La mujer santafereña en el
siglo XIX
(continuación)
PATRICIA LONDOÃO
Historiadora de la Universidad de Antioquia.
TABLA DE CONTENIDO
BUENO
Y CASTO EL PENSAMIENTO
TODAS
A CUIDARSE
PARA
ENTRETENER EL OCIO
RUTINAS,
CASAS, PATIOS Y COSTURAS
TIEMPO
PARA TODO
AJUARES Y
MANTILLAS, TELAS Y ALFILERES
REUNIONES
Y TERTULIAS
NO TODO
ERA "HOGAR, DULCE HOGAR"
BAILES
Y PASEOS
OTRAS
CLASES, OTROS OFICIOS
¿QUE
NO SE TRABAJABA?
Y... LAS QUE
SE LEVANTABAN LA FALDA
AJUARES
Y MANTILLAS, TELAS Y ALFILERES
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El
bambuco (litografÃa de Ramón Torres Méndez,
Bogotá, circa 1850-1870). |
Para salir a la calle, las mujeres se
cubrÃan o envolvÃan en una mantilla que de la cara no
les dejaba descubiertos sino los ojos y la nariz. Las
madres vestÃan modesto traje oscuro pero se esforzaban
por presentar a sus hijas con el mayor adorno posible.
33 Las costumbres sobre el vestido cambian mucho durante
el siglo. Hamilton nos cuenta que en el Bogotá de 1824
no era raro ver una "hermosa mujer muy bien vestida
fumando tabaco con la mayor despreocupación; aun cuando
la dama tenÃa un lindo sombrero colocado completamente
a un lado de la cabeza con un hermoso collar de perlas,
los dedos llenos de anillos, una bata de seda negra
adornada con numerosos abalorios cubriendo su esbelta
figura, su sorpresa fue todavÃa mayor al mirar hacia
abajo y descubrir que estaba sin zapatos ni medias;
los pies, aunque iba descalza, estaban muy limpios y
aseados". 34
Pero las damas de más alto rango llevaban medias de
seda y lujoso calzado.
Por la mañana se cubrÃan la espalda y
la cabeza con un manto negro o azul sin adorno y un
sombrerito de copa acabado en forma cónica. VestÃan
batas de seda negra ajustadas con adornos, para ir a
la iglesia. Ya se veÃan, sin embargo, algunos sombreros
franceses adornados con flores artificiales, asà como
batas de seda de vivos colores y chales, "ante
el asombro y la mortificación de algunos sacerdotes
que consideran como pecado recitar oraciones con ropa
tan llamativa". 35
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| Bogotanos
en Choachà (en New Granada: Twenty Months in
Los Andes, de Isaac F. Holton, Nueva York, 1917) |
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En general, cuando salÃan, las mujeres
no llevaban colores vivos. Por la tarde se usaban sombreros
de paja, chal, batas de algodón o zaraza hechas en Inglaterra.
Para las tertulias, bailes y conciertos se llevaban
modelos franceses con adornos de perlas, esmeraldas
y otras piedras. Se celebraban lujosos bailes de disfraces.
Varios autores coinciden en sus comentarios sobre la
cantidad de joyas que usaban las mujeres en los bailes.
36
A éstos asistÃan algunas señoras con
tapadas, o sea con la cabeza cubierta, permanecÃan en
una habitación apárte y eran únicamente espectadoras
de la fiesta. 37
La confección doméstica de la moda extranjera
empieza con la llegada de madame Gautron, modista francesa.
Se empiezan a usar globos almidonados en la parte superior
de las mangas, corsés y polvos para la cara. 38 En el periódico La Mujer,
de RIJ y FAR, aparecen en 1896 dos noticias sobre las
peligrosas consecuencias de seguir la moda. La primera
se refiere a los estragos del corsé: en Londres muere
una joven y la autopsia revela graves daños internos.
El magistrado inglés califica el hecho de "suicidio
lento por coqueterÃa". Y la segunda, a la advertencia
de un "quÃmico inglés que examinó una infinidad
de clases de polvos para la cara y en todos no encontró
sino materias minerales, principalmente el plomo y el
arsénico". Advierte sobre las enfermedades que
pueden resultar del empleo de dichos polvos.
39
REUNIONES
Y TERTULIAS
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Mestiza
( en Vagabonding down the Andes, de Harry Franck,
Nueva York, 1917). |
La carencia de sitios de reunión para
las jóvenes hacÃa que éstas recurrieran, para hallar
"honesta distracción y pasatiempo", a cultivar
las relaciones de familia, donde estaban al abrigo de
costumbres licenciosas. Mientras los hombres se reúnen
al atardecer en el atrio de la catedral, se pasean en
grupos o van a algún establecimiento a fumar, hojear
el periódico o jugar billar, las jóvenes se visitan
en sus casas o pasan las horas tocando el piano.
A las cinco de la tarde, cachacos se
repartÃan en grupos por la ciudad para pasar revista
a las muchachas que, puntualÃsimas, se asomaban a los
balcones y ventanas de sus casas a presenciar el desfile
de galanes y contestarles el saludo.
40
Asomarse a la ventana, con la mantilla
que usaban para salir a la calle y muchas veces fumando,
"era costumbre habitual aquÃ, y lo hacen por horas
y si les provoca hasta se gritan de una ventana a otra,
al otro lado de la calle".
41
Con esta clase de vida, no es de extrañar
que la educación de las mujeres estuviera muy atrasada.
Algunas sabÃan leer y escribir, y cantar o tocar algún
instrumento. 42 Por lo general, "no son muy letradas, aunque
sà gustan de la lectura; tienen marcada inclinación
por el chiste incisivo y de doble sentido; no son competentes
para la tenedurÃa de libros ni las lucubraciones cientÃficas;
[...]son piadosas y tienen marcada predilección por
todo lo que se relacione con asuntos religiosos; [...]
son apasionadas por el cultivo de las flores; ajenas
al juego; les encanta ejercitar la lengua, al mismo
tiempo que ocupan las manos en la confección de bordados
y en tejer preciosos encajes para su uso personal; tienen
facilidad para la música y gran disposición para la
pintura". 43
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| Torno
de los expósitos en New Granada: Twenty Months
in the Andes, de Isaac F. Holton, Nueva York,
1857). |
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Un viajero norteamericano anotaba en
1856 que la jovencita de la casa que visitaba "escasamente
era capaz de conversar. La joven es, de hecho, una prisionera.
Su sólo uso y gusto parece ser sentarse en la ventana
e intercambiar saludos con los que pasan por la calle.
Si le pido que salga a caminar conmigo se sentirÃa insultada.
Nunca puede salir sin sus padres o hermanos. Prácticamente
sale a la calle sólo para ir a la iglesia. Su colegio
es una prisión, y poco pierde si se va de monja a una
prisión de donde no saldrá más".
44
Era también en el hogar donde se efectuaban
las tertulias o reuniones de familiares y amigos. Generalmente
se realizaban una vez por semana y se ofrecÃa alguna
bebida acompañada de exquisitos bocados. Todo en ellas
era, como dice Cordovez Moure, "delicado gusto,
distinguidas maneras, elegancia, cultura y buen humor".
Las mujeres actuaban como anfitrionas y algunas veces
participaban en las discusiones sobre polÃtica o literatura
que en ellas se promovÃan. Entre las tertulias literarias
conocidas estuvo la Tertulia del Buen Gusto, cuya anfitriona
era doña Manuela Sanz SantamarÃa de González.
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NO
TODO ERA "HOGAR, DULCE HOGAR"
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Calle
Real de Bogotá (grabado de Therond, en Voyage
ó la Nouvelle Grenade, de Charles Saffray, ParÃs,
1872). |
Las salidas a la calle se efectuaban
siempre en grupo; nunca salÃa una mujer sola. Al mercado
las señoras iban acompañadas de algún sirviente que
les cargaba los canastos. También asistÃan a la iglesia,
a misa o a celebraciones públicas, religiosas o civiles:
las procesiones del Corpus, las de Semana Santa y las
del Sagrado Corazón. Al respecto dice Mollien: "Todas
las mujeres son muy devotas, sin ser fanáticas, les
gustan las prácticas del culto porque están ávidas de
distracciones". 46
También concurrÃan a representaciones
de teatro y a conciertos. En esta época hacÃan furor
las compañÃas lÃricas con su repertorio francés. Las
presentaciones en el teatro Colón, por el alto precio
de las localidades, eran sólo para los más privilegiados;
pero en el coliseo Santa Fe habÃa tres órdenes de palcos:
la parte baja para clase media, la parte central para
la aristocracia y el "gallinero", o parte
alta, para la clase popular. Es interesante anotar que
la profesión de actriz se consideraba indecorosa; de
ahà que para suplir la repugnancia que tenÃan las mujeres
a presentarse en escena se buscaban hombres del género
promiscuo para desempeñar, vestidos de mujer, los papeles
de las actrices". 47
Los conciertos de la sociedad filarmónica
se realizaban cada mes, y asistÃa a ellos el señor arzobispo.
Disfrutaban de gran respetabilidad y, cuando las audiciones
perseguÃan fines de beneficencia o caridad, era sÃmbolo
de prestigio social hacerse presente. Cuenta Cordovez
Moure que en una ocasión se presentó una señora casada
que de soltera "habÃa dado lugar a ciertas habladurÃas
más o menos merecidas y en el momento le advirtió el
presidente que el concierto no empezarÃa hasta que ella
saliese del salón, como en efecto lo hizo". 48
BAILES
Y PASEOS
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| Vendedora
de carne (litografÃa de Ramón Torres Méndez,
Bogotá, circa 1850-1870). |
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Otra ocasión de salir para las mujeres
eran los bailes, y también aquà se ve la estrechez de
los preceptos morales de la sociedad santafereña. Se
discutÃa si era bueno o no bailar. Se aceptaba que se
hiciera sólo en casas de familia y "moderadamente,
consultando las conveniencias sociales, sin olvidar
el respeto a una señorita que en esos momentos se nos
confÃa a nuestra hidalguÃa".
49
A principios del siglo XIX, generalmente
a los bailes asistÃa toda la familia, y las criadas
y los abuelos cuidaban a las muchachas. En estas ocasiones
el vestuario de las mujeres de edad se diferenciaba
bastante del de las jóvenes: las señoritas llevaban
trajes medianamente escotados y pocas joyas; las señoras,
traje oscuro y pañolón, la cabeza cubierta con pañuelo
de seda y podÃan usar más joyas.
50 Se bailaban contradanzas
españolas, valses colombianos, y a mediados del siglo
se introdujeron polcas, mazurcas, torbellinos y valses
importados. En 1896, La Mujer da cuenta de un nuevo
baile, "la cimbre", traÃdo de ParÃs y Londres.
51
En 1852, en lujosa fiesta en casa de
José MarÃa Urdaneta. "principió a introducirse
la costumbre de arreglar tocador con objetos de repuesto
para las señoras que pudieran necesitarlo. No los usaron". 52 Algunas de las
fiestas se daban a todo lujo. Cordovez nos describe
una de ellas, celebrada en 1860, para él insuperable,
en la casa de don Manuel Tanco: sobre el fastuoso decorado
de la sala y los comedores, los tocadores para las damas,
los espléndidos buffets con toda clase de helados,
sorbetes, té, chocolate, café, colaciones, el cambio
de traje por fantásticos disfraces que representaban
personajes de la historia y el baile hasta el amanecer.
En esta fiesta "se introdujo el adorno con flores
y plantas de los salones y corredores de la casa".
53
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La
vergonzante (dibujo de Antonio Urdaneta, grabado
por Antonio RodrÃguez, en el Papel Periódico
Ilustrado, Bogotá, 1881) |
En la fotografÃa del patio de la casa
de doña Bernardina Restrepo de Santa MarÃa, arreglado
para el baile del 11 de junio de 1877, puede verse la
permanencia de esta costumbre. Fue aquélla una fastuosa
fiesta que Rafael Pombo resume asà en carta a los hermanos
Cuervo: "Algo de la fiesta del 11. Las 10 y 40
servidoras de todos diámetros en la sala de retiro de
las damas, desde para Bernardina SantamarÃa hasta Paca
MartÃn. 40 cms. con mostrador de cena; 190 damas bailantes,
ricos espejos, pieza de virreyes SolÃs y Ezpeleta".
54
Esta fiesta mereció extensa crónica de
Eduardo Villa publicada en El Telégrafo, de MedellÃn,
el 17 de junio de 1887: la calle estaba alumbrada, la
casa arreglada lujosamente, el patio toldado por tela
blanca, ocho dignÃsimas señoras hacÃan los honores de
la recepción, orquesta de 27 ejecutantes, obertura sin
bailantes, valses y al "terminar cada pieza habÃa
revisión de programas y se anotaban las piezas comprometidas",
un comedor abierto desde las once de la noche hasta
las seis de la mañana, cuarto de fumar y de tresillo,
espejos de Venecia, candelabros de la vieja España,
cortinajes de Carlos V. "Para las señoritas [...]
el vaporoso tul sobre el brillante raso es traje muy
usado [...], con él se ven algunas como ángeles medio
ocultos en las más limpias nubes de un cielo de verano". 55
Los domingos se acostumbraba ir de paseo
a las afueras de la ciudad. Uno de los sitios favoritos
era la cercana aldea de Chapinero, lugar de veraneo
de las familias distinguidas.
OTRAS
CLASES, OTROS OFICIOS
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| Tipos
populares de Bogotá (acuarela de Ramón Torres
Méndez, Bogotá, circa 1850-1870) |
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Lo que hasta aquà he descrito corresponde
a una pequeña parte de la población de Bogotá. La mayorÃa
de las mujeres llevaban una existencia muy diferente.
La clase letrada, llegado el momento de describir, casi
siempre se describió a si misma, pero en el momento
de ilustrar o retratar, los elementos de las clases
populares le llamaron la atención por lo diferentes
y pintorescos. Asà que la representación gráfica es
abundante y suple las meras descripciones.
Veamos algunos de los oficios que desempeñaban
las mujeres de los sectores populares. La referencia
más común es a las criadas, empleadas para el servicio
doméstico. Casi siempre eran indias o mestizas y unas
pocas negras.
Su traje consistÃa en camisas anchas
y recogidas, falda larga, y para salir usaban pañolón
negro o azul oscuro. Generalmente iban descalzas o con
alpargatas. Es decir, su atuendo estaba más influenciado
por la cultura indÃgena que por la usanza europea, como
sucedÃa en las clases altas.
Las señoras nos dice Cordovez Moure
las veÃan como seres inferiores y al mismo tiempo desprotegidos
y algunas veces les enseñaban la doctrina cristiana:
"Ni eran menos originales los desengaños que llevaban
cuando emprendÃan la ruda tarea de meter en los estrechos
cerebros de las embrutecidas sirvientas las primeras
nociones de la doctrina".
56 Lo interesante de
esta cita no es sólo el detalle del adoctrinamiento
de las criadas sino la imagen que las señoras tenÃan
de este grupo de mujeres.
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Peligros
de los paseos de la niñeras (acuarela de Ramón
Torres Méndez, Bogotá, circa 1850-1870) |
Muchas mujeres son tenderas y atienden
personalmente sus establecimientos. Venden licores,
dulces y comidas de fabricación casera. Hacen chicha,
horchata, guarrús, etc. 57
Algunas veces las mujeres pobres, llamadas
guarichas, eran usadas como nodrizas, y esto por precios
relativamente bajos. Si el oficio volvÃa difÃcil criar
al propio hijo y no habÃa ningún pariente que lo acogiera,
entonces lo depositaban en el torno de los expósitos.
Allà era cuidado por monjas y la madre no era identificada.
58 "Un viejo convento quitado a los jesuitas fue convertido
en casa de pobres u hospicio a mediados del siglo y
servÃa como hospital de expósitos. Para ello se construyó
un torno donde se podÃa depositar el bebé, sonar la
campanilla y desaparecer sin nunca ser visto".
59
En Bogotá se efectuaba un mercado diario
en la plaza de San Francisco, pero era reducido y sólo
servÃa para suplir deficiencias de última hora. El gran
mercado se realizaba en la plaza de BolÃvar cada viernes.
Toda la plaza se llenaba de venteros con sus mercancÃas,
y por las calles una multitud, en su mayorÃa mujeres,
bajaba cargada con los productos de sus parcelas.
Las mujeres vendÃan de todo: frutas,
vegetales, ropa, comida preparada, carne, carbón, telas,
etc. "Las mujeres más educadas y las de todas las
clases de la sociedad van allà por la mañana a hacer
sus compras: las primeras, van acompañadas por una criada
o por un indio, quien lleva en las espaldas un gran
cesto donde echa las provisiones para toda la semana".
60
¿QUE
NO SE TRABAJABA?
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| Mujeres
del pueblo (acuarela de Ramón Torres Méndez,
Bogotá, circa 1850-1870) |
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Era muy común ver, en las calles de la
ciudad, mujeres con atados de leña a sus espaldas; la
traÃan de las montañas al este de la ciudad, y era el
combustible más usado para cocinar. También se empleaba
carbón, aunque menos, e igualmente cargado por mujeres.
61
Pedro Ibáñez, en sus Crónicas de Bogotá,
nos dice: "Vi algo que nunca olvidaré. Era una
niña joven como de 15 años. Llevaba en la espalda un
gran atado de leña e iba descendiendo por el empinado
camino con su paso ágil y ligero. En su brazo derecho
llevaba una vara y en el izquierdo su bebé".
62
También las mujeres cargaban, por las
calles de la ciudad, grandes recipientes de barro o
múcuras donde echaban agua de las fuentes públicas "para
surtir las casas". Las aguadoras eran mujeres que
se dedicaban del todo a este oficio y muchas veces se
convertÃan en verdaderos personajes en la vida de la
ciudad.
Iban temprano a cargar agua y la ofrecÃan
de puerta en puerta haciendo al mismo tiempo de emisarias
noticiosas: llevaban su versión de acontecimientos callejeros,
diurnos y nocturnos, y toda clase de chismes. En la
caricatura de personajes bogotanos de la época que hace
Francisco Carrasquilla en 1886, describe las aguadoras
como mujeres que vivÃan en la calle, pernoctaban en
cualquier zaguán y su mala reputación indica tal vez
lo bajo de la posición en la escala social de las mujeres
dedicadas a ese oficio. 63
Otras trabajaban como lavanderas. Usaban
los dos rÃos que bajaban de las montañas: el San Francisco
y el San AgustÃn. Se reunÃan a lavar en grupo en el
Paso del Bocarrón, arriba de la ciudad, donde empezaban
los cerros, y vivÃan en casas de inquilinato carentes
de facilidad sanitaria.
Y...
LAS QUE SE LEVANTABAN LA FALDA
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Campesina
vendedora de carbón en Bogotá (en Colombia:
acuarelas de Mark 1843-1856, Bogotá, 1976). |
ExistÃan en la ciudad sitios de reunión
de la gente del "peor pelaje" conocido: eran
las chicherÃas, donde se juntaban soldados, mendigos,
aguadoras, cargueros, "vagantes damas nocturnas",
vergonzantes. Las mujeres que asistÃan a estas chicherÃas
automáticamente perdÃan su reputación.
Salvador Camacho Roldán comenta en Mis
memorias: "La prostitución descarada y el contagio
de las enfermedades venéreas era otro triste lunar de
la población bogotana. DebÃa ser muy grave esta epidemia
cuando un gobernador, notable por su actividad y energÃa,
mandó recogerlas y expulsarlas a los llanos de oriente,
despoblados entonces y erigidos luego en territorio
de San MartÃn". 64
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| Hermana
de la caridad MarÃa Antonia Matea Frajeia, beata
de la orden de San Francisco de AsÃs, 1847 (en
Colombia. acuarelas de Mark Bogotá, 1976). |
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Hay referencias a la existencia de mendigas
que exhibÃan sus llagas en las calles o pedÃan limosna
de casa en casa, con recorridos fijos para cada dÃa
de la semana, según las casas donde habitualmente se
las atendÃa. 65
Por último, vale la pena mencionar otro
personaje tÃpico de la ciudad y que puede provenir de
las más diversas capas sociales: la beata o mujer santurrona.
Suele ser soltera voluntaria "consagrada a la labor
incesante de leer vidas de santos y averiguar vidas
de pecadores; emplea todo su tiempo en meditar, rezar
y chismosiar. Hay viudas miembros de hermandades y cofradÃas.
Se mantienen en los rincones de las iglesias, desde
temprano en la mañana envueltas en sus ropas de color
oscuro". 66
A veces estas mujeres visten hábitos religiosos sin
pertenecer a ninguna comunidad.
33 Cordovez Moure,
op.cit., pág. 107. (regresar
33)
34 John P. Hamilton,
"Santa Fé de Bogotá en 1824, vista por ojos ingleses"
en Las maravillas de Colombia, t. 1, págs. 63-103, pág.
67. Hamilton era un representante del gobierno británico.
(regresar 34)
35 Idem, pág.
70. (regresar 35)
36 Véase supra 3. (regresar 36)
37 Hamilton, op.cit.,
pág. 86. (regresar 37)
38 Salvador Camacho
Roldán, Mis memorias, Bogotá, Biblioteca Popular de
Cultura Colombiana, 1946, t. 1, pág. 132.
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