| Cabría pensar que se podría suponer que es
muy probable que quizá
Convivencia y poder político entre los andoques
Mónica Lucía Espinosa Arango
Editorial Universidad Nacional de Colombia, Santafé de Bogotá, 1995, 304 págs.,
ilus.
Cuando uno sabe que el trabajo de grado de Mónica Espinosa sobre los andoques
fue laureado en la Universidad Nacional de Colombia y le dio base para recibir el grado de
honor, se lanza a leerlo con impaciencia, con la idea de encontrar un texto profundamente
original. Las primeras páginas mantienen y avivan la expectativa, pues contienen una
excelente narración de los pasos iniciales de su investigación (primeros contactos,
viaje a Araracuara, instalación en la comunidad). Pero a medida que transcurre la
lectura, los resultados del trabajo de campo se difuminan poco a poco para dejar paso a un
verdadero río de citas que remiten a otros autores, Roberto Pineda Camacho y Jon
Landaburu principalmente, con base en los cuales la autora quiere construir "una
visión histórica completa" (según sus propias palabras) de los andoques, la
primera y más larga parte de su estudio.
Esta visión se remonta a planteamientos muy generales sobre el poblamiento
amazónico y su desarrollo durante varios siglos, para luego intentar una somera
reconstrucción de la historia propiamente andoque más lejana, con base en su tradición
oral y en un conjunto de suposiciones con poca fundamentación factual o de fuentes
escritas. Se trata, más que todo, de una "historia conjetural". Abundan en ella
los "según parece", los "se podría suponer", los "cabría
pensar", los "es muy probable", los "debió darse", los
"quizás". En este campo, la autora parece desconocer trabajos que han logrado
elaborar métodos eficaces para confrontar la tradición oral, los textos etnohistóricos
y la arqueología en la construcción de la historia indígena, como los de Patricia
Vargas para los emberas.
Un carácter diferente reviste la elaboración de una etnografía andoque al
"estilo clásico", aquella que según la autora no escribieron Pineda y
Landaburu y cuyos muchos datos se encuentran dispersos en sus numerosos escritos o
corresponden a épocas diferentes. La labor de Mónica Espinosa es concienzuda, minuciosa,
pues reúne y concatena con habilidad todo ese cúmulo de información para brindarnos una
idea bastante completa de la sociedad andoque, buscando no el "presente
etnográfico" característico de la antropología, sino orientándose a presentar la
máxima densidad temporal posible, a ubicar y destacar las transformaciones, los cambios.
Como ya lo he dicho, hay que lamentar que los resultados de su propio trabajo de campo
tengan en este proceso un papel muy secundario, quizá a causa de su brevedad, como ella
misma lo recalca en varias ocasiones.
Su tesis principal, aquella que nos habla de la "dominación" ritual de
la rabia luego de la fallida insurrección de Yorocaamena, con la cual los indios
amazónicos hicieron frente a la terrible explotación y opresión que sufrieron de los
caucheros, es una idea que comunican ya los trabajos de Pineda desde 1979, en especial El
sendero del arco iris y Procesos de reconstrucción y violencia en el Amazonas,
con su concepto de "etnografía de la paz". Aunque, en este libro, la autora
la hace objeto de una elaboración considerable y de una sustentación amplia en los
hechos del renacer andoque. Esta parte es, con mucho, lo mejor de su trabajo y en ella
expone en forma transparente cuál fue el camino que siguieron aquellos sobrevivientes que
se reagruparon, después de la hecatombe del caucho, con el fin de lograr revivir a su
pueblo. Las implicaciones, en aquellas condiciones concretas, de los dos tipos de carrera
ritual: las agresivas y las calmadas, aparecen en forma clara, aunque en buena medida se
trata de hipótesis todavía sin comprobación, y volvemos a encontrarnos con abundantes
"es probable", "pudo ser".
Anteriores análisis de Pineda mostraron los caminos que siguieron los andoques
en su reconstrucción étnica a partir de la destrucción que dejaron los caucheros y su
necesidad de mediar, por distintos mecanismos, en los conflictos que de otra manera los
hubieran llevado ante un callejón sin salida, como al parecer ocurrió con los nonuyas.
Mónica Espinosa los retoma en su análisis, apoyada en conversaciones que sostuvo con
cabezas de la comunidad durante su vivencia en terreno.
Pero una cosa es mostrar los procesos históricos específicos que siguieron los
andoques en su proceso de reconstrucción, de acuerdo con sus circunstancias particulares
y durante un período crítico para su sobrevivencia, y otra es querer absolutizar tales
vías y mostrarlas como modelos que pueden generalizarse para otros espacios y otros
tiempos y hasta para otros grupos sociales, como, según la autora, se propone el
Observatorio de Convivencia Étnica en Colombia, del cual forma parte. Esto significa
hacer de la historia una filosofía histórica, que redunda en una apología del
conformismo al relegar al campo de los imaginarios la lucha de los indígenas contra la
opresión y conformar las bases de lo que bien podría denominarse una "etnografía
de la resignación".
Es cierto que, en determinadas circunstancias, empeñarse tercamente en una lucha
en condiciones de absoluta inferioridad y, por ello, sin posibilidades de éxito, puede
conducir al exterminio, situación ante la cual se vieron los andoques. Pero de ahí a
deducir que ésta es la fórmula adecuada para solucionar los conflictos mediante el
arbitraje hay una gran distancia, pues se olvida la diversidad de condiciones. Está el
caso de los indios pastos de Nariño, autodenominados los "renacientes" y cuyo
revivir ha resultado de una dura lucha de más de dos decenios, en la cual la rabia y la
violencia no han estado ausentes.
Cuando un grupo social es derrotado, conquistado por la fuerza y sometido a una
férrea dominación, puede verse obligado a coexistir durante un tiempo, a mantener, crear
o aceptar mecanismos de convivencia que le permitan negociar el conflicto y sus
contradicciones, incluso a desarrollar ideologías del dominado (esto es la
diferenciación entre cauchería y peruanos que hacen los andoques y que les permite
reconstruirse continuando con el siringueo bajo los patrones como una de sus bases
materiales), so pena de ser aniquilado. Pero estas mediaciones son formas externas que
ocultan que el conflicto continúa bajo la tranquilidad de su superficie, que el arbitraje
no conduce a la verdadera solución de los problemas, sino a un manejo temporal y relativo
de los mismos, que éstos siguen existiendo, velados en lugar de resueltos. Insistir en su
permanencia conduce del genocidio brutal (Yorocaamena) al etnocidio lento (la
aculturación e integración), como Mónica Espinosa parece presentirlo en sus páginas
finales, cuando nos dice que "tuvo poco impacto en la modificación de las
condiciones opresivas. Con el tiempo, el costo sociocultural es grande".
La convivencia sólo se mantiene hasta cuando se modifican las condiciones y el
grupo sometido encuentra la oportunidad y las fuerzas necesarias y suficientes para volver
a la lucha por librarse de la opresión. No ver que la mediación es sólo temporal y
relativa, una tregua, pero no como una reconciliación sino como un alto en la lucha,
presentarla como permanente y absoluta, hacer de ella un modelo, conduce a mantener la
situación de inferioridad y subordinación en pro de quienes son sus directos
beneficiarios, como ocurre cuando se plantea que "la rabia conduce al fracaso".
Al mostrar que a la ritualización del conflicto ha seguido, desde 1970, la
negociación, el proceso de ampliación creciente y unilateral de los "umbrales de
aguante" de los andoques hacia los blancos, la autora lo presenta como un exitoso
proceso de adaptación.
En el texto se caracteriza positivamente tal adaptación, pese a que nos cuenta
que la tolerancia se produce sólo en forma unilateral, por lo cual la denomina
"monólogo para la convivencia heteroétnica", en este caso desde los indígenas
hacia la sociedad nacional colombiana y no en ambos sentidos. Se trata de un "acomodo
cultural en los umbrales sociales de la paciencia del grupo para aceptar a los
blancos". Resulta entonces muy claro que tales procesos no resuelven sino, al
contrario, mantienen y desarrollan la situación subordinada de los andoques frente a los
agentes de la sociedad nacional.
Ni Mónica Espinosa ni el Observatorio de Convivencia Étnica en Colombia
establecen diferencias entre las circunstancias y tipos de sociedades en que ocurren tales
formas de arbitramento. No son lo mismo las formas de convivencia, los mecanismos
rituales, míticos y arbitrales de manejo de los conflictos entre nacionalidades
indígenas o en el interior de una de ellas, que lo que ocurre entre grupos de una
sociedad como la nuestra, en donde los desacuerdos étnicos son formas de manifestación
de la dominación y explotación de clase, en donde las raíces de los problemas, así
como las de sus alternativas de solución, no son culturales, como no lo fueron entre los
andoques y los caucheros a comienzos de siglo, o entre aquellos y la sociedad nacional
colombiana en la actualidad.
Hoy, aquellas formas de convivencia que surgen y están profundamente ancladas en
las peculiaridades de sociedades conformadas con base en el respeto a los derechos de
todos, en el compartir y en la reciprocidad, en un muy alto peso específico de la cultura
sobre la vida social, no permiten una verdadera solución de los problemas que las
aquejan, sólo una "administración" temporal de los mismos. Su solución
implica otras formas de organización y acción sociales. Las propuestas de Estanislao
Zuleta para "construir espacios sociales y legales donde los conflictos puedan
manifestarse y desarrollarse" y que la autora sugiere tomar en cuenta, sólo son
posibles en forma temporal, mientras las contradicciones no se han hecho antagónicas.
Cuando esto sucede, se derrumban.
El análisis económico-social de la actualidad de los andoques que aparece al
final del texto es insuficiente, y la propia autora no puede evitar la perplejidad ante lo
que ocurre. No logra entender que en la añoranza por la época de los patrones se oculta
la diferencia entre el proceso mercancía-dinero-mercancía, vigente entre los andoques
desde la llegada del caucho, en el cual el dinero no se transforma todavía en capital e,
incluso, puede no existir más que simbólicamente, lo que ocurría con el endeude
("la gente parece manejar el dinero del salario en los mismos términos en que maneja
la deuda", nos dice; es claro que los andoques no buscan enriquecerse, sólo quieren
disponer de mercancías en forma ilimitada), y aquel otro de dinero-mercancía-dinero, que
caracteriza el capitalismo y que permite la acumulación y el enriquecimiento.
Cosa similar ocurre cuando la autora, pasando por alto de nuevo las diferencias
claves entre los dos tipos de sociedades, acoge un planteamiento que hoy es una especie de
lugar común entre diversos autores, al creer que nuestra sociedad capitalista, con la
producción de amplios excedentes y su conversión en mercancías como sus medios y con la
ganancia y la acumulación como sus metas, puede aplicar al manejo de la Amazonia los
sistemas productivos y las cosmovisiones creados por sociedades igualitarias, que tienen
la satisfacción de las necesidades comunes como su propósito esencial y en las cuales la
autosubsistencia y la reciprocidad son las marcas de todo su sistema social.
Este subjetivismo, para terminar, la lleva a postular la posibilidad de
establecer con los grupos dominados relaciones dialogales y horizontales en forma
individual y subjetiva, con el fin de lograr consensos, aunque las desigualdades y
subordinaciones sociales reales se mantengan, lo cual no es más que una ilusión del
formalismo posmodernista, que no se realizó en su trabajo. "Aún no sé mucho acerca
de la imagen que ellos tienen de mí", nos cuenta. De ahí que en el texto no sea
posible percibir cuáles son los consensos que se alcanzaron mediante su trabajo, ni qué
cambios ocurrieron en su manera de ser y pensar como resultado de su interacción con los
andoques. En esos términos, la etnografía dialogal resulta ser sólo una ficción de
corte académico y literario, pero no una realidad de la interacción social.
LUIS GUILLERMO VASCO URIBE
Profesor
Universidad Nacional de Colombia |