Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 43. Volumen XXXIII.   1996. Editado en 1997
 

Te agradezco la desesperación que me causas


El hábito de la pasión: cartas de amor de sor Mariana
Ignacio Vélez Pareja
Editorial Altamir y Centro Editorial Javeriano, Santafé de Bogotá, 1996,
206 págs.


"Me atrevería a aventurar que Anónimo, que tantos poemas escribió sin firmarlos, era a menudo una mujer".

Virginia Woolf

He querido empezar esta reseña con el epígrafe de Virginia Woolf, pues en el libro de Vélez Pareja una de las cosas que más llama la atención (mas no la única) es el fervor con que este autor cartagenero defiende el punto de vista según el cual Mariana Alcoforado sí es la autora de las famosas cartas portuguesas y no, como cree una gran mayoría, de acuerdo con las citas presentadas en el texto introductorio, un tal Lavergne de Guilleragues, quien no pasa de ser un pésimo traductor, como nos lo demuestra el escritor. El epígrafe de Virginia Woolf que utilizo da cuenta de ese "curioso" fantasma que ha rondado siempre el arte hecho por mujeres: frecuentemente la autoría de libros, pinturas, piezas musicales, esculturas y demás obras de mujeres ha sido atribuida a personajes desconocidos o, peor aún, a hombres que, en algunos casos, simplemente han sabido aprovechar la oportunidad o se han valido de argucias varias para apropiarse de lo que no les pertenece (no estoy acusando a nadie de nada, sino simplemente relatando un hecho que es bastante común y al que se refieren muchas investigaciones de hombres y mujeres que se han dedicado a indagar sobre la oscura vida del autor o autora de famosas y no tan famosas obras de arte).

Pero centrémonos en el texto. El hábito de la pasión es un libro bellamente editado, que incluye las cinco cartas de amor y desamor que presuntamente (si nos atenemos a una actitud "científica") escribió sor Mariana Alcoforado a su amante Chamilly, un soldado francés al parecer poco digno de tan arrebatado afecto. De él dice Saint-Simon: "Nadie podría pensar al verlo o escucharlo que hubiera inspirado un amor tan extraordinario como el que se percibe en las famosas Cartas portuguesas" (citado por el autor). Claro está que el punto no es discutir si Chamilly merecía o no el amor de Mariana, sino hacer resaltar que, aunque no se sepa a ciencia cierta quién escribió las cartas, lo que sí se sabe (y el lector o lectora puede verificarlo con su propio corazón) es que son extremadamente conmovedoras y hermosas y que incluso dieron pie a que se hiciera popular un género que hasta la época (siglo XVII) no lo era suficientemente: a partir de las cartas de Mariana y hasta nuestros días aún sigue existiendo un género, llamado portuguesas, que se refiere a las cartas centradas en el amor... Demos, entonces, testimonio de la belleza de las cartas, pero antes recordemos que Mariana era una monja que se enamoró de un laico, quien después de seducirla y volverla a seducir, la abandonó para regresar a su tierra natal:

Piensa, mi amor: ¡qué desconsiderado fuiste! ¡Ah, infeliz! Me engañaste con falsas esperanzas. Una pasión en la que tenía tan deliciosas expectativas sólo puede darme hoy una mortal desesperación, apenas comparable con la crueldad de esta ausencia.

[...]

Sé bien que te amo como una insensata. A pesar de todo, no me quejo del furor de mi corazón. Me acostumbro a sus tribulaciones y no podría vivir sin este placer tan especial, al que me aferro, de amarte entre mil dolores y penas.

[...]

Sin embargo, te agradezco desde el fondo de mi corazón la desesperación que me causas y aborrezco la tranquilidad con que vivía antes de conocerte. Adiós. Mi pasión crece a cada instante.

Así, podríamos pasar la noche entera arrancando epígrafes al dolor de sor Mariana pero, de pronto, al escribir esto y tal como me sucedió al leer sus cartas, me siento inmensamente triste. En su desgarrado grito de amor y abandono, Mariana recoge la voz de millones de mujeres que han creído encontrar en el amor de pareja esa clave que les devele todos los misterios y que, a la postre, sólo se ha convertido en la llave que conduce al abismo donde han perdido el poder de descubrirse a sí mismas. Si dudan de esto, recuerden, como abrebocas, Luna de hiel de Roman Polanski, o miren hacia adentro y pregúntense quiénes realmente son sus esposas, sus madres, sus hermanas, sus amantes. Si no saben la respuesta, obtengan pistas del epílogo al libro que hace Montserrat Ordóñez y en el que nos habla de lo que es ser mujer y lo que esto implica aún a las puertas del siglo XXI.

MIRIAM COTES BENÍTEZ