Boletín Cultural y Bibliográfico . Número 40. Volúmen XXXII. Editado en 1997
 

Los pasos perdidos de Ernesto Volkening*
 

JUAN GUILLERMO GÓMEZ GARCÍA
Trabajo fotográfico: Mauricio A. Osorio

A don Rafael Neira


Ernesto Volkening frente a su máquina de escribir (Cromos)
 

                                        I

EL ABOGADO RENANO -con estudios de derecho en las universidades de Hamburgo, Francfort, Berlín, Heidelberg y Erlangen- Ernesto Volkening (1908-1983), que había llegado a Colombia en 1934, al iniciarse el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo, cumplió durante su larga estancia en el país hasta su muerte un papel que no es difícil calificar de modesto. Pues, si bien no se sumó al carnaval de los profetas de todas las tendencias que empezaron a hacer su agosto ideológico en la profunda crisis que se vivió en los decenios posteriores a su llegada -basta pensar en los poco recomendables Viktor Frankl y Alfredo Trendall-, lo cierto es que Volkening prefirió mantenerse al margen de la formación institucional de la vida académica del país -que fue el caso contrario de su compatriota el notable geógrafo Ernesto Guhl, autor de la obra estándar Colombia: bosquejo de su geografía tropical (1975)- y permaneció muy alejado del escenario crítico-cultural que animaría un poco más tarde polémicamente, entre otras, la argentino-colombiana Marta Traba. Esa discreción, a la que no es ajeno cierto aire de ambigüedad, no obstó para que Volkening tuviera rendidos admiradores, como el novelista Alvaro Mutis o el joven editor de Colcultura en los años setenta (hoy el menos joven consejero presidencial de cultura) y poeta Juan Gustavo Cobo Borda.

Colaborador de órganos intelectuales como Revista de las Indias, Testimonio y, sobre todo. Eco, donde desempeñó el cargo de director editorial durante algunos años, Volkening vivió básicamente de una profesión poco rentable en el país: la traducción. Una breve revisión de las cuentas de una editorial -que suele ser tan generosa, como todo el mundo lo sabe- como fue y es la Temis evidenciaría que el pulcro traductor apenas podía sostenerse.

Volkening en su biblioteca (atención de la revista Cromos)
 

 Cobo Borda habla en el epílogo -que él mismo se adelanta a calificar justamente de "superfino"- del libro del crítico alemán titulado Ensayos I, de "este caballero, de gabardina y bufanda siempre" que gustaba pasearse por la ciudad y conocía todos sus secretos, sin parecerle pertinente agregar que el flaneur renano "de cepa" caminaba por Bogotá tal vez más de lo deseado y que forzosamente montaba en bus por razones que muchas veces tenían que ver (¡perdonen la impertinencia materialista!) con las jugosas cuentas que como traductor solía recibir. Es de suponer, además, que por sus artículos y, sobre todo, por su dirección de la revista Eco, editada por otra casa librera tan desprendida como fue y es la Buchholz, Volkening obtenía sumas tales, que nadaba no en dinero, sino en serias dificultades financieras.

Una biografía intelectual de "este afable caballero" -que conservó un ethos intelectual por encima del oportunismo académico y de la ganga estatal o privada, que no fue justamente el caso del etnohistoriador Juan Friede, tan estrecho amigo de Eduardo Santos y cuya consigna pareció ser: "primero enriquecerse y después dedicarse a la ciencia"- mostraría a qué condiciones se ve sometido un escritor independiente en nuestros países y por qué a la vez, en su caso, él escogió una marginalidad de doble filo. Su ethos intelectual, acuñado de alguna manera en la neutralidad valorativa del último Max Weber, lo llevó a la paradoja de conservar su independencia no propiamente a costa de sus precarios ingresos, sino de una especie de aislamiento de tono semiesotérico. En otros términos, Volkening vivió la cultura latinoamericana y su propia peculiaridad existencial como una suerte de consuelo.

El caso de Volkening documenta el desamparo del intelectual en Colombia; es decir, un estado que de ninguna manera puede ser objeto de elogio. Se sabe muy bien que el ethos del escritor ha sido un problema decisivo en las discusiones sobre las prácticas literarias que, desde mediados del siglo XVIII en Inglaterra y Francia y sólo hasta principios del siglo XIX en Alemania, han llevado a la profesionalización del arte de escribir. La tensión entre la responsabilidad intelectual y las demandas crecientes de un público más o menos fácil de complacer (justamente el problema está tematizado en el prólogo del Fausto de Goethe) 1 , llevaron al planteamiento de alternativas que pudieran garantizar la independencia económica del escritor sin comprometerse con las tentaciones del enriquecimiento desmesurado que experimentaron ya escritores como sir Walter Scott, William M. Thackeray y Charles Dickens, como lo documenta para el caso inglés el sociólogo norteamericano Lewis A. Coser en su obra Hombres de ideas (1965) 2 .

En Alemania planteó Lessing en los últimos decenios del siglo XVIII, por su parte, los problemas inherentes a las condiciones de existencia material para garantizar el estatus de "escritor libre" 3 . En los Estados Unidos la política cultural del New Deal, ya en este siglo, creó, a su vez, instituciones que apoyaban al intelectual independiente. En muchos países se han instituido concursos y premios que están destinados no sólo a destacar la calidad literaria o científica de un intelectual, sino, indirectamente, a morigerar sus premuras económicas 4 . Todos estos casos, que están en el horizonte de la discusión de la ética del escritor contemporáneo, se podrían multiplicar sin esfuerzo. Lo importante es señalar (y en este sentido la discusión, inútil por pobre, que se suscitó en el país hace poco en torno a la creación del ministerio de cultura sólo ha reproducido un problema que pertenece por esencia al papel del intelectual en la sociedad burguesa; es decir, que reproducía con ecos muy frágiles discusiones decisivas que se llevan a cabo desde hace más de dos siglos) que Colombia apenas ha creado esas instituciones que, como la Verwertungsgesellschaft Wort en la actual Alemania, están destinadas a la protección de intelectuales y artistas. Las modalidades de esa protección o apoyo pueden variar, pero ellas pertenecen al proceso mismo de modernización sociocultural en una sociedad democrática.

Una de las primeras colaboraciones de Volkening en el Boletín de Programas (de la Radio Nacional), Bogotá vol. 15, núm. 147, octubre, 1956, pág. 41.

García Márquez, que habla -y escribe- ya desde hace decenios teniendo en cuenta sólo sus cuentas bancarias, pareció ofendido al plantearse la creación de un ministerio (el de cultura) que, como en cualquier sociedad moderna, constituye una necesidad primordial. Hubiera sido más lógico que lo que se hubiera puesto en discusión con igual énfasis fuera la existencia del ministerio de defensa (¿de qué?). No sólo Volkening, sino también, por ejemplo, el caso de J. A. Osorio Lizarazo o el mismo García Márquez, sirven de material de estudio para plantear los problemas centrales del papel de los intelectuales en la sociedad colombiana contemporánea; es decir, la sociedad de masas que despuntó ya hacia mediados de los cuarenta, cuya tarea es un tema central de la sociología de la literatura. Procedencia del escritor, nivel de ingresos, autoimagen de su función social (la correspondencia privada es una de las fuentes primordiales), medios de expresión (libros, folletos, revistas, entrevistas, conferencias, etc.), contenido en sus mismas obras de la concepción de los conflictos sociales, relaciones con las instituciones sociales (tal como lo estudia Theodor Ziolkowski en su obra German Romanticism and Its Institutions) 5 o las instituciones literarias propiamente dichas (editoriales, legislación editorial, tertulias, etc., lo que se comprende como "sistema literario" según Siegfried J. Schmidt, un discípulo de Nikias Luhmann) 6 son los aspectos propios de una indagación científica que en la Colombia dominada por el genio cultural de Germán Arciniegas apenas se intuyen. Pero ese estudio debería elevar la comprensión de una de las actividades más viejas -la escritura- pero tal vez más incomprendidas, de la sociedad.

II

No es difícil dividir las contribuciones críticas de Volkening, relativas a lo que se bautizó "Destellos criollos", es decir a sus estudios de la literatura latinoamericana, en tres secciones más o menos definidas. La primera comprende sus reflexiones generales sobre América Latina, la segunda sus ensayos de interpretación de la obra de García Márquez y la tercera sería de calificar de "miscelánea", para acoger una expresión de cuño decimonónico. No es difícil tampoco ver en el primer conjunto de trabajos, "La América Latina en el Mundo Occidental" (1963), "Problemas de integración cultural en la América Latina" (1966) y "La capacidad asimiladora de América Latina-. Ensayo sobre la asimilación creativa" (1972), una determinada vaguedad especulativa, producto del conocimiento bastante fragmentario de Volkening del proceso histórico-social y cultural-literario de América Latina, que apenas resulta atenuada por una que otra apreciación acertada.

En efecto, el método de acercamiento de Volkening a la realidad latinoamericana es del tipo que en la lógica se llamaría el tomar la parte por el todo. También domina en él una vena intuitiva. Colombia no sólo es su punto de partida, sino su referencia más constante o variable exclusiva. E, incluso, la Colombia que maneja es igualmente fragmentaria: se limita al acercamiento -de ninguna manera torpe- de algunos nombres estelares: Osorio Lizarazo, José E. Rivera, García Márquez, Zalamea Borda, Mejía Vallejo, pero no para crear en torno a ellos una jerarquización que sirva de punto de partida a indagaciones futuras; es decir, un sólido piso metodológico desde el cual se puedan aclarar las figuras menores. Este esfuerzo, que se empezó a realizar desde el siglo pasado -como en el argentino Juan María Gutiérrez, el boliviano Gabriel Rene Moreno, el colombiano José María Torres Caicedo o el cubano Manuel de la Cruz-, y que ha tenido continuadores destacados en el presente, resulta ignorado por el crítico alemán. Precisamente, el dominicano Pedro Henríquez Ureña, en "Caminos de nuestra expresión literaria" (1928), hablaba de la necesidad de establecer una "tabla de valores" para separar, "con sacrificios y hasta injusticias sumas”, la "sombra populosa" de los mediocres de "unos cuantos nombres centrales" 7 .

Cubierta del libro Los paseos de Lodovico publicado en México por Librería Cosmos, 1974.
 

Antes que un esfuerzo investigativo sistemático y perseverante, se entrevén sin dificultad, en las aproximaciones críticas de Volkening, hallazgos accidentales. Una recomendación casual de algún conocido, un obsequio fortuito de un admirador, el encontronazo, en alguna estantería abandonada, de un ejemplar que ya nadie se digna hojear constituyen su más destacada particularidad metodológica. Pero, pese a ese carácter aluvial, el tono parece muy sólido. Esto tiene su fácil explicación: en estas reflexiones de carácter panorámico domina una inocultable pretensión globalizadora, teñida de un lenguaje proveniente sin duda de la burocracia cultural internacional. Parecen en ocasiones, estos ensayos de Volkening, informes, bien redactados y con apariencia de definitivos, destinados a los funcionarios de la Unesco, para que ellos se encarguen, a su vez, con la sana intención de decir menos, de convertirlos en una inanimada materia gaseosa para el discreto olvido.

En el primero de esos escritos se ensaya una periodización de la historia latinoamericana: la época colonial teñida de sombras, el largo ciclo de la emancipación y la época contemporánea, que "ni siquiera sabría uno fijar su exactitud su comienzo que quizá coincida con las guerras de 1914 a 1918 y el debilitamiento de las potencias europeas opuestas en una lucha fratricida", o quizá haya que traerla hasta la segunda guerra mundial, cuando se hacen los más serios intentos de industrialización en esta parte del continente americano. A esa periodización, nada novedosa y sin duda muy por detrás de la esbozada por el mismo Henríquez Ureña en Las corrientes literarias en la América hispánica (1946) o la realizada más coherentemente por José Luis Romero en Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1975), Volkening agrega un esquema ligero de las discusiones ideológicas que se han sentido portadoras de la explicación de la peculiaridad de América Latina.

Ni la versión ilustrada, procedente del legado del Siglo de las Luces, ni la indigenista, que se postula en reacción al proyecto liberal comprometido en la propuesta ilustrada, ni la militante hispánica, que "encontró su máxima y más espléndida expresión literaria en las obras del historiador Carlos Pereyra, presentan para Volkening un cuadro satisfactorio de los diferentes componentes, en una materia tan híbrida, de una realidad que "se está volviendo cada vez más problemática su justa valoración" 8 . La somera descripción de estas tendencias y su conclusión no dejan duda de la intención del crítico alemán: sortear el tema con aire de elegancia, sin ahondar en los aspectos específicos de sus presupuestos. Es decir, donde el ensayo le sirve de pretexto para exponer con ligereza los procesos centrales de un desarrollo cultural, cuyo ordenamiento en un todo global -principio de la ciencia literaria desde los días de Friedrich Schelegel- constituye la posibilidad de evitar la arbitrariedad y la incoherencia.

Portada del libro Los paseos de Ludovico publicado en México por Librería Comos, 1974.
 

En los dos siguientes ensayos no avanza Volkening más lejos en la comprensión de América Latina. Su imagen resulta aquí igualmente mutilada; sorprende al observador europeo la supuesta capacidad del latinoamericano de asimilar (o imitar) los productos culturales -de todas las tendencias pensables- del viejo continente. Todas las vanguardias y todos los experimentos culturales parecen haber encontrado, según el crítico renano, eco sonoro en las élites intelectuales del continente: "[...] no hubo en las artes y letras de Europa ningún movimiento ni acontecimiento alguno que no hubiera sido cogido al vuelo, discutidos apasionadamente y desmembrados hasta los puros huesos en los círculos intelectuales del país". Rasgo sorprendente, pero no exento de contradicciones, que atribuye Volkening a una propensión de los hijos del nuevo continente a mirar más lo foráneo que a la realidad que los rodea. Un europeísmo que no cuida en comprender que los productos intelectuales que trabaja son obra de una larga gestación, y que consumirlos en exceso y sin discreción produce una indigestión nada saludable.

Pero se le escapa a Volkening que la discusión no es nueva: en realidad ella constituye la raíz y el desarrollo mismo de la cultura moderna de Hispanoamérica desde su independencia. Es el mismo problema que veía ya el venezolano Andrés Bello, pero que resolvió de una manera creativa: el reto de la asimilación del pasado cultural europeo por parte de los países hispanoamericanos es una prioridad esencial para la supervivencia de las naciones. Bello consideró - como lo hacía sus contemporáneos más jóvenes Domingo F. Sarmiento, Juan B. Alberdi, Echeverría, José V. Lastarria, Manuel I Altamirano, Cecilio Acosta, etc.- que esa asimilación, que no fue de manual, era el presupuesto para la creación de una institucionalización jurídica como parte de una verdadera cultura nacional hispanoamericana 9 . Todo medio, prensa, libro o cátedra, que contribuya a divulgar un saber sólido y necesario (y éste es el alcance de su sentido de la opinión pública: tal como se practica en El Pensador Mexicano, de Fernández de Lizardi, o en El Repertorio Americano, de Bello y García del Río), debe ser estimulado, fomentado, enriquecido.

Es la misma confianza que Alfonso Reyes, ya en este siglo, manifestó al aludir a los saltos que le son propios a la inteligencia americana: "Llegada tarde al banquete de la civilización europea, América vive saltando etapas, apresurando el paso de una forma en otra, sin haber dado tiempo a que madure la forma precedente. Todo lo contrario a la indigestión que teme Volkening o a una fatiga después de la carrera (si seguimos la metáfora de Reyes), lo cierto es que ése es el tempo americano para Reyes: pues nadie ha demostrado todavía que una cierta aceleración del proceso sea contra natura 10 . Es decir, que ese "coger al vuelo" (Volkening) los movimientos intelectuales europeos es un proceso de aceleración propio de la inteligencia americana que, integrada históricamente desde hace quinientos años a su proceso civilizatorio, no le parece lógico sino seguir desafiando, ya no en calidad de simple receptora, sino en el marco de intercambio de lo que Goethe llama "literatura universal", lo que considera un legado de ninguna manera desdeñable.

Resulta tardía, pues, la inquietud de Volkening y, sobre todo, descentrada. Una simple observación del joven Jorge Luis Borges -que en este sentido se sitúa en la línea argumentativa de Bello y Reyes- pone en cuestión una serie interminable de seudoproblemas, "aptos para desarrollos patéticos", que tomó con seriedad el abogado renano. Argumenta Borges: "¿Cuál es la tradición argentina? Creo que podemos contestar fácilmente y que no hay problema en esa pregunta. Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esa tradición, mayor que el que pueden tener los habitantes de una u otra nación". Y subraya más adelante: "Creo que los argentinos, los suramericanos en general, estamos en una situación análoga [a los judíos, JGGG]; podemos manejar todos los temas europeos, manejarlos sin supersticiones, con una irreverencia que puede tener, y ya tiene, consecuencias afortunadas" 11 .

Ernesto Volkening le dedicó el ejemplar del libro Los paseos de Ludovico a Alberto Estrada
 

Rápida asimilación (si se quiere, irreverente apropiación) y cosmopolitismo son los rasgos propios de una mentalidad en la cual no todo son desventajas: desde Ruiz de Alarcón y sor Juana Inés de la Cruz, pasando por Sarmiento, Rubén Darío y el mismo Borges, hasta los novelistas contemporáneos, los presupuestos han sido similares: apurar el paso y sacar ventaja de su condición de "periferia", sin que se pueda decir que las cosas necesariamente han salido desastrosas. Otros con mejores métodos, más libros a la mano, maestros más destacados, mucho más tiempo y menos preocupaciones de todo orden (es el caso de los escritores alemanes contemporáneos) parecen no dar muestras de más talento.

En otros términos, que nada es más débil que las sospechas de europeísmo de los americanos, tanto, que el ejemplo que trae Volkening como un logro ejemplar, "malogrado en conjunto", pero "grandioso en sus detalles", como es Los pasos perdidos (1953) de Alejo Carpentier, es producto del mismo europeísmo o, mejor dicho, eco de un conjunto de tendencias culturales europeas que no son ajenas al psicoanálisis de Freud ni a las experiencias vanguardistas de los años veinte en las cuales participó activamente el escritor cubano.
 

III

La recepción que, desde la aparición de la obra de García Márquez El coronel no tiene quien le escriba (1953) hasta El otoño del patriarca (1976), realizó el crítico alemán Volkening merecen un repaso aparte. Publicados en la revista Eco (que era editada por la librería y galería de propiedad de Karl Buchholz, librero berlinés que se instaló rentablemente en Colombia desde los años cincuenta, después de haber vivido como comerciante de arte itinerantemente en Lisboa, Madrid y Nueva York; los artículos de Volkening están elaborados con las mismas virtudes y debilidades que sus anteriores intentos de descifrar la significación histórica-cultural del continente. En ellos se expresa en forma más aguda esa ambivalencia: su pretendida originalidad -en la expresión y el contenido- desemboca en un intento fallido de dar una interpretación decisiva de la trayectoria literaria de García Márquez, aunque en este caso resulta más significativo, por tratarse de un escritor cuya venturosa trayectoria literaria siguió de cerca.

Ensayos I publicado por Colcultura en 1975, Bogotá.
 

Llama la atención ante todo a VoIkening, de manera poderosa, la configuración mítica de los personajes creados por el escritor caribeño. Esto se nota, de preferencia, en Cien años de soledad (1967), en cuyas notas marginales a manera de ensayo el crítico recrea sus propias obsesiones temáticas. Palabras como "mito", "gesta", "saga", "epopeya", "arquetipo". O expresiones como "arcaicas formas de dominio", "mitología clanesca", “illo tempore", "figuras heráldicas de indescifrables lineamientos", "rabiosa deidad fálica", "estado vengativo de los primeros tiempos", "omnipresencia de fuerzas anónimas, ciegas y elementales", etc., son propias del repertorio crítico que denuncia su adhesión (confesa) a sus patrones tutelares: Johann J. Bachofen, Kart Kerenski, James G., C. G. Jung y Mircea Eliade, principalmente.

En el terreno resbaladizo de la teoría de los mitos para explicar la obra maestra de García Márquez -el último intento lleva el inocente título La verdadera historia de Macondo (1994) de Agustín Francisco Seguí, cuya única virtud consiste en haberle agregrado más citas a la discusión- 12 , Volkening desempeñó un papel pionero y, sin duda, con todo, no el más desafortunado. Su interpretación no es, como la gran mayoría de los que se aventuran en tan fascinante pero cenagoso tema, improvisada. Es, sin duda, la parte sustantiva del acervo crítico-literario. Pero hay un buen trecho entre sus lecturas sobre la literatura de los mitos y la aplicación crítica, sin mediaciones o sólo fruto de su entusiasmo, a la obra de García Márquez. En este caso no se trata de un simple problema de método -más o menos inteligentemente aplicado-, sino de un dudoso punto de partida: Volkening ve a García Márquez, como ve al continente, bajo el prisma de las categorías preconcebidas que parecen no requerir una mediación o corrección para ser aplicadas a su objeto en cuestión. La lectura de una obra, por ejemplo, como la de Frazer o Eliade (descontando los reparos de que han sido objeto) abre horizontes a la discusión sobre la significación del mito en las sociedades primitivas, pero no necesariamente sirve de clave interpretativa de un producto literario como Cien años de soledad, que pertenece a una tradición literaria y a una cultura intelectual que no data del momento en que el buen intencionado (más miope) alemán toma la novela y ve en ella lo que parece asemejarse más a sus prejuicios de explorador literario recién desempacado.

Pese a haber vivido un buen medio siglo en Colombia y no obstante escribir un español tan ostentosamente moroso como cargado de una afectación de palabras y expresiones que había caído en total desuso (y siguen siendo desusuales, pese a ese rescate artificioso de voces como "entuerto", "sierpe", "de pura cepa", "jaez" u orteguianas como "archicaracterístico"), fue Volkening, en realidad, un explorador literario recién desempacado. Claro que la obra de García Márquez puede invitar a adscribirla a la interpretación mítica que se desee; más aún, a hacer todo tipo de seguimientos genealógicos, para adecuar este pasaje u otro a una referencia del tiempo primario (de illud tempus) de la narración o sus personajes individuales a figuras de cualquier tradición mitológica. En cualquier caso, hay peores entretenimientos.

Esa búsqueda, sin embargo, apenas puede dar razón de aspectos histórico-literarios que dan una luz más adecuada a las posibles genealogías o parentescos de una obra excepcional que ha dado toneladas de mala interpretación. Un conocedor de la cuentística del argentino Ezequiel Martínez Estrada, ¿cómo se podrá sustraer a la tentación de relacionar la obra mayor de García Márquez con el relato Marta Riquelme (1949), que más que presentimiento es la variación anticipada (con acento austral) de Cien años de soledad?. ¿No es su tema la historia de la familia (no nuclear) Riquelme; el ambiente (sórdido en el argentino) de una casa que conformaba un pueblo (para más señas, Bolívar); el símbolo de la dinastía, un árbol centenario (un magnolio); el manuscrito donde estaba cifrada toda la estirpe con caracteres en arcanos ilegibles (las Memorias inéditas de Marta Riquelme, que busca ansiosamente reordenarlas con sentido el mismo Martínez Estrada en compañía del grato doctor Arnaldo Orfila Reynal); las relaciones sexuales situadas en la zona del incesto y la promiscuidad, pero sobre todo el peso específico de la gran familia de cuño preburgués, en donde la mujer constituye el eje vital, lo que hace de todo ello más que coincidencias una premonición y hasta un prototipo de la obra del colombiano?

Es decir, que pertenecen ambos relatos a una misma raíz histórica; vale decir, la del pueblo hispanoamericano que, surgido al compás del sistema hacendario, nunca llega a ser ciudad. Macondo, como Bolívar, son los pueblos-gran familia perdidos para el mundo que llevan una vida, como la de Marta Riquelme, con sus "travesuras habituales" (Martínez Estrada) a la ventura y donde la realidad exagerada está más allá de toda fantasía exagerada, lo que no quiere decir que esté más allá de toda historia. Es casi imposible trazar los límites entre mito e historia o entre naturaleza e historia, y parece poco provechoso emprender esa labor, más propia de la pura especulación histórica (la otra cara de los silogismos y sorites) que de la crítica literaria. Sin embargo, es bastante improbable que ello favorezca una aproximación provechosa a la novela del colombiano, todavía a medio descifrar.

Los riesgos de similares tareas llevan a abismos interpretativos, muy característicos de Volkening, como los siguientes: "Advertencia para filósofos positivistas, psicoanalistas, sociólogos de nuevas promociones y otras personas de pocas entendederas: la relación madre-hijo en el Otoño del patriarca, igual que la de los cónyuges en la historia del coronel y en Cien años, no entra en el campo de las 'superestructuras' ni es reflejo de determinadas condiciones sociales, ni mucho menos ha de interpretarse a guisa de trivial complejo edípico, y esto por la sencilla razón de constituir un hecho de naturaleza óntica ubicado en otra dimensión, más exactamente, en el Reino de las Madres" 13 .

Las mayúsculas, que sólo tienen aquí una función enfática o conservan el énfasis ortográfico de los sustantivos alemanes, no aclaran el asunto de esta frase sorprendente, extractada de su interpretación del Otoño del patriarca. Si la relación madre-hijo en las obras del colombiano están por fuera de la interpretación filosófica, sociológica, psicoanalítica, entonces ésta deberá pertenecer a un ámbito irracional, al Reino de las Madres, donde parece presidir la escena nuestro discípulo de Bachofen. Pero a este tardío (tal vez el último) fiel alumno del patricio de Basilea habría sólo que hacerle recordar que su arquetipo ha sido historizado. En otras palabras, que su presunta clave, que encierra con doble llave el cuarto oscuro de esa compleja relación, encontró en trabajos como Der Mythos vom Matriarchat (1980), del historiador del derecho antiguo Uwe Wesel, correcciones decisivas 14 .

En efecto, las teorías del mitólogo suizo, cabeza de la oposición conservadora contra la historiografía liberal positivista de Momssen, que acuñó el término ginecocracia (no matriarcado), no gozan hoy de la seria consideración científica que les atribuye Volkening. Pese a la reivindicación pasajera de los "cósmicos" muniqueses Ludwig Klages y Kari Wolskehl o el ataque a Ernst Bloch, la teoría de Bachofen sobre el matriarcado -es decir, la supuesta supremacía del elemento "femenino-material" sobre el "masculino-espiritual" en las primeras etapas de la civilización humana- apenas tiene un puesto en los estudios etnológicos contemporáneos; por ejemplo, en los de Martin P. Nilson o Gordon Childe.

Un estudio de sociología de la familia hispanoamericana, en cualquier caso, aportaría elementos de comprensión de la función de la madre en las familias preburguesas, en la familia campesina o familia pueblerina (mucha de la literatura de costumbres del siglo pasado tal vez contenga los datos decisivos de las costumbres sociales en la familia) que no necesariamente remiten al "Reino de las Madres", sino que se sitúan en una estructura de "larga duración", para emplear la categoría de historia social de Fernand Braudel. Por supuesto, sería de utilidad a la comprensión de Cien años de soledad (y no sólo de esa novela) hacer esa reconstrucción sociológica de la familia que, si bien puede tener algo de arcaico -como lo estudia en La ciudad indiana Juan Agustín García, para la Argentina de la época colonial-, no se pierde en los vericuetos iniciáticos del "Reino de las Madres".

Ejerció también como abogado. Escribió El asilo interno en nuestro tiempo publicación realizada por Editorial Temis en Bogotá, 1981.
 

Hay una frase de Volkening, en el mismo ensayo crítico sobre El otoño del patriarca, mucho menos sorprendente, pero que contiene esa innata propensión del crítico alemán a apelar a una zona ahistórica o asociológica, si se nos permite el término, para darse una imagen autosatisfactoria de su objeto estético analizado: "En fin, tengo la impresión de que García Márquez en la explotación de sus, por cierto, caudalosos recursos, ha llegado a este límite, allende el cual espera el silencio" 15 . Aquí no es posible hablar de error en el pronóstico: los pronósticos son propios de la ciencia, de la cual se sentía soberanamente excluido el "afable caballero, de gabardina y bufanda siempre" (Cobo Borda). Es más propio hablar de error por falta de ciencia. En efecto, lo que no podía percibir el crítico es que, justamente, la incontinencia verbal de que padecía García Márquez ya para fines de los setenta, a la que alude la frase de Volkening, era una diarrea que no esperaba un límite, porque hay un fenómeno que desde hace algún tiempo se conoce en el mundo occidental; vale decir, el mercado literario.

En otros términos, que los "caudalosos recursos" del autor de Cien años de soledad se pusieron al servicio de sus caudalosas cuentas bancarias, por una ley que en sociología de la literatura se formula así: "un éxito lleva a otro éxito" 16 . Ella no es más que una derivación del principio, que también se ha estudiado en la sociología de la literatura, que más o menos reza de la siguiente manera: "el nacimiento de un autor es el de su primer éxito". Pero una ciencia tan prosaica no podía ser del interés de nuestro crítico, seducido aún por autores como el indigesto conde de Keyserling, autor de las sin parangón Meditaciones suramericanas, o por el solitario Oswald Spengler, un doctrinario del cesarismo de cuño prusiano y exitoso manipulador de conceptos culturales al mismo tiempo "histórico-relativistas como enfático-normativos" 17 .

La prueba de O. Tschadek, libro traducido por Ernesto Volkening para Editorial Temis, Bogotá, 1982 .
 

Relevamos, forzosamente, a VoIkening de contestar los siguientes problemas: ¿Cómo no esperar que, después de ese agotamiento (legítimo literariamente) de sus "caudalosos recursos", le quedaran a García Márquez sólo las tentadoras cifras provenientes de un mercado mundial que él empezó a manipular a su modo desde la publicación de Crónica de una muerte anunciada? ¿Cómo no ver en una novela de la peor cursilería como El amor en los tiempos del cólera una prueba contundente de un autor que sucumbía sin remedio, como el antes modesto comerciante y después sanguinario ambicioso de La viuda de Montiel, a la "fiebre del oro", que es la peor de las fiebres? ¿Para qué insistir -si es algo que todo el mundo sabe con esa familiaridad resignada con que en Colombia todo lo aceptamos- en que Del amor y otros negocios sólo forma parte del mismo show de la vida colombiana, como un mal partido del Pibe, la gritería después de un secuestro de Juan Gossaín o el nombramiento de una de las hijas de Sanín Echeverri como ministra? Es decir, ¿como otra calamidad nacional? El flaneur Volkening, se debe mover muy incómodo, como todos los de su especie peripatética, en su estrecha tumba, con cada una de las nuevas y estelares producciones de nuestro patriarca literario en su otoño suntuoso y decadente. Pero su "Reino de las Madres" no daría tampoco, en caso de que se le hubieran prolongado los días al ensayista renano-bogotano, mejores respuestas a un fenómeno comercial (el del último García Márquez, por supuesto) que hace rato se sustrajo a la crítica literaria (o al iniciático ritual crítico).

Como homenaje al crítico Ernesto Volkening se publicó el número 264 de la revista Eco, octubre de 1983.
 

Por último, por justicia y no sólo por el hecho de que es de pésimo gusto hablar mal de los muertos, es obligatorio decir que Volkening valoró acertadamente en la primera producción de García Márquez algo fundamental que también puso de relieve insistentemente el crítico literario uruguayo Angel Rama; vale decir, su parquedad, su sobriedad, su expresión lacónica y contenida. De El coronel no tiene quien le escriba escribió Volkening inteligentes cosas (un poco menos de La mala hora, pero casi todo es perdonable en el mundo escurridizo de los juicios de la crítica). Caracterizó la primera nouvelle del colombiano, "[...] por la mesura, la observación exacta y la parquedad del léxico; antes bien, cabe suponer que ese lenguaje desprovisto de ornamentos y divagaciones subjetivas constituye un hábito adquirido, fruto de la autodisciplina, a la cual se habría sometido el narrador, consciente de ciertos peligros inherentes al tropicalismo, hasta convertirla en una como ‘segunda naturaleza' y parte integrante de su ser".

Como se ve, no todo era "embeleco" (reliquia lingüística de su gusto) en el crítico alemán. Pero la pregunta sigue en pie: ¿cómo pasó García Márquez de la "autodisciplina" a la incontinencia, de esa "como segunda naturaleza" que evitaba los "ciertos peligros inherentes al tropicalismo" a la apoteosis comercial y a la inflacionaria producción de sus últimos años, y por qué?

IV

Es lógico que Los pasos perdidos (1953), del cubano Alejo Carpentier, hubieran despertado la atención de Volkening en una medida tan característica. Fue para él una novela emblemática del continente. Por supuesto que no la valoró como un producto acabado de perfección artística y aun le hizo el reparo de situarla en la zona límite de cierto indigenismo, al que, sin embargo, no sucumbió del todo. Le sedujo poderosamente, sin embargo, de esta novela, la tentativa ambiciosa de acceder al mundo del tiempo perdido, a esa vuelta ritual a los orígenes míticos del continente que contenía el sello de lo estático con que él se forjó una visión de esa realidad. Su propia idea de la realidad americana, antes de su experiencia, se la representaba ya en dos figuras gozando a la sombra en el marco de la plaza de un pueblo, sacando partido de lo que a los europeos les falta: tiempo y despreocupación 18 .

Volkening tradujo Teoría Pura del derecho y teoría marxista del derecho para Editorial Temis, fue publicado en Bogotá, 1984.
 

La imagen de Volkening de una América ancestral, arquetípica, de estructuras eternas, "de aquella fascinante y aterradora América autóctona", concebida desde su infancia -pues había sido transmitida por su padre, que vivió algunos años de principios del siglo en Perú y Bolivia-, se resistía a darle un contenido específico a las transformaciones histórico-sociales. Por eso la Bogotá del periodista plebeyo Osorio Lizarazo y del periodista "lanudo" Eduardo Santos, antes que la Caracas del boom petrolero (la Caracas de Salvador Garmendia y Adriano González León), estaba más cerca de su concepción del "homo americanus" (Volkening). Después de todo, le seducía la idea de que en la ciudad paramuna se podía topar con cualquier bulto viviente (gente que "se queda por ahí parada") que se negaba a ser transeúnte de una metrópoli moderna, viendo en ello un signo de ese "homo americanus" que se resiste a la marcha acompasada por el cronómetro.

Se imaginaba Volkening que ese derroche de tiempo muerto, propio de la cultura iberoamericana, podía despertar una secreta envidia en el europeo o en el norteamericano demasiado civilizado. Era un tipo de suposición que también cultivaba Octavio Paz (antes también el Martínez Estrada de Radiografía de la pampa) por esa misma época, y que en buena parte procede de las enfáticas y confusas categorías de Spengler. El norteamericano, escribe el Nobel-92 en su inexplicable célebre Laberinto de la soledad (1953), envidia en el fondo la potencia sexual del pachuco, es decir, esa especie de punk a lo manito que hizo carrera en los años cincuenta en los Estados Unidos. Los dos, Volkening y Paz, recurren al mismo artificio argumentativo. Según ellos, nada define más nítidamente a esta parte del continente que el sujeto extravagante frente al tipo convencional del europeo o del yanqui. Pero nada es más falso que esa suposición de "hipotético espectador neutral" (Volkening). Ni en Bogotá (hoy de nuevo Santafé de Bogotá, en virtud de la nostalgia de la vida colonial-como si no hubiera suficiente con la dictadura de la DEA- que invadió a la asamblea constituyente de 1991) todos son esos bultos que están por ahí parados, pese a que el desempleo ya forma parte predominante del currículo del ciudadano medio, ni todos los europeos y norteamericanos son esclavos de su Citizen. Ni México son los pachucos -demográficamente casi insignificantes, e históricamente hoy sólo los recuerdan los hispanistas alemanes por las páginas de Paz- ni la impotencia es la constante exclusiva de los habitantes de California. Sólo habría que leer los relatos de Vladimir Nabokov, Henry Miller o los provocativos de Fuck Mashine de Charles Bukowsky para persuadirse de que la libido, tal vez como el sentido común, es una cosa bien distribuida por el mundo.

La estructura del orden jurídico de Robert Walter, traducción realizada por Volkening para Editorial Temis. El libro se publicó en Bogotá, 1984.
 

Volkening divaga al establecer las genealogías o posibles modelos literarios del novelista cubano. Claro que Proust cumple una tarea preponderante, a la que, sin embargo, le resta un valor supremo cuando afirma que Carpentier es demasiado intelectual y menos "poliformo y rico en matices" que el autor francés. Tal vez la idea de viaje literario en el escritor del Caribe, sostiene Volkening, puede rastrearse en una serie de héroes novelísticos que, desde Perceval de Wolfram von Eschenbach hasta el Quijote, han protagonizado una peregrinación en busca de una vida nueva. Pero no se percata el erudito crítico de que ese ciclo viajero ya había tenido sus antecedentes en la literatura hispanoamericana, no sólo en la obvia referencia de elemental conocimiento que es la novela La vorágine de Rivera, sino de otras que resulta más interesante advertir.

Pues aquí, lejos de terminar, empiezan seriamente los problemas de Volkening: su imagen mítica del continente no le permite percibir que la evolución histórico-social que ha llevado a la formación de las grandes ciudades o ciudades masificadas hispanoamericanas en este siglo ha producido una vasta literatura que ha sido receptora privilegiada de ese traumático proceso de modernización. En El juguete rabioso (1929) de Roberto Arlt, para mencionar una bastante conocida, se asiste a una peregrinación por Buenos Aires, "deslizándose [Silvio, su protagonista] entre armonías de sirenas hacia las fúricas ciudades de la alegría" 19 . Igualmente, para la pareja de militantes de Los días terrenales (1949) de José Revueltas, la ciudad de México nocturna "se transustancia en una unidad extraña que hace posible la convivencia de sucesos ocurridos hace cuatro siglos con cosas existentes hoy" 20 . Aun cuando el caso más ejemplar de ver es Adán Buenosayres (1945) de Leopoldo Marechal. Aquí el recorrido bullicioso en una parranda (que dura como doscientas páginas) del poeta Adán y su grupo de compadritos y contertulios a la salida de un velorio lo lleva, después de un banquete platense, criollo-italo-platónico, a su prefiguración en la imagen dolorosa de un "lidaya".

Cubierta del libro Summa de Maqroll El Gaviero: Poesía 1948-1988, de Alvaro Mutis, donde se publicó un ensayo de Ernesto Volkening, Fondo de cultura económica de México, 1990.
 

En todos estos pocos casos -que no da muestras de conocer Volkening- se protagoniza un viaje simbólico que sirve de contraste, más pertinente que los aludidos en su recepción crítica, a la novela de Carpentier. Ese desconocimiento de Volkening de la vasta producción literaria en Hispanoamérica es la causa de su sobrevaloración del novelista cubano. Más aún que apenas roza la corteza de esa novela y sus internas debilidades. Para ir al grano, es necesario anotar que lo que resulta problemático en la novela de Carpentier es que habla de algo que, en realidad, no conoce; vale decir, la selva tropical (es el mismísimo caso del chileno Luis Sepúlveda, autor de Un viejo que leía novelas de amor, que ha agregado al telurismo carpentieriano una muy oportunista retórica ecologista).

Se sabe que Carpentier vivió más de ocho años en París y visitó algunas semanas las cuencas de la Orinoquia venezolana. El desconcierto que le produjo la selva amazónica (no así París), así como la impresión que le había producido un contacto muy fugaz con el vudú en un viaje de algunos días por Haití, fue lo que dio lugar a sus conocidas obras novelísticas El reino de este mundo y Los pasos perdidos, que hoy se compran más que se leen. Se puede contraargumentar a esto que quedan adeptos, pero es que las sectas se perpetúan por la ley de la gravedad.

Lo lógico -como lo hizo Julio Cortázar en Rayuela, para poner un caso también bastante conocido- es que Carpentier escribiera de París, que era donde había vivido largos años. Y no solamente lo lógico sino lo indispensable. Hoy parece cada vez más claro que Carpentier puede describir con mucho más vigor y verosimilitud los ambientes intelectuales parisinos (lástima que en esa novela sólo ocupen las primeras páginas) que las selvas extraídas de manuales científicos, muy lejos de la fuerza inherente a las páginas romántico-ilustradas del Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente de Alejandro de Humboldt y apenas acercándose al verboso de Juan León Mera en su Cumandá (1879). Ni una de las páginas centrales del relato del cubano (en donde no se oculta el odio que le produce Mouche, rebajada a menos que prostituta, y que a veces uno se llega a preguntar si su propósito era demostrar que las libertinas parisinas se ven muy desmejoradas en la selva tropical) se acerca ni a las tremendas escenas descriptivas de Rivera y distan mucho de los soberbios cuadros de las Memorias de Agustín Codazzi.

Cubierta de la revista Eco donde colaboró con frecuencia Volkening. En este número se publicó uno de los artículos dedicados a Gabriel García Márquez (Bogotá, núm. 40, agosto de 1963).
 

Era normal que Volkening, quien, como el protagonista de Los pasos perdidos, apuraba y acumulaba desordenadamente algunas nociones elementales del continente americano "con lecturas maravillosas del Popol vuh, del Inca Garcilaso, de los viajes de fray Servando de Castillejo" 21 , no advirtiera esos problemas que saltan a la vista. Era normal, porque esa novela satisfacía sus demandas del supuesto homo americanus que estaba inscrito en una profunda circunvolución de su inconsciente y que él no deseaba, en ningún momento y bajo ningún respecto, corregir. En este caso lo disculpable consiste en reconocer que por lo menos fue Volkening consecuente con su predisposición originaria.


Además, por último, ¿quién puede soportar la erudición musical de Carpentier, que resulta demasiado pesada para una novela pero apenas aceptable para un tratado científico, expuesta con una pedantería en la que no cabe ni una nota de humor? Por supuesto, no hay alusiones de ello en Volkening.
 

V

"Pero los alemanes no saben fácilmente cómo tienen que tomar algo desacostumbrado, y lo más alto pasa frecuentemente al lado de ellos sin percibirlo", le decía Goethe a Eckermann en la conversación del 31 de marzo de 1831, al aludir a la recepción inadecuada de su Poesía y verdad. Y lo desacostumbrado en la literatura hispanoamericana no era propiamente Carpentier. Eran más bien César Vallejo, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández, Leopoldo Marechal. Pero también era desacostumbrada una novelística que ya desde los años treinta empieza a nutrir esa literatura y que pasó al lado de Volkening, como anotaba Goethe de sus compatriotas, sin percibirlo.

No parece sorprendente, aunque es verdaderamente problemático, que Volkening, que se autodefinía como un "hipotético espectador neutral", haya pasado por alto producciones novelísticas desacostumbradas, como Morirás lejos (1967), del mexicano José Emilio Pacheco, o País portátil (1969), del venezolano Adriano González León, o, incluso, una novela inquietante como El buen salvaje (1965) (tal vez lo único rescatable de su narrativa), del colombiano Eduardo Caballero Calderón. Es decir, de obras contemporáneas a la aparición de Cien años de soledad y que deben complementar el panorama de una narrativa mucho más rica y compleja que la que se presenta en las aproximaciones críticas de Volkening.

El caso no es extraño ni exclusivo. No es Volkening un monopolista de esa ignorancia del "espectador neutral" europeo ante las letras hispanoamericanas. Una breve revisión de la asmática hispanística alemana lo puede poner de presente. El repaso de los últimos títulos publicados (la magna Kleine Geschichte der lateinamerikanischen Literatur de Christoph Strosetzki) no deja lugar a dudas del alto nivel a que se ha llegado en los estudios de la literatura latinoamericana en la patria de Goethe- Volkening. Salvo yerro, prefiero seguir leyendo a nuestro extraviado “flaneur” (por lo menos no rentaba de ello) “de gabardina y bufanda siempre”.
 

EPÍLOGO

Algo es de reconocer, sin duda, a Ernesto Volkening: como crítico no obró con los recursos del pellizco, el coscorrón, la pulla, el alfilerazo ni la zancadilla, que son propios de seminaristas.
 

___________
 

*



 
Este trabajo forma parte de una investigación, financiada por Colciencias, sobre la presencia cultural alemana. Aquí se desarrolla sólo lo correspondiente a los escritos críticos de Volkening recogidos en Ensayos I (Destellos criollos), publicado por Colcultura, Bogotá, 1975. Su obra de traductor y de editor, así como sus escritos sobre literatura y temas europeos, requiere un tratamiento aparte.
1.

 
Esta anotación se encuentra en Leo Löwenthal, en el capítulo "Die Diskussion über Kunst und Massenkultur: kurze Übersicht", de su libro Literatur und Massenkultur, primera edición, Francfort, Editorial Suhrkamp, 1980, págs. 26-77.
2.


 
El sociólogo norteamericano Lewis A. Coser expone, en particular en el capítulo "La comercialización del arte de escribir: cuatro casos tomados de la Inglaterra del siglo XIX”, la formación del escritor en la sociedad burguesa en su libro Hombre de ideas, México, Fondo de Cultura Económica, 1968.
3.



 
El germanista Gunter E. Grimm, en su artículo "Lessing oder die Freiheit eines unfreien Schrifstellers", en Metamorphosen des Dichters (Francfort, Editorial Fischer, 1992) estudia las contradicciones y aporías del poeta -y bibliotecario a la fuerza- alemán Lessing y sus esfuerzos por vivir como autor libre; vale decir, de su obra poética, de sus reseñas teatrales y de sus traducciones.
4.

 
Otros ejemplos de ello se encuentran en Lowenthal, en su ensayo "Aufgaben der Literatursoziologie", recogido en el mismo libro, y en obras del sociólogo de la literatura Robert Escarpit.
5.




 
En la sugestiva investigación de este germanista norteamericano (la versión alemana. Das Amt der Poeten. Die deutsche Romantik und ihre Institutionen, de la editorial Suhrkamp, es anotada en inglés para una más eficaz consecución por parte de los interesados) se expone detalladamente la tesis de que, en la sociedad moderna burguesa, el mundo de los escritores requiere ser entendido a través de las instituciones sociales como las universidades, manicomios, museos, entre otras.
6.

 
Un esbozo de su teoría lo desarrolla Schmidt en el artículo "Das "Wahre, Schöne, Gute"? Literatur als soziales System", en Medien und Kommunikation, Weinhein y Basilea, Studienbrief 8, 1991,págs. 11-43.
7.
 
Pedro Henríquez Ureña, Obra critica, México-Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 1960, pág. 255.
8. Volkening, op. cit., pág. 31.
9.






 
Bello Tematiza en su discurso de inauguración en la Universidad de Chile, en septiembre de 1843, así como en la serie de trabajos “Modo de escribir la historia”, “Modo de estudiar la historia” y “Constituciones”, de 1948, la necesidad de la asimilación científica e intelectual, abandonando los hábitos del manual y el resumen, como tarea prioritaria de la universidad hispanoamericana. Era la única vía para alcanzar la mayoría de edad cutural; es decir, para completar la obra de emancipación de España. El tema -parte del prioritario de la formación de un códigode representaciones de la nacionalidad en un sentidomoderno- es común a la gran mayoría de los intelectuales hispanoamericanos del siglo pasado.
10. Alfonso Reyes, Última tule y otros ensayos. Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1991, pág. 231.
11. Jorge Luis Borges, Obras completas, 1.1, Barcelona, Emecé Editores, 1982, págs. 272 y 273.
12. Cfr. Agustín F. Seguí, La verdadera historia de Macondo, Francfort, Editorial Vervuert, 1994.
13. Volkening, op, cit., pág.
14.

 
Uwe Wesel, Der Mythos vom Matriarchat. Über Bachofens Mutterrecht und die Stellung von Frauen in frühen Gesellschaften, Francfort, Editorial Suhrkamp, 1980. La interpretación de Bachofen es tomada de esta obra.
15. Volkening, op. cit., pág. 205.
16.


 
Hans Norbert Fügen, basado en parte en el francés Escarpit, reelabora los lincamientos de una sociología de la literatura, en su obra Hauptrichtungen der Literatursoziologie (Bonn, Editorial Bovier, 1964), en cuyo aparte sobre el "Público" menciona esto, en realidad no ley, sino hipótesis de investigación sociológica, con orientación empírica.
17.
 
Rolf Peter Sieferle, Die Konservative Revolution. Fünf biographische Skizzen, Francfort, Editorial Fischer, 1995, pág.108.
18. Volkening, op. cit., págs. 231-235.
19. Roberto Arlt, El juguete rabioso, Barcelona, Editorial Bruguera, 1979, pág. 175.
20. José Revueltas, Los días terrenales, 5a. reimpresión, México, Editorial Era, 1973.pag.57.
21.
 
Alejo Carpentier, Los pasos perdidos, La Habana, Bolsilibros Unión, 1969, pág. 275.