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Crónicas
de un reportero travieso
Las famosas crónicas de Ximénez
José Joaquín Jiménez
Editorial Planeta, colección Documento, Santafé de Bogotá, 1996, 333 págs.
El día se veía cubierto de espesas
nubes grises. Una leve brisa susurraba por entre los árboles del parque. El periodista
extranjero cruzó el prado y se dirigió a su casa. Las primeras gotas de fría lluvia
cayeron a la calle. Con estruendo, un avión blanquirrojo se lanzó hacia las nubes y
desapareció detrás de la cortina de niebla gris.
El periodista extranjero entró en su
casa y puso en una mesa de la antesala unos libros y periódicos que había traído.
"Un día preciso para tomarse un tinto y sentarse a leer", pensó. Se sentó y
tomó un libro. "Formal e informalmente empezó a leer Bogotá vive del
café. El tinto, el pocillo de tinto es un instrumento de comercio social tan eficaz entre
nosotros como la pipa de la amistad entre los antiguos pieles rojas. Nada se hace aquí
sin café". El periodista extranjero tomó un sorbito de su tinto y prosiguió:
"El negocio, el plan político, la charla insustancial, la meditación, el ensueño,
hasta el mismo silencio, están manejados por el tinto. Puede decirse que el café tinto
es la sangre que alienta en el noble corazón de la ciudad". El periodista extranjero
dejó el libro y tomó un periódico actual. Pero hacía poco se había sentido disgustado
con las columnas, con los artículos, con los reportajes, con la información que podía
extraer del periódico.
"Es que hoy en día no hay ni tiempo ni espacio para relatos folletinescos en los
periódicos pensaba. Ocurren tantas cosas y hay tanta información para
transmitir, que no queda tiempo para reflexionar. Uno se ve limitado a los
titulares". La reflexión fue sustituida por las columnas.
Los columnistas son ahora los reporteros
del folletín. ¡Que equivocación! Ellos, en su mayoría, suelen hundirse en sus
habituales juegos de palabras, pretendiendo de esa manera llenar el vacío que dejó la
desaparición del folletín en los periódicos colombianos. Pero no se trata de eso. No se
trata simplemente de aferrarse a una opinión individual.
Aún más pesar da la falta de este
elemento fundamental de una cultura periodística como es el folletín, cuando nos damos
cuenta de que él era una tradición en Colombia. Que había personas con esa habilidad de
relatar en un estilo que lindaba entre periodismo y literatura.
Una de esas personas era José Joaquín Jiménez Ximénez quien entre 1932 y
1946 trabajó como reportero de la sección judicial de El Tiempo (¿por qué la
suprimieron?). En el libro que aquí se reseña, su hijo y su viuda reunieron unos textos
ejemplares de este reportero, que se hizo famoso con sus saltos entre poesía y crónica.
Con ocasión de cumplirse el año pasado el quincuagésimo aniversario de su
fallecimiento, fue publicado este libro. Una muestra de los trabajos de un hábil
periodista cuyo tema no sólo eran los crímenes, sino más bien los problemas sociales
que encontraba en los bajos fondos. Fue así como llegó a convertirse en el cronista
mayor de Bogotá y en un pionero del periodismo moderno en Colombia.
Sus crónicas tratan de las calles de
Bogotá, reúnen impresiones como si fueran de una "revista de la ciudad",
relatan destinos y acontecimientos de "pobres gentes" y también de "vidas
extraordinarias" y culminan en las observaciones rigurosas de un "enviado
especial". De Ximénez, quien nació el 19 de diciembre de 1915 en Bogotá, se
cuentan anécdotas simpáticas que ayudan a entender de dónde sale el misterio que se ha
tejido alrededor de su persona. Ximénez, como él mismo solía apodarse, se definía a
sí mismo como "un cronista, un reportero vil, un escritorzuelo estúpido e
ingenuo" que se hizo famoso al inventar que los protagonistas de sus reportajes
acostumbraban dejar alguna nota o poemas. De ese modo, él armaba la historia de un
acontecimiento real como si fuera una novela. Su propia imaginación casi nunca se quedó
fuera de la crónica. Una vez le tocó inventar una crónica (pues no había ocurrido
nada, situación respecto a la cual llegó a escribir un comentario, lamentándose de
ello) en la que contó como un astuto negociante colombiano había vendido varias veces
unos restos falsos de Simón Bolívar a turistas estadounidenses. La noticia, que Ximénez
tomó de un chiste popular, fue reproducida en varios periódicos de Estados Unidos. Otra
de sus travesuras consistió en la invención de un ladrón apodado Rascamuelas, que se
hizo tan conocido que causó pánico entre los habitantes de los barrios donde Ximénez lo
hizo aparecer. Hasta tal punto llegaron las cosas, que el comandante de la policía
metropolitana organizó una operación para capturar al ladrón e invitó a varios
periodistas, entre ellos a Ximénez.
José Joaquín Jiménez marco un paso muy importante en el desarrollo del periodismo
colombiano. Por lo tanto, constituye un aporte muy valioso de la Editorial Planeta haber
publicado este libro, lo cual ojalá contribuya a impedir, como dijo Daniel Samper en su
homenaje al cronista el año pasado, "que su nombre se pierda en la neblina de la
historia como si se tratara de otro salto de Tequendama".
El periodista extranjero puso al lado el
libro y sintió un sabor amargo ante la pobreza intelectual en los actuales medios de
información de Colombia. ¡Cómo ha cambiado El Tiempo! ¡Cómo hace falta la mirada
crítica de un folletín, precisamente en estos tiempos, precisamente para este pueblo!
¡A la sección judicial no le harían falta temas! Lo que hace falta a los lectores es
tiempo: de los cincuenta muertos de hoy no se puede acordar por los cincuenta muertos de
mañana. La fuerza de la impresión diaria de la violencia apaga la sensación que puede
causar un destino individual. Lo que sobra son columnas a veces inútiles de
clientelistas y partidistas.
Las gotas de lluvia golpean los cristales
de la ventana. Los faroles iluminan débilmente las calles. Por las paredes de papel pasa
el ruido del televisor del vecino. Sonido de ametralladoras. Gritos. Unos muchachos se
emborrachan a la entrada de una tienda tomando cerveza y dándole vueltas al tiempo. La
noche desciende de la cordillera. ¡Duérmete, Bogotá, duérmete!
HELMUT SPREITZER
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