|
¿Un
libro por accidente?
La guerra con el Perú
Alberto Donadío
Planeta Colombiana Editorial, Santafé de Bogotá, 1995, 306 págs.
Es cierto: el tema de la guerra con el
Perú, en 1932, no ha sido debidamente estudiado; por eso este libro llena en buena medida
un inmenso vacío. Puede preguntarse uno qué han estado haciendo en la maestría del
Instituto de Altos Estudios para el Desarrollo, adscrito al Ministerio de Relaciones
Exteriores, en las carreras de ciencias políticas y de historia. Este libro no es el
resultado de la formación de líneas de investigación en torno a historia comparada de
América Latina, historia diplomática o algo semejante. Este libro parece haber nacido,
más bien, de la iniciativa individual y no de un plan investigativo de algún
departamento universitario. Aún más: parece ser el resultado de esos hallazgos
documentales permitidos por el azar y no por previas preocupaciones investigativas que
definan prioridades. "Este libro se inició por accidente", es la frase entre
absolutoria y condenatoria que coloca el autor en el prólogo. De la espontaneidad suelen
surgir cosas maravillosas, pero también es buen indicio de la pobreza de nuestra cultura
académica universitaria, que no sabe organizar grupos de investigación en torno a
problemas fundamentales.
Tener la oportunidad de consultar un
archivo inexplorado es una experiencia apasionante que merece ser aprovechada en todo su
rigor. Ese fue acaso el principal logro de Alberto Donadío; sin duda hay una intensa y
exhaustiva labor documentaria que precede su libro y un aporte a un tema sepultado por el
olvido, aunque los hechos pertenezcan a la historia colombiana y latinoamericana de este
siglo. Pero, eso sí, podemos relativizar su aporte en el tratamiento interpretativo de
todo ese material documental, de las preguntas que orientaron el trabajo, de los énfasis
en la reconstrucción histórica, de la sistematicidad de su libro, del examen de las
causas y de las consecuencias de aquel conflicto.
En general, es un libro bien escrito,
aunque hay algunas comas atravesadas o ausentes. Por momentos se vuelve apasionante, a
pesar del desorden general de la exposición: es un síntoma grave encontrar capítulos de
más de veinte páginas al lado de otros que no superan las tres. Eso suele decir que la
materia del libro no corresponde a un orden jerárquico claro, a un plan temático que
corresponda con la solución de determinados interrogantes. En el libro de Donadío hay
una propensión al retrato de los principales protagonistas del conflicto, como si
retornáramos a la versión romántica de las personalidades determinantes en los
procesos.
Ahora bien, hay algo más inquietante que
merece discutirse ante este y otros posibles trabajos investigativos de índole semejante,
y tiene que ver con la perspectiva que debe asumir el investigador. La historiografía
sobre el conflicto colombo-peruano está plagada de versiones nacionalistas y patrioteras,
de protagonistas de la contienda que informan sobre sus particulares odios con las debidas
exageraciones. El libro de Donadío está exento de esas pequeñeces, pero no aborda el
análisis del conflicto desde una perspectiva global relacionada con los apetitos
mercantiles de un capitalismo en época de crisis, desde la secular subordinación de
nuestros países a la diplomacia agresiva de Europa y de Estados Unidos. Es decir, el
análisis se estanca en el esquema de nuestros parroquianos dirigentes políticos que
improvisaban fórmulas de solución al litigio.
Para el autor, el conflicto fue "un
subproducto de la explotación cauchera"; por eso inicia su libro con un capítulo
dedicado a establecer las tensiones que había generado la casa Arana en la región del
litigio fronterizo. En cuanto a antecedentes de la guerra con el Perú, no va más allá,
y ese es un desacierto rotundo. De hecho, los conflictos entre Perú y Colombia tienen un
historial que no se escapa al complejo, tortuoso e incompleto proceso de la formación de
las naciones latinoamericanas. Forma parte, además, de la historia de subordinación y
dependencia con respecto, primero, a las potencias europeas del siglo XIX y, después, a
las ambiciones expansionistas de Estados Unidos. De tal modo que, en rigor, la
presentación de los antecedentes debió cubrir un trecho más amplio en que
encontraríamos una tradición diplomática en cada país con unos rasgos notorios de
sumisión o de independencia con respecto a las ambiciones de las grandes potencias
económicas.
Desde los primeros años de formación
republicana, la navegación por el río Amazonas fue un punto de tensión permanente entre
Francia, Inglaterra y Estados Unidos, que movían a su antojo las fichas proclives en los
despachos de relaciones exteriores de los países suramericanos. Las filiaciones
masónicas de muchos funcionarios locales contribuyeron a definir tratados que
favorecieran y perjudicaran a otros, algo que merece un estudio detallado. Y, hay que
decirlo, en Colombia, desde la mitad del siglo XIX, hubo una inclinación perversa en
favor de Estados Unidos, modelo de democracia para muchos de los ideólogos de nuestras
incipientes sociedades. Desde entonces tenemos en América del Sur desencuentros y
hostilidades que han beneficiado los objetivos geoestratégicos de las grandes potencias.
Es más: Colombia ha llevado sobre sí el fardo del país aguafiestas a la hora de hablar
de una diplomacia común y fraterna que evite los avances agresivos del Norte. En 1846,
fue el Ministerio de Relaciones Exteriores del Perú el encargado de convocar un Congreso
Americano con el fin de formar una alianza de los países del sur ante las pretensiones
norteamericanas; pero fue la diplomacia concesiva de nuestro país la encargada de
disminuirle trascendencia al evento. Desde aquellos años, nuestros ojos miraban hacia
Washington. Y también desde aquella época, Lima había asumido el liderazgo en la
búsqueda de la unidad bolivariana.
Esta perspectiva explicativa que
proporciona la historia, más allá de las anécdotas bien narradas por el periodista, fue
desestimada en el trabajo, y Donadío prefirió circunscribirse a los antecedentes más
inmediatos, pero no los únicos ni más determinantes, de la explotación cauchera en los
territorios situados al norte del río Amazonas. Y esa perspectiva habría sido más
fructífera que el entretenimiento en retratos incompletos e inconexos de algunos
personajes políticos notables para el momento. El autor olvidó que, en el caso de Marco
Fidel Suárez, tuvimos un consumado exponente de los principales lineamientos de la
política exterior colombiana de fines del siglo pasado y comienzos de este, no solamente
personaje inmiscuido en los tratados secretos con Perú. En la historia de las relaciones
entre Colombia y Estados Unidos, bien explicada por Apolinar Díaz Callejas, encontraremos
una evaluación concienzuda del influjo del autor de los Sueños de Luciano Pulgar
en la política exterior colombiana.
Las consecuencias de ese conflicto no
fueron ampliamente abordadas. A fines de 1933, Alfonso López Pumarejo propuso crear un
bloque grancolombiano, pensando más en la represalia que en un sincero deseo de unidad
continental; proponía una alianza entre Venezuela, Colombia y Ecuador, no tanto por un
renovado espíritu bolivariano, sino fundado en el propósito de aislar al derrotado
Perú. La propuesta de López Pumarejo despertó a la intelectualidad de izquierda en
Colombia y Perú (en ese tiempo existían intelectuales de izquierda), que desde el Apra y
desde el liberalismo colombiano cuestionaron los alcances de ese pretendido bloque
grancolombiano. Tampoco están debidamente analizadas las consecuencias económicas de la
guerra. Un editorialista liberal muy leído a finales de 1933 hacía este balance:
"Los tributos fiscales para la defensa militar, y la caída casi brutal del valor de
la moneda colombiana, son el producto lógico y directo de la guerra, es decir, del empleo
improductivo de un fuerte volumen de riqueza nacional, del trastorno orgánico que esta
súbita y cuantiosa sustracción de energía tenía que determinar fatalmente en el
sistema económico del país". (José Mar, "La economía
nacional",
en El Espectador,
Bogotá, 30 de diciembre de 1933).
Es incuestionable que este libro es un
meritorio aporte a un tema olvidado por la historiografía colombiana. Podrá tener muchos
vacíos explicativos, pero será un texto imprescindible para cualquier trabajo de
indagación ulterior. No importa que sea un libro que haya nacido por accidente, como
sucede con muchos otros en nuestro desordenado país.
GILBERTO LOAIZA CANO
|