no solamente queda en deuda, sino que tendrá que hacer muchos
esfuerzos para descontar el tiempo que perdió frente al lote puntero.
La reiteración de que José Raquel (¿el
protagonista?) es negro nos hace sospechar que el cuento tiene algo que ver con el
asesinato, en los años setenta, del líder sindical José Raquel Mercado, por parte del
M-19.
Este cuento es una muestra más de que en
Colombia es ya un mérito que un cuento sea legible.
LUIS H. ARISTIZÁBAL
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