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En el umbral de
la Parca
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El pasajero Walter Benjamin
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Ricardo Cano Gaviria
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Monte Ávila Editores Latinoamericana, Caracas, 1993, 146
págs.
La idea de recrear literariamente los últimos días
de un personaje célebre tiene antecedentes ilustres en las obras de Thomas de Quincey
sobre Emmanuel Kant, en los pasos sobre las postreras huellas de Bolívar recorridos por
García Márquez, o en La muerte de Virgilio de Hermann Broch, para mencionar sólo
algunos de los ejemplos más conspicuos. El propósito de Ricardo Cano Gaviria de
reconstruir las últimas jornadas terrenales del escritor alemán Walter Benjamin, puede
entrar con pleno derecho a esta galería de obras con sobrados méritos.
En el umbral de la novela nos sorprende esta pregunta:
"¿Puede un filósofo alemán, prototipo del antihéroe, convertirse en el trance de
su muerte en protagonista de una novela?". La respuesta la provee el mismo autor
cuando afirma que la narración que da cuenta del hecho da prioridad a la anécdota y a
las circunstancias que precipitaron el fin del filósofo berlinés antes que tratar de
reconstruir el proceso mental que pueda llevar a una persona a disponer de su fin por mano
propia. La prelación de la anécdota emparienta la intención del novelista con el estilo
alegórico peculiar del pensamiento benjaminiano, que gozaba de una capacidad fuera de lo
común para divisar en la experiencia concreta del mundo los límites extremos de lo
pensable. Su editor y amigo Theodor W. Adorno describió así su singular destreza:
"Lo característico de Benjamin, también desde el punto de vista teórico, es que en
él el vigor filosófico abarca objetos no filosóficos, incluso materiales aparentemente
ciegos y desprovistos de intención. Casi podría decirse que se mostraba tanto más
luminoso cuanto menos correspondía a los llamados objetos oficiales de la filosofía
aquello de lo que hablaba". Esta afinidad estilística entre el novelista y su
personaje es un primer aspecto de empatía que encontramos en el manejo de la narración:
capítulos cortos precedidos de citas -tratamiento más propio del ensayo- también ponen
de presente las constelaciones vivas del pensamiento y de la escritura benjaminiana:
Kafka, Baudelaire, Flaubert, Hoffmansthal, Brecht, Shakespeare, el Talmud, M´rike, La
Rochefoucault, que están indicando, además, su pasión por las citas... "para él,
el tránsito por la existencia se daba como un largo paseo por un infinito Pasaje decorado
sólo de citas, hermosas y multicolores colecciones de citas expuestas como bibelots
tras las vitrinas, y por eso era que a veces actuaba como si estuviera muy poco dispuesto
a dudar de que, en virtud de su aureola mágica, una cita sobre la esperanza pudiera
realmente infundir esperanza" (pág. 15). Como la de Goethe, que le socorre en el
trance con la policía fronteriza al tenor de que "la esperanza sólo nos ha sido
dada para los desesperanzados", a pesar de que su arsenal de citas también
conservara la sentencia kafkiana de que "Hay infinita esperanza, pero no para
nosotros".
Acaso no sea un azar el que la muerte de Benjamin ocurriera
en un puesto fronterizo, él, tan dado a cruzar fronteras, a atravesar umbrales, pasajero
del tiempo y del espacio. Porque, de hecho, la existencia de un límite conlleva el deseo
de cruzarlo, de alcanzar el ámbito del más allá que amplía su horizonte. Sus años de
cruzar fronteras entre disciplinas científicas, entre clases sociales, entre la
tradición judía y la alemana, su tenaz permanencia en la frontera que separa el arte y
el pensamiento alemán del francés y su proximidad a los linderos del pensamiento y de la
experiencia lo habían convertido en un experto en el cruce de fronteras, pero al mismo
tiempo no lo habían hecho inmune al acecho de los enemigos del paso libre y del mundo
reconciliado. En la movilidad peligrosa por entre pasajes, umbrales y fronteras fincó
Benjamin su principio de libertad intelectual. Recordemos de paso que fue él mismo quien
teorizó sobre el flaneur, ese paseante experto en el arte de perderse entre lo
conocido para iluminar en el hallazgo de lo cotidiano la aventura del encuentro de lo otro
en el reino de lo mismo.
De ahí se deriva su condición misma de marginal, dada su
intención de colocarse más allá, o más acá, de las situaciones conocidas. Sólo en la
acción de cruzar "el umbral de la propia clase" veía surgir Benjamin una
ganancia de conocimientos acerca del modo de funcionamiento de los órdenes políticos y
del pensamiento. Esto es, que la verdadera penetración intelectual de las cosas sólo la
alcanza quien ha logrado neutralizar su pertenencia a un grupo o a una clase. Con esto
define Benjamin la condición del intelectual como un desclasado al que su soledad,
requisito de su libertad espiritual, condena al aislamiento y a la marginalidad. Y es en
esta situación como lo aborda Cano Gaviria en su intento de cruzar la frontera
franco-española, procedente de París y rumbo a Lisboa, para tomar un barco hacia la
libertad que representaba Norteamérica en esas circunstancias. Con su cartera negra de
cuero llena de manuscritos como único bien, nos lo muestra Cano Gaviria en el trance de
ponerse fuera del cerco nazi. Pero en este punto le sale al paso otro de sus motivos de
frustración, el hado hostil al que los alemanes han dado en llamar "el
jorobadito", quien le tuerce el destino a sus elegidos, y del cual Benjamin era
asidua víctima, merced a sus rasgos de carácter.
Una circunstancia bien curiosa es la que impide que el
grupo entre el que viaja Benjamin no obtenga el permiso para cruzar la frontera. Tan sólo
por pocos días estuvo en vigencia la orden que prohibía el cruce, y en ese lapso teme
Benjamin caer en manos nazis. A esta adversidad hay que agregarle otra de índole física
que enfatiza el novelista, que se expresa en el malestar estomacal que aqueja al escritor
en sus últimas horas. Apremiado por la fatiga que le produce el arduo ascenso a la
montaña (¡Hay Pirineos!) Benjamin toma agua de un pozo estancado, contra todas la
advertencias de sus compañeros. A la tarde lo atacan unos fuertes cólicos, frente a los
cuales sólo pueden las pastillas de morfina que lleva en su maleta. Su precaria salud se
ve así minada por el dolor que impulsa hacia los límites su capacidad de resistencia. En
este estado va a pasar su última noche en el Hotel Internacional,
de Port-Bou.
Esta larga jornada hacia la noche, en la narración de Ricardo Cano será el motivo para
mirar atrás tratando de entender el camino recorrido.
El desapego que la noche obra sobre el escritor lo indica
el narrador en escenas logradas, como la relación que encuentra el personaje con sus
pocas cosas: los zapatos, la cartera, los anteojos. Estos vínculos materiales con la vida
y el mundo humano poco a poco van perdiendo peso en la atención del filósofo. La
preocupación por sus manuscritos nos recuerda la del Virgilio moribundo por el manuscrito
de la Eneida, tal como nos lo presenta Broch en el trance de la desmaterialización
de los elementos. A este propósito hay, a lo largo del relato, un leitmotiv que
preocupa al protagonista: encontrar un buen tema para un cuadro. Así, cada situación es
analizada desde una sensibilidad estética, suerte de distancia que salva al sujeto de la
perentoriedad de la circunstancia. Estando en su lecho, solo, Benjamin encuentra el beau-sujet
en sus propias humildes pertenencias: "naturaleza muerta con zapatos, con zapatos
y hombre cansado", frase que lleva implícito un guiño al bueno de Vincent van Gogh
y su pintura de zapatos sobre una silla.
La noche salpicada de insomnio por el malestar del cuerpo
también le permite al traductor de Proust, quien era consciente de "que ya somos muy
pobres en experiencias de umbral" -uno de cuyos últimos refugios lo constituyen los
actos de "dormirse" y de "despertarse"-, le permite observar con
lucidez que en el punto en que se encuentra "ya no es posible salvarse a ningún
lado...". Para el melancólico, entonces, para el sujeto de los protocolos sobre el
hachís en Marsella, la situación está planteada: "Nadie tiene potestad sobre un
cadáver". El paso es entonces hacia la nada, hacia esa dimensión desconocida de la
existencia, si es que eso es algo designable. Y a diferencia de ese pequeño histérico de
Marcel, a quien el solo calor de los labios maternos bastaba para conciliar el sueño,
para el adulto solitario del hotelito de frontera era necesario, además, el beso amargo
de las pastillas de morfina para volver a visitar el paraíso de la infancia berlinesa,
perdida en el cruce de siglos. El alivio de la muerte consentida por el hombre sin
esperanza la presenta el narrador como el último viaje emprendido por el filósofo
"con la alegría de quien constata que, a pesar de todos los contratiempos surgidos,
no ha llegado tarde a la cita" , y quien hasta el término de su jornada llevó
puestas sus espesas gafas de miope, como buscando definir los perfiles del mundo que
dejaba y los nuevos que aún le pudiera deparar el final.
Con la muerte que narra, Cano Gaviria recupera el
"sentido de vida" del escritor que en cada una de sus obras, muchas de ellas
póstumas, inauguró un género literario. La invitación a la lectura de la novela del
colombiano es a la vez un convite al conocimiento de la obra de uno de los escritores más
fascinantes e inquietantes de nuestro siglo moribundo.
RICARDO RODRÍGUEZ MORALES
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