Boletín Cultural y Bibliográfico. Número 1 Volumen XXI,   1984

 

La mujer santafereña en el siglo XIX
(continuación)
PATRICIA LONDOÑO
Historiadora de la Universidad de Antioquia.

TABLA DE CONTENIDO
BUENO Y CASTO EL PENSAMIENTO
TODAS A CUIDARSE
PARA ENTRETENER EL OCIO
RUTINAS, CASAS, PATIOS Y COSTURAS
TIEMPO PARA TODO
AJUARES Y MANTILLAS, TELAS Y ALFILERES
REUNIONES Y TERTULIAS
NO TODO ERA "HOGAR, DULCE HOGAR"
BAILES Y PASEOS
OTRAS CLASES, OTROS OFICIOS
¿QUE NO SE TRABAJABA?
Y... LAS QUE SE LEVANTABAN LA FALDA

AJUARES Y MANTILLAS, TELAS Y ALFILERES

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El bambuco (litografía de Ramón Torres Méndez, Bogotá, circa 1850-1870).

Para salir a la calle, las mujeres se cubrían o envolvían en una mantilla que de la cara no les dejaba descubiertos sino los ojos y la nariz. Las madres vestían modesto traje oscuro pero se esforzaban por presentar a sus hijas con el mayor adorno posible. 33  Las costumbres sobre el vestido cambian mucho durante el siglo. Hamilton nos cuenta que en el Bogotá de 1824 no era raro ver una "hermosa mujer muy bien vestida fumando tabaco con la mayor despreocupación; aun cuando la dama tenía un lindo sombrero colocado completamente a un lado de la cabeza con un hermoso collar de perlas, los dedos llenos de anillos, una bata de seda negra adornada con numerosos abalorios cubriendo su esbelta figura, su sorpresa fue todavía mayor al mirar hacia abajo y descubrir que estaba sin zapatos ni medias; los pies, aunque iba descalza, estaban muy limpios y aseados". 34 Pero las damas de más alto rango llevaban medias de seda y lujoso calzado.

Por la mañana se cubrían la espalda y la cabeza con un manto negro o azul sin adorno y un sombrerito de copa acabado en forma cónica. Vestían batas de seda negra ajustadas con adornos, para ir a la iglesia. Ya se veían, sin embargo, algunos sombreros franceses adornados con flores artificiales, así como batas de seda de vivos colores y chales, "ante el asombro y la mortificación de algunos sacerdotes que consideran como pecado recitar oraciones con ropa tan llamativa". 35

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Bogotanos en Choachí (en New Granada: Twenty Months in Los Andes, de Isaac F. Holton, Nueva York, 1917)

En general, cuando salían, las mujeres no llevaban colores vivos. Por la tarde se usaban sombreros de paja, chal, batas de algodón o zaraza hechas en Inglaterra. Para las tertulias, bailes y conciertos se llevaban modelos franceses con adornos de perlas, esmeraldas y otras piedras. Se celebraban lujosos bailes de disfraces. Varios autores coinciden en sus comentarios sobre la cantidad de joyas que usaban las mujeres en los bailes. 36

A éstos asistían algunas señoras con tapadas, o sea con la cabeza cubierta, permanecían en una habitación apárte y eran únicamente espectadoras de la fiesta. 37

La confección doméstica de la moda extranjera empieza con la llegada de madame Gautron, modista francesa. Se empiezan a usar globos almidonados en la parte superior de las mangas, corsés y polvos para la cara. 38  En el periódico La Mujer, de RIJ y FAR, aparecen en 1896 dos noticias sobre las peligrosas consecuencias de seguir la moda. La primera se refiere a los estragos del corsé: en Londres muere una joven y la autopsia revela graves daños internos. El magistrado inglés califica el hecho de "suicidio lento por coquetería". Y la segunda, a la advertencia de un "químico inglés que examinó una infinidad de clases de polvos para la cara y en todos no encontró sino materias minerales, principalmente el plomo y el arsénico". Advierte sobre las enfermedades que pueden resultar del empleo de dichos polvos. 39

REUNIONES Y TERTULIAS

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Mestiza ( en Vagabonding down the Andes, de Harry Franck, Nueva York, 1917).

La carencia de sitios de reunión para las jóvenes hacía que éstas recurrieran, para hallar "honesta distracción y pasatiempo", a cultivar las relaciones de familia, donde estaban al abrigo de costumbres licenciosas. Mientras los hombres se reúnen al atardecer en el atrio de la catedral, se pasean en grupos o van a algún establecimiento a fumar, hojear el periódico o jugar billar, las jóvenes se visitan en sus casas o pasan las horas tocando el piano.

A las cinco de la tarde, cachacos se repartían en grupos por la ciudad para pasar revista a las muchachas que, puntualísimas, se asomaban a los balcones y ventanas de sus casas a presenciar el desfile de galanes y contestarles el saludo. 40

Asomarse a la ventana, con la mantilla que usaban para salir a la calle y muchas veces fumando, "era costumbre habitual aquí, y lo hacen por horas y si les provoca hasta se gritan de una ventana a otra, al otro lado de la calle". 41

Con esta clase de vida, no es de extrañar que la educación de las mujeres estuviera muy atrasada. Algunas sabían leer y escribir, y cantar o tocar algún instrumento. 42  Por lo general, "no son muy letradas, aunque  sí gustan de la lectura; tienen marcada inclinación por el chiste incisivo y de doble sentido; no son competentes para la teneduría de libros ni las lucubraciones científicas; [...]son piadosas y tienen marcada predilección por todo lo que se relacione con asuntos religiosos; [...] son apasionadas por el cultivo de las flores; ajenas al juego; les encanta ejercitar la lengua, al mismo tiempo que ocupan las manos en la confección de bordados y en tejer preciosos encajes para su uso personal; tienen facilidad para la música y gran disposición para la pintura". 43

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Torno de los expósitos en New Granada: Twenty Months in the Andes, de Isaac F. Holton, Nueva York, 1857).

Un viajero norteamericano anotaba en 1856 que la jovencita de la casa que visitaba "escasamente era capaz de conversar. La joven es, de hecho, una prisionera. Su sólo uso y gusto parece ser sentarse en la ventana e intercambiar saludos con los que pasan por la calle. Si le pido que salga a caminar conmigo se sentiría insultada. Nunca puede salir sin sus padres o hermanos. Prácticamente sale a la calle sólo para ir a la iglesia. Su colegio es una prisión, y poco pierde si se va de monja a una prisión de donde no saldrá más".   44

Era también en el hogar donde se efectuaban las tertulias o reuniones de familiares y amigos. Generalmente se realizaban una vez por semana y se ofrecía alguna bebida acompañada de exquisitos bocados. Todo en ellas era, como dice Cordovez Moure, "delicado gusto, distinguidas maneras, elegancia, cultura y buen humor". Las mujeres actuaban como anfitrionas y algunas veces participaban en las discusiones sobre política o literatura que en ellas se promovían. Entre las tertulias literarias conocidas estuvo la Tertulia del Buen Gusto, cuya anfitriona era doña Manuela Sanz Santamaría de González. 45

NO TODO ERA "HOGAR, DULCE HOGAR"

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Calle Real de Bogotá (grabado de Therond, en Voyage ó la Nouvelle Grenade, de Charles Saffray, París, 1872).

Las salidas a la calle se efectuaban siempre en grupo; nunca salía una mujer sola. Al mercado las señoras iban acompañadas de algún sirviente que les cargaba los canastos. También asistían a la iglesia, a misa o a celebraciones públicas, religiosas o civiles: las procesiones del Corpus, las de Semana Santa y las del Sagrado Corazón. Al respecto dice Mollien: "Todas las mujeres son muy devotas, sin ser fanáticas, les gustan las prácticas del culto porque están ávidas de distracciones". 46

También concurrían a representaciones de teatro y a conciertos. En esta época hacían furor las compañías líricas con su repertorio francés. Las presentaciones en el teatro Colón, por el alto precio de las localidades, eran sólo para los más privilegiados; pero en el coliseo Santa Fe había tres órdenes de palcos: la parte baja para clase media, la parte central para la aristocracia y el "gallinero", o parte alta, para la clase popular. Es interesante anotar que la profesión de actriz se consideraba indecorosa; de ahí que para suplir la repugnancia que tenían las mujeres a presentarse en escena se buscaban hombres del género promiscuo para desempeñar, vestidos de mujer, los papeles de las actrices".  47

Los conciertos de la sociedad filarmónica se realizaban cada mes, y asistía a ellos el señor arzobispo. Disfrutaban de gran respetabilidad y, cuando las audiciones perseguían fines de beneficencia o caridad, era símbolo de prestigio social hacerse presente. Cuenta Cordovez Moure que en una ocasión se presentó una señora casada que de soltera "había dado lugar a ciertas habladurías más o menos merecidas y en el momento le advirtió el presidente que el concierto no empezaría hasta que ella saliese del salón, como en efecto lo hizo".  48

BAILES Y PASEOS

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Vendedora de carne (litografía de Ramón Torres Méndez, Bogotá, circa 1850-1870).

Otra ocasión de salir para las mujeres eran los bailes, y también aquí se ve la estrechez de los preceptos morales de la sociedad santafereña. Se discutía si era bueno o no bailar. Se aceptaba que se hiciera sólo en casas de familia y "moderadamente, consultando las conveniencias sociales, sin olvidar el respeto a una señorita que en esos momentos se nos confía a nuestra hidalguía". 49

A principios del siglo XIX, generalmente a los bailes asistía toda la familia, y las criadas y los abuelos cuidaban a las muchachas. En estas ocasiones el vestuario de las mujeres de edad se diferenciaba bastante del de las jóvenes: las señoritas llevaban trajes medianamente escotados y pocas joyas; las señoras, traje oscuro y pañolón, la cabeza cubierta con pañuelo de seda y podían usar más joyas. 50  Se bailaban contradanzas españolas, valses colombianos, y a mediados del siglo se introdujeron polcas, mazurcas, torbellinos y valses importados. En 1896, La Mujer da cuenta de un nuevo baile, "la cimbre", traído de París y Londres. 51

En 1852, en lujosa fiesta en casa de José María Urdaneta. "principió a introducirse la costumbre de arreglar tocador con objetos de repuesto para las señoras que pudieran necesitarlo. No los usaron". 52  Algunas de las fiestas se daban a todo lujo. Cordovez nos describe una de ellas, celebrada en 1860, para él insuperable, en la casa de don Manuel Tanco: sobre el fastuoso decorado de la sala y los comedores, los tocadores para las damas, los espléndidos buffets con toda clase de helados, sorbetes, té, chocolate, café, colaciones, el cambio de traje por fantásticos disfraces que representaban personajes de la historia y el baile hasta el amanecer. En esta fiesta "se introdujo el adorno con flores y plantas de los salones y corredores de la casa".  53

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La vergonzante (dibujo de Antonio Urdaneta, grabado por Antonio Rodríguez, en el Papel Periódico Ilustrado, Bogotá, 1881)

En la fotografía del patio de la casa de doña Bernardina Restrepo de Santa María, arreglado para el baile del 11 de junio de 1877, puede verse la permanencia de esta costumbre. Fue aquélla una fastuosa fiesta que Rafael Pombo resume así en carta a los hermanos Cuervo: "Algo de la fiesta del 11. Las 10 y 40 servidoras de todos diámetros en la sala de retiro de las damas, desde para Bernardina Santamaría hasta Paca Martín. 40 cms. con mostrador de cena; 190 damas bailantes, ricos espejos, pieza de virreyes Solís y Ezpeleta".   54

Esta fiesta mereció extensa crónica de Eduardo Villa publicada en El Telégrafo, de Medellín, el 17 de junio de 1887: la calle estaba alumbrada, la casa arreglada lujosamente, el patio toldado por tela blanca, ocho dignísimas señoras hacían los honores de la recepción, orquesta de 27 ejecutantes, obertura sin bailantes, valses y al "terminar cada pieza había revisión de programas y se anotaban las piezas comprometidas", un comedor abierto desde las once de la noche hasta las seis de la mañana, cuarto de fumar y de tresillo, espejos de Venecia, candelabros de la vieja España, cortinajes de Carlos V. "Para las señoritas [...] el vaporoso tul sobre el brillante raso es traje muy usado [...], con él se ven algunas como ángeles medio ocultos en las más limpias nubes de un cielo de verano".  55

Los domingos se acostumbraba ir de paseo a las afueras de la ciudad. Uno de los sitios favoritos era la cercana aldea de Chapinero, lugar de veraneo de las familias distinguidas.

OTRAS CLASES, OTROS OFICIOS

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Tipos populares de Bogotá (acuarela de Ramón Torres Méndez, Bogotá, circa 1850-1870)

Lo que hasta aquí he descrito corresponde a una pequeña parte de la población de Bogotá. La mayoría de las mujeres llevaban una existencia muy diferente. La clase letrada, llegado el momento de describir, casi siempre se describió a si misma, pero en el momento de ilustrar o retratar, los elementos de las clases populares le llamaron la atención por lo diferentes y pintorescos. Así que la representación gráfica es abundante y suple las meras descripciones.

Veamos algunos de los oficios que desempeñaban las mujeres de los sectores populares. La referencia más común es a las criadas, empleadas para el servicio doméstico. Casi siempre eran indias o mestizas y unas pocas negras.

Su traje consistía en camisas anchas y recogidas, falda larga, y para salir usaban pañolón negro o azul oscuro. Generalmente iban descalzas o con alpargatas. Es decir, su atuendo estaba más influenciado por la cultura indígena que por la usanza europea, como sucedía en las clases altas.

Las señoras —nos dice Cordovez Moure— las veían como seres inferiores y al mismo tiempo desprotegidos y algunas veces les enseñaban la doctrina cristiana: "Ni eran menos originales los desengaños que llevaban cuando emprendían la ruda tarea de meter en los estrechos cerebros de las embrutecidas sirvientas las primeras nociones de la doctrina".   56  Lo interesante de esta cita no es sólo el detalle del adoctrinamiento de las criadas sino la imagen que las señoras tenían de este grupo de mujeres.

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Peligros de los paseos de la niñeras (acuarela de Ramón Torres Méndez, Bogotá, circa 1850-1870)

Muchas mujeres son tenderas y atienden personalmente sus establecimientos. Venden licores, dulces y comidas de fabricación casera. Hacen chicha, horchata, guarrús, etc. 57

Algunas veces las mujeres pobres, llamadas guarichas, eran usadas como nodrizas, y esto por precios relativamente bajos. Si el oficio volvía difícil criar al propio hijo y no había ningún pariente que lo acogiera, entonces lo depositaban en el torno de los expósitos. Allí era cuidado por monjas y la madre no era identificada58 "Un viejo convento quitado a los jesuitas fue convertido en casa de pobres u hospicio a mediados del siglo y servía como hospital de expósitos. Para ello se construyó un torno donde se podía depositar el bebé, sonar la campanilla y desaparecer sin nunca ser visto".   59

En Bogotá se efectuaba un mercado diario en la plaza de San Francisco, pero era reducido y sólo servía para suplir deficiencias de última hora. El gran mercado se realizaba en la plaza de Bolívar cada viernes. Toda la plaza se llenaba de venteros con sus mercancías, y por las calles una multitud, en su mayoría mujeres, bajaba cargada con los productos de sus parcelas.

Las mujeres vendían de todo: frutas, vegetales, ropa, comida preparada, carne, carbón, telas, etc. "Las mujeres más educadas y las de todas las clases de la sociedad van allí por la mañana a hacer sus compras: las primeras, van acompañadas por una criada o por un indio, quien lleva en las espaldas un gran cesto donde echa las provisiones para toda la semana".   60

¿QUE NO SE TRABAJABA?

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Mujeres del pueblo (acuarela de Ramón Torres Méndez, Bogotá, circa 1850-1870)

Era muy común ver, en las calles de la ciudad, mujeres con atados de leña a sus espaldas; la traían de las montañas al este de la ciudad, y era el combustible más usado para cocinar. También se empleaba carbón, aunque menos, e igualmente cargado por mujeres. 61

Pedro Ibáñez, en sus Crónicas de Bogotá, nos dice: "Vi algo que nunca olvidaré. Era una niña joven como de 15 años. Llevaba en la espalda un gran atado de leña e iba descendiendo por el empinado camino con su paso ágil y ligero. En su brazo derecho llevaba una vara y en el izquierdo su bebé".  62

También las mujeres cargaban, por las calles de la ciudad, grandes recipientes de barro o múcuras donde echaban agua de las fuentes públicas "para surtir las casas". Las aguadoras eran mujeres que se dedicaban del todo a este oficio y muchas veces se convertían en verdaderos personajes en la vida de la ciudad.

Iban temprano a cargar agua y la ofrecían de puerta en puerta haciendo al mismo tiempo de emisarias noticiosas: llevaban su versión de acontecimientos callejeros, diurnos y nocturnos, y toda clase de chismes. En la caricatura de personajes bogotanos de la época que hace Francisco Carrasquilla en 1886, describe las aguadoras como mujeres que vivían en la calle, pernoctaban en cualquier zaguán y su mala reputación indica tal vez lo bajo de la posición en la escala social de las mujeres dedicadas a ese oficio. 63

Otras trabajaban como lavanderas. Usaban los dos ríos que bajaban de las montañas: el San Francisco y el San Agustín. Se reunían a lavar en grupo en el Paso del Bocarrón, arriba de la ciudad, donde empezaban los cerros, y vivían en casas de inquilinato carentes de facilidad sanitaria.

Y... LAS QUE SE LEVANTABAN LA FALDA

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Campesina vendedora de carbón en Bogotá (en Colombia: acuarelas de Mark 1843-1856, Bogotá, 1976).

Existían en la ciudad sitios de reunión de la gente del "peor pelaje" conocido: eran las chicherías, donde se juntaban soldados, mendigos, aguadoras, cargueros, "vagantes damas nocturnas", vergonzantes. Las mujeres que asistían a estas chicherías automáticamente perdían su reputación.

Salvador Camacho Roldán comenta en Mis memorias: "La prostitución descarada y el contagio de las enfermedades venéreas era otro triste lunar de la población bogotana. Debía ser muy grave esta epidemia cuando un gobernador, notable por su actividad y energía, mandó recogerlas y expulsarlas a los llanos de oriente, despoblados entonces y erigidos luego en territorio de San Martín". 64

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Hermana de la caridad María Antonia Matea Frajeia, beata de la orden de San Francisco de Asís, 1847 (en Colombia. acuarelas de Mark Bogotá, 1976).

Hay referencias a la existencia de mendigas que exhibían sus llagas en las calles o pedían limosna de casa en casa, con recorridos fijos para cada día de la semana, según las casas donde habitualmente se las atendía65

Por último, vale la pena mencionar otro personaje típico de la ciudad y que puede provenir de las más diversas capas sociales: la beata o mujer santurrona. Suele ser soltera voluntaria "consagrada a la labor incesante de leer vidas de santos y averiguar vidas de pecadores; emplea todo su tiempo en meditar, rezar y chismosiar. Hay viudas miembros de hermandades y cofradías. Se mantienen en los rincones de las iglesias, desde temprano en la mañana envueltas en sus ropas de color oscuro". 66  A veces estas mujeres visten hábitos religiosos sin pertenecer a ninguna comunidad.

 

33  Cordovez Moure, op.cit., pág. 107.   (regresar 33)

34  John P. Hamilton, "Santa Fé de Bogotá en 1824, vista por ojos ingleses" en Las maravillas de Colombia, t. 1, págs. 63-103, pág. 67. Hamilton era un representante del gobierno británico.   (regresar 34)

35  Idem, pág. 70.   (regresar 35)

36 Véase supra 3. (regresar 36)

37 Hamilton, op.cit., pág. 86.  (regresar 37)

38   Salvador Camacho Roldán, Mis memorias, Bogotá, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, 1946, t. 1, pág. 132.