Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 45.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Creación de repertorios


Cuadernos de música
Fundación Batuta
Fundación Batuta, Santafé de Bogotá, 1996


Las primeras publicaciones de la Fundación Batuta, fechadas en mayo de 1996 e identificadas como Cuadernos de Música, serie II, No. 1, Partituras para preorquesta y serie IV, No. 1, Partituras para orquesta juvenil, hicieron suponer a mi pensamiento elemental la existencia previa de, al menos, la serie I —junto al número intermedio—, pero me vi sorprendido al conocer que, además de ellas, hay en la colección un grupo adicional. Los nombres proyectados para los, por el momento, latentes cuadernos serán Guías para maestros, Partituras para orquesta infantil y Partituras para banda juvenil. De cualquier forma, el segundo volumen de la segunda serie aparece como la próxima publicación de su género proveniente de Batuta.

La serie II abarca partituras de nivel introductorio sobre piezas simples adaptadas con intereses pedagógicos en mente y con una instrumentación sencilla que por tal razón no resulta restrictiva —a juicio personal—, de manera que, conforme a los medios, se puede transformar, e incluso pueden realizarse cambios para una adaptación "inesperada" a la tesitura de las opciones disponibles. Sin embargo, la asignación de los instrumentos parece obedecer a cierta normalización entre las escuelas de Batuta. Además, es importante la variedad en las selecciones, sobre un repertorio que supongo —en cuanto a nivel y objetivos— inventado por la Fundación para enfrentar su plan de formación al nivel más básico.

El arreglo de Leonor Pieschacón, sobre Pasa el batallón, canción tradicional de autor anónimo, escrito en compás de cuatro cuartos, apela a tres instrumentos melódicos —para este caso— y a otros tres de percusión. Se trata de una ronda con armonía basada en el acorde de tónica (Sol mayor) dividida en tres partes que tienen en común patrones de dos compases en todos los instrumentos, a excepción de la flauta dulce, cuya parte se desarrolla en cuatro compases. Cada cuatro compases se adiciona un instrumento. La primera parte incluye el bombo, la caja china y el redoblante; la segunda presenta al metalófono y la piánica y en la última se incorpora la flauta dulce. Los objetivos didácticos enumerados en el cuadernillo son útiles incluso en situaciones ajenas a la música.

El gallo pinto, canción tradicional de autor anónimo adaptada por Rafael Rubio, incluye nueve diferentes instrumentos (entre ellos la voz) y se divide en dos secciones, la segunda de ellas de un par de compases; la tonalidad de la pieza es Fa mayor y presenta de nuevo su métrica en cuatro cuartos. El tema aparece en la voz, el sistro soprano y la flauta dulce, partes que actúan en unísono a lo largo de la pieza. Son importantes la introducción de silencios dentro de los compases y el procedimiento de ejecución, fácil de asimilar con un juego, donde se añaden o se quitan grupos instrumentales, hecho que suma a la simple ejecución de la partitura, en medio de un carácter en cierta forma festivo, la atención a las indicaciones del director.

Compuesto y adaptado por Jairo Rincón, el Pequeño vals, en tonalidad de Sol mayor, introduce novedades armónicas donde afloran acordes con notas agregadas y una modulación a la subdominante. En este vals hay dos temas, ambos a cargo del metalófono; el primero de ellos consta de dieciséis compases y el segundo, tras un silencio "general", se extiende por ocho compases. La generalización de los silencios dentro de los compases, a diferencia de El gallo pinto, donde sólo aparecían en la percusión, trae dificultades adicionales a los pequeños intérpretes y, desde un punto de vista diferente, se logra que el carácter ternario del vals aparezca a través de un esquema distribuido, una modalidad diferente al concepto generalizado sobre esta danza.

También en calidad de compositora y arreglista, Marcela García presenta una guabina: El tiple y el pañolón. Esta pieza incluye dos xilófonos, dos metalófonos, tres grupos de percusión, voz, tres flautas dulces y tiple, instrumento que tiene a lo largo de la pieza una función anecdótica sobre cuatro acordes en diversas variaciones rítmicas. La voz presenta el primer tema; el segundo, a manera de pregunta y respuesta aparece en las flautas, el primer metalófono y el primer xilófono, hecho de interés, aunque no reseñado en los objetivos pedagógicos, que enseña al instrumentista a escuchar a sus contrapartes. La tercera sección toma a las flautas, al primer xilófono y luego a los metalófonos para presentar la melodía. En el final los metalófonos elaboran un tema, sobre notas largas de las flautas y corcheas en los xilófonos, para terminar en una cadencia de dos compases.

La canción tradicional española Tres hojitas, madre, con arreglo de Juan Gabriel Osuna, posee una sonoridad bien diferenciada, debido a que se trata de una pieza en modo eólico. La simplificación de la parte de la voz, que en todos los cantos modales usa melismas, es quizá uno de los puntos en favor de este arreglo, frente a la necesidad de presentarlo a ejecutantes de corta edad con filiación al mundo occidental. Tras una introducción de cuatro compases a cargo de los xilófonos, la melodía, en su primera sección, de ocho compases, es expuesta por los dos primeros grupos de flautas dulces sobre un fondo a cargo de los xilófonos y de las restantes flautas dulces; la melodía, en su segunda sección, está a cargo de los xilófonos, y en los últimos cuatro compases de esta primera sección, las flautas crean un fondo de carácter coral. La segunda parte de la canción, con el tema en la voz y el acompañamiento en los xilófonos, presenta, después de una repetición, a las flautas con el mismo fondo coral de la primera sección, hecho que se repite antes de una coda final en que sólo actúan los xilófonos y la percusión. Esta partitura es la única que presenta anotaciones de velocidad dentro de esta serie de partituras para preorquesta.

Las Partituras para orquesta juvenil, como es de esperarse, poseen una mayor complejidad —especialmente en el Tema de Batman—, un grupo grande de instrumentos, múltiples indicaciones de dinámica y acento, junto con la presentación de problemas técnicos e interpretativos, en un salto que hace desear la existencia de un paso adicional a las Partituras para orquesta infantil, aunque, una vez revisada la división en secciones de cada uno de los temas, se sugiere la idea de ensayos sobre fragmentos y posterior ensamblaje —y con el desconocimiento de la música por incluirse en la serie III—, quizá se trata de una exageración.

Sobre compases de cinco cuartos, de Lalo Schiffrin, compositor argentino que ha hecho carrera gracias a la música cinematográfica y televisual, el Tema de Misión Imposible, con arreglo de Guillermo Plazas, se desarrolla con una orquesta en que a los grupos de cuerdas (con una tercera parte para los violines y violonchelos y contrabajos en igual papel), de maderas (que incluye piccolo) y de percusión (con tres instrumentistas), se suman el piano y al arpa. El primero de estos determina, con el platillo suspendido y los violonchelos-contrabajos el riff que guiará la pieza tras los trinos y trémolos de los dos primeros compases, y que marcará la figura rítmica de los tutti —donde los bongós reemplazan al platillo—. Para simplificar la tarea descriptiva, la estructura de la pieza se puede describir, descontada la introducción, como tema 1-tutti-tema 2-tema 1-tema 2-tutti, repetición de este esquema-"silencio" y final. El tema 1 aparece en la primera ocasión en los timbres de flautas y violines y en la segunda en cornos y clarinetes. El segundo tema, de igual forma, en diferentes instrumentaciones, es presentado por oboes, trompetas y violines y reaparece con los mismos, a los que se agregan piccolo y flautas. Como es fácil de percibir, no existe desarrollo alguno en estos motivos, cada uno de cuatro compases. El mencionado "silencio", un compás entre el arpa y los bongós da paso al tutti final. A mi parecer, la pieza se escucha más próxima al original con la indicación de negra igual a 140 —o incluso a 160—, frente a la cifra 120 del arreglo.

Ricardo Márquez, arreglista de Bahía Gómez, pasillo del compositor, nacido en Riohacha, Enrique Zimmermann, logra un notable arreglo con una orquesta pequeña y con elegantes recursos contrapuntísticos. De nuevo, para evitar en algo la fatiga descriptiva, esta danza se puede acomodar en un esquema: A-B-A-C. La primera parte presenta su tema en las flautas, sin introducción, a las que se adjuntan oboes y clarinetes; con la entrada de la percusión salta a clarinetes y primeros violines para finalizar con una barra de repetición. La segunda sección, que también se repite, desarrolla un nuevo tema, cuyos primeros compases suenan en las maderas, exceptuados los clarinetes, con un fondo de corcheas en las cuerdas, para terminar en las trompetas, secundadas en los compases finales por flautas, oboes y violines. La sección C —de nuevo entre barras de repetición—, que modula a si bemol, tiene una armonía más rica que sus predecesoras y un trabajo sostenido de la percusión. La melodía se mueve entre clarinetes, violines primeros, oboes y flautas con "atmósferas" motivadas por breves pasajes de trinos en éstas últimas.

Danny Elfman, compositor que halla poco agradable la popularidad que viene de su música para los Simpsons, es un músico paradójico. Su iniciación en la música cinematográfica comenzó con la película Zona prohibida —en traducción literal—, y se integró en definitiva al cine gracias a Tim Burton. La música para ilustrar temas oscuros, inquietantes y misteriosos es uno de los puntos fuertes de este músico —autodidacto en cuanto a la orquestación, según sus palabras—, que acostumbra insertar detalles humorísticos, que reconoce la influencia de Nino Rota y Bernard Herrmann y que ha mantenido en caminos diferentes sus actividades como músico de rock y de cine. El Tema de Batman —en la nueva encarnación del superhéroe— involucra un ambiente adecuado a los aspectos brillantes de Elfman. Después de escuchar el original, que exige una orquesta cuando menos mahleriana, es sorprendente la capacidad de Gustavo Parra, al tomar un grupo orquestal similar al de el Tema de Misión Imposible —con unos instrumentos menos aquí, otros más allí y mantenidos el piano y el arpa— para acomodar la multitud de matices caprichosos en una agrupación que comparativamente se puede llamar compacta. Las múltiples secciones de esta corta pieza y su colorido mudable se oponen a cualquier meticulosidad. El tema, que se presenta desde el comienzo, adquiere, a lo largo de la partitura, múltiples transformaciones, aparece de forma parcial, cambia de timbres sobre texturas y redes rítmicas variadas, y en muchas de sus versiones conserva sólo los intervalos, puesto que salta sobre tonalidades. Esta partitura trae novedades, dentro de la serie, como la figura rítmica de los tresillos, cambios de velocidad, cambios de métrica en los compases y una estructura armónica oscilante.

El trabajo de edición exhibe problemas variados. Las carpetas que albergan los cuadernillos, de las cuales existen dos versiones, tuvieron una mejoría con su remozamiento, al pasar el color de fondo a los caracteres blancos y dejar el blanco en lugar de éste, pero esta maniobra hace más evidente la variación del negro del número (de los cuadernos en cada serie) en la sobreimpresión del bolsillo interno, donde aparece el color con dos valores diferentes de intensidad; un accidente que se pudo evitar con dar al negro un componente del color adicional en su versión más saturada. La fuente script que se utiliza en la palabra "Música" tiene problemas en el empate de los caracteres, detalle solucionable de manera sencilla con un programa de ilustración al editar las letras luego de convertirlas a curvas; allí mismo se pudo incluir un valor de abundancia (trapping) a la letra final de la palabra, que se intersepta con el logotipo de Batuta para facilitar la tarea del registro. La fuente adicional —ITC Tiffany o una aproximación a ella— que se usó con cierto porcentaje de compresión en las carátulas de las carpetas y de los cuadernillos presenta trazos incorrectos en las secciones superiores de las letras o mayúscula (O) y s mayúscula (S). El troquelado que circunda el borde inferior de la palabra Batuta —aunque implica un trabajo adicional—, no presenta un efecto destacable, menos destacable aún con los bordes dentados de la versión del logotipo que aparece en la portada de los cuadernillos.

Parece que los problemas en el levantamiento de las partituras —sin tomar en cuenta las incorrecciones en la copia misma, pues sólo podría considerarlas a partir de suposiciones— son más evidentes en aquellas de nivel elemental. El gallo pinto tiene dificultades con el espaciado horizontal, notorias en la parte de las cajas chinas y en la distribución de la letra, a la que le faltan indicaciones en las sinalefas, como a todos los arreglos que dejan una parte a la voz. En el Pequeño vals sería deseable que el último compás alcanzara el margen derecho luego de correr compases entre los grupos anteriores de pentagramas. El tiple y el pañolón numera sus páginas, en contraste con sus hermanos, pero con ausencia del número 4 y los números 5, 6 y 7 a dos páginas de diferencia, donde usurpan los lugares del 7, el 8, y el 9 respectivamente. Tres hojitas, madre reemplaza el signo © con uno @ y la letra sufre de nuevo por el espaciado horizontal. Exceptuados los arreglos primero y tercero —en el orden propuesto por esta reseña— hay desequilibrio en el posicionamiento vertical de los restantes.

Las Partituras para orquesta juvenil tienen problemas menores: aquellas que comparten el piano y el arpa presentan oscilaciones de página en página en la situación de tales nombres frente a las partes correspondientes, motivadas por un descuido al realizar las optimizaciones; en el Tema de Batman el "arpa" llega a desaparecer. Bahía Gómez padece la misma circunstancia que el Pequeño vals: en la última página quedan cuatro muñones de dos compases, los grupos instrumentales de la partitura. Como detalle adicional, también escapó a la normalización de estas partituras la unificación del concepto de trasposiciones, mientras el Tema de Batman y Bahía Gómez se presentan sin ellas, el Tema de Misión Imposible traspone los instrumentos, particularidad que, según las consideraciones que han de regir de ahora en adelante en la Fundación Batuta, debe acompañar tan sólo a las partes instrumentales y no a los scores.

Dentro de la calidad de primer paso, este trabajo tiene notables virtudes —en especial sobre las piezas de nivel básico, nacidas de la necesidad creada por un repertorio inexistente, frente a las características del plan de formación— y merece por ello atención en su desarrollo. De esta forma es de esperarse la continuidad de la tarea —la cual, sin embargo, no tiene establecido un cronograma preciso, sino más bien una idea de labor perseverante a un ritmo no muy agitado—, en la cual con cada nueva publicación se pueda observar una mayor atención al detalle y un mayor cuidado en la presentación de los contenidos. Según comentarios recogidos en la Fundación acerca de algunas piezas, no todos los arreglistas estuvieron pendientes para el necesarísimo proceso de la corrección, y en ciertas partes el registro excedía los límites instrumentales. La primera de estas situaciones es difícil de justificar, mientras la segunda resultó de un descuido descubierto, como lo marca la generalidad, demasiado tarde, al observar que los instrumentos con que se dotaron muchas de las escuelas de Batuta poseen tesituras reducidas frente a las versiones de uso común.

GEORGI DIMITROV