Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 46.   Volumen XXXIV - 1997 - editado en 1998
 

Los personajes de este libro inspiran lástima pero no cautivan por su dolor


Maldito amor
Jorge Franco Ramos
Ediciones Universidad Central, Santafé de Bogotá, 1996, 173 págs.


Bertrand Russell, en el prefacio de Los caminos de la libertad, decía: "Optimista es en la actualidad el hombre que juzga posible que el mundo no se eche a perder aún más"

¿Sería demasiado exagerado afirmar que sustituyendo mundo por amor en tal frase se tendría una visión aproximada de Maldito amor?

Es cierto: uno ha sido advertido por el título que no debe esperar un happy end... pero aun así hay algo que resulta molesto en este libro.

La contraportada afirma: "La tragedia de amar en dieciséis relatos apasionados, tormentosos y despechados". ¿Amar? ¿Realmente amar?... ¿O será acaso dolor por no ser amado?

Veamos el libro. Sí, allí están las historias... y allí está la tristeza. Aun sabiendo que hablando de un personaje fuera del relato se le mutila descaradamente, pasemos revista a algunas de las características de los habitantes de estas páginas: la alcoholizada actriz y su fracasado director; el burócrata que navega en el río del complejo de Edipo; el adolescente que ve por primera vez una película pornográfica (o lo que es lo mismo: el sexo sin encajes), el cansancio de los amantes por los años; la prostituta condenada que descubre cuán cerca tuvo el amor que dejó ir; la asesina en serie de "amantes no enamorados", el travestí que busca desesperadamente a una mujer que pueda amarlo tal cual es. En fin, aparentemente nada que pueda quitarle el título de "maldito".

La concepción del amor ha cambiado, de eso no cabe duda. Hoy tenemos una reclamación que hacerle a Shakespeare: mató a sus dos jóvenes amantes de Verona antes que comenzara la verdadera historia... Desheredados, en la miseria, ¿habría sobrevivido su amor la fase inicial del "encandilamiento"? ¿Habría Romeo soportado un "trabajo de villanos" únicamente para tener a su amada durmiendo a su lado por las noches? ¿Habría Julieta aguantado más que un par de meses el tener que cocinar ella misma, y su exilio perpetuo de los bailes de disfraces?

Hoy muchos somos plenamente conscientes de que a Romeo no le tocaron las depresiones de su cónyuge, ni a Julieta los ronquidos de su esposo... pero aún así sigue resultando molesto Maldito amor.

No es un mal libro, eso hay que dejarlo bien claro. Hay talento allí: un talento que no sólo crea atmósferas propicias para el nacimiento del dolor, sino que es capaz de hacer sentir en muchos casos ese dolor tan palpable como un golpe propio. Ganó el premio nacional de narrativa Pedro Gómez Valderrama, y en su estilo se lo merece. Más aún que la "imaginación realista" que se le adjudica, es "irreal pero posible": así como hay personajes dentro de estas páginas cuya historia bien podría ser la de personas que uno conoce (a quienes, por cierto, no nos hemos atrevido a preguntar); hay otros, como la bella "Carmita la camionera", que resultan mágicos pero no por completo desterrados de la realidad.

Y así como no es su técnica narrativa la que podría ser causa de una reclamación, tampoco puede serlo la amargura de sus personajes. Borges decía en una entrevista: "Yo mismo tengo la impresión de que todo lo que me sucede, incluso el infortunio, sobre todo el infortunio, me son dados para que yo los cambie en algo, y por eso hay una gran literatura del infortunio y no de la felicidad, que yo sepa... Porque la felicidad es un fin en ella misma, mientras que el infortunio debe transformarse en otra cosa...Esa cosa, entonces, es el arte".

No, no es la infelicidad lo que molesta: es la falta de transformación.

A veces Jorge Franco Ramos utiliza el humor negro con mucho ingenio... con tanto ingenio, que puede ocasionar en el lector reflexiones más profundas que la simple sonrisa:

Mamá mató a papá. Lo enterró cuando él la abandonó. Tuvo la osadía de buscarse un cementerio y colocar allí una lápida con su nombre. Yo no entendía por qué los domingos nos mandaba a ponerle flores y, en la puerta del mismo cementerio, siempre nos esperaba él para llevarnos después a comer helados.
— Te pusimos flores, papá —le decíamos.
— Las flores son para los muertos —decía él.
— ¿Tú no estás muerto, papá?
— No. Yo no estoy muerto. Tu madre fue la que me mató.
[pág. 34]

Tal como les sucede a ciertos personajes entre sus páginas, el libro mismo nos seduce, por una noche o por una semana nos seduce, y después se va sin que su ida nos deje una sensación más consistente que un recuerdo. ¿Por qué? No se me ocurre otra explicación distinta de que sus personajes no evolucionan más allá del concepto que ya teníamos del amor.

No sería justo culpar al libro; habría más bien que culpar a la época. Aparentemente cuando se habla de amor sólo hay dos visiones: una que es una amalgama entre frases cursis y "pajaritos preñados"; otra que gira en espiral sobre la imposibilidad del amor y que sustituye la preñez de los pajaritos por la sonrisa del cínico, dolorosa pero infértil.

Sí, los personajes de este libro sufren, pero eso no basta para hacerlos "amantes" en el sentido más antiguo del término. "Aquel que ama"... pues el amor es ante todo una decisión que, en última instancia, conlleva una elección entre el bienestar propio y el del ser amado.

Este libro puede considerarse antirromántico, pero no sólo frente a esa concepción filtrada (y en buena parte castrada) de nuestra época, sino también en relación con la concepción mucho más oscura (y más poderosa) que tuvo el movimiento romántico del siglo XIX.

Thomas Mann, a propósito del romanticismo, afirmaba: "Lo romántico es un fruto de la vida, pero engendrado por la muerte y preñado de muerte". Aquí, entre las páginas de Maldito amor, está la muerte (no falta, pues, ese "otro lado" sin el cual la moneda no es más que una mancha sobre el piso), pero aun así no es éste un libro romántico, pues le falta un componente vital para adquirir tal distinción: el heroísmo... anteponer a la autocompasión el exclamar con fuerza: "Sí, sufro: Ése es mi orgullo, pues no es sólo justo sino digno".

Ésa, al final, es la reclamación que uno puede hacerles a los personajes de este libro, la razón de que inspiren lástima pero no cautiven en su dolor: anteponen ser amados a amar; utilizan la fórmula mágica de nuestra cultura y con el intercambio alquímico de un par de letras sustituyen heroísmo por egoísmo.

Se niegan a aprender.

Henry Miller, en Sexus, decía: "El hombre cuya grandeza de corazón lo conduce a la locura y a la ruina es irresistible para una mujer. Es decir, para la mujer que ama. Por lo que se refiere a los que sólo piden que se les ame, que sólo buscan su propio reflejo en el espejo, ningún amor, por grande que sea, los satisfará. En un mundo tan hambriento de amor, no es de extrañar que los hombres y las mujeres se vean cegados por el encanto y el brillo de sus yoes reflejados. No es de extrañar que el disparo de un revólver sea la última citación. No es de extrañar que las ruedas trituradoras del metro, a pesar de cortar en pedazos el cuerpo, no precipiten el elíxir del amor. En el prisma egocéntrico la víctima se ve aprisionada por la propia luz que refracta. El yo muere en su jaula de cristal...".

Sí, esa es la gran reclamación que puede hacerse a este libro con base en su propio tema: es simplemente demasiado contemporáneo.

ANDRÉS GARCÍA LONDOÑO