| Fieles espejos de la sociedad que los engendró
Antología del temprano relato antioqueño
Jorge Alberto Naranjo (compilador)
Seduca, Colección Autores Antioqueños, núm. 99, Medellín, 1995, 472 pág.
Antioquia no sólo es una de las regiones de Colombia más estudiadas por
extranjeros, sino que ella misma alberga un importante cúmulo de
"antioqueñólogos" nativos. La región no supera los dos siglos de vida
independiente, pero en su acervo bibliográfico se cuentan numerosas obras que la miran
desde distintos ángulos. En épocas recientes la antioqueñología ha llegado a momentos
culminantes: en 1988 apareció la Historia de Antioquia y en 1996 vio la luz la Historia
de Medellín en dos volúmenes. Periódicamente, las sucesivas generaciones se
ocupan de revisar su pasado de una manera u otra, en un afán sin precedentes de conservar
y saber quiénes han (hemos) sido, por qué y cómo. No obstante, ese insistente mirarse
en el espejo proviene de una elite intelectual cuyos productos cultos no logran humedecer
todavía la aridez de la masa paisa, alcoholizada con el fútbol, los restos de una
supuesta grandeza pasada "siquiera se murieron los abuelos", recitaba
Jorge Robledo Ortiz y el rebusque del lucro a todo precio.
Resulta curioso, por decir lo menos, que un ingeniero experto en hidráulica y en
Galileo Galilei, autor de dos novelas publicadas, haya optado por vestir el overol del
arqueólogo para rescatar del olvido ejemplos primigenios de la conformación de una
literatura regional. Acaso los historiadores están muy atareados en otras cosas, o su
preocupación con la política no los deja ver en el pasado literario un material
historiable. Naranjo se encarga de demostrar que allí sí hay objetos para la historia,
aunque se contenta con dejar las piezas sueltas de su exhumación en la vitrina. No es
poco el esfuerzo que exigió la excavación, pero estos neardentales de la literatura
antioqueña necesitan de la reconstrucción del escenario donde actuaron para que los
espectadores de hoy entiendan mejor toda la función.
A juzgar por este ejemplar, es notorio que ahora los editores de la colección
corrigen (¡por fin!) la ortografía y la digitación de las pruebas. La fea carátula, la
introducción sin paginar y el pobre diseño gráfico no le hacen ningún favor al libro,
que inexplicablemente carece de bibliografía. En las breves páginas de presentación,
más de la mitad de las cuales están ocupadas por unas tablas que funcionarían mejor
como anexos, el compilador ofrece lo que considera sirve de contexto histórico, menciona
los criterios que siguió para la antología y hace referencia somera a las fuentes
utilizadas. Un corrector de estilo habría notado que la palabra década se repite
sin compasión 17 veces en 10 tristes páginas.
Las principales tesis del "Esbozo histórico" se pueden resumir así:
la literatura de relato apareció en Antioquia en la segunda mitad del siglo XIX; Emiro
Kastos, aunque fue clave en este surgimiento, tuvo poca influencia por el silencio que
adoptó. Leído despacio, este enunciado no guarda relación de causalidad: la influencia
de Kastos no habría estado garantizada en el caso contrario. Naranjo deduce que la
narrativa antioqueña no se desarrolló a partir de grandes maestros sino bajo la forma de
una "literatura menor", la que considera conformada por una "proliferación
de autores, obras, estilos, sin la prematura coerción de unas normas fijadas por un
artista mayor o por una obra paradigmática".
Para cada decenio comprendido entre 1850 y 1910 señala el acontecimiento
literario que a su juicio marcó el período. 1850-1859: Emiro Kastos, cuya obra tuvo poca
influencia. 1860-1869: desaparición de los pioneros, nacimiento de algunas tertulias
literarias. 1870-1879: surgimiento de un movimiento narrativo, en el que descuella Juan
José Molina. 1880-1890: aparición de dos escritores importantes (Camilo Botero Guerra,
Lucrecio Vélez) y consolidación de las tertulias literarias. 1890-1900: existencia en
firme de una "cultura de la narración"; emergencia de nuevas temáticas y
tendencias literarias (¿cuáles?) y salida a la luz de Tomás Carrasquilla y Efe Gómez,
entre otros. 1900-1910: producción de novelas y cuentos, publicaciones de revistas y
libros. El esbozo concluye con una constatación pertinente: en el momento de surgir los
nombres mayores de la literatura antioqueña, ya existía una tradición narrativa que
sustentó sus obras.
Desafortunadamente, la brevedad de esta sección no le permite al lector
enterarse sobre el estilo de los primeros escritores, de las influencias bajo las cuales
se formaron, de sus temas, ni de cómo su experiencia y resultados creativos sirvieron de
caldo de cultivo a figuras como Tomás Carrasquilla. Los criterios de la antología son
claros y sencillos: se incluyeron obras de calidad y producidas por autores con
"alguna probada vocación narrativa". El compilador escogió relatos de
veintiún autores (se anuncian veintidós), agrupados en cinco temas. Se excluye a
Carrasquilla, Francisco de Paula Rendón y Efe Gómez, nombres más conocidos.
Aunque el profesor Naranjo elude referirse directamente a los estilos
practicados, el lector podrá constatar que en tierras paisas se aprendió a escribir de
la mano de formas literarias conocidas y ejercitadas en la capital y en otras latitudes:
costumbrismo, romanticismo y modernismo. Estos estilos fueron practicados sin brillo
particular. La posición del narrador es diversa: desde el tono íntimo y confesional de
un diario, hasta el omnisciente del que todo lo sabe. Los temas son los propios de la
sociedad del momento: descripciones detalladas de episodios parroquiales (ejemplo: un
baile convertido en trifulca), los estragos de los amores frustrados, un matrimonio por
conveniencia, inocentes cuentos de espantos, historias tempranas de drogas y relatos
bélicos.
Aunque muchos de estos textos tienen para el lector de hoy una estética agotada
por la escoria del tiempo y ninguno es una extraordinaria joya literaria olvidada, todos
ellos son fieles espejos de la sociedad que los engendró. Allí está guardada la
evidencia de qué dijeron los primitivos escritores paisas, cuando su mundo todavía era
nuevo. Por ello, el mayor aporte de este volumen es poner al alcance un grupo de textos de
valor arqueológico que muestran cómo se aprendió a escribir, a nombrar el mundo cuando
las palabras y las cosas eran escritas por primera vez por parte de unos pocos cultos,
dentro de los miles de analfabetos. También se detectan en ellos atributos estéticos en
tono menor, que revelan una forma de concebir la belleza hoy abolida, pero que endulzó, a
la luz de las velas de cebo, el arduo trabajo de las minas, los suspiros vespertinos de
las señoritas y el ajetreo comercial diurno de los lectores.
SANTIAGO LONDOÑO VÉLEZ |