Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 42. Volumen XXXIII - 1996- editado en 1997
 

La vorágine


Los pobladores de la selva.
Historia de la colonización del nordoccidente de la Amazonia colombiana
Bernardo Tovar Zambrano
(director del proyecto)
Programa de Historia Local y Regional, Instituto Colombiano de Antropología, Instituto Colombiano de Cultura, P. N. R., Universidad de la Amazonia, Editora Guadalupe, Santafé de Bogotá, 1995, 2 vols.


La colonización del noroeste de la Amazonia colombiana es un proceso muy reciente, que arranca de principios del siglo XX, pocos años después del hito marcado con la fundación de Florencia, en 1902, y la conversión de la trocha de Guadalupe en un camino de herradura que permitió el intercambio económico permanente entre el Huila (Tolima Grande) y el Caquetá.

Los siglos anteriores no fueron de creación; entre el XVI y el XIX reinó la destrucción. Los cazadores de esclavos, los quineros y los caucheros diezmaron la población indígena en todo el territorio. Aun el heroico sacrificio de los misioneros jesuitas y franciscanos al crear pueblos indígenas fue un error colosal, debido al contagio de enfermedades que arrasaban esas poblaciones al poco tiempo de haber sido fundadas. Por todo eso, la colonización del siglo XX debió repoblar un territorio en donde el habitante aborigen había sido reducido a su mínima expresión.

Reconstruir esa historia de la colonización no es tarea fácil. Los documentos son pobres e inexactos, habiendo sido escritos, en su mayoría, por funcionarios semianalfabetos que tenían una visión muy estrecha del mundo que estaban construyendo. Por eso, las fuentes más utilizadas han sido los informes misionales, especialmente los extensos escritos de los capuchinos catalanes, que, aunque exaltan demasiado sus propios esfuerzos, son un testimonio dejado por los más conscientes artífices de la fundación de pueblos, construcción de caminos y creación de una cultura nueva sobre las cenizas de muchas otras.

La escasez de fuentes escritas forzó a los diez investigadores que intervienen en los dos tomos de Pobladores de la selva a la procura de fuentes orales. Son centenares de entrevistas realizadas a las fuentes vivas de la historia regional, algunos de ellos nacidos en el primer cuarto del presente siglo. En esos recuerdos sangran las heridas dejadas por veinte lustros de violencia que aún continúa. Esos colonos han sido espectadores y víctimas de la violencia partidista, las tomas guerrilleras, los contragolpes militares y paramilitares, la guerra sucia, la narcoviolencia, el desalojo latifundista y mil violencias más. Esas vidas han sufrido una verdadera historia de la infamia; sin embargo, mantienen la esperanza en la paz y en la venida de tiempos mejores. Es una deuda que Colombia debe pagar, tarde o temprano.

No obstante lo valioso de los escritos que aparecen en los dos tomos, la obra es desorganizada y con grandes altibajos. Resulta obvio que no se trata de un estudio preparado y realizado sistemáticamente, subregión por subregión. Las diferencias de enfoque y método indican estudios realizados en épocas diversas y con objetivos diferentes, que luego se reorganizan intentando cubrir un espacio. Eso explica, en algunos de los escritos, las referencias a hechos acaecidos hace ocho o diez años como si fuesen actuales o muchas lagunas sobre fundaciones actuales que son de gran importancia para comprender la dinámica regional. Podríamos decir que hay un sacrificio metodológico en aras de poder utilizar, en una misma obra, la gran experiencia de todos los participantes.

El mismo concepto de Amazonia noroccidental resulta ambiguo; hay algo que sobra y mucho que falta. Podríamos preguntarnos, por ejemplo: ¿hasta qué punto el alto Ariari y las sabanas del San Juan son amazónicas? Al contrario, si en el estudio se incluyó un valioso trabajo sobre la baja bota caucana, realizado por el profesor Roberto Ramírez, ¿por qué no se realizaron también estudios sobre el departamento del Putumayo? La historia del Caquetá sin entender la historia del Putumayo siempre estará incompleta, porque desde Mocoa y Sibundoy irradiaron las fuerzas económicas y religiosas que dieron los primeros impulsos al ordenamiento territorial del Caquetá.

Haciendo un balance general del libro, podemos decir que resulta una obra fundamental para la historiografía amazónica, que debe ser consultada sin falta por todo aquel que pretenda seguir avanzando en los estudios de la Gran Selva.

CAMILO DOMÍNGUEZ