El yacente de Mantegna
AmÃlkar Osorio
Universidad de Antioquia, MedellÃn, 1986, 62 págs.
"No tenemos pretensiones definitivas. Nos ocupamos de vivir solamente. Es nuestra
mejor aspiración".
He aquà siete cuentos que tienen la leve gracia del primer nadaÃsmo. Fechado uno de
ellos en 1969, nos traen esa atmósfera de disponibilidad y errancia que caracterizaba a
los jóvenes lectores sudamericanos de Jack Kerovac o Henry Miller.
Cansancio indiferente y libre. Cosas indecisas. Los jóvenes que aquà aparecen
se ocupan ante todo de no hacer nada. Leen a Sartre, sÃ, pero quizás fiestas en
apartamentos, relaciones triangulares dos hombres, una mujer o actos sin
consecuencias los definan mejor que la ocasional referencia literaria. Ambientados algunos
en Estados Unidos en San Francisco, otros en MedellÃn, todos ellos parecen
deambular en la impermanencia: son figuras canjeables. Incluso la muerte, que tiene el
rostro brutal de un crudo asesinato, en el que da tÃtulo al libro, llega a ser tan poco
espectacular como el resto de las acciones, si de acciones pudiera hablarse. Más bien
gestos, frases, formas efÃmeras, emociones rápidas. "Estoy tan agotada, me dijo
dentro del auto estacionado en el aeropuerto bajo la lluvia, que me siento incapaz de
suicidarme" (pág. 55).
Lo que en un primer momento pudiera parecer sólo una forma de llamar la atención, con
el tiempo llega a ser un comportamiento convencional. ¿Acaso todas las cosas no se hallan
al revés? ¿La razón? El tiempo se ha acelerado y los valores ya no tienen la aparente
firmeza anterior. "Las cosas en las ciudades de hoy cambian muy rápidamente. Ya no
sostienen en uno la apariencia de identidad; si no desaparecen del todo como objetos,
sufren mutaciones tan esenciales que al reencontrarlas, después de poco tiempo, parece
que nunca hubieran estado, que uno no hubiera sido" (pág. 44). Cosificación
indudable, la aventura individual no tiene sentido, no tiene destino. Lo mejor es dejarse
ir. Errar. Despreocupados e independientes, quizás porque los mantiene un amigo, estos
opinadores, estos charlatanes, estas niñas que se maquillan, en exceso, estas mujeres que
hacen el amor por desaburrirse, traen consigo la verdad de su vacÃo. Si bien, en
ocasiones, la suya es la sofisticación del ocioso, acumulando experiencias para nada,
también existe, acalambrada y tensa, la indudable comezón de quien ya se sabe inerte, e
incapaz de reaccionar.
Luego que dos hombres y una mujer, por ejemplo, se han unido en una cama cualquiera
"HabÃan decidido hacerlo para convertirme en cómplice de su desinterés. El
acto fue remordido e inseguro, lleno de condiciones mentales e inhibiciones
equivocadas" (pág. 59), salen a la calle y el narrador participante se
ve a sà mismo y juzga el conjunto "como una trinidad mediocre y sin liturgia".
"Sin liturgia". Las dos últimas palabras son las que mejor definen la
frialdad de esta prosa fugaz y desapegada, que tiene algo de cinematográfico en sus
reiteradas imágenes de una misma ciudad, llámese San Francisco o MedellÃn. A ella, la
ciudad, nos hallamos condenados. Una prosa que también luce sus marrulleros gestos de
niña mala, de gatita que quiere jugar con su gigolo, como en el caso de Bombón
y chocolate al levantarme (págs. 13-21), y que solo en una ocasión El
caudatario (págs. 50-54) se llena de volutas y oriflamas para darnos una
barroca estampa de liturgia obispal.
Gestos despojados ya de todo significado, la atonÃa moral de estos relatos debÃa
resultar bastante subversiva, en su momento. PonÃa en duda la moral de clase media de la
literatura colombiana de la época. Era una postura sin concesiones, en la cual todo se
permitÃa con tal de suavizar lo infinito de ese tedio. Regodeándose incluso en la
negativa dureza de su sequedad emocional, como lo dice muy claramente uno de los
personajes cuando constata, ante el crimen: "Yo deberÃa también haberme sentido
culpable pero no tengo responsabilidad" (pág. 35).
Culpa y responsabilidad son palabras ajenas del todo al vocabulario elemental que
manejan estos seres, pero lo grave es que tal liberación no les concede ningún goce.
"De su figura emanaba el ensimismamiento del tacto, la carencia de la otra piel, la
pobreza de la sensibilidad" (pág. 36). De ahà la tersa conclusión: "El hombre
que tenga acceso al olor, tacto y contenido de la cartera de una mujer ha tenido acceso a
toda su vida" (pág. 38). SÃ, lo importante, como siempre, era el tubo de rouge. La
máscara acentuando la atonÃa y la vacuidad.
Combatir el imperativo categórico, cualquier deber ser, con una prosa angular
de la cual emanarÃa, como dice el autor, el buqué del asfalto urbano, es quizá el mayor
logro de AmÃlkar Osorio (1940-1985) en este delgado volumen póstumo. Desde los
cuartos, en medio de la confusa y en ocasiones pedante barahúnda de las fiestas, lo que
se siente es el definido rigor de la urbe tejiendo su propia ley. Ante ella todos estos
seres resultan demasiado pueriles y esquemáticos. Lo más grave aún: sin redención
posible. Veámoslos más de cerca.
Al aburrirse artificialmente también condenaron al lector a esa artificialidad. Al
apasionarse, "muy ligeramente, imperceptiblemente", lo obligaron a padecer su
superficialidad. No hacen nada, pero nos lo recuerdan con demasiada insistencia. Tienen
veinte años y saben muy bien que "de todos modos nuestra vida no tiene importancia
para nadie ni siquiera para los que vivimos uno al lado del otro" (pág. 7).
Por ello nos resultan tan improbables sus reflexiones sobre arte como su dudoso elogio
de Balzac, en el primer relato. Mencionarla Lolita de Nabokov o los parlamentos de
Ionesco es natural, ya que en aquel entonces estaban de moda, pero no es necesario darnos
tanto gato por tan poca liebre: no se trata de intelectuales. Se trata, en realidad, de
seres desteñidos por sus vagas frustraciones. Quieren ostentar pasiones gélidas, pero
apenas si exudan inapetencia. Como dice la narradora de este primer cuento, refiriéndose
a otras mujeres, ellas "alborotan sus banalidades y hacen risa con sus dientes
postizos, sacuden sus collares y miran la hora" (pág. 12). De este modo, el bostezo
termina por contagiarnos. Buscaron ser sinceros y naturales. Sólo consiguieron, como lo
reconocen en algún momento, divertirse un poco, y con modestia. Esa fiesta, donde alguien
revelará su soledad, y la aparente tragedia, será el escenario preferido, en este y
otros relatos. La fiesta, o el cuarto del solitario. O de la solitaria, como la heroÃna
del segundo relato.
Ese cielo, también cansado, ese mundo extraño, de árboles ciudadanos, y donde
"no habÃa ni siquiera ladrones"(pág. 16) ¿cuál serÃa? y que a
la postre se convierte en MedellÃn, es el que recorre la protagonista de Bombón y
chocolate al desayuno antes de acicalarse para recibir a su novio, de trece años. El
tal novio resulta ser una cosa ambigua, que "se podÃa confundir con cualquier niña
de barrio", usa blusa y pasea su "feminoidalidad" (pág. 20), mientras ella
demora lo inevitable del encuentro. Pero no hay que buscarle demasiadas complicaciones al
asunto. Se trata de un juego, y un juego intrascendente, cómo no.
En el tercero, Gato o soledad en la lluvia, su protagonista sube a un octavo
piso pero sigue siendo un ser tenue, que mira la ciudad desde lo alto y recorre sus calles
"rompiendo un periódico a pedacitos, comiendo chocolate como un niño de ocho años,
o como un sibarita psicópata con infantilismo sexual" (pág. 24). La última opción
parece la más válida.
"Tener relaciones con alguien, amarle, llorar, reÃr, caminar para alguien me
parecÃan emociones estúpidas, lamentablemente inoficiosas y horrendas. Salir con
Patricia a ver un western me parecÃa indigno y simple" (pág. 27). Pero luego
esa reacción inane se transforma en interés casi morboso por el subsuelo de la ciudad.
"Las viejas raÃces de los árboles con sus historias maravillosas cada una, la casa
de algunas hormigas, el delicado metro de las lombrices, rojas, rosadas, color
de vómito, como de tubo oxidado, color de longitud" (pág. 29). Fragmentos de
diario, que pueden comenzar en cualquier momento, y terminar en forma abrupta, estas
páginas descriptivas se redondean un poco más en El yacente de Mantegna.
Allà la modelo que ostenta su "profundidad inútil", su descuido y su
inseguridad, cambiando de pareja, confundiendo el sudor con la sangre, y yendo y viniendo
en un deambular que carece de sentido, se volatiliza ante el blanco cadáver que refrena
sus pasos.
En el quinto relato, El tÃmido homenaje de un amor, un fotógrafo capta, en San
Francisco, con sus ojos, con su cámara, la relación entre dos hombres David,
Rafael y su propia negativa a dormir con alguna de las dos mujeres que le ofrecen su
casa, Marisa, la italiana, y Plurabelle, la inglesa. Después de El caudatario, un
camafeo riguroso en medio de tanta fiesta espasmódica, el libro concluye con otro
monólogo confuso en una más que confusa reunión. Alguien recuerda a una mujer que
perdió. Mónica era única. Mónica partió su vida en dos. La afirmación no resulta lo
bastante válida en medio de ese clima de atonÃa y promiscuidad. Pero el defecto es
viejo: todos creemos que nuestras historias interesan a todos con pareja intensidad.
Como conjunto, el libro de AmÃlkar Osorio logra recobrar algo del clima de una época:
un compartido hastÃo generacional y las ganas de divertirse a toda costa. Esto último,
lamentablemente, no se logra. Considerados, en forma individual, cada uno de los cuentos,
o estampas, parece desdibujarse en una insignificancia baladÃ. Muy semejante, por cierto,
al mundo que pretendÃa retratar. Sólo El caudatario, tan ajeno a él, se cierra
sobre sà mismo, con plena autonomÃa. Allà el ayudante de un obispo, soberbio y
vanidoso, llega a ser como él, en la breve y recamada opulencia de su lenguaje barroco.
El contraste, de este modo, se hace muy sensible con los restantes, entre esta prosa
trabajada al máximo y el deliberado descuido que reina en tantos lados. No en la
caracterización del paisaje urbano, sino en esos seres y nombres indiferenciados con que
Osorio pretendÃa presentarnos su vaciedad. Esos yo, a la deriva, que la ciudad
borra y deshace, en su crecimiento febril, y que son como la resaca perdida que ahora
estas páginas nos traen no como voces sino apenas como murmullos, restos, sombras
rápidas y, la verdad sea dicha, muy poco interesantes. FantasÃas, en definitiva, muy
difÃciles de calificar. Digámoslo, mejor, para concluir, con las propias palabras del
narrador: "Se aman miserablemente como hombres en despojo" (pág. 56).
La verdad del nadaÃsmo eran estos signos vacÃos y no la alharaca jubilosa que
pretendÃan instaurar. Estos despojos narrativos lo certifican, con gran dolor. Son,
apenas, los restos de un naufragio verbal.
J. G. COBO BORDA