Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 44.  Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

La guacherna


Curso y discurso del movimiento plebeyo, 1849-1854
Francisco Gutiérrez Sanín
Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales-El Áncora Editores, Santafé de Bogotá, 1995,
241 págs.


Con exagerado entusiasmo, en el prólogo de este libro se anuncia que estamos al frente de "la contribución más importante al tema de los artesanos del siglo XIX desde los trabajos ya clásicos de Germán Colmenares". El juicio es desbordado y merece algunas salvedades: como en reino de ciegos el tuerto es rey, cualquier contribución medianamente novedosa y audaz en el tema del movimiento de artesanos de la mitad del siglo pasado resulta encomiable y puede hasta producir todavía más ceguera de la ya existente. Éste es un tema dotado de enormes vacíos y pocos aportes. Los menos acuciosos para tratar en rigor el asunto son los profesionales de la historia —sobre todo los autodenominados historiadores políticos— que han visto de soslayo la evolución del movimiento artesanal del siglo XIX, quizá por el embeleso —¿o embeleco?— del estudio de fenómenos más recientes y supuestamente modernos, como la evolución del movimiento obrero, por ejemplo. Después de los estudios más o menos paradigmáticos de Nieto Arteta, Jaramillo Uribe y Germán Colmenares, además de algunos análisis juiciosos de David Sowell, hemos tenido al frente trabajos tan ingenuos y erráticos como los de la historiadora Carmen Escobar, verdadero homenaje al desperdicio de las fuentes documentales acumuladas. Después, sobre el tema, desde los profesionales de la historia sólo conocemos el fraude de las conversaciones de cafetería.

Ante ese vacío otorgado por los historiadores, el puesto lo han asumido lenta y cabalmente politólogos, abogados y sociólogos que, al parecer, han ido más adentro en el tema. Y entonces ahora sí merece establecerse la índole del aporte de este libro de Gutiérrez Sanín que, entre otras cosas, constituye novedad desde otro aspecto. No olvidemos que los politólogos colombianos suelen deleitarse con los análisis de coyuntura y con visiones sociologizantes de los ciclos de la Violencia colombiana contemporánea. Con esos antecedentes, los estudios con fundamentación histórica son especie rara entre los integrantes del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales.

Gutiérrez Sanín, cuyos estudios de posgrado, según se esfuerza en destacarlo la solapa del libro, los ha realizado "gracias a becas obtenidas por concurso" (¿una inconsciente valoración de los méritos y las capacidades al mejor estilo decimonónico?), acude a una propuesta metodológica que seguramente se remonta, en parte, a sus estudios de ciencias políticas en Varsovia y a una remozada aplicación de algunas tesis de Antonio Gramsci sobre movimientos y partidos políticos.

Entre 1849 y 1854, Colombia vivió densas transformaciones económicas, políticas y sociales que incluyeron enfrentamientos entre representantes de opuestas concepciones del mundo. En ese tiempo —valga tenerlo en cuenta, aunque no parece ser un rasgo muy apreciado por Gutiérrez Sanín— se estaban demarcando los estamentos fundamentales de aquella época con sus respectivas reglas de separación y de dignificación; entre otras cosas, la noción weberiana de estamento es en definitiva poco funcional en el análisis de este autor.

Aun así, el libro contiene un notable esfuerzo por, primero, saber cómo se autodefinían aquellos actores de abajo, aquellos hombres de ruana que alguna vez conformaron un movimiento volátil y voluble; luego, analiza la capacidad de ese movimiento para plasmar sus aspiraciones, para darle algún grado de coherencia conceptual a sus difusos anhelos. En la segunda parte del libro, el autor se encarga de hacer una especie de etnografía del movimiento plebeyo —denominación que pertenece a la audacia del analista—. En este punto, Gutiérrez Sanín parece descubrir expresiones de autonomía de la masa de artesanos que frecuentemente había sido la carne de cañón de las turbulencias políticas gestadas por las clases dominantes.

¿Pero qué se concluye o constata de esta mirada desde adentro, de este intento de conocimiento exhaustivo de un modo de ser de la cultura política de un sector social que desempeñó papel trascendental y transformador a mediados del siglo pasado? En eso no se perciben muchas novedades; desde los estudios clásicos de George Rudé, se repite como una fatalidad que los movimientos populares, que esas "clases pobres" que constituyen el pueblo, son ideológicamente sincréticos; que son incapaces de bastarse a sí mismos; que la coherencia de sus discursos y de sus actos quedan supeditados a la presencia de agentes externos: los ideólogos, los intelectuales, los tutores, los hombres ilustrados provenientes de sectores privilegiados de la sociedad. Raramente, no acude este autor a la noción gramsciana de ideología, pero en su libro queda claro que, en cierto momento, en los iniciales, el movimiento plebeyo se abasteció de una "ideología inherente", la de esa ecléctica masa llamada pueblo, pero que después, en un estadio más alto de su protesta, tuvo que mezclarse con elementos ideológicos más elaborados, patrimonio de los grupos sociales a los que esos hombres de la plebe debieron enfrentarse. Y, bien, todo eso parece constatarse en este análisis de Gutiérrez Sanín.

Lo que no puede soslayarse, y es una omisión deliberada de esta obra, es que en ese tiempo, 1849-1854, se gestaban de manera simultánea las formas institucionales que le conferían autonomía y distinción a diversos estamentos de la sociedad neogranadina. Al mismo tiempo que los artesanos se aglutinaban en las Sociedades Democráticas, los liberales con rezagos aristócratas hallaban modos de sociabilidad y de autorreconocimiento en las logias masónicas o en las sociedades artísticas y científicas; y, más claramente, en la formación de los partidos políticos. Una noción restringida de soberanía y un liberalismo excluyente dejaban por fuera de la idea de nación a quienes no hubiesen tenido los privilegios de la educación y de la riqueza, es decir, a la guacherna. Cuando se pierde este interés por la simultaneidad, cuando se hace abstracción de este juego de relaciones entre actores opuestos que se chocan, se rozan o se alían, estas miradas, enriquecedoras y todo, se vuelven demasiado unilaterales e incompletas. Quizá eso suceda en este caso, pero no debemos entenderlo como un extravío sino como una necesidad metodológica cuando no han predominado estudios que se detengan en la descripción minuciosa y detallada de la cultura política de los sectores populares.

En Gutiérrez Sanín hay aportes novedosos y preguntas que le dan nueva dimensión a un problema injustificadamente desatendido; pero ojalá el autor entienda que mucho de lo que allí dice está todavía a manera de apunte, de esbozo que necesita afinarse.

GILBERTO LOAIZA CANO