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Cada
ángel constituye una especie de por sí
Dulce compañía
Laura Restrepo
Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 1996, 211 págs.
Para muchos pueblos antiguos, el cielo
era la morada de los dioses. En las noches, las estrellas concedían a los hombres de
otras eras lo único firme en sus vidas. Pasara lo que pasara sobre la tierra, las
estrellas seguían allí. Sin importar las imprevisibles catástrofes naturales
(terremotos, inundaciones), o humanas (no menos temibles: una guerra, una pena de amor),
el cielo seguía imperturbable... y aquellos cinco errantes, los planetas visibles a
simple vista, con sus órbitas lentas y regulares, tan sólo confirmaban que el cielo
estaba vivo.
Entonces, cuando los dioses griegos y
romanos (siempre demasiado humanos en sus pasiones y amores) fueron reemplazados por un
Dios único, la divinidad pudo remontar lo poco que le quedaba desde las cumbres del
Olimpo hasta el cielo absoluto, pues ya Dios se había librado del peso de su carne,
cubriéndose con una nube de la cintura para abajo.
Hoy la divinidad anda buscando morada.
Hemos visto el cielo y hemos encontrado todo, menos tranquilidad. Los radiotelescopios nos
muestran que los niveles del ruido estelar superan a la peor congestión de tráfico en
Bogotá. Los observatorios nos informan de espectáculos tan violentos como el choque de
galaxias. Nuestras sondas robots nos hablan de mundos que, como Io, vomitan su interior en
forma de lava hirviendo; y otros que, como Venus (por curiosa paradoja, "el planeta
del amor"), son hermosos desde lejos, pero por dentro son un infierno, con lluvias de
ácido sulfúrico y temperaturas de 400° C.
Sí, hemos visto grandeza y belleza
extremas, pero no hemos encontrado la tranquilidad que corresponda a un Dios que vela por
nosotros.
Ya el cielo no puede ser más el firmamento.
Así que, buscando una nueva morada para
Dios, les hemos pedido a sus ángeles (del latín angelus, y éste del
griego ánguelos, mensajero) efectuar una mudanza temporal a nuestro mundo.
La Bogotá de fin de milenio, una
periodista de una revista sensacionalista, los habitantes de un barrio pobre como tantos
otros... ¿Puede imaginarse un marco menos apropiado para una historia sobre la divinidad?
Y, sin embargo, Laura Restrepo lo
consigue.
Después que Milton perfilara la
enigmática mirada de su Satanás en El paraíso
perdido, hay que reconocer
que hace falta osadía para escribir una historia sobre ángeles, sean caídos o no.
Muchos lo han intentado, con resultados dispares. A veces terribles, a veces excelentes,
como los que realizó Win Wenders en lenguaje cinematográfico con su Cielo sobre
Berlín y Tan lejos y tan cerca..
Dulce compañía es, para mí, uno
de los buenos intentos. ¿Su secreto? Es una obra cerrada, verosímil dentro de su propio
marco. Al final, uno no sabe si ha leído una novela acerca de lo cotidiano de lo sublime,
o una sobre lo sublime de lo cotidiano.
Al principio cuesta. El dibujo de la
portada y las once líneas de la contraportada lo predisponen a uno a entrar en una
historia en donde va a encontrar "al hombre en donde se compendian los dos amores: el
divino y el humano". Pero apenas abre uno el libro, allí está ella, la periodista
de clase media (que es a la vez protagonista y narradora), esa que podría ser nuestra
mejor amiga, que está cerca de los treinta y hace aeróbicos por las mañanas,
hablándonos en un lenguaje que, aunque en extremo perceptivo, no dista mucho del de otras
conversaciones "con chocolate caliente en tarde de frío". ¿Cómo? se
pregunta uno. ¿Es ésta la protagonista de la novela? ¿Es ella quien me va a
hablar de seres divinos? Entonces uno vuelve al principio y allí está una explicación
(hábilmente deslizada por la autora, por cierto) en boca de ese personaje femenino que
nos cuenta su propia experiencia: Quizá es que "esta ciudad desquiciada manda tantos
preavisos de fin de mundo que uno ya no les presta atención" (pág. 15).
Así que uno vuelve al punto en que ha
abandonado, quizá más por curiosidad que por convencimiento, y continúa la
lectura...para no arrepentirse de haberlo hecho.
Sí, allí está. Poco a poco voy
reconociéndola: la historia... y siendo una mujer su narradora, no está de más recordar
una frase suya: "Para que un hombre se entusiasme es necesario que pasen cosas,
mientras que a una mujer le basta con que las cosas sean" (pág. 46).
Y, sin embargo, pasan. Con la misma
"precisión periodística" con que describe las "empanadas de papa rociadas
con ají" del almuerzo, va relatando su viaje a Galilea, "una de las incontables
barriadas del sur de la ciudad", enviada por su jefe en Somos, revista
sensacionalista, quien ha oído rumores acerca de la aparición de un ángel. Una vez
allí, encuentra personajes como la no tan grata sor María Crucifija, la gigante Sweet
Baby Killer (ex campeona de lucha libre), el "nicotínico" padre Benito, al
sabelotodo "pelao" Orlando, y la madre del ángel, doña Ara (sí, pues este
ángel tiene una madre que lo parió como a todo hombre). Y por supuesto, el ángel (o
supuesto ángel, dependiendo del gusto), quien tiene la deliciosa desfachatez de no forzar
a nadie a creer en él, pues no tiene otra prueba de su rango angelical que él mismo.
Mil intrigas, mil misterios, se
desenvuelven a lo largo de la semana que ocupa el grueso de la trama. ¿Será real el
ángel a pesar de que haya olvidado traer sus alas? ¿Le basta con ser enigmático,
hermoso (sobre todo hermoso) y lejano para reclamar su título celestial? ¿No es acaso su
belleza morena demasiado tropical para los nórdicos gustos de la Iglesia? ¿Se vale para
un ser etéreo venir al mundo entre dolores de parto y tragedias humanas?
Y aunque presiento que debo ya resignarme
a que nadie me va a revelar el sentido de la vida ni dónde está Dios entre tanta ruina,
sigo leyendo sin apenarme por saber que no estoy solo en mi ignorancia, pues esos
misterios son reemplazados en la narración por otros que ahora me absorben.
Ante todo, el nombre del ángel, pues,
tal como afirma el padre Ludovico Fanfani en su Teología para seglares (a la cual,
por cierto, tuve que acudir para hacer esta reseña): "Cada ángel constituye una
especie de por sí". Esto es, que no hay dos ángeles iguales. Por eso es
imprescindible para todo ángel que se respete decir su nombre. No vaya a ser que lo
confundan y lo excomulguen como a cualquier mortal.
Pero este ángel en particular tiene la
peculiar característica de ser mudo en la práctica, pues en las pocas ocasiones en que
habla lo hace en lenguas extranjeras. Sólo se comunica "telepáticamente" con
su madre (medio, en verdad, sospechoso para quienes dudan de su autenticidad), quien con
mano casi analfabeta escribe la prosa selecta de sus "dictados" en cincuenta y
tres cuadernos Norma.
En esas páginas se revela sucesivamente
como Orifiel, Trono del Señor, a quien le es dada la dicha perenne de asfixiarse bajo las
rosadas nalgas de Dios; Elohim, "que quiere decir Caído Porque Pecó con Mujer
Arrastrando a la Humanidad a la Corrupción y al Mundo Entero al Diluvio" (pág. 89);
Mermeoth, señor de las tempestades, y varios otros.
Y por supuesto (no podía faltar), hay
una historia de amor, pues este ángel no tiene la desgracia de llevar una nube colgando
de la cintura.
Pero, claro está, lector desprevenido
que lees esta reseña, no creas que me he excedido en mis funciones. No te he contado
nada, ni siquiera las bases de esta historia, de la cual no hay manera de enterarse más
que leyéndola. Tanto, que al recorrerla uno se pregunta cómo resolverá su autora todo
ese embrollo: si utilizará un misterio aún mayor para ahogar los otros, o
"aterrizará" la historia de un modo simplista después de habernos hecho volar.
Y el final es de aquellos que provocan en
uno el decir: "No podía acabar de otra manera". O sea, un buen final... si es
que puede haber un buen final para algo que uno ha leído con placer, de lo cual me
declaro culpable.
No es una historia corriente, pero
tampoco una historia hermética. Como dice su autora en uno de los primeros capítulos:
"Nada más fue lo que ocurrió esa noche en el patio. Tal vez alguien crea que fue
poca cosa: esa persona no sabe lo que dice, porque no ha tenido un ángel que le cante en
arameo mientras le acaricia el pelo".
Al final, uno comprueba en esta historia
lo ya sabido: que, contra toda pretensión humana, lo estático no es eterno, y lo único
eterno es el cambio.
Queda la esperanza de que ahora que los
ángeles se "humanizan", nosotros sepamos corresponder atreviéndonos a saltar
más alto.
ANDRÉS GARCÍA LONDOÑO
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