EcologÃa para profanos
José A. GaIvis Serrano
Fen Colombia, Bogotá, 1986, 253 págs.
Antes, treinta años ha, descender de la montaña trayendo flores silvestres,
musgos y lianas era amor por la naturaleza y un poco del eterno romanticismo. Cien años
atrás, un rabioso individualista norteamericano, Henry David Thoreau, decidió alejarse
del "mundanal ruido" y vivir varios, bastantes meses en soledad, a orillas del
lago de Walden, cerca de Concord en Massachussets. Thoreau llevaba las lechugas frescas de
su huerto a la mesa, observaba los pájaros y conversaba con las nubes; en su cabaña de
troncos habÃa dispuesto siempre una silla para el amigo ausente. Thoreau predicó el
regreso a la simplicidad y a la naturaleza. Hoy este excéntrico es mirado como padre y
abuelo de muchos movimientos: de la ecologÃa, de los hippies, de la resistencia
pacÃfica y la desobediencia civil, del auto-stop. Thoreau era un genio, porque
cien años antes, cuando en su paÃs no habÃa problemas de contaminación y densidad de
población, ya los habÃa entrevisto. Hace veinticuatro siglos, casi antes de todo, los
griegos se quejaban al padre Zeus porque la tierra no podÃa contener tantos habitantes.
Tal fue la queja que Gea, la Tierra, elevó al cielo. Entonces ¿y ahora? el problema era
fácil de solucionar: una guerra serÃa la panacea. Y asà se organizó la guerra de
Troya, que alivió el problema demográfico. Los griegos, siglos antes de Cristo, veÃan
nuestros problemas de hoy. ¿SerÃan genios?
En estos tormentosos dÃas quien descienda de la montaña con flores y musgos es, ¿lo
decimos?, un criminal de lesa Tierra y lesa humanidad. ¿Han cambiado los esquemas, los
valores, la tabla de criminalidad? No, señor: ha cambiado la urgencia, ha aparecido el
fantasma de la desolación; antes estaba oculto.
A pesar de que se está abusando del tema y se están aplicando muy poco los remedios,
un buen estudio, un aterrizado enfoque sobre el problema ecológico, nunca está de más.
La Financiera Eléctrica Nacional patrocina, mediante su fondo José Celestino Mútis para
la protección del medio ambiente, un concurso anual para la investigación cientÃfica en
el campo de la ecologÃa.
Su autor, José A. Galvis Serrano, profesor de derecho, ha enfocado su interés hacia
las cuestiones ambientales. Fruto de esta devoción y "de la necesidad de explicar,
en una clase de derecho civil, las consecuencias legales de la contaminación
ambiental", es esta EcologÃa para profanos.
La obra procede, como dirÃan los escolásticos, de lo universal a lo particular, con
riguroso método. Y asà los tres grandes capÃtulos tratan, el primero, el medio ambiente
en la historia y en los diversos paÃses; el segundo, el medio ambiente en el tercer
mundo, y el tercero, el medio ambiente en Colombia. Con premeditada y sabia escogencia, el
autor inicia cada uno de los capÃtulos con una cita, que viene, como dirÃan los abuelos
en su habla popular, "como pedrada en ojo tuerto". Abre el primero Francis
Bacon, que asà apostilla: "A la naturaleza sólo se la domina obedeciéndola".
Para tratar los problemas ambientales del tercer mundo, causados en gran parte por la
voracidad de las potencias, Herbert Marcuse sentencia: "Hay una contaminación de la
riqueza y una pobreza en la contaminación". Y para iniciar el doloroso y
forzosamente incompleto capÃtulo del desastre colombiano en materia ambiental, nada mejor
que traer la premonitoria cita de Enrique Pérez Arbeláez, el padre de nuestra ecologÃa.
Asà escribió el sabio sacerdote: "Afirmo, sÃ, un hecho fatal, como es que nuestro
paÃs, todo él, a pasos lentos pero perceptibles y seguros, se va acercando a esos
extremos de pobreza biológica que caracterizan a los desiertos del planeta y
gradualmente, por una escala tenebrosa de depauperizaciones, va cerrando las salidas a
toda esperanza de mejoramiento humano". Débese afirmar que la cita es textual,
profética y dolorosamente textual.
En medio de la avalancha de tratados y textos de ecologÃa, la obra EcologÃa para
profanos se agradece tanto más cuanto que se aleja deliberadamente de la teorización
para mostrar, con hechos y datos, sin caer en la monotonÃa de las solas y largas cifras,
la tragedia que ya vive la humanidad con la destrucción de su hábitat. Algunos apartados
sugestivos de este primer capÃtulo llevan por tÃtulo: Los problemas del DDT, Tierra
drogada en los Estados Unidos, la destructiva sociedad de consumo. El uso irracional de ha
técnica se vuelva contra el hombre. Este DDT, surgido como bendición durante ha segunda
guerra mundial, es hoy uno de nuestros peores flagelos. "Los bebés brasileños y de
toda América Latina cita José A. Galvis Serrano en su libro están
ingiriendo a través de la leche materna residuos pesticidas como el DDT, que pueden
causar cáncer".
La destructiva sociedad de consumo, como la llama el autor, es hoy quizás la enemiga
número uno de la naturaleza, o sea del hombre mismo. "El hombre moderno, dijo
alguien, contamina un océano con detergentes para lavarse un calzoncillo y tala un bosque
para fabricarse un palillo de dientes". Si la ecologÃa es armonÃa, belleza de las
proporciones entre todos los seres que conviven en el universo, y más especÃficamente en
el planeta Tierra, esta desproporción entre un palillo y el bosque sacrificado, la prenda
de vestir y el océano contaminado, patentiza el imperio del desorden, el reinado de las
aberraciones.
En el segundo capÃtulo EcologÃa para profanos desenmascara las falacias del
tan llevado y traÃdo producto nacional bruto y habla de la pobreza como causa del
deterioro. ¿Y cómo hablar de la pobreza sin hablar de la escasez de leña, crisis
energética de los pobres?
Aunque toda la obra nos concierne, porque en este capÃtulo se tratan temas como la
erosión, la tugurización y la miseria, lacra social de nuestro cojo desarrollo, es el
capitulo tercero, dedicado a Colombia, el más palpitante. José A. Galvis utiliza
estudios modernos, citas de prensa de dolorosa actualidad, para ofrecer una ojeada general
del problema en Colombia. La tragedia del agua, resumida en el rÃo Magdalena. . . la
bahÃa de Cartagena; la tragedia de la tala irracional de bosques, resumida en la
creciente esterilidad de las cordilleras; la conjura del hombre contra el reino animal,
resumida en la matanza de cetáceos; la amenaza de los agro - quÃmicos. . . y un
largo etcétera de desesperanza y pesimismo.
La lectura de EcologÃa para profanos es una dura y necesaria lección para el
colombiano. Allà debe aprender lo que puede el hombre contra el hombre y contra la
naturaleza. En otras palabras, el hombre contra sà mismo.
No solamente en el epÃlogo brilla el pensamiento humanista y poético del autor. Pero
la frase de Bernard Shaw, que lo encabeza, es suficientemente diciente. Asà escribió el
autor de Pigmalión: "Hay quienes ven las cosas como son y se preguntan: ¿Por
qué? Yo, en cambio, sueño con cosas que nunca han sido y digo: ¿por qué no?".
Esta "necesidad de la educación ambiental", que es el epÃlogo, no puede leerse
sin detenerse en la cita de Saint-Marc: "La elección fundamental no está entre
destruir la naturaleza o detener el crecimiento económico, sino entre destruir la
naturaleza o cambiar la sociedad".
No sólo porque todo libro de ecologÃa es bienvenido, sino porque la lectura es amena
(si bien dolorosa) y porque presenta en atrevido y suficiente resumen el panorama
ambiental colombiano, EcologÃa para profanos es un libro cuya lectura a todos nos
harÃa bien: a gobernados y a gobernantes. Ojalá estos últimos no hayan perdido el
hábito sano de la lectura.
ANDRES HURTADO GARCÃA