Una elipsis del mar para revisitar Lisboa
Fernando Pessoa. El ángel marinheiro, Mar portuguez
Tarcisio Valencia Posada
Taller El Ángel Editor, Medellín, 1996, 12 págs., ilus.
Sumergirse en la obra de Fernando Pessoa (1880-1935) implica asignarle similar
sentido de lucidez y sensibilidad que le otorgó a la saudade el poeta lusitano, el
cabalista, el tipógrafo, el alquimista, el traductor, el ensayista, el astrólogo, el
acicate de empresas culturales vinculado a la vanguardia literaria y plástica de su
país, el representante de la modernidad en lengua portuguesa de este siglo; mayor es el
reto cuando el poeta hizo de la saudade un término intraducible, porque su significado va
mas allá de la nostalgia, y se aclimata en ese extraño estado de situación poética y
vital, signado por la sinceridad del fingimiento. Valencia Posada logra con creces una
lectura lúdica e inteligente del poeta portugués.
Diluidos y entrecruzados los lenguajes tanto de Pessoa como del critico
colombiano, se convierten en ensanches en donde la poesía irradia el ensayo y el ensayo
permea la poesía de las 30 secciones del libro. La riqueza del material iconográfico que
los acompaña, condensa instantes de la biografía vital de Pessoa y de su ambiente
cultural contemporáneo. Se complementa con la seductora traducción de Mar portuguez,
realizada por Ram Betancourt Seixas.
No se trata de una biografía, ni de una fría disección de su obra; se trata de
un testimonio-lección de cómo llegar al hueso con el calor del abrazo. Las cartas que el
autor del texto envía a Pessoa llevan el aliento de una cultura y sensibilidad, guiada
por el signo de Lezama Lima, que le permite profundizar en la idea de que en todo cuanto
existe hay una ficción ingénita. El género epistolar recupera la idea del lusitano,
quien -nos recuerda Valencia- escribió cartas de amor ridículas, ya que sólo las
criaturas que no han escrito jamas cartas de amor son las que son ridículas.
En efecto, en las cartas de amor ridículas -recuérdense las escritas por Pessoa
a Ofelia- estan la ciudad, el amor, la enfermedad, el cansancio, el desgano, la felicidad,
la soledad. Ellas contienen, en su acercamiento conversacional, el germen o el acto de una
escritura, los gestos que diluyen la arbitrariedad de la palabra a distancia. Por eso
arriesga el ensayista la suya, y le confiesa ser amante de historias de los santos, las
fábulas de Esopo, los diez mandamientos, los quince misterios del rosario, los diarios de
poetas y pintores, las crónicas de Indias, los sueños de la vigilia, las historias de
las miradas, el hambre, la doctrina de la gracia, los ángeles, las furias, los
espermatozoides...; en fin, ser amador de la poesía de su poesía.
Pessoa, el cantor de las moradas míticas de Lisboa, ciudad que con sus ríos y
casas de colores lo forzó a ser siempre el poeta de sus versos, aparece aquí en sus
dimensiones relevantes. Sus heterónimos, surgidos desde su infantil y adolescente
estancia en Durban (Sudafrica), van aquilatando su asimilación y decantación de la
literatura inglesa, hasta la posterior irrupción de Baudelaire y Edgar Allan Poe como
"faros de luces negras".
En el viaje a través de los heterónimos del poeta, Valencia Posada erige
pórticos de los diversos sueños de Pessoa, despliega en la escena poética las varias
personalidades encarnadas en sus mas conocidos heterónimos. Alberto Caeiro se nos aparece
como el guardador de rebaños que tiene ruedas, pero no tiene esperanzas; su vida es un
carro de bueyes. Ricardo Reis, el hombre tranquilo educado en colegio jesuita, cuya vida
fue un ruido, sentado junto al río viéndolo y oyéndolo correr, es un habitante de
Brasil; se nos aparece mas bajo, mas fuerte que Alberto Caeiro, sin educación ni
profesión alguna; su estatura media y frágil es apta para un horóscopo de Pessoa.
Álvaro de Campos, quien fijó un estado de alma en versos, poeta como Pessoa, su
verdadero amigo. Este ingeniero naval, nacido en Tavira, el 15 de octubre de 1890, con sus
1,75 de estatura, es magro, tendiente a curvarse, tipo vagamente judío-portugués, como
su poesía. Bernardo Soares nos recuerda su infancia con lagrimas; es inofensivo y abomina
con nauseas el misticismo activo; jamas pretende encontrar la verdad o reformar el mundo.
Sus saudades fueron tan solo literatura; un desasosiego atraviesa su libro.
Fernando Pessoa, por su parte, disfruta de errar sin parar, le agrada la tristeza
imaginativa, cree en la poesía, toma partido por el arte, pues "la gran diferencia
entre Arte y Política -expresó- es la de que el Arte no tiene odios". En síntesis
aquello que evidenciamos es la afirmación de Pessoa: "Sólo me encuentro cuando de
mi huyo". Para tal empresa, le dio vida a la orquesta oculta que es su alma y supo
conocerse a si mismo como sinfonía Sus heterónimos no son mascaras ni seudónimos; son
el poeta escindido y reencontrado.
En el texto, reconocemos al poeta lusitano, mas que hablando sobre las palabras y
las cosas, al que superó equívocos políticos y estéticos, hablando siempre desde y con
el mar, cuyas modulaciones evocan el sentido primigenio de la palabra que siente y fluye
con ritmo marino, para no existir dentro de si mismo, sino en la intuición de la ley de
correspondencias entre micro y macrocosmos. Pessoa renace con la idea de viajar, cantar y
leer toda una vasta visibilidad del mundo.
Asistimos en el texto al privilegio del mar-símbolo, que cobra el color de los
montes, e intuimos bellos barcos con nombres de luz y mujeres; vemos surgir -fundido entre
cabos, arenales, anclas, libros, redes y pescadores- al hombre vigía de los mares, sin
naufragios. Pero en medio de esta inmersión cósmica, hay desasosiego. Callar el
desasosiego seria la perfección; escribir sobre él es un acto imperfecto. Pessoa opta
por hacerlo a través de las imágenes del sueño puro; es decir, con un valor por encima
de la vida. Nos recuerda que el poeta es un fingidor, pero sobre todo que "En la
verdad y en el error,/ en el gozo y el malestar,/ sé tu propio ser./ Sólo podrás hacer
eso soñando"; saberse feliz es conocerse pasando por la felicidad, aunque enseguida
haya que dejarla atrás.
Pessoa, el soñador de un poema sin faltas, escribe fragmentos sobre lo
inexistente, el poema como patria ideal, aunque sea consciente de que escriba para olvidar
aquel surtidor que es su propia desesperanza. Le repugnan los museos porque son imagen de
la vida entera y prefiere la prosa al verso. Al fin y al cabo, la poesía sigue siendo
"algo infantil, mnemónico, auxiliar, inicial". La elige -y no es ni se ve como
un elegido- porque ciertas metáforas le eran mas reales que la gente que anda por la
calle.
Si el sansebastianismo era para Pessoa un regreso del alma de la patria a la
reconstrucción, su lectura secularizada le hace amar el mar, en el que Urano y Neptuno
rigen los destinos y la reconstrucción de Portugal, de si mismo. En esa empresa estética
y ética, el reposo sosiega la inteligencia, reconociendo que "el arte difiere de la
ciencia, no en que el arte es subjetivo y la ciencia objetiva, sino en que la ciencia
procura interpretar y el arte crear".
El libro de Valencia no es una expansión argumental; es una concentración de
imágenes interpretables, una elipsis del mar para revisitar Lisboa, para hablar no sobre
Fernando Antonio Nogueira Pessoa, sino para conversar con el ángel marinheiro de Lisboa,
el marinero que sueña -desde la tumba de los Jerónimos- la patria ideal, y nos recuerda
que sus heterónimos son formas de la modernidad poética, propicios para destrampar los
excesos escriturales del sentimiento, y opción poética ante la ley fatal de la sintaxis
que rige nuestros actos y nuestra percepción del instante cotidianos y poéticos. Pessoa
asumió, a su modo, la pregunta-corroboración de Hölderlin: "¿Para qué el poeta
en tiempos de miseria?". Digamos, provisionalmente, que para quitarle la herrumbre a
la vida, pues trocó la pregunta por el cómo superar la miseria misma.
ADOLFO CAICEDO PALACIOS
