- Tongo le dio a Borondongo, Borondongo le dio a Bernabé, Bernabé...
Celia Cruz Reina Rumba
Umberto Valverde
Arango Editores, Santafé de Bogotá, 1995, 158 págs.
Dentro de la literatura colombiana, Umberto Valverde, nacido en el Barrio Obrero
de Cali, se ha distinguido por su afán de trabajar con salsa. No sólo en su primer
libro, Bomba Camará, una colección de cuentos, sino en su más reciente Abran
paso, historia de las orquestas femeninas de Cali escrita en colaboración con Rafael
Omar Quintero Valverde, y en su vida personal de anacobero pagando karma como intelectual
en este país nuestro tan finisecular y tan singular. Y también en este libro, situado
entre periodismo y literatura, cuya primera edición fue de La Oveja Negra en 1981 y que
ahora aparece prologado por la nada despreciable firma de Guillermo Cabrera Infante, autor
de la opus magna en este campo, Tres tristes tigres, un libro para leer de
noche, para leer bebiendo.
Celia Cruz Reina Rumba es un experimento donde la historia de la música
cubana es el telón de fondo para un colage (o un ajiaco, si se prefiere), que combina
elementos biográficos de tan popular ídolo con las memorias personales del autor
centradas en el movimiento estudiantil de aquellos tiempos. Estas últimas constituyen los
materiales más atractivos y originales, huellas de una historia que nunca se ha logrado
comprender en profundidad: la de los radicales de los años 60 y 70 que, si bien no
hicieron ninguna de las revoluciones propuestas (democrático-burguesa,
democrático-popular, nueva democracia socialista y demás), al menos contribuyeron a la
modernidad caleña con nuevas corrientes intelectuales y la democratización de su vida
social. Surgieron, no de sectores tradicionales, sino de escenarios nuevos, como el Barrio
Obrero, el Colegio Santa Librada y la Universidad del Valle, para luego regarse por toda
la ciudad con la efervescencia de aquellos tiempos. Pero más que en el sabor
epistemológico de publicaciones contestatarias e ilegibles como Crítica Marxista, estos
radicales se comprenden a partir de su obsesión por la música del Caribe, y aquí el
aporte de Valverde es especialmente valioso. Rescata la memoria de un fiel testigo de
conspiraciones y promiscuidades: el desaparecido Bar de William, "barcito estrecho e
incómodo donde no era posible bailar sino restregarse, sintiendo en la arrechera de la
borrachera las rodillas de la hembrita, el excitante contacto de sus muslos, sujetándola
con firmeza, bailando tan acompasadamente como si cada movimiento fuera hecho por un solo
cuerpo". En aquel condumio glorioso, "cuando sonaba un bolero y se encendía la
luz negra, esa luz mortecina que dejaba ver el lavado de la ropa, se apretaba a la amiga
del amigo, a la esposa del vecino, y surgía entonces el romance efímero, el apretón de
manos, el beso furtivo, las ganas de compartir el calor de las piernas, el deslizamiento
de una caricia escondida por la piel sudorosa". Pero el Bar de William, más
consecuente que sus parroquianos, no sobrevivió el reflujo de la lucha aunque, como pasa
con los verdaderos revolucionarios, el eco de sus exhalaciones se prolonga hasta nuestros
días. Y no solamente se trata de que si sus paredes hablaran codificarían todos los
análisis que escucharon, toda la sociología, la antropología, la historia y la
economía de Cali; aquí como siempre y en todas partes, se muestra que las buenas
cantinas han sido las locomotoras de la historia. Se trata también de metáforas
indelebles de la noche caleña, de personajes como el poeta Farías, dormido y borracho,
soñando con música exquisita allá lejos donde Corrompido, de las memorias de quien esto
escribe, que una noche entró solo y sin plata y salió borracho y con amigas. En fin
Valverde descubre lo que podría ser un filón etnográfico y su reconstrucción es
afortunada excepto en un punto crucial: las mamertas no eran tan feas como él pretende.
Otro aspecto destacable en estas memorias personales se refiere a Humberto
Corredor, un hombre de leyenda en la música del Caribe. Su biografía podría ser la de
un pirata posmoderno: del Barrio Obrero a Nueva York, para dedicarse a viajar por el mundo
comprando discos y convertirse en el principal coleccionista colombiano, en asesor y
empresario de sus ídolos, de la Sonora Matancera. Consecuente con sus ideas, Humberto
Corredor hizo posible que la Sonora se presentara en Cali después de muchos años, en lo
que parece un episodio de cuento de hadas que amerita un esfuerzo investigativo de mayor
alcance.
El esbozo biográfico de Celia Cruz es un esfuerzo por organizar información
hasta entonces dispersa que sigue teniendo vigencia, incluso hoy, cuando existen estudios
académicos sobre la cultura musical del Caribe. Incluso teniendo en cuenta que se trata
de una narración nada distanciada, escrita por un adorador incondicional. Incluso
sabiendo que Valverde confunde el más exitoso show de América Latina con la mejor
voz femenina que haya producido Cuba. ¡Tiempo echa de nuevo al viento la voz de Rita
Montaner, esa sí, La Inmensa! Estas nostalgias de gentil hombre habanero, de La Habana de
aquellos tiempos, no consiguen, sin embargo, oscurecer el panorama: es que algún defecto
debía encontrarle a un trabajo que sigue fresco y vital.
ADOLFO GONZÁLEZ HENRÍQUEZ
Departamento de Sociología
Universidad del Atlántico |