El mito del partido liberal
La revolución liberal. Un proyecto político inconcluso
Hernando Agudelo Villa
Tercer Mundo Editores, Santafé de Bogotá, 1996, 230 págs.
Hernando Agudelo Villa ha sido uno de los ideólogos de mayor tenacidad y permanencia que, como tal, ha tenido el partido liberal. Después de haber acompañado a Alberto Lleras Camargo en el primer gabinete del recién instaurado Frente Nacional, Agudelo viró por los senderos del rescate del viejo liberalismo. Al lado de Carlos Lleras Restrepo libró las batallas ideológicas necesarias para que los emerrelistas volcaran sobre su mismo partido las tesis y programas que habían constituido su razón de ser como disidencia. En este sentido fueron célebres los Encuentros Liberales que desde 1966 abogaron por una renovación ideológica del liberalismo y que activaron y nutrieron de ideas y de gente nueva a esa colectividad.
No obstante las reformas del gobierno de Lleras Restrepo, el liberalismo salió mal librado del Frente Nacional. Fue entonces cuando Agudelo se propuso la tarea de rescatar la credibilidad perdida para su partido. Las masas habían sido cautivadas por el discurso revanchista de Rojas Pinilla, de corrientes conservadoras, del comunismo disfrazado de MRL del pueblo e incluso de vertientes ubicadas más a la izquierda. El liberalismo había perdido grandes contingentes en un momento, el de los 70, cuando el país regresaba, después de 16 años, al juego libre de las elecciones.
Ahora, finalizando el siglo, Agudelo ha escrito La revolución liberal. Un proyecto político inconcluso. El libro consta de siete partes (22 capítulos). La primera hace un balance de la sociedad moderna, de los avances en las concepciones de la democracia y lo que ha tenido que ver ésta con el liberalismo. Condena y demuestra que la evolución de la sociedad moderna hacia el neoliberalismo poco ha significado en desarrollo social y que, más bien, ha sido una derrota del liberalismo como alternativa política y social. La segunda parte del libro está dedicada a las Grandes alternativas ideológicas, sobre las cuales se construyeron las sociedades denominadas socialistas. Mientras para el autor el mundo soviético se derrumbó por las inconsistencias de su economía y la falta de derechos políticos individuales, el socialismo chino ha demostrado su efectividad y vigencia. Al contrario de autores que consideran que el socialismo chino ha desaparecido, Agudelo estima que en ese país el nuevo modelo "no puede ser clasificado como un capitalismo del tipo neoliberal en boga, en lo económico, ni en la democracia liberal que impera en occidente..." (pág. 46). Es el papel que ha conservado el Estado de gran regulador del proceso económico y de productor de bienes y servicios lo que más le llama la admiración en el caso chino. Mientras en los capítulos anteriores las fuentes en las que se basa el autor para sus afirmaciones son de carácter polémico y han pasado por la decantación intelectual, en lo referente a sus opiniones sobre la China el autor le da credibilidad ciega a los informes emanados directamente de la dirigencia política de ese país.
El proceso económico que se ha vivido, en los últimos años, en los denominados Tigres Asiáticos llama también la atención a Hernando Agudelo. Aquí el progreso no se debe a una aplicación del neoliberalismo sino a la "expresión cabal del papel intervencionista, regulador y de concertación con el sector privado que tuvo a su cargo el Estado en el gran avance de la economía coreana, aparte del control de la banca y del fomento intensivo de la ciencia y la tecnología" (pág. 50).
Agudelo explica en su libro la manera como se ha llevado a cabo en América Latina el debate ideológico para la organización de cada una de las sociedades. Destaca el papel que desempeñó la Cepal cuando bajo su influencia se aplicó la política de sustitución de importaciones y de industrialización, donde -según afirma- el Estado logró "eficientes programas de integración social que elevaron las condiciones de vida de la población, a través de la educación, sistemas de salud, vivienda y seguridad social" (pág. 58). Argumenta que la Alianza para el Progreso fracasó como acuerdo internacional, no por la validez de sus tesis, sino por una serie de causas: muerte del presidente Kennedy, incapacidad y desidia de los organismos interamericanos, animadversión de las clases privilegiadas latinoamericanas, que veían en la exigencia de reformas sociales de fondo una amenaza a sus intereses, y, finalmente, por la acción de los sectores recalcitrantes de la empresa privada norteamericana, que desconfiaban de la planeación del desarrollo y eran reacios al nuevo concepto sobre el interés privado en América Latina, preconizado por la Alianza (pág. 62). Agudelo analiza los casos de países latinoamericanos en que se han aplicado las políticas neoliberales en los últimos años. Para él el modelo chileno, que goza de la admiración de numerosos estadistas en el continente, es un mito. A las alturas de finales del siglo es poco, desde el punto de vista social, lo que ha logrado el pueblo de ese país; más bien habría que hablar de retrocesos: repliegue del Estado de las áreas de la salud, la educación y la seguridad social. "Con esta renuncia del Estado - afirma - a hacerse cargo de la integración social, se llevó a cabo una sustancial reducción del gasto público y se abolieron todos los subsidios" (pág. 66), lo que significó el deterioro del acceso de la población a los servicios sociales básicos. A diferencia de los apologistas del régimen de Pinochet, para el autor, el dictador entregó la economía chilena, desde el punto de vista social, con una pésima distribución del ingreso que favorecía a los estratos altos de la sociedad y con un mayor número de pobres e indigentes de los que existían veinte años atrás.
La tercera parte del libro está consagrada a la nueva representación que se tiene en el mundo de las categorías políticas izquierda y derecha. Agudelo considera que los dos términos, como concepciones del mundo, siguen tan vigentes como en el pasado. Sostiene que la izquierda a nivel mundial ha ido aceptando el mercado como el principal mecanismo para ordenar la producción y los intercambios y ha reconocido que la economía de mercado es la más eficiente y que se mantiene la diferencia en relación con el papel del Estado como estrategia en la regulación racional de la sociedad. "La izquierda -escribe- concibe que el Estado, que representa genuinamente la voluntad popular, debe tener a su cargo la dirección general de la economía para realizar el principio de la igualdad" (pág. 79). La derecha, en cambio, aun admitiendo que el Estado intervenga en diversos campos, se basa en la eliminación de las empresas públicas, el recorte del gasto público, la menor influencia del gobierno en la industria y en la vida diaria del ciudadano. El autor demuestra la vigencia también de los partidos políticos y sus luchas bien contra la derecha bien contra la izquierda, dependiendo de su orientación.
Las tres últimas partes del libro están dedicadas a Colombia. Con criterio partidista, el autor afianza el mito del partido liberal como vanguardia en las transformaciones modernas y como defensor de los intereses populares. Para Agudelo es ese partido el más identificado con la lucha por la justicia y contra las desigualdades sociales; con la defensa del sistema representativo de gobierno, con las libertades y derechos fundamentales del individuo y el Estado de derecho y en general contra toda forma de poder autoritario. Pero, también, el autor muestra cómo se han tergiversado y hasta traicionado las orientaciones del partido a la hora del ejercicio del poder. Las políticas neoliberales de los últimos gobiernos han sido implantadas por encima de resoluciones de eventos partidarios donde han participado quienes han ejercido la presidencia, como en el caso de César Gaviria, quien estuvo en la discusión y aprobación del programa para el partido entre 1990-1994. Agudelo explica paso a paso cuáles han sido los signos negativos de la economía colombiana a partir de los años 80 y es consciente de una pausa en el método democrático. Reconoce algunos méritos gubernamentales del Frente Nacional pero advierte el costo que significó para la cultura política colombiana: "...el monopolio del bipartidismo por tan largo tiempo, que institucionalizó la exclusión política otorgándole legitimidad sólo a lo liberal o conservador, minó la posibilidad de conformar una verdadera oposición, con lo cual se perdieron las prácticas de control y fiscalización de la acción del Estado, cuya falta abrió amplio cauce a la corrupción administrativa que invadió la gestión pública" (pág. 118). Pero lo más grave, para el autor, es lo que pasó con el Estado como consecuencia de la dinámica del Frente Nacional, que degeneró en clientelismo y reparto burocrático. Esto produjo un desgaste y desprestigio del Estado que sirvió a ideólogos y políticos posteriores al Frente Nacional para montar la estrategia neoliberal con la tesis de que el gran tamaño del Estado colombiano era el culpable en la proliferación y no resolución de los problemas nacionales. Empezó entonces la aplicación del neoliberalismo para desmontar un Estado benefactor que nunca hubo. El análisis que continúa en el libro es desgarrador. Pone en duda volver a tararear esa canción popular que dice "¡Ay que orgulloso me siento de ser un buen colombiano!". Por supuesto, no hay espacio para ese orgullo. Colombia produce el índice más alto de mortalidad en el mundo por homicidios. Llevamos cinco decenios de violencia; el secuestro se ha vuelto común en el país; 500.000 personas han sido desplazadas del campo a las ciudades. Narcotráfico, guerrilla, paramilitarismo, militarismo, delincuencia común, al lado de otros focos de corrupción como el clientelismo político, el soborno, el enriquecimiento ilícito, la compra de votos, los privilegios en la administración pública, dan al autor razones para hablar de descomposición social y de derrumbe parcial del Estado. Agudelo no se queda en el inventario de nuestros males; para él hay culpables: "Cuando las sociedades adaptan adecuadamente sus instituciones para canalizar las tensiones que desatan tales sucesos e integran los grupos emergentes, los fenómenos de corrupción y violencia son menos agudos. En cambio, cuando la modernización no va aparejada con una efectiva institucionalización política se desencadenan energías sociales que generan corrupción y violencia, como medios ilegítimos para exigir al sistema la satisfacción de demandas aplazadas, la apertura de oportunidades e incorporación de las nuevas clases al proceso social" (pág. 123).
Finalmente, Agudelo reafirma la tesis central de su escrito en el sentido de que la revolución liberal iniciada en la década del treinta sigue trunca. Tomando lo mejor del revolcón, como se autodefinió el gobierno de Gaviria, en particular la reforma política, el autor enfatiza que "no basta tener una constitución que ha ampliado los espacios democráticos e institucionalizado el pluralismo. Se requiere que los partidos ofrezcan a los ciudadanos opciones ideológicas y programáticas claras y con capacidad suficiente para conducir el proceso democrático" (pág. 182). Agudelo agrega que el liberalismo de finales del siglo se ha conservatizado. Empero, paradójicamente, afianza su tesis con citas de Alfonso López Michelsen, que se queja de lo mismo después de haber estado en el poder y de haber desempeñado la dirección de esa agrupación; es decir, después de haber tenido en sus manos la construcción de un partido como lo quería en las celebres épocas del MRL. Tanto López como todos los mandatarios de ese partido tendrían culpabilidad en la conversión del partido liberal en copartícipe de la desgracia de este país. Es curioso que sólo a finales del siglo Agudelo Villa se percate de hipótesis que se ventilaron cuando apenas despuntaba el Frente Nacional y que se convirtieron en verdades. Se decía entonces con toda claridad lo que pasaría con los partidos tradicionales de aprobarse la alternación. Leyendo la última parte del libro recordamos los editoriales de Gilberto Alzate Avendaño en Diario de Colombia, cuando se opuso a la institucionalización de los dos partidos como las únicas alternativas políticas en este país. O los escritos del mismo López Michelsen cuando se opuso a la alternación.
En el último capítulo de su libro, Agudelo Villa inserta la preocupación de toda su vida política: el retorno al liberalismo; así se llama uno de sus mejores textos. Sólo que adaptado a las condiciones actuales. Para él, Ernesto Samper constituye una alternativa de regreso a lo social después de la experiencia neoliberal del cuatrienio anterior. Sin embargo, las fuentes para esta trascendente aseveración son extraídas del discurso del actual presidente. Nada de cifras que nos permitan creer que, de veras, no se trata de otra versión menos agresiva pero neoliberal de todas formas. Agudelo cree ver la luz en el actual gobierno y llama a un pacto nacional a manera de contrato social para definir un nuevo marco político que no sea ajeno a la sustitución del modelo neoliberal de desarrollo y que esté de acuerdo con la trayectoria histórica del liberalismo colombiano. En esto consistiría su nueva propuesta de retorno al liberalismo "para continuar la ejecución de su proyecto político inconcluso" (pág. 225).
CÉSAR AUGUSTO AYALA DIAGO.
Profesor del Departamento de Historia
Universidad Nacional de Colombia
