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Mutis
o la trampa de la Mutisia Clematis
ÁNGELA MARÍA PÉREZ MEJÍA
Universidad de Brandais
Investigación fotográfica: Patricia Londoño Vega
TABLA DE CONTENIDO
INTRODUCCIÓN
EL VIAJERO ILUSTRADO
LA SUBJETIVIDAD FRENTE A LA "MUTISIA"
LAS AMBIGÜEDADES DEL CONOCIMIENTO CIENTÍFICO
LA SUBJETIVIDAD
FRENTE A LA "MUTISIA"
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Carolus Linnaeus, 1707-1778.
(Gerald Durrel, Guía del naturalista, Madrid, 1982).
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Cualquiera que sea el género de un
relato de viajes, todos ellos son testimonios que buscan representar un mundo desconocido
con pretensiones de objetividad, pero, en mayor o menor grado, están invariablemente
habitados por esa primera persona del autor que se convierte en eje de la realidad
visitada. Ésta es una de las circunstancias que hacen tan complejo el concepto de la
representación en la escritura de viajes. El viajero es a la vez representador y
representado, reportero y legislador, y en todo esto está inevitablemente narrándose a
sí mismo. El Diario de
observaciones tiene un objetivo científico, pero en
su forma final es también un testimonio de un cambio en la subjetividad de Mutis. En un
comienzo lo encontramos radiante de fe en la causa de la ciencia europea; poco a poco esa
certeza se va debilitando, y Mutis establece sus alianzas con el avance del conocimiento
americano y de su propia fortuna personal.
Al final de sus días, Mutis será un silencioso patriarca de las ciencias exactas en un
taller donde se gestan protestas revolucionarias contra la corona española.
Entre todos los géneros en los que puede
tomar forma la escritura del viaje, el diario personal parece un lugar privilegiado para
observar esa representación de sí mismo que se sobrepone a la representación
supuestamente objetiva del exterior. El de Mutis es un diario minucioso de 30 años de
viaje (1760-1790), que apropiadamente lleva el nombre de Diario de observaciones,
en el que el lector puede leer el viaje a la Nueva Granada tanto como el viaje interior
que esa experiencia representó.
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`Caja para transportar
árboles útiles y curiosidades´, acuarela de William Ellis para el tercer viaje de James
Cook. (Jaques Brosse, Les tours du monde des explorateurs, París, 1983).
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La primera edición completa del diario de Mutis la hizo Guillermo Hernández de Alba y
fue él quien determinó las divisiones bajo las cuales aparece organizado el texto,
teniendo en cuenta los intervalos en los que Mutis dejó de escribir. De tal manera el
diario queda dividido en: Viaje de Cádiz a Madrid en 1760, Viaje de Cádiz a Cartagena de
Indias en 1760, Viaje de Cartagena de Indias a Santafé de Bogotá en 1761, Diario de
observaciones en Santafé de Bogotá (1762), y viaje de Santafé a Cartagena de Indias de
1763 al 64. Entre 1766 y 1782 Mutis escribe desordenadamente y realiza diversos viajes
dentro del país, de los que mantiene un diario de observaciones inconstante. Entre 1783 y
1790 escribe lo más extenso de su Diario, que corresponde a las observaciones de
la Real Expedición Botánica, y esta parte incluso podría cuestionarse si es o no un
relato de viaje, ya que básicamente son reflexiones científicas 10.
Pero teniendo en cuenta que Mutis, además, escribió una obra paralela con sus diferentes
reportes científicos, que no sólo resulta ser mucho más extensa que el diario sino que
está organizada de otra manera y maneja un lenguaje distinto en el que incluye
exclusivamente fórmulas matemáticas, resultados de estudios y discusiones teóricas,
cabe pensar que el diario siguió siendo para él su interlocutor personal.
El relato empieza desde el mismo momento
en que Mutis decide venir a América como médico del virrey. Está en Madrid, donde se
había doctorado en medicina en 1757, tiene 28 años y ya es un apasionado de la botánica
y las matemáticas. Con entusiasmo escribe:
Hoy, 28 de Julio, salí de Madrid
acompañado de D. Jaime Navarro que se determina seguirme a la América, a las ocho de la
noche con las recuas de los López. A media legua de Madrid, asustado el mulo por el ruido
de las cuentas del rosario que iba rezando, me tiró a tierra. Tuve la felicidad de no
sacar de este golpe otro daño que un buen aporreamiento de cuerpo. Mi caída fue del lado
derecho, y tan fuerte, que aplasté una caja de tabaco que traía en aquel bolsillo, pero
salvando la cajita de la aguja imantada que llevaba en el otro. [Diario, 1983, 2).
El viaje apenas si empieza, pero el
viajero ya se presenta a sí mismo tal como lo podremos reconocer a través del relato: un
minucioso observador que aclara incluso la dirección de la caída, para quien los únicos
objetos realmente importantes son sus pequeños instrumentos científicos, que están
presentes en todo su diario y permanentemente en su correspondencia. Mutis siempre quiere
que alguien le traiga de alguna parte un termómetro muy preciso, o una lupa, o un
producto químico. Subiendo y bajando el río Magdalena, sufrirá lo indecible con su
enorme equipaje de instrumentos. No es difícil imaginar lo que representaría en aquella
época obtener algo que se producía exclusivamente en Europa y que tenía que viajar por
mares, ríos y selvas, a espaldas de peones o de mulas, antes de llegarle a su retiro
científico de Mariquita.
No deja de sorprender que el médico del
virrey, el científico que ya tenía en mente una gran obra para realizar en América, el
joven temerario que se embarcaba en uno de los viajes más peligrosos de la época, decida
empezar contando un episodio un tanto ridículo de la caída desde un mulo. Mutis se
presentará a sí mismo, a través de muchas partes de su relato, como un hombre débil.
Durante los viajes de la Expedición, a menudo se queja de su cansancio, de lo largos y
complicados que son los viajes, de las incomodidades y penurias. En el primer viaje a
Cartagena cae terriblemente enfermo, y en una carta de la que no se conoce destinatario se
queja de su destino de mártir de la ciencia:
Los mosquitos, cienpatas, alacranes,
culebras, arañas y sabandijas mezclan con indecible amargura los grandes gustos que
recibe el averiguador de la naturaleza. [Frías, 1991, Viaje a Santa Fe, 206]
Su cuerpo le falla desde todo punto de
vista y de repente escribe: "No hay manos para dibujar todo lo que yo quisiera"
(II, 207). Esta afirmación tajante del observador científico puede ser el comienzo de
cierto rendimiento ante la naturaleza americana que se convertirá en un proyecto superior
a sus fuerzas. Este viajero científico no se caracteriza a sí mismo como figura fuerte
capaz de conquistar y dominar lo que visita. En cierta medida esto coincide con la
retórica del viajero ilustrado que no tiene fe en sus armas, ni en su fuerza, ni en la
religión que imparte, sino en su ciencia, que a menudo se queda corta ante la inmensidad
del proyecto 11. Estos viajeros de lupa en mano, a menudo se
caen y se tropiezan y agradecen al cielo el golpe que salvó la lente. Son cazadores de
mariposas y recolectores de flores, que han hecho de la naturaleza su objeto de deseo. Tal
como lo expresa Mutis cuando lleva a un amigo suyo a ver el árbol de la quina:
El doctor Valenzuela, bien olvidado de
los malos pasos, llevaba toda su atención fija en los árboles y las plantas deseando
impacientemente la hora de ver la Quina viva en su suelo nativo. Ya se dejan entender los
deseos de un botánico para ver una planta, especialmente esta tan justamente celebrada.
Ya se acercaba el término de nuestros deseos, llegando a Pantano Goloso, donde abundan
los Berros. [Diario, 1983: II, 9]
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Jorge Tadeo
Lozano, encargado de los trabajos de zoología en la Expedición Botánica. (Historia
de Colombia, vol.6, Bogotá, Salvat, pág.610).
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Como Humboldt, Mutis se
rodeará de hombres para sus trabajos científicos. Durante los años de la Expedición,
Mutis habla de sus amigos y sus compañeros de trabajo con frecuencia: "Andres
Ribero, mi naturalista rústico (II, 289)", "Roque, mi insigne y amado
herbolario (II, 624)", "Luis Lanneret, mi inseparable compañero (II,
149)". Desde el momento en que sale para Mariquita, el 29 de abril de 1783, se
referirá a su grupo de trabajo como "mi crecida familia" (II, 3). Hay un
momento de dolor profundo en su diario cuando narra la muerte del naturalista Roque:
Era fiel trabajador hasta el extremo,
sufridor del hambre en las excursiones, duro y firme en los trabajos, mañoso para lograr
lo que veía y descubría, atropellando pelígros, subiéndose a los árboles por
empinados que fueran; resistía la intemperie de la lluvias y soles que se padecen por el
campo. En una palabra, era tal yo lo quería y lo necesitaba [II, 626]
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Puente de
Mariquita, una de las ilustraciones del libro de Charles Empson, Narratives of South
America, Londres, 1836. (Tomado de: La ruta de Humboldt. Colombia y
Venezuela, t.II, Santafé de Bogotá, 1994)
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Es en sus herbolarios en quienes ve
el ideal masculino del explorador ágil e intrépido; ellos son lo que él necesita pero
no es. El sujeto creado por Mutis no corresponde a la imagen del viajero cuya masculinidad
le confiere autoridad o que ve al otro femenino como algo eternamente disponible 12. Este aventurero abre su texto con una caída y lo continúa
con una penosa enfermedad a su llegada a Cartagena de Indias. Cuando Mutis llega a la
Nueva Granada tiene una enorme convicción en su bagaje de ilustrado europeo, pero, como
veremos, ni siquiera su fe en la ciencia le será completamente fiel. El texto de Mutis no
está organizado en torno al sujeto que retorna para compartir con sus compañeros
europeos sus hallazgos y producir un texto totalizante y estructurado que le otorgue
autoridad científica, a la manera del de Humboldt. Su texto nunca fue terminado ni
organizado en torno a un eje que le diera autoridad discursiva. En esa medida, su
subjetividad no se puede asimilar a la línea de viajeros exploradores que regresan con
sus tesoros materiales o discursivos para hacer una contribución al avance del saber
europeo.
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Francisco Javier
Matis, óleo sobre marfil por José María Espinosa.
Museo Nacional, Bogotá. (La ruta de Humboldt. Colombia y Venezuela, t.II,
Santafé de Bogotá, 1994).
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Pero la formación de ese sujeto es
un resultado más que una condición previa al viaje. Es un proceso que se puede leer a
través del texto y que, además, se desarrolla paralelo a una concepción del sujeto
científico como tal y a la repercusión que éste tuvo en lo político en el ámbito de
la Nueva Granada. El frágil hombre que se cae de la mula será un viejo gruñón y
millonario al final de sus días, encerrado en el taller de la Expedición, sin más
preocupación que los pétalos cerrados o abiertos de sus plantas. Este diario es el
testigo de cómo los deseos e identificaciones del sujeto Mutis sufrieron su proceso de
desviación.
Para observar ese proceso podemos dividir
el texto en tres grandes partes. La primera correspondería a su salida de España, la
llegada a Cartagena, el recorrido por el Magdalena, la primera estadía en Santafé, el
regreso a Cartagena y el primer retiro a Mariquita 13. La
segunda parte empieza el 29 de abril de 1783, cuando Mutis parte de nuevo a Mariquita con
su grupo de pintores y herbolarios para empezar el trabajo de la Expedición Botánica,
autorizado finalmente por el nuevo virrey. Esta parte comprende innumerables expediciones
locales, los relatos de lo que fue el trabajo del grupo e innumerables informaciones
botánicas. La última entrada es en un día no especificado de 1790; la entrada anterior
había sido en 1785 en Mariquita. El diario de sus treinta años de vida en América se
cierra con una frase tan poco concluyente como enigmática: "Dia 11. Se halló
abierta la tercera flor y ha seguido en los mismos términos" (II, 684) 14.
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Retrato de Francisco José de
Caldas. (Francisco José de
Caldas, Colciencias, Santafé de
Bogotá, 1944).
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Durante esos años de
silencio escribió un texto que ha sido excluido de la versión final del Diario de
observaciones, transcrito por Guillermo Hernández de Alba, pero que según el
biógrafo Gredilla, es parte del diario. El texto se llama "El sueño y la vigilia de
las plantas", y que para efectos de este estudio sería una tercera parte del Diario.
Este texto, aunque continúa la obsesión científica que ya estaba presente en la segunda
parte, se diferencia en que allí ya no cabe ningún personaje, ni siquiera el mismo
Mutis, y las entradas se reducen a determinar el proceso de unas plantas que duermen y
despiertan como humanos y cuya descripción ocupa todos los límites de las páginas.
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Retrato de
Francisco José de Caldas. (Francisco José de Caldas, Colciencias, Santafé de
Bogotá, 1944).
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El sujeto del diario convierte a la naturaleza americana en su objeto de deseo y su
personaje, transforma lo más esencial de su subjetividad de viajero ilustrado. Ese deseo
de Mutis por la naturaleza americana es a la vez un deseo por el interés científico y
por las posibilidades económicas que esa naturaleza le representa. En busca de ese deseo,
Mutis llega a dudar del proceso científico y del viaje mismo, lo que se hace presente en
el texto en una desintegración total del sujeto narrador. En el momento de salir de
España a su viaje por América, habla con la autoridad que le da su fe en la ciencia y en
el conocimiento y la enorme confianza en que Europa debe revelar la naturaleza americana a
la mente ilustrada. En la tercera parte del texto, hay un narrador ausente; la primera
persona ha desaparecido, y la vigilia y el sueño de las plantas son su único motivo de
desvelo. A su alrededor, en el taller de la Expedición, sus jóvenes ayudantes, en
particular Caldas, comenzaban a rumiar los textos que los llevarían al cadalso y en los
que la naturaleza que su maestro les enseñaba a diseccionar se convertía en un
patrimonio capaz de producir orgullo patriótico. Esa naturaleza era ahora patrimonio de
los criollos ilustrados que podían cartografiarla, estudiarla y explotarla. Mutis, por su
parte, había decidido callar para siempre. Veamos el proceso hasta ese silenciamiento.
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Virrey Pedro Messía de la
Zerda, 1767-1773. (Fundación Misión Colombia, Historia de Bogotá, t.I,
Bogotá, 1988).
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A sólo tres meses de
haber emprendido su viaje, escribe a un destinatario desconocido:
Muy señor mío: Si hubiera de ir
anotando las ideas extravagantes de los hombres del país, me faltaría tiempo para
apuntarlo. Parece increíble que en nuestro tiempo pueda haber un país donde sus
individuos piensen tan erradamente. Yo en tales ocasiones, no hallo otro recurso que tomar
sino el silencio, por no exponerme a unas contradicciones insoportables [...] Oír contar
a estas gentes algunos efectos de la naturaleza, es pasar el tiempo oyendo delirar a unos
locos [...] Instrúyase vuesamerced en el modo de pensar a estas gentes y dé gracias al
cielo de no hallarse en un país donde la racionalidad va tan escasa que corre pelígro
cualquier entendimiento bién alumbrado. [Viaje a Santa Fe, 1991, 23]
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Virrey Antonio Caballero y
Góngora, 1782-1788. (Fundación Misión Colombia, Historia de Bogotá, t.I,
Bogotá, 1988).
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La carta fue escrita desde
Cartagena durante el primer año de visita de Mutis. También dentro del diario de aquella
época se puede leer el desprecio que Mutis traía frente a los usos curativos de los
neogranadinos. En esta primera parte del texto todavía escribía las fechas con rigor,
describía parajes y personas, soñaba con regresar y establecía claramente la diferencia
entre un "otro" y un "nosotros". Después de algunos meses, al narrar
su primer viaje a Honda, escribe:
A la hora presente (después de once
meses de mi llegada) me hallo destituído de muchas cosas que contribuirían a llevar con
menos quebranto las incomodidades que padece quien está fuera de su casa, pero al fin ya
de cualquier modo se ha fijado el pie, hasta que Dios quiera sacarme de este destierro y
colocarme en mi patria, a presencia de mi familia y amigos, a quienes divertiré largos
ratos con la abundante cosecha de especies muy sazonadas. [Viaje a Santa Fe, 212]
Ya ha tomado la decisión de quedarse
hasta recolectar la "abundante cosecha" que llevará de regreso a su patria, y
su posición de médico todavía lo coloca por encima de todos aquellos que ve. Por largos
años el diario está lleno de enfermos y llagas, en las que el médico viajero se detiene
con una insistencia que choca al lector. Siempre menosprecia la manera cómo el uso
popular enfrenta esas enfermedades: "otra vulgaridad no menos extendida es que el
sereno causa muchísimo daño" (I, 88). Al oír que no se recoge una hierba después
del sereno, exclama indignado: "¡Quién jamás oyó tal modo de pensar!" (I,
89); al transcribir una historia sobre la influencia de las serpientes en las mujeres
preñadas, dice con ironía: "De estas noticias abundan los genios americanos,
naturalmente inclinados a creer y referir estos prodigios; pero raro es el que juzga con
mediana crítica" (I, 97). Si hemos aceptado que Mutis se presenta a sí mismo como
un viajero débil sin autoridad masculina, en esta primera parte vemos cómo la autoridad
del relato se la dan la ciencia médica y el conocimiento europeo. Eso lo hace superior a
la circunstancia americana y lo hace juez de lo que observa.
Hay algo que sucede en el texto de manera
sutil y que parece no tener mayor importancia en los estudios de este científico, pero
que para una lectura del proceso que vivió el narrador del Diario resulta de gran
interés. La autoridad del científico europeo es permanente en los juicios y las
observaciones de sus enfermos; no obstante, y de manera casi imperceptible para el lector
inmerso en el tedio de las descripciones de enfermos, el narrador comienza a cederle poco
a poco espacio a otro fenómeno que tardó unos años en motivar al observador
científico, pero, cuando lo hizo, lo transformó para siempre. El médico se dedica a
observar cómo cura la gente nativa, y lo que antes le producía el más arraigado
desprecio se convierte pronto en su objeto de estudio: las maneras locales de curar. Ya en
1761 escribía:
No dejé de apuntar en mi diario
algunas noticias pertenecientes a la Medicina, del mismo modo que las tengo oídas de
estas gentes, que diariamente las ponen en práctica, como también algunas otras
reflexiones ligeras, con el motivo de varias vulgaridades que prevalecen en Santa Fe, y en
toda casta de gentes. (Diario I, 87)
Continúa por meses los relatos de cómo
se curan las enfermedades y picaduras de animales tropicales, y poco a poco el
conocimiento local ocupa gran parte de las páginas. En un principio termina cada relato
con frases que descalifican el remedio relatado, como "yo no alcanzó esas
físicas" (I, 108), "noticia muy semejante a las muchas de este país y que
merecen un eterno desprecio" (I, 94). Al poco tiempo comenta, a raíz de una historia
que escuchó:
Me hallé en una conversación de
señoras criollas, señores criollos y chapetones. En ella se vertieron varios asuntos
propios de mi curiosidad. Tocándose pues el asunto de las curaciones que hacen los negros
para preservarse de los daños de los animales venenosos, decía D. José Rocha que en
ellas había pacto con el diablo; otros, que eran ficciones de ellos algunas acciones que
hacían para encarecer al cura [...] todos los mas concluyeron que había pacto con el
demonio en estas curaciones. [I, 96]
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Aspecto de Santafé de
Bogotá, ca. 1792. (Caminos reales de Colombia, Bogotá, 1955).
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Esta vez el científico confiesa:
"Nos faltan en esta relación muchas circunstancias, y por último las resultas del
paciente" (I, 96). Poco a poco se van abandonando las condenas categóricas al saber
del "otro" y, al reconocer que él no tiene toda la información necesaria,
Mutis deja abierta la posibilidad extrema de que haya un pacto con el diablo. Ante un
relato fantástico de gallinas y gallos monstruosos producto de un maíz particular,
anota: "Raro modo de pensar, induciendo violencia a los ojos, que habrán visto lo
contrario. Sin embargo, tendré muy presente la especie para averiguarla a fondo" (I,
101). Llegará el momento en el que la transcripción de todos los conocimientos curativos
que va adquiriendo reflejan cierta avidez, y el lenguaje a borbotones que comienza a usar
por esa época recuerda a los culebreros del Amazonas que aún recorren las calles de las
ciudades colombianas anunciando con sus pregones las propiedades mágicas de la naturaleza
desconocida de la selva amazónica:
Que el remedio eficaz en las
mordeduras de culebra es el bejuco curare, del que suelen usar mucho en tierra
caliente, llevándolo consigo para ir resguardados de este fracaso [...] Que las coyas,
luego que se revientan sobre el pellejo ocasionan la muerte por el veneno introducido
[...] Que la auyama vicha, esto es, no madura, soasada de manera que las tripas lo estén
también, son eficaces contra la gangrena [...] Que los gusanos peludos, llamados nuches,
que se crían entre cuero y carne, nacen de la picada del mosquito zancudo. Que... [I,
100]
El narrador que describe
interminablemente estos relatos parece haber perdido de vista el destinatario de su
relato. La familia con la que se disponía compartir "la cosecha de especies muy
sasonadas" cabe imaginar que a esta altura no entendería ni el vocabulario en el que
están narrados los hallazgos, tales como: "bejuco", "vicha",
"nuches", "zancudo". El texto se está haciendo introspectivo; él es
su propio lector y su texto es el cuaderno de trabajo donde va recogiendo informaciones
para su propio estudio. Cuatro meses después, el médico del virrey está tan persuadido
de las creencias locales, que se lanza a un experimento insólito como último recurso
para probar su autoridad de científico:
Determiné arrojar una culebra Tatacúa,
que por espacio de unos veinte días conservé dentro del agua, para poder contradecir con
la experiencia la vulgaridad tan arraigada que en todo el reino domina sobre la
resurrección de dicha culebra luego que llega a sentir alguna humedad. (I, 113)
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`Klopstockia
cerifera krst.´palma que crece en la Sierra Nevada de Santa Marta y en las proximidades
de Caracas (dibujo de Karsten en Flora columbiae, vol. I, Giorgio Antei, ed.,
Santafé de Bogotá, 1966).
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El diario continúa de
manera muy semejante por varios años. No obstante, ese rendimiento ante el conocimiento
local no puede verse como un acto producto de la mera curiosidad científica de Mutis, ya
que se dio paralelo a la vinculación de Mutis con la producción en la Nueva Granada, que
lo haría un hombre de cierto capital. El deseo por descubrir los misterios de la
naturaleza de América fue producto de una aspiración científica pero fue también el
producto de un interés económico.
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`Catleya
labiata lindt´(dibujo de Karsten en Flora columbiae, vol. I, Giorgio Antei, ed.,
Santafé de Bogotá, 1966)
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En 1766 ocurre un acontecimiento
importante en la vida de Mutis: empieza su actividad de minero 15,
en la que cifró por largos años sus sueños de prosperidad económica. Mutis había
abandonado sus labores de médico del virrey y se dedicaba a sus actividades como minero y
profesor. Usando las ganancias que estas actividades le generaban, Mutis logró dar
comienzo, a título personal, a su verdadera vocación: la observación botánica. Ahora
la naturaleza americana se convertía no solamente en objeto de estudio sino en la fuente
de una riqueza inesperada para él. Es difícil determinar exactamente cómo se generó la
fortuna de Mutis, que por Humboldt sabemos era bastante grande cuando éste fue a
visitarlo a Santafé, pero de la que ni él ni su biógrafo hablan. Lo cierto del caso es
que la independencia económica le permitió separarse del vínculo directo con el virrey
y empezar su proyecto en forma individual. En cuanto al cambio que la nueva circunstancia
provoca en su subjetividad, quizá no es arriesgado afirmar que esto le permitió unirse a
la sociedad de la Nueva Granada y modificar de alguna manera sus juicios. El país que
antes era un lugar "donde la racionalidad va tan escasa", es ahora el suelo que
le ofrece la posibilidad de una empresa privada y la sociedad que lo nombra catedrático y
lo reconoce como maestro.
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`Attalea
nucifera´, lámina realizada para la Expedición Botánica. (Fundación Misión Colombia,
Historia de Bogotá, t.I, Bogotá, 1988)
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Cuando decide mudarse a la
mina de la Montuosa Baja, retoma su diario abandonado por varios años y escribe:
Llegué a mi deseado destino del Real
de la Montuosa Baja en las Vetas de Pamplona [...] Mi condescendencia en venir a este
voluntario destierro, abandonando la comodidad de la corte, [...] abandonando, digo, las
delicias de mi gabinete, la racionalidad y la cultura, tal cual es, la de aquella ciudad,
mis intereses; ella me ha traído a conocer la miseria de las Indias, miserias
verdaderamente increíbles, pero ciertas, y no ignoradas de los europeos que habitan por
estas minas. [I, 179]
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`Zamina cf. muricata´,
lámina realizada para la Expedición Botánica. (Fundación Misión Colombia, Historia de
Bogotá, t.I, Bogotá, 1988).
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Mutis ha pasado pocos años en la
Nueva Granada, pero sus intereses se han modificado. El narrador de su diario ha sido
seducido por el modo de conocimiento americano, y el territorio le ofrece ahora
posibilidades de desarrollo económico. Ante la imposibilidad de desarrollar sus proyectos
con apoyo de la corona, como lo había planeado en España, Mutis se vuelve hacia la
naturaleza americana con otros ojos. Ella será ahora no sólo su objeto de estudio, sino
la fuente de sustento para su estudio. Geográficamente ha habido, además, lo que
podríamos llamar un desplazamiento ideológico. Santafé de Bogotá, que antes le
parecía el lugar donde "peligra cualquier entendimiento bien alumbrado", es
ahora el sitio de "la racionalidad y la cultura". El centro del saber ya no es
exclusivamente Europa. El territorio de la Nueva Granada se ha hecho más complejo, e
inclusive la periferia es de interés científico y económico para el botánico.
Durante los años que siguen hasta 1782,
Mutis vivirá en la mina del Sapo con su amigo Clemente Páez, dedicados a la explotación
minera y a una minuciosa observación de la naturaleza que se ve reflejada en un diario
obsesivo en las descripciones, pero inconstante, ya que no hay entradas periódicas, como
antes, sino ocasionales descripciones de algún hecho observado. Hay un gran silencio
entre 1762 y 1777. Cuando retoma su diario ha dejado de hablar de las enfermedades. Las
hormigas y las abejas son los únicos seres que se mueven entre las páginas que comienzan
a llenarse de especies botánicas. Durante esa época decide ordenarse de cura,
información que sabemos por su biógrafo pero que no se toma ni un renglón de su diario.
Pero hay un acontecimiento clave en la
vida de Mutis de aquellos años que aunque no lo hace escribir en su diario, se ha
convertido en un momento clave para la historiografía colombiana. Mutis descubre el
árbol de la quina en las cercanías de Santafé de Bogotá, y por sugerencia suya el
gobierno español restringe la exportación de la quina en 1778 16.
En el libro Las quinas amargas: el sabio Mutis
y la discusión naturalista del
siglo XVIII (Bogotá, 1991), Gonzalo Hernández de Alba ofrece un amplio panorama de
lo que el descubrimiento y uso de la quina representó para la transformación económica
de la Nueva Granada. Según él, el gobierno español tenía informaciones desde 1616
sobre un producto particularmente curativo al que en diferentes épocas y lugares se le
había llamado "polvos de la condesa", "polvos de los padres",
"polvos jesuíticos", que eran usados para curar diferentes casos de
infecciones. La Condamine describió la planta en 1738, pero Mutis descubrió su
existencia en cercanías de Santafé de Bogotá y determinó que su uso en bebidas
fermentadas era muy curativo. Le envió una muestra a Linnaeus en 1773, y gracias a esto
Humboldt entra en contacto con él.
Mutis, al parecer, mantuvo en secreto los
detalles de la explotación de las quinas por largos años, lo que finalmente ocasionó
una disputa con José López Ruiz, otro botánico que reclamaba ser el descubridor de la
especie en la Nueva Granada. De esta polémica se ocupa con detalle el libro Las quinas
amargas. Lo cierto es que por algún pasaje de su informe "El arcano de las
Quinas", en el que se da toda la información médica sobre su aplicación como
bebida fermentada, se puede confirmar lo que es predecible: que fueron los indígenas los
que le dieron a Mutis toda la información sobre los métodos de preparación de la quina,
que ellos usaban de manera diaria.
Aunque podemos asegurar que de nadie
hayamos aprendido estas ideas, pretendemos apoyarlas en algunas prácticas empíricas, y
en otras combinaciones de lo que tal vez harían los Indios con esta corteza, que no la
hubieran ocultado tanto, a no estar confinados por una constante tradición y a su propia
experiencia de los infalibles efectos de su remedio. [226]
Mutis da luego una detallada relación
del proceso de fermentación de las quinas, que, como él mismo lo explica, es exactamente
el que usan los indígenas en la preparación de su popular bebida: la chicha. Esto hace
que el científico haga una crítica a los juicios de la ciencia europea que no pueden
menos que recordar un tono lascasiano:
Conjeturamos pues que los Indios
hicieron mayor uso de la Quina; y que la debilidad de los hombres en graduar de bárbaras
las invenciones de los pueblos destituidos de la cultura de nuestros tiempos, con el
especioso pretexto de mejorarlas, suele ponerlas en peor estado. Verdaderamente y de buena
fe confesamos que no existe monumento ni tradición alguna con que pudieramos afianzar a
nuestros indios inventores del remedio la gloria de haber usado la quina fermentada. [...]
En estas circunstancias conseguirían por un método más abreviado [...] cuya eficacia
unida a la benignidad de sus saludables operaciones, recomendaría por todos los títulos
aquel apreciable secreto, que ocultaron por tanto tiempo de sus conquistadores. (Quinas
amargas, 227) 17.
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Quina Chinchona
dissimiflora, planta descubierta por José Celestino Mutis en Colombia. (La ruta
de Humboldt. Colombia y Venezuela, t.II, Santafé de Bogotá, 1944).
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El descubrimiento comercial de las
quinas tuvo un impacto económico que modificó inclusive el paisaje. Humboldt cuenta de
su recorrido por las cercanías de Santafé: "[...] en Facatativa, una aldea india en
la que los habitantes comercian con la Quina Chichona descubierta por Mutis, se ve secarla
delante de todas las casas" (Alejandro de Humboldt en Colombia, 43). Entre
1801 y 1806 se habían logrado extraer de los montes de las serranías de la Nueva Granada
4.250.400 libras de la prodigiosa corteza, que, según Hernández de Alba, financiaron los
últimos años del virreinato y los ejércitos de la reconquista (Quinas amargas,
242). Su explotación se vio interrumpida por las guerras de independencia ya que su
recolección e identificación, que sólo podían hacerla los indígenas, se vio afectada
por el reclutamiento de los ejércitos patriotas. "Europa sufrió hambre de Quinas
[...] Tanta fue su fuerza y su necesidad que unos envíos al Vaticano se constituyeron en
argumento definitivo de la diplomacia de la Gran Colombia y ayudaron al reconocimiento de
su independencia" (Quinas amargas, 245). No se sabe exactamente si esa
explotación le ocasionó a Mutis ganancias económicas, pero de hecho representó su
gloria como botánico y fue el punto culminante de su rendimiento frente a la naturaleza
americana, esa Mutisia que gracias a sus observaciones se había hecho exportable.
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`Jardín de plantas de la
Universidad de Perpignam´, por Chevalier Louis Nicholas de Lespinasse (1734-1808) (Madeleine
Pinault, le peintre et l´histoire naturelle, París, 1990)
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El descubrimiento de la
quina constituyó el motivo clave de la vida de Mutis como botánico, ya que le daría
reconocimiento entre los científicos europeos y de alguna manera debió de influir para
que la corona le diera apoyo económico. Es también un punto culminante en su vida
americana y el que le hace afirmar que definitivamente se quedará en América. En la
mencionada carta al médico de Carlos IV en la que Mutis le explicaba al médico de la
corte los pormenores de los descubrimientos de la quina cerca de Santafé y le refería
los reconocimientos y las amarguras que había obtenido como resultado de este hallazgo,
Mutis escribe como respuesta a la pregunta de si volvería a España:
Con esta resolución queda satisfecha
la pregunta de Vmd. sobre mi vuelta a España en atención a aquellas gloriosas ideas que
me insinúa sobre reforma de las Ciencias. No, amigo mio, la edad apaga los fuegos de la
juventud, de que me vió Vmd. abrasado en aquel tiempo, y mis particulares reflexiones
cristianas, han cortado de raiz las esperanzas de mi vuelta. [Gredilla, 92]
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`El papayo´,
dibujado por Y.Irogoyen, litografiado por Masse y Decaen, ca. 1843. (litografía y
grabado en el México del XIX, t.II, México, 1994)
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Este producto fue, sin
lugar a dudas, el último tesoro del paraíso del que alcanzaron a disfrutar los
españoles en la Nueva Granada, y fue Mutis el que se encargó de descifrar los secretos
de su uso para hacerlo apetecido en Europa. Quizá sea por eso que mientras en Colombia se
le recuerda por haber enseñado la ciencia y se le venera en una romántica estatua
enredada por la naturaleza, la imagen que tienen los españoles de su sabio gaditano
circula de mano en mano en el billete de 2.000 pesetas.
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