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Los comuneros olvidados:
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la insurrección de 1781 en los
llanos del Casanare
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JANE M. RAUSCH
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Profesora asociada de historia,
Universidad de Massachusetts
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Traducción: Clara Isabel Botero
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Trabajo fotográfico: Alberto Sierra
Restrepo
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Homenaje
a los comuneros, dibujo de Alberto Urdaneta, grabado de Rodríguez.
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POSIBLEMENTE NINGÚN ACONTECIMIENTO
en la historia de la nueva Granada del siglo XVIII ha atraído más la atención que la
Insurrección de los Comuneros de 1781. En el bicentenario del levantamiento armado más
serio que haya tenido lugar en el virreinato antes de las guerras de independencia, los
historiadores continúan debatiendo su significación. Mientras algunos consideran a los
rebeldes como reformistas que buscaban la disminución de los impuestos sin desafiar el
derecho de España a gobernar, otros los consideran precursores de la independencia
política; y otros afirman que la insurrección pudo constituirse en una revolución
social desde abajo traicionada por los de arriba. En su monografía premiada The
People and the King, el desaparecido John Phelan se aproxima desde un enfoque
diferente al afirmar que el conflicto era esencialmente una crisis política y
constitucional aguda, un antagonismo entre las fuerzas de la centralización imperial y
las de la descentralización colonial. Concluye que, a largo plazo, los comuneros no
fracasaron. Una vez que las autoridades restablecieron el principio del control real,
éstas tuvieron que hacer concesiones significativas frente a los factores de descontento
que precipitaron la crisis(1).
Habida cuenta del permanente interés
generado por la insurrección, es sorprendente encontrar que una fase regional de la misma
ha sido muy poco examinada. En los llanos del Casanare, el 19 de mayo de 1781, vecinos*
criollos dirigidos por Javier de Mendoza se tomaron las principales ciudades, abolieron
los aborrecidos impuestos y depusieron al gobernador. Al denominarse como apoderado
o subalterno del inca Túpac Amaru (José Gabriel Condorcanqui), Mendoza reclutó un
ejército indígena de 1.500 hombres y los incitó a atacar al clero de los pueblos
cercanos. Después de firmar el documento que contenía las exigencias de los comuneros,
conocidas como las Capitulaciones, el 6 de junio, desafió las órdenes de la corona y de
los líderes comuneros en el Socorro y continuó haciéndose llamar Capitán General de
los Llanos. Durante cuatro meses la violencia asoló la provincia. Finalmente, una milicia
privada financiada por uno de los hombres más ricos de Santafé, el marqués de San
Jorge, tuvo que cruzar la cordillera andina para restaurar el orden(2).
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Manuel Antonio
Flores, bajo su virreinato se inicia la insurrección de los comuneros (Tomado de: Incienso
y pólvora, de Enrique Caballero, Editorial Pluma, Bogotá, 1980.)
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Hace mucho tiempo se ha debido
llevar a cabo una revisión extensa de estos acontecimientos. En el contexto de la
historia económica del Casanare, ello sugiere que el comportamiento en contra de los
blancos y la "ferocidad anticlerical" de los indígenas no fueron producto de su
hispanización imperfecta, como lo ha propuesto el profesor Phelan. Más bien se trata del
resultado de un abuso sistemático del trabajo indígena en la industria de textiles de
algodón, del gravamen que se convirtió intolerable en razón a las políticas adoptadas
por el regente visitador general Juan Francisco Gutiérrez de Piñeres y el gobernador
José Caicedo y Flores Ladrón de Guevara y a que instigados por los rebeldes criollos,
que no tenían afecto por el clero, los indígenas creyeron poder desagraviar.
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Miguel Lozano de Peralta, marqués de San Jorge,
representó el apoyo de la aristocracia a la causa de los comuneros (Tomado de: Incienso
y pólvora, de Enrique Caballero, Editorial Pluma, Bogotá, 1980).
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El desarrollo general de la
Insurrección de los Comuneros, en su contexto más amplio, es bastante conocido. Su causa
principal fueron los procedimientos despiadados introducidos por Gutiérrez de Piñeres, a
quien la corona había enviado a Santafé de Bogotá en 1779 a recaudar dinero para la
guerra recientemente declarada contra Gran Bretaña. En ausencia del virrey Manuel Antonio
Flores, quien se había trasladado a Cartagena para supervisar la defensa de tan
importante ciudad, Gutiérrez de Piñeres incrementó la alcabala*, o impuesto a las
ventas, del 4 al 6%. Gravó con impuestos la sal, el tabaco y los juegos de cartas -todos
monopolios impopulares del gobierno- e impuso nuevos gravámenes sobre los textiles de
algodón. Este severo programa que amenazaba incrementar el precio de los productos
alimenticios, los bienes de consumo y los costos de la industria, se convirtió en una
ofensiva doble, debido a los rigurosos métodos utilizados por los recaudadores de
impuestos, quienes no tenían ningún escrúpulo para la extorsión o la violación(3).
El 16 de marzo de 1781, la revuelta
estalló en el Socorro, donde la combinación de las medidas del regente y el reciente
establecimiento del libre comercio amenazaban la hasta entonces industria floreciente de
textiles. Después de negarse a pagar los nuevos impuestos, cerca de 6.000 insurgentes
atacaron las bodegas del gobierno en el pueblo, expulsaron a las autoridades españolas y
eligieron sus propios dirigentes. El movimiento inicial era popular y predominantemente
criollo. El líder fue Juan Francisco Berbeo, y sus subalternos eran pequeños
comerciantes, agricultores y funcionarios municipales. Cuando la revuelta se extendió a
Tunja, Antioquia, Neiva, Pamplona y Casanare, un grupo de indígenas, alentados por el
ejemplo de Túpac Amaru en el Perú, brindaron su apoyo.
El 2 de junio, un ejército que se dice
estaba compuesto por 20.000 personas enfurecidas se reunió en el pueblo de Zipaquirá, a
un día de distancia de Santafé, clamando por la supresión del monopolio del tabaco y la
abolición de muchos impuestos y del cargo de visitador general. Extremadamente alarmado,
Gutiérrez de Piñeres reactivó la Junta Superior de Tribunales, un comité existente de
la Real Audiencia y los representantes principales de la administración fiscal para
acordar un arreglo con los socorranos antes que éstos impusieran por la fuerza una
solución invadiendo la capital. Cuando el principal negociador de la Junta, el arzobispo
Antonio Caballero y Góngora, llegó a Zipaquirá, recibió de Berbeo las
Capitulaciones, documento con 35 puntos que exigía reformas administrativas, mayores
oportunidades para los criollos y un mejor tratamiento para los indígenas(4). Para que el conflicto no se extendiera, y sintiéndose
indefenso frente al ejército enfurecido, Caballero y Góngora firmó el documento el 6 de
junio, el cual fue aprobado por la Audiencia al día siguiente. Teniendo la victoria en
sus manos, Berbeo ordenó a sus seguidores que se dispersaran y condescendió, al igual
que muchos de sus compañeros, con las autoridades.
Su triunfo fue efímero. Cuando las
noticias del arreglo llegaron a Cartagena, el virrey Flores lo desconoció de manera
categórica y el 6 de julio envió quinientos soldados a Santafé para restaurar el orden.
Dirigidos por José Antonio Galán, mestizo de genio violento, aquellos comuneros que no
habían desistido continuaron la lucha hasta que Galán fue capturado en Onzaga
(Santander) el 13 de octubre. Con el orden restaurado, el virrey Flores restableció los
aborrecidos impuestos, y juzgó y ejecutó a Galán y a tres de sus compañeros el 1o. de
febrero de 1782. Muy poco tiempo después, renunció a su cargo para aceptar ser promovido
como virrey de la Nueva España. En julio de 1782, la corona nombró como su sucesor a
Caballero y Góngora. Uno de los primeros actos del virrey-arzobispo fue conceder un
perdón general a todos los involucrados en la insurrección del 7 de agosto. La paz
retornó, desde el punto de vista de las autoridades reales, pero no para los comuneros.
La insurrección que agitaba la zona
central de la Nueva Granada se extendió rápidamente por la cordillera y llegó a la
provincia de los Llanos, un territorio vasto, poco poblado, que abarcaba las vertientes
orientales de los Andes y las llanuras de pasto tropical del Casanare, al norte del río
Meta. El 19 de mayo los ciudadanos criollos de las tres ciudades españolas de Pore,
Santiago de las Atalayas y Santa Rosa de Chire, abolieron los nuevos impuestos, los
tributos de los indígenas y la alcabala*. En Pore depusieron al cabildo y a los
administradores de impuestos, forzando al alcabalero a devolver el dinero que
había recaudado recientemente. En la capital, Santiago, desalojaron el cabildo, y el
gobernador, don José Caicedo y Flores Ladrón de Guevara, advertido de antemano sobre la
insurrección que iba a llegar, de manera prudente huyó de su casa en el pueblo de
Morcote(5).
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Juan
Francisco Berbeo, superintendente y capitán general de los comuneros (Tomado de: Los
comuneros, de Manuel Briceño, imprenta de Silvestre y Compañía, Bogotá,
1880).
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Don Francisco Javier de Mendoza,
oriundo de Miraflores y propietario de un hato de ganado ("rancho") en las
orillas del río Guachiría, asumió el mando en Pore, con el título de capitán general
y gobernador de la provincia. Recibió una comisión como capitán del común del Consejo
Supremo de Guerra del Socorro. De sus compañeros criollos, los archivos tienen
registrados solamente los nombres de Eugenio y Gregorio Bohórquez, cocapitanes de Chire.
Mendoza reunió a los indígenas de Pore, Támara, Ten, Manare y otros pueblos y los
liberó de pagar impuestos. Identificándose como el apoderado del inca, les hizo jurar
lealtad al rey de América, Túpac Amaru, sin saber que éste había sido ejecutado en
Cuzco el 15 de mayo, y les ordenó obedecer a los capitanes comuneros del Socorro. En cada
pueblo, los indígenas escogieron capitanes y oficiales del común, nombrando mujeres en
aquellos lugares donde los hombres estaban fuera criando ganado(6).
La proclamación en Pore, y en otros
pueblos aledaños, de una carta fechada el 23 de mayo y firmada por el común del Cocuy,
exaltó aún más a los indígenas. Cocuy era un pueblo de las tierras altas, situado al
nordeste de Sogamoso, y la carta dirigida a los capitanes y subordinados de Támara, Ten y
Manare afirmaba que Túpac Amaru había sido coronado rey y que iba a acabar con todos los
impuestos. La carta continuaba:
Así pues les advertimos que si el
gobernador intenta imponer los impuestos no lo dejen hacerlo. Si trata de castigarlos
levántense en contra suya y si no elimina los impuestos vamos a Santafé de Bogotá para
hacerle guerra a los santafereños. Si no hacen lo que les decimos, en el momento que
regresemos haremos la guerra en contra suya
(7).
Los indígenas de Támara leyeron esta
carta en cada pueblo. Explicaron a los lugareños que no tenían que asistir a misa ni a
las clases de catecismo a menos que lo quisieran hacer, porque los sacerdotes no podían
obligarlos a hacerlo. José Tapia, vicario general de la provincia de Santiago, fue
testigo de este acontecimiento en Morcote. En un recuento muy emocional de la
insurrección que escribió a Salvador Plata en el Socorro, afirmaba que los Támaras le
habían dicho que la orden no provenía del Cocuy, pero su borrador había sido realizado
en Pore(8). Ésta era también la opinión del gobernador
Caicedo, quien, viendo que Mendoza trataba de alentar a los indígenas en contra suya,
rápidamente recogió sus documentos y huyó de Morcote rumbo a Socotá, dejando sus
pertenencias pesadas de cargar al cuidado de Tapia(9).
El 26 de mayo, veinte indígenas
provenientes de Támara, Ten y Manare, armados con arcos y flechas, llegaron a Morcote y
atacaron la casa abandonada del gobernador. Destruyeron todo lo que encontraron y trataron
de entrar en la iglesia para sacar algunos estandartes. Cuando el vicario general los
disuadió de tal propósito, le ordenaron entregarles todas las propiedades del gobernador
que permanecían bajo su posesión. Lo amenazaron con cortarlo en pedazos, quemar su casa
y llevarlo amarrado hasta Pore si no obedecía. Enfrentado a estas posibilidades
aterradoras, Tapia aceptó entregar los objetos. Les preguntó nuevamente que a quién
estaban obedeciendo órdenes, y éstos "de manera unánime confesaron que obedecían
a don Javier de Mendoza"(10)
Determinada a aprehender a Caicedo, la
fuerza, ahora ampliada a 1.500 hombres, se dirigió por el camino de Pisba y Paya. Al
alcanzar a Francisco de Lara, quien estaba escudando parte de los haberes del gobernador a
lomo de mula, lo lanzaron de su montura, lo amarraron y lo arrastraron hasta la cárcel en
Pisba, donde también atacaron la casa del sacerdote. Continuando hasta Paya, se mofaron
del cura de ese pueblo y confiscaron los bienes del estanquero y del asentista de
Labranzagrande, quienes se habían refugiado previamente en Paya para escapar a la turba
enfurecida. Los indígenas regresaron luego a Pisba, donde amarraron y azotaron al
teniente local y a su hermano. Estos fueron salvados de ser ejecutados gracias a la
aparición del sacerdote, quien llegó vestido con todos sus ornamentos y llevando el
sacramento. Al fin, fatigados, los indígenas retrocedieron hasta Morcote. Después de
reclamarle a Tapia los haberes del gobernador, se los llevaron junto con algunas mulas y
un sirviente.
Durante seis semanas los indígenas
continuaron hostigando a los sacerdotes y a otros blancos. En su carta, Tapia informó que
muchos curas en la provincia fueron objeto del ridículo. En Manare, los indígenas
profirieron insultos contra el sacerdote; en Ten, lo mantuvieron preso en su casa durante
una semana. Los habitantes de Morcote habían permanecido leales, pero en todos los demás
lugares los indígenas se negaron a asistir a los ritos religiosos, y por lo menos cuatro
murieron sin haber recibido los sacramentos. De manera rutinaria persiguieron a los
blancos y los amenazaron con el exilio. En Pore pidieron que Juan Martín y Felipe
Herrera, dos hermanos que servían como alcabaleros, pagaran con sus propios
recursos todo el dinero que habían recaudado. Los Ruedas habían huido y uno de ellos,
demente, estaba viviendo en Chire, mientras que el otro era un fugitivo en otro lugar del
país. Tapia concluía:
Finalmente esta provincia está en una
confusión infernal. Todos dan órdenes, cada uno contradice al otro. Solamente se ve y se
sabe de crímenes, prueba de lo cual es la niñería que ha permitido nombrar mujeres como
capitanes usadas para maltratar a las mujeres blancas
(11)
.
El vicario general no tuvo duda de que
Javier de Mendoza era el responsable de estos hechos. En cada cruce de camino, el capitán
general instaló una patrulla armada, pagada con el dinero hurtado de las cofradías y del
tesoro real. Los indígenas le habían dicho que Mendoza los había urgido a que hicieran
lo que ellos quisieran en todos los pueblos y les había asegurado que si los sacerdotes
huían aterrorizados, el "Nuevo Rey" le había escrito a él (Mendoza) que lo
recompensaría por ello(12). El gobernador Caicedo secundó
su afirmación en una carta dirigida al Socorro, fechada el 21 de junio. Al afirmar que
Mendoza estaba usando la rebelión de los comuneros como una excusa para llevar a cabo su
vindicta personal, Caicedo le solicitó al Consejo de Guerra que forzara al capitán
general llanero a devolver los sirvientes y los bienes de que se había apropiado de
manera indebida(13).
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|
José Antonio
Galán (Colección de miniaturas, Biblioteca Luis Ángel Arango.
|
Mendoza respondió que los
indígenas estaban actuando por su cuenta. Para fundamentar su afirmación mostró una
carta de los indígenas de Támara, quienes planteaban sus exigencias en contra del
gobernador, pero el Consejo no se convenció y el 17 de julio le ordenó devolver los
bienes(14). Los funcionarios reales también consideraron
al criollo culpable. El virrey Flores le escribió al ministro de las Indias que Mendoza,
ayudado por algunos corregidores, se había apoderado de los dineros del fisco y había
persuadido a los indígenas a dejar de pagar los tributos y a atacar a los sacerdotes y al
gobernador. En su informe del 31 de julio a Carlos III, la Junta Superior de Tribunales
afirmó que Mendoza había causado el levantamiento en los Llanos al deponer a oficiales
reales, al forzar al gobernador a huir y al liberar a los indígenas de pagar tributo y de
recibir instrucción en el dogma cristiano(15).
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Laguna
de los Llanos Orientales, de Anton Goering, 1892 (Tomado de: La ruta de Humboldt
Colombia y Venezuela, publicado por Villegas Editores, 1994.)
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Las autoridades anhelaban subyugar
a Mendoza y restablecer el control real. La firma de las Capitulaciones de
Zipaquirá, que había conllevado un cese de las hostilidades en el interior, no era
respetado en el Casanare. El 23 de junio, José Antonio Galán había hecho un llamamiento
a las armas al atacar el pueblo de Honda y luego a Ibagué, Ambalema, Villa de la
Purificación y Tocaima. Ese mismo día, la Junta Superior de Tribunales decidió nombrar
comisionados para que fueran a Pore a convencer a Mendoza de que cesara sus hostilidades y
cooperara en el restablecimiento de la paz. Los comisionados llevaban instrucciones
secretas para capturar o matar a Mendoza si continuaba resistiéndose. El 14 de julio,
día previsto para que Juan Antonio Fernández Recamán capturara a Galán, la Junta
nombró a José Antonio Chaparro, residente en Sogamoso, para que ejecutara su orden
anterior, ofreciendo una recompensa de 500 patacones que serían pagados puntualmente por
la captura de Mendoza vivo o muerto(l6). No está claro si
Chaparro intentó llevar a cabo su misión, pero es cierto que las autoridades habían
rechazado como infructuoso cualquier plan de enviar tropas regulares al Casanare, debido a
la distancia, las carreteras intransitables y la falta de mano de obra. Favorecieron, por
el contrario, un esfuerzo organizado de tipo privado. Cuando el arzobispo Caballero y
Góngora llegó al Socorro, el 16 de julio, acompañado por seis misioneros capuchinos,
nombró a José Antonio Villalonga comandante de dicha expedición, ayudado por Francisco
José Becerra y Fernando Rodríguez. El prelado le dio a Villalonga una carta de
presentación para los sacerdotes y funcionarios que permanecían en los Llanos, en la
cual les solicitaba su apoyo(17). Además, llevaba una
carta, dirigida a Mendoza, de los líderes comuneros del Socorro Salvador Plata, Ramón
Ramírez, Antonio José Monsalve y Francisco Rosillo, en la cual le ordenaba recibir a
Villalonga, restaurar los cabildos y al gobernador depuestos y ayudar en la pacificación
de la provincia(18). De acuerdo con el informe de
Villalonga al rey, escrito tres años después, el marqués de San Jorge, Miguel Lozano de
Peralta, una figura controvertida, implicada ya en la causa comunera, financió la
expedición con su fortuna personal y sus ingresos como administrador de la encomienda de
los Llanos(l9).
Villalonga reunió su expedición en
Zipaquirá y salió hacia Sogamoso a principios de agosto, siguiendo la ruta de Ubaté. En
Socotá habló con José Caicedo, quien le informó de la lamentable situación en el
Casanare, de la conmoción general del robo de los fondos reales y de los bienes del
gobernador por parte de rebeldes indígenas y vecinos violentos(20).
Caicedo había sabido, por fuentes confiables, que Mendoza, después de haber recibido la
orden del Socorro, había resuelto resistir hasta el final. Haciendo un llamado a los
indígenas para que permanecieran juntos, les dijo que podían regresar los bienes, si
así lo querían, pero que él no les ordenaría hacerlo y que estaba listo para desafiar
a los capitanes del Socorro si lo obligaban a hacer cumplir su solicitud. Los indígenas
respondieron airadamente que "no querían entregar nada, que querían la guerra y que
les quitarían a los del Socorro el deseo de estar escribiendo cartas"(21). Caicedo calculaba que 3.000 indígenas y muchos criollos
apoyarían a Mendoza. Algunos criollos lo abandonarían en el momento en que vieran el
ejército del interior, pero tenía por lo menos once chapetones que eran confiables y a
quienes les había entregado sesenta rifles, las únicas armas de fuego utilizables que
existían en el Casanare. Caicedo aseguró a Villalonga que Mendoza estaba absolutamente
determinado, a continuar como legislador supremo de la provincia y que los oficiales
reales, que creían que él estaba todavía obedeciendo órdenes provenientes del Socorro,
estaban engañados(22).
Debidamente informado, Villalonga
dirigió su ejército a través de la cordillera por el páramo de Pisba, tomando algunos
militares urbanos como auxiliares. Después de un viaje difícil por un largo y tortuoso
camino, llegó a Pore, donde notificó al cabildo y a los de Chire y Santiago de su
llegada y les solicitó obedecer sus órdenes y ayudar en la pacificación. Algunos
rebeldes continuaron luchando, pero muchos vecinos y el clero con sus indígenas se
acogieron a la causa de Villalonga. A fines de septiembre, Villalonga había restaurado el
orden en Támara, Ten, Manare, Paya, Cravo, Pisba, Labranzagrande y otros lugares
afectados. Los fondos robados de las haciendas de Tocaría y Cravo fueron restituidos,
así como el dinero tomado del tesoro real. No se perdió ningún miembro de la
expedición, pero tres rebeldes fueron asesinados, y Javier de Mendoza estaba entre los
veinte prisioneros que capturaron(23).
Villalonga regresó a Bogotá para
informar a la Audiencia, Su testimonio completo, escrito el 28 de junio de 1784, dio la
gloria de la victoria al marqués de San Jorge, por "responder a nuestra solicitud,
ampliando y reforzando nuestro deseo de habernos concedido esta comisión, dándonos
instrucciones y consejos con el objeto de que triunfáramos y, finalmente, por habernos
dado los pesos necesarios de su propio dinero para ayudar con los gastos en que incurrimos
por esta materia"(24). El testimonio de Villalonga fue
una de las múltiples pruebas que el marqués presentó en 1784 para exonerarse de los
cargos de haber ayudado de manera abierta y secreta a los comuneros.
Los recuentos escritos de la
insurrección de Casanare muestran que había dos facciones: los vecinos criollos
liderados por Javier Mendoza y los indígenas, cuya fuerza armada llegaba a cerca de 3.000
hombres. Mientras el vicario general Tapia decía que la provincia completa estaba en una
situación de caos, una reconstrucción del padrón de asentamiento nos da una idea más
exacta del alcance del conflicto. El 14 de octubre de 1778, el gobernador Caicedo terminó
el censo de la provincia de los Llanos en respuesta a un edicto expedido por el virrey
Manuel de Guirior el 10 de noviembre de 1776 (véase cuadro 1 ). El padrón
muestra tres ciudades españolas, junto con los pueblos indígenas y mestizos en cada
jurisdicción. De una población total de 20.892, el 7% comprendidos 23 miembros del clero
y 1.535 vecinos, eran blancos; el 73%, o 15.189, eran indígenas; el 19%, o 4.026, eran
mestizos; y 119, o menos del 1 %, eran esclavos negros(25).
El mapa (pág. 16) muestra la localización de algunos de estos asentamientos(26). La insurrección empezó en Pore y se extendió a
Santiago y a Chire. Nunchía, parroquia mestiza fundada solamente once años antes, no se
adhirió, ni tampoco Iximena, que registraba la población blanca más numerosa de la
región. La insurrección se extendió rápidamente a Morcote, Támara, Paya, Pisba,
Labranzagrande y Cravo, todas en la jurisdicción de Pore, y Ten y Manare, en el distrito
de Chire. Con la excepción de Santiago, estos pueblos estaban todos en la misma zona,
cerca de las vertientes andinas, hacía el occidente y norte de Pore. Los pueblos rebeldes
tenían una población de 10.805 personas o alrededor de la mitad de la población de la
provincia. En los asentamientos al norte de Santiago, en los valles de San Juan, a lo
largo del río Meta y en los llanos de Arauca no hubo conflictos.
En The People and the King, el
profesor Phelan anota que el comportamiento indígena en el Casanare fue mucho más
radical que en el interior. En Santafé, Tunja y Sogamoso, los indígenas solicitaron la
devolución de sus resguardos y minas de sal pero no repudiaron ni la cultura hispánica
ni tampoco rechazaron a la Iglesia y sus prelados. Phelan afirma que la violencia en el
Casanare fue el resultado del fracaso de los jesuitas y de sus sucesores en cristianizar a
los indígenas.
Luego de la expulsión de la
Compañía de Jesús, los dominicos, franciscanos y agustinos tomaron su lugar. Los
indígenas habían sido cristianizados de manera imperfecta por los jesuitas, y sus
sucesores fueron realmente poco eficaces. Los neófitos mostraban una hostilidad aguda
hacia sus mentores espirituales. Los encolerizados indígenas atacaban iglesias y forzaban
al clero a huir
(27).
El problema con esta interpretación es
que solamente uno de los pueblos que participaron en la insurrección, Manare, era una
misión exjesuítica que en 1781 estaba a cargo de los franciscanos (28). Desde principios del siglo XVI, los agustinos habían
tenido a su cargo a Ten, Támara, Morcote, Paya, Pisba y Labranzagrande. La Junta de
Propaganda Fide, convocada en Santafé en 1662, confirmó su administración. En su
historia de las misiones agustinas en Colombia, José Pérez Gómez asegura que éstos
continuaron administrando estos pueblos "hasta que fueron secularizados en los
últimos cincuenta años del siglo XVIII"(29). El
censo en 1778 distinguió diferentes tipos de clero y registró que el clero secular
estaba trabajando en Ten, Támara, Morcote, Paya y Cravo y que había clero regular en
Manare y Pisba. No hubo inquietud en las misiones exjesuitas de Tame, Macaguane, Betoyes,
Patute o Puerto (controlado en 1781 por los dominicos), o en Macuco, Surimena y Casimena,
misiones exjesuitas otorgadas a los recoletos(30). El
embate de la insurrección, entonces, provino de los indígenas habitantes de pueblos
sujetos a la administración hispánica por más de un siglo y medio y recayó más sobre
el clero secular que sobre el clero regular.
CUADRO 1
Población de la provincia de
los Llanos en 1778
.
|
PUEBLOS
|
CLERO
|
|
BLANCA
|
INDÍGENA
|
MESTIZA
|
ESCLAVA
|
TOTAL
|
|
SECULAR
|
REGULAR
|
|
*Ciudad de
Santiago
|
1
|
1
|
492
|
55
|
286
|
37
|
872
|
|
Iximena
|
-
|
1
|
670
|
174
|
484
|
6
|
1355
|
|
Chámesa
|
-
|
1
|
92
|
171
|
114
|
-
|
378
|
|
Casimena
|
-
|
1
|
6
|
380
|
3
|
-
|
390
|
|
Surimena
|
-
|
1
|
11
|
908
|
17
|
1
|
938
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
*Ciudad de
Pore
|
2
|
-
|
129
|
42
|
804
|
40
|
1017
|
|
Nuchía
(parroquia)
|
1
|
-
|
16
|
33
|
606
|
23
|
679
|
|
Macuco
|
-
|
1
|
2
|
619
|
8
|
-
|
630
|
|
Guanapalo
|
-
|
1
|
-
|
637
|
-
|
-
|
638
|
|
*Morcote
|
1
|
-
|
2
|
2165
|
35
|
1
|
2204
|
|
*Támara
|
1
|
-
|
3
|
2079
|
57
|
1
|
2141
|
|
*Paya
|
1
|
-
|
1
|
544
|
60
|
-
|
606
|
|
*Pisba
|
-
|
1
|
-
|
590
|
8
|
-
|
599
|
|
*Labranzagrande
|
1
|
-
|
8
|
140
|
587
|
-
|
736
|
|
*Cravo
|
1
|
-
|
10
|
692
|
380
|
10
|
1093
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
*Ciudad de
Chire
|
-
|
-
|
57
|
-
|
298
|
-
|
355
|
|
*Ten 1
|
1
|
-
|
-
|
484
|
62
|
-
|
547
|
|
*Manare
|
-
|
1
|
-
|
625
|
9
|
-
|
635
|
|
Tame
|
-
|
-
|
17
|
1739
|
89
|
-
|
1845
|
|
Macaguane
|
-
|
1
|
-
|
1635
|
4
|
-
|
1640
|
|
Betoyes
|
-
|
1
|
19
|
1276
|
-
|
-
|
1296
|
|
Patute
|
-
|
-
|
-
|
66
|
65
|
-
|
131
|
|
Puerto
|
-
|
1
|
-
|
114
|
-
|
-
|
115
|
|
Aguariva
|
-
|
1
|
-
|
21
|
50
|
-
|
72
|
|
TOTAL
|
10
|
13
|
1.535
|
15.189
|
4.026
|
119
|
20.892
|
* Pueblos que participaron
en la revolución.
(Esta información es adaptada del Padrón realizado en 1776 por José Caicedo
por orden real del 10 de noviembre de 1776. Y fechado en Morcote el 14 de octubre de 1778.
El original reposa en el Archivo Histórico Nacional).
Una mejor explicación de la rebeldía
radica parcialmente en la participación de los pueblos rebeldes en la industria de
textiles de Tunja. Poco tiempo después de la conquista, Tunja surgió como el centro
principal de la producción y distribución de textiles para toda la Nueva Granada. Con
una población densa de indígenas apropiada para la labor de la encomienda, la rápida
adaptación de las ovejas en los valles del altiplano, que garantizaban el abastecimiento
de lana, y el acceso al algodón cultivado en las regiones bajas del Casanare, la
primacía de Tunja era inexpugnable. Bajo el dominio chibcha, los laches y tunebos, que
habitaban en pueblos en las vertientes de la cordillera Oriental, estaban acostumbrados a
pagar tributo a los caciques de Tunja, Duitama y Sogamoso con algodón, pescado y miel,
todos productos de su tierra. En 1560 formaron parte de una encomienda muy grande otorgada
al conquistador Gonzalo Jiménez de Quesada y más tarde a su heredero, Antonio de
Berrío. Esta encomienda era una de las más ricas de la provincia de Tunja, porque
abarcaba todas las operaciones necesarias para la producción de textiles de algodón. Los
indígenas que vivían alrededor de Támara recolectaban hasta 160 cargas (40 libras son
una carga) de algodón anualmente, que enviaban a las comunidades indígenas de la
cordillera. En 1571 , se enviaron 6.825 arrobas de algodón solamente a los caciques de
Chita. En esa población los indígenas pagaban su tributo en cobijas. Cada clan o
parcialidad tenía que entregar al encomendero el número de cobijas fijado en el
impuesto. Además, en obrajes* establecidos en Santiago de las Atalayas, los indígenas
tejían textiles y cobijas que utilizaban para pagar su tributo. En una época tardía,
1754, el remanente de la encomienda Quesada Berrío continuaba produciendo más de 1.000
pesos al año y había acumulado en el tesoro de la Hacienda Real, 32.246 varas* de textil
de algodón con un valor de 10.000 pesos(31).
A pesar de que los obrajes* habían
desaparecido en Santiago desde mediados del siglo XVIII, los textiles de algodón
continuaban siendo la industria más productiva en los pueblos indígenas. El padre
Basilio Vicente de Oviedo, quien describió y clasificó todas las parroquias de la Nueva
Granada de acuerdo con el tamaño, el ingreso, el clima y la situación general en 1761,
observó que la producción de algodón estaba centrada en Támara, Ten, Morcote, Manare
y, en menor escala, en Labranzagrande, Pisba y Paya. Los indígenas de estos pueblos eran
dóciles, humildes y muy trabajadores. Cultivaban y recogían algodón, que hilaban para
pagar sus cofradías y fiestas. Tejían textiles tan finos como los de Castilla. En
Morcote producían cobijas blancas y a rayas, pañuelos, pendones y muchos textiles
curiosos. Las especialidades de Támara eran colchas a rayas azules y blancas y pañuelos
"tan finos como aquellos que vienen de Quito y muy buscados por la gente
distinguida"(32). Oviedo, desde la perspectiva de un
sacerdote de parroquia, consideraba a Morcote y a Támara como los distritos más
prósperos del Casanare, y los situó en el segundo puesto de su escala de 1 a 5 en
parroquias o a la par con San Gil o Zipaquirá. Las actividades económicas en los demás
pueblos incluían cultivos de maíz y de yuca, la recolección de productos de la selva,
alfarería y, en el caso de Cravo, que participó en la insurrección, la crianza de
ganado. El ganado también era la fuente principal de ingresos de las ciudades españolas
de Pore y Santiago de las Atalayas.
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Pareja de indios
churoyes y chinchorro de niño, Llanos Orientales (Tomado de: Le Tour du
Monde, París, 1877).
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Sin embargo, en la época de
Oviedo, el Socorro había superado a Tunja como productor de textiles, y únicamente en la
región de los Llanos, la industria mantuvo su antigua importancia(33). Situados a una altitud de 1.200 metros sobre el nivel
del mar, los valles fértiles y el clima templado del Socorro permitían el cultivo de
variados productos, entre los cuales caña de azúcar y algodón. El ganado también era
un producto importante. La ubicación del pueblo en el camino real entre Vélez, hacia el
sur, y Pamplona, hacia el norte, lo convertía en un emporio comercial natural para una
gran región. Un alto índice de crecimiento demográfico fortalecía el desarrollo de las
actividades económicas. Por el contrario, la población indígena, cada vez menor
alrededor de Tunja, había reducido la prosperidad de la espléndida ciudad de otra época
a una fachada fantasmal(34). La organización y las
técnicas tradicionales de la producción textil de Tunja no tenían comparación con los
nuevos métodos adoptados en el Socorro. En 1750 los textiles fabricados en la localidad,
anteriormente llamados "de Tunja", eran denominados ahora "del
Socorro".
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Los
estancos de tabaco en los llanos de Casanare, 1791 (Archivo General de la Nación,
Mapoteca 4, M #218-A).
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Los funcionarios reales reconocían
la significación del algodón en el Casanare y deseaban promover esta actividad,
especialmente en la coyuntura del caos económico producido por la expulsión de los
jesuitas en 1767. En su largo informe a Mesía de la Cerda sobre las condiciones del
virreinato en 1772, Francisco Antonio Moreno describió la pobreza general de los Llanos,
donde las "ciudades" españolas difícilmente merecían ese nombre. El único
comercio en la región lo constituía la fabricación de textiles, que formaba parte de un
comercio limitado con el interior(35). El virrey Guirior,
en su Relación de mando de 1776, recomendó a su sucesor, Manuel Antonio Flores, el
estímulo del cultivo de algodón en el distrito, en la nueva ciudad del Socorro y en la
provincia de los Llanos, donde los indígenas "vivían de los textiles que producían
y merecían ser imitados". Guirior urgió a los corregidores a tomar medidas que
incrementaran la producción de ruanas, camisas y otros textiles, "ya que la
experiencia muestra que si los vecinos no pueden obtener textiles locales, comprarán los
de fuera"(36).
En su ahínco por reorganizar,
racionalizar e incrementar los ingresos fiscales de la Nueva Granada, el visitador general
Gutiérrez de Piñeres no escuchó dicho consejo. En su Instrucción general para el
más exacto y arreglado manejo de las Reales Rentas de
Alcabalas y Armada de
Barlovento, expedido el 12 de octubre de 1780, se extendió el impuesto a las ventas a
muchos productos que anteriormente estaban exentos, entre ellos el algodón y el hilo.
Esta decisión fue muy perjudicial para los indígenas del Casanare, al igual que para los
socorranos, debido a que el cultivo del algodón, su hilado y el tejido de textiles
sostenían a muchos hogares en ambas regiones. El impuesto sobre el hilo tuvo objeciones
especiales, porque los pobres lo utilizaban en lugar de la moneda para sus compras y
transacciones(37).
Combinada con la prohibición anterior
del cultivo del tabaco, esta reforma llevó a los pobres a una situación imposible. El
descontento generalizado que generó se refleja en la cláusula novena de las Capitulaciones,
que exigía la limitación de la alcabala al 2% sobre ciertos productos y la exención
completa del algodón: "siendo un producto que solamente los pobres recogen y
recolectan [...] solicitamos que la exención sea establecida como regla general"(38).
En abril de 1781, Gutiérrez de Piñeres
se dio cuenta de que el establecimiento del impuesto de venta sobre el algodón había
sido un grave error. Para mitigar el descontento popular, anuló el impuesto a la venta,
compra o intercambio de algodón e hilo de algodón en Muzo, Vélez, Tunja, Leiva, San Gil
y la provincia de los Llanos, debido a que en esos distritos la elaboración del algodón
y del hilo era la industria principal de los pobres, y ambos eran utilizados de manera
regular como medio de intercambio(39). Cuando la
insurrección en el Socorro estaba en su fase más crítica, los capitanes comuneros
resolvieron desconocer este decreto, a pesar de que ya les habían llegado noticias de él(40). Igualmente, ya era muy tarde para reparar los daños en
el Casanare, donde los indígenas, además de resentidos por los impuestos especiales,
estaban desesperados con los abusos permanentes de José Caicedo en la recaudación de los
tributos.
En carta dirigida a Javier de Mendoza
fechada el 16 de julio de 1781, la gente de Támara sostenía que, después de haber sido
gobernador durante cinco años, Caicedo les debía dinero a los tejedores indígenas en
Manare, Ten, Támara, Morcote, Paya y Pisba. Específicamente, había abandonado las
prácticas de los gobernadores anteriores y había forzado a todos los tejedores a que
fueran a Morcote a vender sus textiles, en lugar de que él los comprara directamente en
sus pueblos nativos. Se veían obligados con frecuencia a hacer varios viajes a Morcote
para que les pagara. Aun en ese caso, si se encontraba que el textil estaba ligeramente
bajo de peso, no les pagaba o les pagaba solamente una parte del valor. Finalmente, el
gobernador les había usurpado mulas de manera injusta y, cuando las mulas morían por
picaduras de serpiente, les atribuía la responsabilidad a los tejedores. Por estas
razones, decían los habitantes de Támara, lucharían antes que devolver a Caicedo los
bienes usurpados, que tenían la intención de dividir entre sus acreedores(4l).
Caicedo no respondió de manera directa a
estos cargos, pero le informó a Salvador Plata que sus bienes confiscados incluían tanto
el algodón que había recaudado para el tercio de Navidad o tributo de 1780 como el que
había comprado de manera privada. De acuerdo con sus cálculos, era la gente del pueblo
la que le debía. Solicitó a Plata ordenarles que le pagaran rápidamente y renunciar a
sus sirvientes, mulas y bienes. Prometió trasladar todos sus negocios privados fuera de
la provincia una vez hubiera recibido su mercancía, pues no tenía ningún deseo de
regresar y no tenía ningún agente allí en quien confiar para que se hiciera cargo de
sus intereses(42).
Parece que los impuestos sobre el
algodón exacerbados por los métodos comerciales de Caicedo provocaron a los indígenas
para que atacaran a los recaudadores de impuestos de varios pueblos y forzaran al
gobernador a huir de Socotá. El hecho de que utilizaran el hilo y los textiles de
algodón para pagar derechos religiosos -dado que el clero, al igual que el gobernador,
tomaba con frecuencia de los indígenas más de lo que correspondía que se le pagara-
constituyó el factor que condujo a los indígenas a atacar a los sacerdotes en Paya, Ten
y Manare. Los documentos indican que Javier de Mendoza los impulsó de manera abierta en
estos excesos. Su actitud reflejaba un antagonismo creciente contra el clero, antagonismo
que estaba permeando a la sociedad colonial.
En el pasado, los historiadores han
prestado poca atención a los aspectos anticlericales de la insurrección de los
comuneros, pero el profesor Phelan, en su análisis de las Capitulaciones,
descubrió que el 12,5% de dichas exigencias, o seis cláusulas separadas, se referían a
abusos cometidos por el clero. La cláusula séptima, por ejemplo, acusaba a los
corregidores y sacerdotes de parroquias de trabajar juntos para explotar a los indígenas;
ya que una parte del impuesto del tributo recaudado por los corregidores proporcionaba el
estipendio de los sacerdotes que administraban las parroquias indígenas. También
censuraba a las notarías eclesiásticas, cuyos servicios eran necesarios para bautizos,
matrimonios y funerales, por cobrar en exceso a sus clientes. Otras cinco cláusulas
exponían el argumento de que el clero estaba imponiendo derechos ilegales y excesivos.
Tomados de manera conjunta, implican que existía una insatisfacción con las cargas
impositivas tan pesadas que todos los grupos tenían que pagar con el objeto de mantener
la organización eclesiástica, y que no solamente los indígenas estaban sometidos a
estas exacciones, sino también los criollos y los mestizos(43).
En el Casanare, a este tipo de quejas se debe añadir la profundamente arraigada
hostilidad criolla contra los misioneros, quienes desde principios del siglo XVII (con
apoyo del gobierno) habían buscado ejercer un monopolio sobre los indígenas, mientras
que los vecinos tenían que confiar en sus propios recursos para mantener un nivel de vida
pobre en los inhóspitos llanos.
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Pore: ruinas de
uno de los escenarios más importantes de la insurrección de los comuneros y la
independencia de Colombia (Tomado de: En la ruta de los libertadores, Guillermo
Días Estrada, Bogotá, 1969).
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En 1588, cuando el capitán Pedro
Daza fundó a Santiago de las Atalayas sobre el río Aguamena, en la parte baja de la
cordillera, surgió una esperanza de que algún aventurero intrépido encontraría El
Dorado no lejos de sus alrededores. La ciudad tenía la ventaja de un clima sano y de una
población indígena densa disponible para las encomiendas. En el decenio de 1620,
Santiago, capital administrativa de la provincia, tenía 30 casas recién pintadas de
blanco, un cabildo*, una cárcel, un hospital y una iglesia de adobe bien construida con
un altar de madera y ornamentos finos para la celebración de la misa(44). En 1649, el gobernador Adriano de Vargas informó que
había fundado dos nuevas ciudades: San José de Pore y Santa Bárbara de Cravo. En ese
año, los vecinos de Santiago pagaron más de 1.395 pesos en diezmos, produjeron 12.000
varas de algodón, y enviaron 6.000 cerdos al interior y 5.000 cabezas de ganado a Tunja(45).
A pesar de este comienzo promisorio, el
asentamiento español languideció rápidamente en los Llanos. A diferencia del ganado y
los caballos (que se multiplicaron, a pesar de las nubes de insectos nocivos, de los
pastos de mal sabor y de las sequías e inundaciones), muy pocos europeos se aventuraron a
una región que ofrecía tanto trabajo y tan poca retribución. La "ciudad" de
Chire, fundada en 1672, nunca fue más que un grupo de casas con techo de paja. El número
insuficiente de habitantes redujo a Santa Bárbara de Cravo a un estatus de misión. Los
criollos vivían de la misma manera que los indígenas, cultivando yuca, plátano y maíz,
recolectando productos de la selva y cazando venados, tigres y tapires.
Además de capturar y vender indígenas
como esclavos, actividad que continuó durante todo el período colonial, el trabajo más
lucrativo era el de rodeo de ganado salvaje(46). A mediados
del siglo XVIII, existían numerosos hatos dentro del área de 160 kilómetros
comprendida, a lo largo de los Andes, entre los ríos Pauta y Arauca, muchos de los cuales
se localizaban en la zona norte(47). La sal para los
animales era obtenida en Chámeza y Medina. Las mulas se criaban en Labranzagrande. En
Pore, los indígenas teñían cueros y los transformaban en cueros muy finos. Las
cofradías basadas en hatos era fuente importante de ingresos en Pore, Santiago, Puerto de
Casanare, Manare y Cravo. Había movimientos regulares de ganado vía Pore, Nunchía y
Labranzagrande hacia Sogamoso(48). El gran número de
mestizos registrados en el censo de 1778 indica que una subcultura, que muy pronto se
llamaría "llanera", estaba emergiendo rápidamente.
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Laguna del
soldado (Casanare) (Tomado de : En la ruta de los libertadores,
Guillermo Díaz Estrada, Bogotá, (1969).
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Desde mediados del siglo XVII, los
misioneros habían creado una barrera frente a las actividades criollas. En 1662 la Junta
de Propaganda Fide, dirigida por el presidente, don Diego de Egues, dividió el vasto
territorio que comprendía los llanos de San Juan y Casanare entre cinco órdenes
religiosas -agustinos, recoletos, franciscanos, dominicos y jesuitas-, impulsando una
explosión de actividad misionera. Sin embargo, los jesuitas fueron recibidos con gran
hostilidad cuando llegaron a instalarse en el noroeste del Casanare en 1661 . Una
encomendera, doña Serafina de Orozco, reclamó los derechos que ella tenía sobre todos
los achaguas, reducidos o no, presentes o futuros; el gobernador de Santiago, Pedro
Ordóñez y Vargas, amenazó atacar todas las misiones para obtener esclavos; y el sobrino
del gobernador, Esteban Sánchez Chamorro, en varias ocasiones causó conflictos en las
nuevas reducciones, para citar unos pocos ejemplos. Los agustinos tampoco se salvaron. En
1687, su visitador general informó que cazadores de esclavos habían prácticamente
destruido sus misiones en el Casanare(49).
Los ataques de los indígenas guahíbos
constituyeron un grave golpe a la expansión jesuita en la Guayana en 1695. Sin embargo,
en 1715 la Compañía inició una nueva ofensiva a lo largo de los ríos Orinoco y Meta.
En 1767 los jesuitas manejaban 10.000 indígenas en 17 reducciones en el Casanare, Meta y
el Orinoco y administraban ocho haciendas de ganado con 50.000 reses y casi 4.000 caballos(50). Las haciendas más grandes eran Caribare (establecida en
1661 ), Tocaría y Cravo. Los jesuitas también cultivaban caña de azúcar, plátanos,
frutas, café y arroz. La función principal de estas haciendas era suministrar a las
misiones alimentos y bienes, pero su excedente proporcionaba una base para el comercio
regular que los jesuitas mantenían con Santafé hacia el occidente y con la Guayana hacia
el oriente, a la que se llegaba por los ríos Meta y Orinoco.
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Vista de la ciudad de Pisba
(Tomado de: En la ruta de los libertadores, Guillermo Díaz Estrada,
Bogotá, 1969).
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La escala de las operaciones
jesuitas empequeñeció los esfuerzos individuales de los habitantes criollos. Es posible
que el apoyo real continuado a la Compañía, tal como la decisión del virrey Sebastián
de Eslava, en el decenio de 1740, de permitir que las haciendas de los jesuitas en el
Casanare abastecieran de carne a Santafé, provocara celos y críticas de los colonos y
funcionarios locales. En 1766, el coronel Eugenio Alvarado, por solicitud del conde de
Aranda, ministro de Carlos III, resumió estas quejas en un largo informe que solicitaba
la expulsión de los jesuitas. Como segundo en la jerarquía de la Comisión Real de
Fronteras, cuya misión era establecer la frontera entre el territorio español y
portugués en el norte de Sudamérica, Alvarado visitó muchas de las misiones del Orinoco
y del Meta entre 1754 y 1760. Concibió un odio muy fuerte hacia los jesuitas, debido a
que consideraba que éstos se oponían de manera intencional al trabajo de su comisión,
al hacer que los indígenas huyeran y al obstruir la navegación en el Meta. En su Informe
reservado, Alvarado los acusaba de despojar a los habitantes españoles de indígenas
otorgados a ellos en encomienda. Una vez reducidos, los nativos no podían vivir en los
pueblos españoles y dejaban de estar bajo la autoridad de los corregidores. Puesto que
los jesuitas utilizaban indígenas en sus hatos, éstos estaban usurpando trabajos para
los blancos. Al hacer que los indígenas trabajaran como esclavos, los jesuitas no les
pagaban salarios sino los compensaban en especie. Alvarado acusó que, mientras los
jesuitas escribían libros sobre cómo convertir a los salvajes por "persuasión
pacífica", realmente acudían a entradas armadas para tomar neófitos por la fuerza.
Finalmente, los misioneros constituyeron un Estado dentro del Estado. No estaban sujetos
al gobierno de los obispos. Su principal lealtad era con el papa. El coronel solicitó que
fueran expulsados de los llanos de Casanare, porque "no están siendo útiles a Dios,
al Rey en el Reino de Santafé, en sus Llanos y en los bancos de los ríos Meta y
Orinoco"(51). No hubo demostraciones populares en
respaldo de la Compañía cuando el decreto de expulsión llegó, en julio de 1767. El
gobernador Francisco Domínguez de Tejada reunió de manera entusiasta a los misioneros y
los despachó a Maracaibo, y más tarde informó que, a pesar de los gastos personales en
que tuvo que incurrir, él estaba "bien pago y satisfecho de haber servido al
Rey"(52).
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Homenaje a los
libertadores en el paso del páramo de Pisba, dibujo de F.A. Cano (Ilustración del
billete de $2.000, emisión de 1994, Colección Numismática del Banco de la República).
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Poco se beneficiaron los criollos
en el Casanare con la expulsión de los jesuitas, ya que, simultáneamente con ésta, la
corona reasignó las misiones a otras órdenes religiosas. Las haciendas que fueron
manejadas durante un período por los dominicos, quedaron en 1769 bajo el control de la
Junta de Temporalidades, para su venta en remate. Inevitablemente, los mayores oferentes
fueron criollos ricos del interior, tales como el marqués de San Jorge. La corona
continuó asignando recursos, provenientes de las ganancias de estas haciendas, para
mantener las misiones. Es significativo que uno de los primeros movimientos de Mendoza,
después de deponer a Caicedo, fue apropiarse de las haciendas en la jurisdicción de Pore
y detener las ventas de ganado hasta recibir nuevas órdenes provenientes del Socorro(53). A pesar de que los indígenas todavía bajo el dominio
del clero regular estaban aislados geográficamente de Pore, Mendoza logró incitar a los
indígenas bajo la administración del clero secular a levantarse en contra de éste en
los pueblos vecinos. Parece que, en la crisis de los comuneros, los hacendados, como
Mendoza y los hermanos Bohórquez, encontraron no solamente una oportunidad para terminar
con los impuestos que recayeron sobre el ganado y el algodón, sino también para
propinarle un golpe a un antiguo enemigo.
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Aparte de un
manuscrito anónimo titulado Relación verdadera de los hechos ocurridos en la
sublevación de los pueblos, ciudades y villas, en el año 1781 (Colección
Biblioteca Luis Ángela Arango, Mss 47).
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Además, Mendoza tenía dos motivos
de queja frente al gobernador Caicedo. Primero, afirmaba que Caicedo era un sarcillo del
regente, término local que significaba "caminar al lado de alguien", porque
Caicedo había impuesto e implementado las nuevas reglamentaciones tributarias. Segundo,
el gobernador había ampliado de manera arbitraria el número de concejales del cabildo de
Pore de cinco a diez ("para incrementar los impuestos y sacar dinero de la
gente") cuando en un distrito pobre como éste eran suficientes cinco concejales(54). Caicedo, quien pertenecía a un grupo prominente de
funcionarios en Bogotá, refutó de manera vigorosa ambas afirmaciones. En una carta
dirigida a Salvador Plata, afirmó que estaba solamente cumpliendo con su obligación como
gobernador de la provincia, al obedecer las órdenes del regente:
Es del conocimiento público que no
establecí en dicha provincia ningún impuesto fuera de aquellos que encontré
establecidos, y diferentes a los que el Regente impuso y es sabido que como gobernador no
tengo las atribuciones para hacerlo
(55).
Caicedo afirmó, además, que dentro de
las funciones de gobernador estaba el incremento del número de miembros en el cabildo.
Profundamente afectado por la miseria y las desgracias de Pore, había tomado esta medida
como una manera para que algunos individuos mejoraran su posición al tener un cargo que
les diera honor personal y que les permitiera honrar a la ciudad. Sostuvo que Mendoza
objetaba no la medida en sí misma, sino más bien el hecho de que no hubiera sido
nombrado en ninguno de los cargos recién creados. "La justicia mostrará -concluía
Caicedo- de qué manera Mendoza procedió contra mí [..:] usando la excusa del Común,
cual justicia puede ser defendida para vengar injustamente sus pasiones y resentimientos
privados y ver hasta qué punto sus acciones públicas solamente van en contra de las
aspiraciones justas del Común"(56).
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Vista
de Paya, camino de los comuneros de los llanos (Tomado de: En la ruta de los
libertadores, Guillermo Díaz Estrada, Bogotá, 1969).
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Doscientos años más tarde, la
figura de Javier de Mendoza sigue siendo enigmática. Mientras Cárdenas Acosta sostiene
que, en la conducción de la insurrección, Mendoza no cometió ningún atropello o acto
punible y que su comportamiento estaba ajustado a los estándares de un caballero, las
autoridades reales lo consideraron culpable(57). Los
documentos muestran que fue él quien organizó la insurrección, que se presentaba a sí
mismo como un funcionario de Túpac Amaru, liberó a los indígenas de pagar tributos, y
los exhortó a atacar al clero y al gobernador. Cuando Salvador Plata le ordenó devolver
los bienes de Caicedo, Mendoza contestó que los indígenas estaban fuera de control y que
él no podía reunir fuerzas suficientes para quitarles lo que no querían entregar. Aún
en septiembre contaba con su apoyo para defenderse del ejército de Villalonga(58). Mendoza no traicionó a los indígenas. Resistió hasta
que fue capturado por una fuerza mayor. Aun así, no ha compartido el manto de José
Antonio Galán como revolucionario social o como precursor de la independencia. No es
claro si su falta de reconocimiento resulta de la ambigüedad de sus motivos o de la
limitación de sus actividades en una provincia aislada. Los investigadores colombianos
han descuidado sistemáticamente la historia del Casanare y otras regiones periféricas,
al privilegiar temas tales como las relaciones que se dieron entre el centro del país y
la costa. Hasta las guerras de independencia los acontecimientos de allí no ocupan una
fase importante de la historia nacional dentro de una coyuntura crítica única(59).
En conclusión, la insurrección de los
comuneros que se inició en el Socorro produjo una insurrección significativa en los
llanos del Casanare, donde los indígenas y los criollos despojaron del mando a las
autoridades españolas, hostigaron al clero y mantuvieron una autonomía política durante
cuatro meses. Los excesos inusuales perpetrados por los indígenas no se debieron a su
hispanización insuficiente, sino que fueron consecuencia de varios factores: su
participación en la decadente industria textil con su centro en Tunja; el intento de
Gutiérrez de Piñeres de obtener más de los tejedores; las mal aconsejadas medidas
adoptadas por el gobernador Caicedo y la complicidad de los criollos liberados por Javier
de Mendoza, quienes, resentidos por la situación privilegiada del clero, no hicieron nada
para protegerlo y, de hecho, impulsaron a los indígenas a vengarse.
En el contexto del debate existente sobre
la significación del movimiento comunero en la historia de la Nueva Granada, estos
acontecimientos permiten múltiples interpretaciones. Las exigencias de criollos e
indígenas de ser liberados de impuestos injustos y de los abusos del poder local
reivindican a los historiadores "reformistas", quienes afirman que la
insurrección fue básicamente en contra de injusticias específicas del régimen
colonial. Aquellos que consideran a los comuneros como precursores de la Independencia
tendrán que revisar su posición, ante el comportamiento de Javier de Mendoza. Quienes
proponen la teoría de una revolución social sofocada, enfatizarán que eran los miembros
de la elite del Consejo de Guerra en el Socorro, comuneros ellos mismos, quienes
cooperaron con el arzobispo Caballero y Góngora y José Antonio Villalonga, en reprimir
una de las manifestaciones más amplias y radicales de la protesta. Más aún: a pesar de
que el presente ensayo esté de acuerdo con la interpretación de Phelan sobre los
acontecimientos del Casanare, no ha surgido ninguna prueba que refute su tesis central,
basada en un análisis textual de las Capitulaciones, en el sentido de que el movimiento
era esencialmente una crisis constitucional y política profunda, en la que los líderes
del Socorro desafiaron las medidas arbitrarias de Gutiérrez de Piñeres y solicitaron
volver a la "constitución no escrita", por medio de la cual un proceso informal
de toma de decisiones había sido trabajado por las elites criollas y otros sectores con
las autoridades(60).
Las consecuencias de la insurrección son
otro asunto. Si, como lo plantea Phelan, Flores y Caballero y Góngora hicieron
concesiones significativas a las exigencias de los comuneros, es difícil entender como la
reducción de algunos impuestos benefició a la gente del Casanare. El 20 de octubre de
1781, el virrey Flores concedió un perdón general, bajó el precio del tabaco y el
aguardiente, regresó la alcabala al 2% tradicional en las tierras altas y al 4% en las
provincias marítimas y abolió el impuesto de las ventas de Armada de Barlovento. El
algodón y el hilo de algodón continuaron exentos de impuestos(6l).
El arzobispo virrey ratificó estas reformas en su perdón general del 7 de agosto de
1782, pero ni él ni sus sucesores iniciaron ningún programa nuevo para el desarrollo
económico de los Llanos. Los textiles y el ganado tenían una importancia local pero poco
potencial comercial, ya que eran productos que las ciudades de las tierras altas podían
obtener de otras regiones de manera más eficiente. Los comerciantes de Cartagena
bloquearon el análisis de las propuestas para establecer un comercio directo con la
Guayana y con España por los ríos Meta y Orinoco(62). La
dependencia creciente de los virreyes Borbones de tropas militares para defender el
dominio español en las provincias de frontera del Caribe, Riohacha y Darién, no tuvo una
contrapartida en los Llanos. Ni siquiera la amenaza de una invasión inglesa desde
'Trinidad vía Orinoco, descubierta por la captura de Nariño en 1797, planteó una
preocupación que ameritara el envío de un destacamento militar al Casanare(63). Los virreyes 'continuaron considerando a los misioneros
como la mejor manera para poblar, hispanizar y defender la región, una política que
llegó a su punto máximo cuando Mendinueta propuso en 1803 aumentar los esfuerzos del
clero regular con la creación de un obispado en los Llanos(64).
En 1809, la capital provincial había sido trasladada de Santiago de Pore, que había
sufrido una rápida decadencia, y es justo afirmar que el Casanare estaba más aislado
económica y militarmente de Santafé de Bogotá que lo que había estado en los últimos
treinta años.
La insurrección de 1781 tuvo una
consecuencia no prevista para el dominio español en los Llanos. Temiendo represalias por
su participación en la insurrección, a pesar de la concesión del perdón general,
muchos de los habitantes del interior buscaron refugio en las aisladas misiones del
Casanare. Tanto el barón von Humboldt como José Cortés Madariaga, que visitaron los
pueblos de la ribera del río Meta en 1802 y 1811, respectivamente, notaron que
especialmente en la misión exjesuita de Macuco se habían asentado numerosos socorranos
refugiados(65). Fue a estos socorranos que José María
Rosillo y Vicente Cadena deseaban cohesionar en su osado intento de declarar la guerra a
España desde el Casanare en 1809-1810. Cuando una fuerza reunida de manera apresurada,
dirigida por el alcalde de Chire, capturó a los jóvenes revolucionarios, el virrey
Antonio Amar y Borbón, tal como Caballero y Góngora lo había hecho en 1781, terminó la
pacificación enviando una fuerza expedicionaria, proveniente del interior, para ocupar la
provincia(66). Nueve años más tarde, el rumbo de la invasión sería
al contrario. Entre los hombres que marchaban con Simón Bolívar de los llanos de
Casanare hacia el altiplano boyacense, estaban muy seguramente algunos comuneros
olvidados.
* N. del T. y cursivas dentro del texto
(no incluye citas textuales): en español en el original.
1 Phelan evalúa
interpretaciones anteriores en las pág. 151-155 de The People and The
King
(Madison, 1978) y en sus notas de pie de página. Como ejemplos de la posición reformista
están David Phelps Leonard, "The Comunero Rebellion of New Granada in l781,
a Chapter in the Spanish Quest for Social Justice" (tesis para Ph. D.,
Universidad de Michigan, 1951); John Lynch, The Spanish American Revolutions /808-/826(NuevaYork,
l973);y Armando Gómez Latorre, Enfoque social de la revolución comunera (Bogotá, 1973).
Entre quienes consideran al movimiento como precursor de la independencia, los más
importantes son Pablo E. Cárdenas Acosta, El movimiento comunal de 1781 en el Nuevo
Reino de
Granada, 2 vols. (Bogotá, 1960); Manuel Briceño, Los
comuneros (Bogotá, 1977); y Horacio Rodríguez Plata, Los comuneros
(Bogotá, 1950). Respecto a la tesis de una revolución social interrumpida, véase
Indalecio Liévano Aguirre, Las grandes conflictos sociales y económicos de nuestra
historia (Bogotá, 1964); Germán Arciniegas, Los comuneros (Ciudad de México,
1951 ); y Luis Torres Almeyda, La rebelión de Galán, el comunero (Bucaramanga,
1961 ). El profesor Phelan recibió póstumamente el premio Albert J. Beveridge, de la
Asociación Histórica Americana, que consideró la obra The People and
the
King como el mejor libro publicado en 1978 sobre la historia de los Estados Unidos,
Canadá o América Latina.
2. Entre las principales
obras que tratan sobre la Revolución de los Comuneros, las de Cárdenas Acosta, Phelan y
Arciniegas dan algunos recuentos parciales sobre el conflicto en el Casanare. Otras
fuentes citan a Arciniegas, como es el caso de Torres Almeyda, La
rebelión
de Galán, págs. 212-213, o dejan de lado esta fase de la revolución con una nota.
3 Lynch, en The
Spanish American Revolutions. pág. 231.
4 El texto completo de
las Capitulaciones ha sido reimpreso en Cárdenas Acosta, El
movimiento
comunal, t. II, págs. 18-29, y ha sido analizado por Phelan, The People and
the King, págs. 156-186.
5 Las fuentes principales
no publicadas están en el Archivo Histórico Nacional, Bogotá, Los Comuneros (de aquí
en adelante citado como AHN, LC), vol. 6, fols. 49-62. Consiste en la correspondencia
entre los funcionarios y los rebeldes en Casanare y los capitanes comuneros en el Socorro:
Salvador Plata, Ramón Ramírez, Antonio José Monsalve y Francisco Rosillo. Véase
también Cárdenas Acosta, El movimiento comunal, t. I, págs. 251-256, y Phelan,
The People and the King, págs. 104-106.
6 Cárdena Acosta, El
movimiento comunal, t. I, pág. 252.
7 Común del Cocuy a
capitanes y subordinados en los pueblos de Támara, Ten y Manare, Cocuy, 23 de mayo de
1781, AHN, LC, vol. 6, fol. 49.
8 José Tapia a Salvador
Plata, Morcote, 10 de julio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fols. 53-56.
9 José Caicedo a
Salvador Plata, Antonio Monsalve, Francisco Rosillo y Ramón Ramírez, Socotá, 21 de
junio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fols. 56-60. La autora de la carta del Cocuy ha sido
objeto de considerable controversia. Phelan plantea que Berbeo mismo puede haberla enviado
a este pueblo remoto con el objeto de intimidar a las autoridades reales en la aceptación
de solicitudes de las moderadas demandas criollas. Esta tesis está parcialmente basada en
el hecho de que Caicedo, en la carta antes mencionada, afirma que aun antes del 19 de
mayo, Mendoza había recibido algunos documentos sin firma, suponiendo que eran órdenes
del inca que había hecho públicos. Por otro lado, tanto Tapia, quien incluía una copia
del documento del Cocuy con su carta dirigida al consejo de Guerra, como Caicedo
mantenían enfáticamente que en el Casanare todo el mundo sabía que el documento había
sido escrito en Pore en nombre del común del Cocuy, como una manera de engañar a los
indígenas para que obedecieran las órdenes que contenía. Véase también José Caicedo
a Salvador Plata, Antonio Monsalve, Francisco Rosillo y Ramón Ramírez, Socotá, 28 de
julio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fols. 60-62.
10 Tapia a Plata,
Morcote, 10 de julio de 1781, AHN, L,C, vol. 6, fols. 53-56.
11 lbíd.
12 lbíd.
13 Caicedo a Plata,
Monsalve, Rosillo y Ramírez, Socotá, 21 de junio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fols. 5660.
14 Salvador Plata,
Ramón Ramírez, Antonio José Monsalve, Francisco Rosillo a Javier de Mendoza, Socorro,
17 de julio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fol. 52.
15 Cadenas Acosta,
El movimiento comunal, t. I, pág. 254.
16 Ibíd., t. II, págs.
116-117. Un patacón era una moneda de plata que pesaba una onza.
17 José Antonio
Villalonga a Carlos III, Bogotá, 28 de junio de 1784, en Eduardo Posada, Los
comuneros (Bogotá, 1905), pág. 425.
18 Plata, Ramírez,
Monsalve y Rosillo a Mendoza, Socorro, 17 de julio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fol. 52.
19 Para una mirada
compasiva a la carrera tormentosa de Lozano de Peralta, véase Raimundo Rivas, "E1
Marqués de San Jorge", en Boletín de Historia y Antigüedades (de aquí en adelante
citado como BHA), 6 (mayo de 1911), págs. 721-750, y Sergio Elías Ortiz, Nuevo Reino
de Granada: El virreinato, 2 vols. (Bogotá, 1970), t. II, pág. 271.
20 posada, Los
comuneros, pág. 427.
21 José Caicedo a
Salvador Plata, Antonio José Monsalve, Francisco Rosillo y Ramón Ramírez, Socotá, 28
de julio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fols. 60-62.
22 José Caicedo a
Salvador Plata y Francisco Rosillo, Socotá, 13 de agosto de 1781, AHN, LC, vol. 6, fol.
62.
23 Posada, Los
comuneros, pág. 427; losé Francisco Méndez a Salvador Plata, Pore, 28 de
septiembre de 1781, AHN, LC, vol. 6, fols. 52-53.
24 Posada, Los
comuneros, pág. 428.
25 José Caicedo,
Provincia de los Llanos; padrón formado en el año de 1778, Morcote, 14 de octubre de
1778, AHN.
26 Eduardo Acevedo
Latorre ha publicado una magnífica colección de mapas de la Nueva Granada en Atlas
de mapas antiguos de Colombia siglos XlV a XlX (Bogotá, 1971). Adicionalmente,
existen mapas útiles en Germán Colmenares, las haciendas de los jesuitas en el Nuevo
Reino de Granada (Bogotá, 1971); Antonio B. Cuervo, Colección de documentos
inéditos sobre la geografía y la historia de Colombia, 4 vols. (Bogotá, 1893); y
Marcelino Ganuza, Monografía de las misiones vivas de agustinos recoletos
(candelarios) en Colombia, 2 vols. (Bogotá, 1921). Un mapeo sistemático de la Nueva
Granada data del trabajo del barón von Humboldt en 1801. Dado que los pueblos de los
Llanos eran trasladados a diferentes sitios y se les daban nuevos nombres, la
localización de éstos en el siglo XVIII es necesariamente un trabajo de conjeturas.
27 Phelan, The
People and the King, pág. 41.
28 Gregorio Arcila
Robledo, Las misiones franciscanas en Colombia (Bogotá, 1950), págs. 219-220.
29 José Pérez Gómez, Los
apuntes históricos de las misiones agustinianas en Colombia (Bogotá, 1924), pág.
105.
30 José Manuel Groot, Historia
eclesiástica y civil de Nueva Granada. 2 vols. (Bogotá, 1953), t. II, págs.
l22-123; Ganuza, Monografía de las misiones vivas. t. II. pág. 44.
31 Germán Colmenares, La
provincia de Tunja en el Nuevo Reino de Granada: Ensayo de historia social 1539-I800
(Bogotá, 1970), pág. 16-17, 44.
32 Basilio Vicente de
Oviedo, Cualidades y riquezas del Nuevo Reino de Granada (Bogotá, 1930), pág.
226.
33 Luis Ospina Vásquez,
industria y protección en Colombia 1810-1930 (Medellín, 1955), pág. 62.
34 Phelan, The
People and the King, pág. 173.
35 Francisco Antonio
Moreno y Escandón, "Estado del Virreinato de Santafé, Nuevo Reino de Granada Año
1772", BHA, 23 (sep.-oct., 1936), págs. 264-265, 587-588.
36 E. Posada y H M.
Ibáñez, Re(aciones de mando, 2 vols. (Bogotá, 1910), t. I, pág. 145.
37 Briceño, Los
comuneros, págs. 2-4.
38 Cárdenas Acosta, El
movimiento comunal, t. II, pág. 21.
39 Ibíd., t. I, págs.
106-107.
40 Ortiz, Nuevo
Reino de Granada, pág. 239.
41 El pueblo de Támara
a Javier de Mendoza, Támara, 16 de julio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fol. 49.
42 Caicedo a Plata,
Monsalve, Rosillo y Ramírez, Socotá, 21 de junio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fols. 56-60.
43 Phelan, The
People and the King, pág. I70.
44 Ganuza, Monografía
de las misiones vivas, t. I, págs. l76-177.
45 Juan M. Pacheco, los
jesuitas en Colombia, 2 vols. (Bogotá, 1959, 1962), t. II, pág. 346.
46 Robert Morey, Jr.,
"Ecology and Culture change among the Colombian Guahibo" (Tesis de Ph. D.,
Universidad de Pittsburgh, 1977), págs. 24-25.
47 Dieter
Brunnschweiler, The Llanos Frontier of Colombia (East Lansing, 1972), pág. 43.
48 Para una descripción
de los movimientos de ganado en el siglo X V III, véase la carta de Gerónimo de Busto y
Santa Cruz a Eugenio de Alvarado, Morcote, 28 de septiembre de 1759, en Cuervo, Colección
de documentos inéditos, t. III, págs. 333-335.
49 Pacheco, Los
jesuitas en Colombia, t. II, págs. 360-367.
50 Eugenio de Alvarado,
lnforme reservado ( 1776), en Cuervo, Colección de documentos inéditos,
t. III, págs. 109-225. Hay muchos estudios sobre las misiones jesuitas en la Nueva
Granada, pero las excelentes obras de Juan M. Pacheco citadas anteriormente cubren el tema
solamente hasta 1696. Para el siglo XVIII véase, además de Alvarado, J. J. Borda, Historia
de la Compañía de Jesús en Nueva Granada (París, 1870) y Daniel Restrepo, La
Compañía de Jesús en Colombia (Bogotá, 1940). Las haciendas de los jesuitas en el
Nuevo
Reino de Granada (Bogotá, 1969) de Germán Colmenares es una
investigación reciente excelente sobre la organización y el influjo de las haciendas
jesuitas.
51 Alvarado, informe
reservado, pág. 188.
52 Groot, Historia
eclesiástica y civil, t. II, pág. 123.
53 Los oficiales de Pore
a los capitanes y jefes de Socorro, Pore, lo. de junio de 1781, AHN, L.C, vol. 6, fols.
49-50.
54 Ibíd.
55 Caicedo a Plata,
Monsalve, Rosillo y Ramírez, Socotá, 21 de junio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fols. 56-60.
56 Ibíd
57 Cárdenas Acosta, El
movimiento comunal, t. 1, pág. 255.
58 Francisco Javier de
Mendoza al capitán general, Pore, 17 de julio de 1781, AHN, LC, vol. 6, fols. 50-5l.
59 En 1954, cuando la
Violencia estaba tomando una fuerza tremenda en los Llanos, Guillermo Ramírez R.,
casanareño, hizo una emotiva súplica sobre un estudio sistemático de la historia de la
región anotando que "todo el conocimiento de los Llanos actualmente es fragmentario,
exagerado, y el producto de suposiciones". "San Luis de Palenque, el Llanero y
su Presente", en Economía colombiana, t. 1 (agosto de 1954), pág. 25. Los
historiadores no han respondido todavía a este desafío, a pesar de que los estudios
realizados por Robert Morey y Dieter Brunnschweiler son los primeros esfuerzos realizados
por un antropólogo y un geógrafo para cerrar la brecha.
60 Phelan, The
People and the King, pág. 41.
61 Briceño, Los
comuneros, págs. 115-124.
62 Francois Depons, Travels
in South America, 2 vols. (I,Londres, 1807), t. II, pág. 313.
63 En su Relación
de mando de 1803, Mendinueta recomendó que una compañía militar de 400 hombres
fuera establecida en el Casanare, pero su sugerencia no tuvo resultados.
64 Posada a Ibáñez,
Relaciones de mando, t. II, pág. 570. Para un excelente estudio de las políticas
militares de los Borbones, véase Allan J. Kuethe, Reforma militar y sociedad en Nueva
Granada, 1773-1808 (Gainesville, 1978). Posada e Ibáñez, Relaciones de mando, t. ü,
pág. 411.
65 Alexander von
Humboldt, Personal Narrative of Travels to the Equinoctial Regions of the New
Continent during the Years 1799-1804, 7 vols. (Londres, 18141829), reimpreso por AMS
Press, Nueva York, 1966, en 6 vols.), t. IV págs. 547-548. José Cortés Madariaga,
"Viaje de Cortés Madariaga", BHA, 3 (nov. de 1905), pág. 446. En septiembre de
1781 José Antonio Galán pensó huir a los Llanos pero rápidamente abandonó el plan.
Véase Posada, Los comuneros, págs. 295-296.
66 Enrique Otero
D'Costa, "La revolución de Casanare en 1809" BHA, 17 (abril 1929), pág. 535
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