Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 40. Volúmen XXXII. Editado en 1997
 

Los últimos cuentos de Moreno-Durán


Cartas en el asunto
R. H. Moreno-Durán
Seix Barral/Biblioteca Breve, Santafé de Bogotá, 1995, 132 págs.


B408.jpg (15611 bytes)Cuando a Joyce le preguntaron sobre alguno de los avatares públicos de su país, pudo responder así: "No me moleste con política; a mí sólo me interesa el estilo". El estado presente y desamparado de nuestras letras -pletórico de Darío Ángel, de Rafael Chaparro, de Adelaida Nieto- haría pensar que la política fascina como nunca a los creadores; las páginas de los nuevos prosistas albergan tantas cacofonías que se precisa valentía y sordera para recorrerlas, y empujan al lector a los territorios menos extraños de otras generaciones. Por eso, es curioso que el último libro de ficciones de Moreno-Durán haya sido recibido en relativo silencio por la crítica. Montserrat Ordónez ejerció una proverbial miopía en el Magazín Dominical (núm. 616, pág. 11); poca cosa se ha encontrado en otras publicaciones.

Seis relatos construidos con cuidado forman el libro. Para el efecto singular que logran se valen de una arquitectura aceptable y de una prosa límpida, que, como la de Durrell, nos sorprende menos por novedades tipográficas o arbitrariedades sintácticas que por su precisión milimétrica y su manejo generoso del idioma. Los precede un prólogo que creo, salvo el párrafo que lo cierra, innecesario: funciona a la manera de las oberturas, entregando misivas de información que los relatos desarrollan posteriormente. Es, por parte de Moreno-Durán, una invitación paternalista y demasiado pródiga al explicar sus intenciones; es, desgraciadamente, un instrumento necesario que los textos de calidad deben entregar (nos hemos acostumbrado a ello) al perezoso lector colombiano. Porque lo que sigue a la obertura es maravillosamente ambiguo, porque la respuesta está apenas sugerida en algunos casos y en los demás negada de plano: Moreno-Durán se enfrenta al lector y lo enfrenta al reto de la participación y de la propia búsqueda; no quiere enfermarse de obviedad; evita, lo decía Baudrillard, la explosión de la información junto con la implosión del significado; escribe con la esperanza de que el lector sea más inteligente que el autor, de que conozca aquello que éste apenas parece intuir, y bien logra lo que pretende, particularmente en dos relatos: Epístola final sobre los cuáqueros y El azar en la manga del tahúr; éste último, superior a todos y que se llamó en alguna oportunidad Los pronombres de la luna, navega sin equivocarse por las tres personas narrativas del singular y entrega al cabo un cuadro completo y cerrado. El extraño caso de Sofía Parkinson, primero de los relatos, cesa en una apertura todavía incómoda; los demás son tan concretos como El azar...; uno es más feliz que el siguiente, pero todos presentan esas dos satisfacciones: la ambiguedad reticente y el estilo trabajado. Entre ellos, Nuestra señora de Lourdes ha sido incluido en una reciente antología del cuento colombiano. La publicación es de la Universidad Autónoma de México.

En Cartas en el asunto he leído a un narrador seguro, perspicaz y amoral (como conviene a la literatura), de aquéllos que llegan a confundirse con su obra: sus textos están siempre atravesados, pues, por las mismas obsesiones: la sátira implacable, el humor y la ironía, la situación irredenta de personajes que son, como el hombre que describió Gerald Heard, constantemente sexuales y perpetuamente promiscuos. En lo sexual son víctimas de la perversión; en su promiscuidad, del tedio. Moreno-Durán los pone a hablar con la crueldad de Virgilio Piñera, sin respeto por ellos pero con simpatía, y poco hace para evitar que desemboquen en el mismo objeto de casi todas sus metáforas, que acaso sea el objeto de todas las metáforas: el cuerpo femenino.

Pero estos temas, aunque inagotables, son ya conocidos. Hablar de ellos es un riesgo de la tautología y del lugar común. En cambio, creo encontrar en esta colección un sutil y menospreciado aporte técnico que pasó desapercibido a Ordónez. En la nota a su comentario, se propone "averiguar por qué los títulos de los relatos de Cartas en el asunto sólo aparecen en el índice y no se repiten al comienzo de cada texto, lo que dificulta la lectura, y crea expectativas de una continuidad que no se cumple a cabalidad". Ignoro qué tipo de continuidad es la que busca la reseñista: los relatos de Moreno-Durán son -tenían que serlo- organismos cerrados y acabados en sí mismos. Sin embargo, existe una línea subyacente y común a todos que, más que pretender unidad temática en la colección (como sucede, por ejemplo, con los Dubliners de Joyce), quiere proponer una realidad total, un cuadro más grande que contiene los relatos sin absorberlos. Por eso los personajes andan con asombrosa libertad entre los textos: por eso Ximena Ibáñez, protagonista del segundo, es evocada en el primero; Lorena Camargo, mencionada en el cuarto, es desarrollada en el último; y el narrador del tercero es conocido por casi todos los demás. (Existe inclusive, en el quinto relato, una referencia a Los felinos del canciller). Por eso, en fin, los relatos carecen de título dentro del cuerpo de la obra: son las cartas que Moreno-Durán le pide al lector barajar y cortar como quiera: son los capítulos de una historia mayor, legibles en cualquiera y en todos los sentidos. Me gusta pensar que Asumir la muerte contraria (sexto relato) contenga fortísimos llamados a los personajes y la situación de El extraño caso de Sofía Parkinson (primer relato), entregando al lector nuevos elementos para elegir alguna respuesta. Me gusta pensar en la redondez final que eso otorgaría al libro. Cada lector encuentra siempre fórmulas en las que el autor ni siquiera había reparado.

La agradable edición de Seix Barral acentúa erróneamente algunas palabras (dále, dés, díme) y omite la acentuación en algunos pronombres que la requieren (tengo presente aquella, pág. 128). En cambio, escapa al doble espacio después de punto y aparte, nociva costumbre de Editorial Planeta que hace que una página de mucho diálogo parezca un soneto mal impreso. Al cabo de ello, resulta que Cartas en el asunto es un libro arriesgado, de virtudes técnicas y estilísticas y de grata lectura. En él Moreno-Durán permanece fiel a sus convicciones cosmopolitas -la Bogotá que visitamos es esta ciudad y es otras, la Barcelona y el París de Metropolitanas-, a su apego al humor -su manejo satírico de los nombres recuerda a Gutiérrez Girardot- y a su afición simple, su eterno gusto por el oficio viejo de contar un cuento.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ