Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 46.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Cada ángel constituye una especie de por sí


Dulce compañía
Laura Restrepo
Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1996, 211 págs.


Para muchos pueblos antiguos, el cielo era la morada de los dioses. En las noches, las estrellas concedían a los hombres de otras eras lo único firme en sus vidas. Pasara lo que pasara sobre la tierra, las estrellas seguían allí. Sin importar las imprevisibles catástrofes naturales (terremotos, inundaciones), o humanas (no menos temibles: una guerra, una pena de amor), el cielo seguía imperturbable... y aquellos cinco errantes, los planetas visibles a simple vista, con sus órbitas lentas y regulares, tan sólo confirmaban que el cielo estaba vivo.

Entonces, cuando los dioses griegos y romanos (siempre demasiado humanos en sus pasiones y amores) fueron reemplazados por un Dios único, la divinidad pudo remontar lo poco que le quedaba desde las cumbres del Olimpo hasta el cielo absoluto, pues ya Dios se había librado del peso de su carne, cubriéndose con una nube de la cintura para abajo.

Hoy la divinidad anda buscando morada. Hemos visto el cielo y hemos encontrado todo, menos tranquilidad. Los radiotelescopios nos muestran que los niveles del ruido estelar superan a la peor congestión de tráfico en Bogotá. Los observatorios nos informan de espectáculos tan violentos como el choque de galaxias. Nuestras sondas robots nos hablan de mundos que, como Io, vomitan su interior en forma de lava hirviendo; y otros que, como Venus (por curiosa paradoja, "el planeta del amor"), son hermosos desde lejos, pero por dentro son un infierno, con lluvias de ácido sulfúrico y temperaturas de 400° C.

Sí, hemos visto grandeza y belleza extremas, pero no hemos encontrado la tranquilidad que corresponda a un Dios que vela por nosotros.

Ya el cielo no puede ser más el firmamento.

Así que, buscando una nueva morada para Dios, les hemos pedido a sus ángeles (del latín angelus, y éste del griego ánguelos, mensajero) efectuar una mudanza temporal a nuestro mundo.

La Bogotá de fin de milenio, una periodista de una revista sensacionalista, los habitantes de un barrio pobre como tantos otros... ¿Puede imaginarse un marco menos apropiado para una historia sobre la divinidad?

Y, sin embargo, Laura Restrepo lo consigue.

Después que Milton perfilara la enigmática mirada de su Satanás en El paraíso perdido, hay que reconocer que hace falta osadía para escribir una historia sobre ángeles, sean caídos o no. Muchos lo han intentado, con resultados dispares. A veces terribles, a veces excelentes, como los que realizó Win Wenders en lenguaje cinematográfico con su Cielo sobre Berlín y Tan lejos y tan cerca..

Dulce compañía es, para mí, uno de los buenos intentos. ¿Su secreto? Es una obra cerrada, verosímil dentro de su propio marco. Al final, uno no sabe si ha leído una novela acerca de lo cotidiano de lo sublime, o una sobre lo sublime de lo cotidiano.

Al principio cuesta. El dibujo de la portada y las once líneas de la contraportada lo predisponen a uno a entrar en una historia en donde va a encontrar "al hombre en donde se compendian los dos amores: el divino y el humano". Pero apenas abre uno el libro, allí está ella, la periodista de clase media (que es a la vez protagonista y narradora), esa que podría ser nuestra mejor amiga, que está cerca de los treinta y hace aeróbicos por las mañanas, hablándonos en un lenguaje que, aunque en extremo perceptivo, no dista mucho del de otras conversaciones "con chocolate caliente en tarde de frío". ¿Cómo? —se pregunta uno—. ¿Es ésta la protagonista de la novela? ¿Es ella quien me va a hablar de seres divinos? Entonces uno vuelve al principio y allí está una explicación (hábilmente deslizada por la autora, por cierto) en boca de ese personaje femenino que nos cuenta su propia experiencia: Quizá es que "esta ciudad desquiciada manda tantos preavisos de fin de mundo que uno ya no les presta atención" (pág. 15).

Así que uno vuelve al punto en que ha abandonado, quizá más por curiosidad que por convencimiento, y continúa la lectura...para no arrepentirse de haberlo hecho.

Sí, allí está. Poco a poco voy reconociéndola: la historia... y siendo una mujer su narradora, no está de más recordar una frase suya: "Para que un hombre se entusiasme es necesario que pasen cosas, mientras que a una mujer le basta con que las cosas sean" (pág. 46).

Y, sin embargo, pasan. Con la misma "precisión periodística" con que describe las "empanadas de papa rociadas con ají" del almuerzo, va relatando su viaje a Galilea, "una de las incontables barriadas del sur de la ciudad", enviada por su jefe en Somos, revista sensacionalista, quien ha oído rumores acerca de la aparición de un ángel. Una vez allí, encuentra personajes como la no tan grata sor María Crucifija, la gigante Sweet Baby Killer (ex campeona de lucha libre), el "nicotínico" padre Benito, al sabelotodo "pelao" Orlando, y la madre del ángel, doña Ara (sí, pues este ángel tiene una madre que lo parió como a todo hombre). Y por supuesto, el ángel (o supuesto ángel, dependiendo del gusto), quien tiene la deliciosa desfachatez de no forzar a nadie a creer en él, pues no tiene otra prueba de su rango angelical que él mismo.

Mil intrigas, mil misterios, se desenvuelven a lo largo de la semana que ocupa el grueso de la trama. ¿Será real el ángel a pesar de que haya olvidado traer sus alas? ¿Le basta con ser enigmático, hermoso (sobre todo hermoso) y lejano para reclamar su título celestial? ¿No es acaso su belleza morena demasiado tropical para los nórdicos gustos de la Iglesia? ¿Se vale para un ser etéreo venir al mundo entre dolores de parto y tragedias humanas?

Y aunque presiento que debo ya resignarme a que nadie me va a revelar el sentido de la vida ni dónde está Dios entre tanta ruina, sigo leyendo sin apenarme por saber que no estoy solo en mi ignorancia, pues esos misterios son reemplazados en la narración por otros que ahora me absorben.

Ante todo, el nombre del ángel, pues, tal como afirma el padre Ludovico Fanfani en su Teología para seglares (a la cual, por cierto, tuve que acudir para hacer esta reseña): "Cada ángel constituye una especie de por sí". Esto es, que no hay dos ángeles iguales. Por eso es imprescindible para todo ángel que se respete decir su nombre. No vaya a ser que lo confundan y lo excomulguen como a cualquier mortal.

Pero este ángel en particular tiene la peculiar característica de ser mudo en la práctica, pues en las pocas ocasiones en que habla lo hace en lenguas extranjeras. Sólo se comunica "telepáticamente" con su madre (medio, en verdad, sospechoso para quienes dudan de su autenticidad), quien con mano casi analfabeta escribe la prosa selecta de sus "dictados" en cincuenta y tres cuadernos Norma.

En esas páginas se revela sucesivamente como Orifiel, Trono del Señor, a quien le es dada la dicha perenne de asfixiarse bajo las rosadas nalgas de Dios; Elohim, "que quiere decir Caído Porque Pecó con Mujer Arrastrando a la Humanidad a la Corrupción y al Mundo Entero al Diluvio" (pág. 89); Mermeoth, señor de las tempestades, y varios otros.

Y por supuesto (no podía faltar), hay una historia de amor, pues este ángel no tiene la desgracia de llevar una nube colgando de la cintura.

Pero, claro está, lector desprevenido que lees esta reseña, no creas que me he excedido en mis funciones. No te he contado nada, ni siquiera las bases de esta historia, de la cual no hay manera de enterarse más que leyéndola. Tanto, que al recorrerla uno se pregunta cómo resolverá su autora todo ese embrollo: si utilizará un misterio aún mayor para ahogar los otros, o "aterrizará" la historia de un modo simplista después de habernos hecho volar.

Y el final es de aquellos que provocan en uno el decir: "No podía acabar de otra manera". O sea, un buen final... si es que puede haber un buen final para algo que uno ha leído con placer, de lo cual me declaro culpable.

No es una historia corriente, pero tampoco una historia hermética. Como dice su autora en uno de los primeros capítulos: "Nada más fue lo que ocurrió esa noche en el patio. Tal vez alguien crea que fue poca cosa: esa persona no sabe lo que dice, porque no ha tenido un ángel que le cante en arameo mientras le acaricia el pelo".

Al final, uno comprueba en esta historia lo ya sabido: que, contra toda pretensión humana, lo estático no es eterno, y lo único eterno es el cambio.

Queda la esperanza de que ahora que los ángeles se "humanizan", nosotros sepamos corresponder atreviéndonos a saltar más alto.

ANDRÉS GARCÍA LONDOÑO