Virginia
Gutiérrez de Pineda:
una vida de pasión,
investigación y docencia
Parte 1
Parte 2
Parte 2
Una de las hipótesis que nosotros
manejamos en la investigación sobre la Escuela Normal Superior es que allà se formó una
elite intelectual bajo unos valores modernos que contrastaban con los de la época.
Ya algunos se los he señalado; por
ejemplo, la posición racionalista ante los hechos vertidos hacia el conocimiento del
paÃs, no de lo foráneo; apreciar en su valor real las propias estructuras y las
personalidades; borrar hasta donde podÃamos los estigmas de etnicidad; revaluar los
conceptos del hombre colombiano tratando de dar un perfil más objetivó; hacer un
inventario de la realidad nacional en sus pros y sus contras; no sólo decir que Colombia
es el paÃs del café, las esmeraldas y el oro, sino el paÃs de tantas cosas positivas
latentes y negativas vigentes.
¿Qué relación percibe en este momento
entre lo que era el régimen liberal y la formación de ustedes como intelectuales en unos
nuevos valores?
Yo sà creo que lo liberal era la libertad
de pensamiento solamente controlada por los principios racionales y la responsabilidad de
la afirmación. Mientras que lo otro era el enclaustramiento y la permanencia en el
pasado. Nunca me he detenido a pensar en eso, pero creo que eso era: lo secular se
aceptaba sin cuestionamiento: acepta, traga entero y muévete en esa lÃnea. En esa época
todo estaba tocado de sagrado, y en nosotros, estudiantes de la Escuela Normal Superior de
Socarrás, era atrevemos a cuestionar lo tabuizado. ¿Pero quién se atrevÃa antes a
cuestionar sobre religión, sobre sexo, para mencionar dos temas que eran tabúes en la
cátedra?
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Paul Rivet con su
esposa en 1945.
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¿Qué sintió cuando la Escuela Normal
Superior fue desmontada? ¿Usted estaba aquà en el paÃs?
Como a quién le apalean la madre, con una
profunda sensación de frustración y de incapacidad para defender lo propio, creo, no
sabrÃa explicarlo. Nos encontrábamos en Colombia y perseguidos a morir.
¿Cómo se expresaba esa persecución?
¡Santo Dios! Desde todos los frentes.
Botándolo del puesto, de cualquier sitio y no dejándolo hacer nada. Nos cercaron a
todos. Nos quitaron el derecho al trabajo. Sobre todo porque tenÃamos un estigma:
normalistas; vale decir comunistas, manera de lanzarnos a las tinieblas exteriores. Es que
hoy decir que se es de izquierda es un crédito positivo, no en aquella época. Hoy da
estatus a la persona. Decir: este profesional es de izquierda y se espera que los
jóvenes lo sean es común; en cambio, decir: este estudiante es "godo" es
como raro. Haber sido normalistas, era un inri que nos perseguÃa. Un dÃa de estos le
decÃa yo a Roberto mi marido: ¿qué epÃteto existe hoy para denigrar a una
personalidad? porque no vale ni homosexual, ni comunista, ni guerrillero, ni ateo, ¿no es
cierto? Tal vez que sufre de sida. Asà era por lo menos el ostracismo social que
padecimos.
¿Y a ustedes cómo los señalaban?,
¿cómo normalistas?
¡No! como comunistas. El hecho de estudiar
ciencias sociales era cosa peligrosa, estudiar la problemática era tabú, y más si nos
atrevÃamos a develar crÃticamente la realidad nacional. Hoy en dÃa quién no lo haga no
esta "in".
Aunque lo importante ahora, y todos lo
sabemos hasta el hartazgo, es plantear soluciones ante los grandes conflictos del paÃs,
porque su realidad ya es evidente.
Para nuestra investigación hemos mirado
mucha información de prensa, y hemos encontrado desde 1946 y en el mismo 9 de abril de
1948 publicaciones de El Siglo de este estilo: "Comunistas sabotean las clases en la
Normal". ¿En la Escuela Normal Superior habÃa grupos de saboteadores?
Ni de saboteadores ni de comunistas. ¡No!
Estudiantes que pudieran manejar una ideologÃa que se llamara comunista, ¡no! habÃa
grupos minoritarios cercanos a esa ideologÃa, pero ellos no permeaban la cátedra en el
sentido de boicotearla o destruirla. Si planteaban su posición, lo hacÃan con mucha
lucidez y se cuestionaba y se discutÃa sin caer en el grito escueto, en la ofensa, o en
la revuelta, como en el sesenta en la Universidad Nacional. Nunca fuimos anárquicos. SÃ
nos ponÃan a leer El Capital de Marx y estudiábamos la teorÃa del valor, sin que
por eso fuéramos objeto y sujeto de la demagogia verbal. Por eso un dÃa en clase, con
tanta habladera de los muchachos sobre el cambio de estructuras, al fin dije: ¡Paremos
esta clase, que no tiene sentido! Vamos a escribir en el tablero: ¿qué es estructura?
Nadie lo sabÃa. Al fin, ayudando, empujando y obligando, logré que en la clase siguiente
cada uno me trajera una definición de estructura desde el punto de vista
sociológico y antropológico. Luego definimos cambio. ¿Qué vamos a cambiar,
"doctores"? ¡Todo! Bueno, empecemos por todo, pero como no se puede cambiar
todo al tiempo, ¿cuáles cambios primero? La tenencia de la tierra. ¿Cómo está
caracterizada en nuestro paÃs? Claro, nadie sabÃa. Posteriormente, estando en México,
uno de los institutos de altos estudios de allà proyectó unos seminarios dos veces al
año con un profesor alemán, especializado exclusivamente en Marx. Por relaciones de
amigos, pude entrar en esos cursos. Nos enseñaba cogiendo cada punto de la teorÃa,
cogiendo cada definición, especulando, proyectando y jugando con ella a la manera
weberiana. Entonces me decÃa: este es el "tatequieto" que los muchachos de la
Nacional necesitan. Esto lo hemos debido saber todos los profesores para poder catalizar y
dirigir las inquietudes de nuestros muchachos. No es que ser de izquierda, maoÃsta,
"mamerto" o lo que sea fuera pecado. Era un pecado que los profesores no
supieran enseñar; los muchachos pidiendo cuerda, y los profesores como unas piedras que
no alcanzaban a dar cuerda. Ese es el problema: no sabemos enseñar, ni tenemos qué
enseñar. Estamos huecos, vacÃos.
¿Por qué cree que están tan
"vacÃos" los profesores ahora?
Porque no los formaron, y si quiere lo digo
en primera persona del plural: porque no estudiamos, porque no nos actualizamos, porque no
investigamos. FÃjate que cuando sabes una cosa y la trajinas y la "muerdes" y
la comentas, la lanzas y la recoges, ahà no eres vulnerable, o cada vez eres más
modesto, porque al ahondar cada vez sabes menos queriendo saber más. Pero puedes dar algo
cuando enseñas. Hay una mÃstica que te empuja, un sentido de responsabilidad que tanto
te martillaron Socarrás y Ester Aranda. Ellos nos inculcaron estos sentimientos y que la
gratificación está en la entrega al discÃpulo y al paÃs.
Estamos de acuerdo con usted en ese
sentido; hay en todos nosotros un conformismo impresionante.
Tal vez en nosotros los profesores. No en
los jóvenes que sà quieren saber. Lo lindo de esa generación nuestra, tan inquieta, era
también su cuestionamiento. Lo malo fue que al momento social dado de la Universidad
Nacional no podÃamos responder a sus interrogantes. A nosotros sà nos respondieron,
porque en la Escuela Normal Superior, cuando nosotros inquirÃamos al profesor, él tenÃa
atrás, en la maleta de su trasfondo mental, un bagaje cultural grandÃsimo y nos
encendÃa el fuego de nuestra inquietud o nos lo apagaba con la respuesta precisa. Pero
cuando al muchacho no hay quien le dé la respuesta sigue preguntando, o se pierde una
inteligencia. Como cuando en el niño empieza el despertar del sexo y pregunta por qué
crece una barriga. Entonces le dice la mamá que porque tiene lombrices, pues no puede o
es incapaz de responderle con la verdad que inhibimos o ignoramos. Esa era más o menos la
angustia de esos muchachos del 60 y 70 en la Universidad Nacional, una generación
bellÃsima sin duda. Yo decÃa que allà llegó también la elite del talento nacional
como llegó a la Normal Superior, pero que, a diferencia de ésta, faltaron mentes que la
guiáramos a más fértiles destinos. Ellos los de la Nacional, no tuvieron un Socarrás y
un equipo de profesores como el nuestro.
La otra vez usted contó en la
Universidad Pedagógica, en un panel, que la prensa, en la etapa del desmonte de la
Escuela Normal Superior, empezó a hablar mal de las mujeres, a cuestionar la moralidad de
quienes estudiaban con hombres. ¿SalÃa algo en la prensa?
Yo no recuerdo si eran editoriales, pero en
El Siglo se escribÃa que nosotras éramos promiscuas solo porque en la Escuela Normal
Superior hombres y mujeres estudiaban juntos, y para afrenta sacaban iniciales de las
estudiantes. Eran los editoriales más sucios que se puedan imaginar, la manera de
extender la deshonra a la institución y acabarla. Eso debió de ocurrir en 1942 ó 1943.
Pero nosotros no promiscuábamos; era, hagamos de cuenta, las monjitas adoratrices, en la
pureza más completa. Viendo ahora lo que son las universidades y las relaciones hombre -
mujer del momento, nosotras éramos las vÃrgenes del Sol, de acuerdo con las normas del
momento. Nosotros querÃamos era saber, estudiar, avanzar, y allà no se hacÃa ninguna
rumba. Eramos ascéticos, con votos de pobreza, castidad y obediencia, como se nos
inculcaba que debÃa ser el maestro.
¿Hasta qué punto una de las razones
del bloqueo a la Escuela Normal Superior tiene que ver con el acceso que allà se daba a
las corrientes modernas del pensamiento, en contraste con una sociedad que no
evolucionaba?
Lo que estás señalando es evidente. Eso
lo vivimos. Por ello muchos retornaron al pasado y se quedaron en sus puestos. Otros nos
fuimos a las tinieblas exteriores. Eso mismo pasó en la generación mexicana de
Tlatelolco: a unos se los tragó la droga, a otros los compró el gobierno y otros se
perdieron y eran sólo unas elites de talento que cuestionaban un sistema.
Una de las herramientas que ayudó a la
formación de ustedes como elite intelectual fue las bibliotecas de la Escuela Normal
Superior, que tenÃa 50.000 volúmenes en 1951, y parece que no existe el inventario y que
parte de la colección se perdió.
Cierto, parte de la colección debió de
perderse, quién sabe a dónde fue a parar.
Otro egresado que entrevistamos nos dijo
que se hizo una purga de libros y que tal vez algunos fueron quemados.
Pues seguramente. Yo, en ese campo, no
podrÃa asegurar nada, porque salimos de la Normal y no pudimos ver más, pero eso es muy
posible.
Muchos de los libros fueron llevados a
Tunja. Unos los botaron, otros los regalaron. Hubo libros de antropologÃa que hablaban de
evolución, del origen del hombre, que nunca fueron desempacados de las cajas, que
después se perdieron. Por ejemplo, hemos estado buscando una revista que aparece en la
ficha catalográfica de la biblioteca y se ha buscado en las estanterÃas y no aparece.
Se perdieron hasta las fichas de
inscripción y todo el registro nuestro de calificaciones.
¿Cómo hacÃan ustedes para pedir un
certificado de notas? ¿Qué problemas tuvieron?
Cuando nosotros nos fuimos a estudiar a los
Estados Unidos, pedimos el certificado y no lo pudimos conseguir. Nos tocó llevar como
constancia la libreta de calificaciones. Fue un hecho gravÃsimo. La respuesta era que
esas notas no aparecÃan. Seguramente las quemaron, ¡qué demonios!, lo hicieron.
¿TenÃan que ir ustedes a Tunja a pedir
sus certificados?
¡Pues claro! Y en todo ese proceso, yo no
sé qué hicieron todo. Eso es un suspenso... Luego viene la etapa más aciaga, de la
violencia, posteriormente el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla y perdimos de vista el alma
máter, mejor dicho, creo que sentà que ya no era, como cuando se le muere la mamá a uno
y le ponen una madrastra.
SÃ, esa es una de las cosas que más
perplejidad nos ha causado: ver la destrucción de una institución tan valiosa.
La pulverizó desde fuera la pugna
politiquera, como casi ocurre con la Nacional desde dentro. Se vivÃan momentos de intenso
fanatismo. Lo que ustedes oyeron a Socarrás en el panel de la Universidad Pedagógica fue
cierto. Ustedes lo vieron conmocionarse cuando se mencionó el nombre de Laureano Gómez.
Desafortunadamente él destruyó la obra de Socarrás, su creación fértil para un paÃs
que la necesitaba como el que más. El cierre de la Normal Superior clausuró el mejor
comienzo cientÃfico del paÃs, experimento que no ha podido repetirse. Desmembraron el
alma máter, y su tradición no perduró en ningún segmento. Creo que fue resultado de
uno de tantos momentos polÃticos del paÃs en que la obnubilación partidista de sus
lÃderes puede más que la razón. Era una época de despertar nacional, con una lucha
entre fuerzas seculares y vientos nuevos. Y el ayer tuvo más poder. Sobre nuestra
generación de la Escuela Normal Superior habÃa renovaciones académicas venidas de
Europa que nuestras estructuras polÃticas no pudieron asimilar. HabÃa un equipo docente
con grandes maestros dispuestos a enseñar. Y al comando la mÃstica y la visión de
Socarrás, con una juventud común de nuestra patria, que actuó como cera para dejarnos
moldear y como esponjas para chupar conocimientos. Eramos lo joven frente a lo viejo y,
repito, perdimos la pelea. ¡Qué maravilloso serÃa profundizar acerca de estos momentos
polÃticos tan nuestros que se repiten cÃclicamente!
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Con su madre, MarÃa
Cancino de Gutiérrez, 1984. |
A excepción de los antropólogos, los
otros egresados han hecho muy poca mención de la Escuela Normal Superior y otros no
volvieron a decir que eran egresados de allá. ¿Qué opina de esto?
Fue por el estigma y la persecución que
nos siguieron. Solamente la racionalidad puede revaluar estas cosas. Quiero recalcar que
la Escuela Normal Superior fue un experimento insólito para olvidarlo. En la Escuela
Normal Superior no habÃan diferencias raciales, clasistas. Eramos normalistas. Era una
institución donde habÃa gente de todas las regiones del paÃs, de todos los estratos
sociales: negros, indios, pobres y desarrapados. Muchos de mis compañeros que luego
desempeñaron un gran papel, duraron dos años con el mismo traje, y para cambiarse
tenÃan que ponerse el vestido de dril con que llegaron de la tierra caliente. Pero
Socarrás no dejaba presentar a un muchacho sin afeitarse; el maestro le decÃa:
"tiene que hacer respetar su imagen; pobre, pero decoroso". Eso de la ruana y
toda esa parafernalia que apareció luego y todo ese caché de los antropólogos jóvenes
desgarbados y sucios, como vestidos por el enemigo. ¡No! Cuando fui profesora en la
Universidad Nacional, cada vez que dictaba clase iba lo más elegante que podÃa; para
mantener la imagen del maestro que nos inculcó Socarrás, porque el ejemplo educa más
que el sermón. Los estudiantes me preguntaban el porqué y yo les contestaba:
"Porque tengo mucho respeto por ustedes, y una de las maneras de mostrar a ustedes mi
profundo respeto es presentándome no con lujo pero sà decorosamente. Yo no voy a venir
como gitana que dejó la carreta, ni con ruana y con sandalias, sin medias, porque eso es
de mal gusto". Esas excentricidades son los bandazos de una generación sin
dirección, cuasiadolescente, producto del ambiente social y urbano de unas ciudades
crecidas demográficamente, donde se borraron los patrones de comportamiento, donde no
aparecieron otras pautas definidas. Al contrario, en la época de la Normal, en Bogotá,
una ciudad más pequeña y menos convulsionada, el maestro con menos alumnos era
accesible, cariñoso y afectuoso, dentro de unos lÃmites de respeto y distancia, y se
proyectaba directa y personalmente sobre nosotros. O esta era su pedagogÃa.
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En MedellÃn con sus
suegros a los 21 años.
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¿Con qué personas egresadas de la
Escuela Normal Superior mantiene usted relaciones en la actualidad? ¿Se acuerda de sus
compañeros de promoción?
¡Oh, claro que sÃ! Nosotros formamos un
clan, una tertulia que llamábamos "Seminario", en la época de mayor violencia
polÃtica. Ello significó nuestra tranquilidad racional. Para olvidar y estudiar lo que
ocurrÃa nosotros hacÃamos una reunión cada semana. El grupo estaba constituido por
DarÃo Mesa, Julio César Cubillos, Miguelito Fornaguera, Carlos Trujillo, MilcÃades
Chaves, Roberto Pineda y yo. Nos reunÃamos solos, sin esposas ni compañeras, para
discutir tradicionalmente hasta las dos de la mañana. Después tomábamos un chocolate
con pan y queso y cada uno se despedÃa y se iba para su casa habiendo presentado un tema
de profundización que habÃa hecho y sometido a nuestro dictamen acerbo.
¿Qué temas presentaban?
Comenzamos con un estudio de Nariño, su
economÃa, sus grupos indÃgenas y mestizos, sus carencias; luego sucesivamente otras
temáticas. En el momento más pugnaz de la lucha polÃtica, eso nos reconfortaba ante la
violencia y la falta de libertad. Eramos verdaderos hermanos, eran los lazos de amistad
más hondos que tuvimos siempre y éramos los mejores censores el uno del otro.
Presentábamos el trabajo que se iba a publicar y todos le caÃamos como gallinazos a
cuestionarlo y tenÃan que presentar documentos que confirmaran los asertos. Antes de
lanzar una publicación la presentábamos ante el grupo intelectual y nos sometÃamos a su
acerbÃa.
¿Constituyeron ustedes un equipo
interdisciplinario?
Interdisciplinario no, sà una familia
disciplinaria, para reflexionar sobre problemas concretos que cada uno estudiaba, o tenÃa
en su mira. Era una especie de grupo literario pero dentro sólo de las ciencias sociales.
Repito, eso nos reconfortó mucho, nos mantuvo vivos. Eran mis hermanos intelectuales y
los sigo adorando y respetando a todos ellos.
Hablando de ese tema, alguien nos
comentaba que ustedes también hacÃan unas reuniones, unas tertulias con algunos
profesores.
SÃ. Por ejemplo, Paul Rivet, Hommes,
Cirre, Vila, MartÃnez, etc., iban a nuestras pensiones de estudiantes pobres. Pero sin
embargo, compartÃan nuestra hospitalidad muy modesta, sin tragos y sin nada; se
discutÃan los temas y se hablaba con cierto nivel intelectual. Esta comensalidad no fue
cuando primÃparos. Ocurrió cuando éramos un poquito más cuajaditos y nos llevaron a
sus casas también. De hombre a hombre en el mundo intelectual nos comunicábamos como
pares pero con respeto. Nuestros profesores fueron nuestros amigos, nuestros reales
amigos.
¿Qué opina usted del profesor DarÃo
Mesa?
Es un hombre maravilloso, es una gran
personalidad. El no ha querido publicar siquiera algo de lo que sabe, porque se lo tragó
la docencia en la Universidad Nacional, pero la ha hecho con alma, vida y sombrero. Tiene
verdaderos discÃpulos. Mi hijo es creación suya y dice que en Berkeley para su master
y su doctorado lo que le sirvió fundamentalmente fue la enseñanza de DarÃo Mesa. Mi
esposo y yo seguimos comentando y discutiendo nuestros trabajos con él y su esposa. El
está muy actualizado siempre y sus criterios tienen la validez de lo racional, lástima
que se retrae tanto.
Orlando Fals Borda llamaba a muchos de
los egresados de la Escuela Normal Superior a trabajar en la recién creada facultad de
sociologÃa de la Universidad Nacional.
El, un mÃstico de la sociologÃa, tenÃa
mucha claridad en lo que le podÃamos aportar. ¡Lógico! yo fui la primera. Trabajaba en
el Instituto Colombiano de AntropologÃa de planta y dictando una cátedra de
antropologÃa en la Universidad Nacional, y entonces me dijo: "¿Quiere venirse para
aca?" y conociéndolo me trasladé. La Universidad Nacional sustituyó mi alma
máter, la Escuela Normal Superior, y entonces yo me hice entraña de la Nacional. Yo
reconozco la maravillosa tarea de Orlando Fals Borda y le doy mi gratitud a su apoyo. El
no censuraba ideas, daba oportunidades dentro de una gran liberalidad de pensamiento. El me
ayudó mucho en mis dos primeros libros de familia, que los hice mientras enseñaba,
gracias a sus estÃmulos.
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Con Roberto Pineda
Camacho, su esposo y compañero de investigaciones. |
¿Entonces la Universidad Nacional
hereda un poco el espÃritu de la Escuela Normal Superior?
Yo sà creo. Porque allá vamos a trabajar
Roberto Pineda, DarÃo Mesa, MilcÃades Chaves, Jaime Jaramillo Uribe, Blanca Ochoa de
Molina, Ernesto Guhl y yo.
Virginia, para finalizar, ¿por qué no
nos cuenta alguna anécdota que le haya ocurrido en su extensa vida de antropóloga?
Empezando mi primera investigación, sobre
"Organización social en la Guajira", me encontraba una tarde en la casa de una
de las mujeres más importantes de la zona de Maicao, Cristina, recién casada, me contaba
con orgullo que su esposo habÃa pagado por ella una dote de cientos de vacunos, mulares,
caprinos, más collares, piedras de tume, bolÃvares, etc.; y mientras hacÃa alarde de
ello, yo como mujer de otra cultura me sentÃa triste y adolorida de que todavÃa en el
paÃs existiera la compra de mujeres. Cuando ella terminó quedó esperando mis elogios,
pero yo, que no conocÃa todavÃa esa cultura a fondo, ni el significado profundo de lo
que oÃa, guardé profundo silencio. Entonces me preguntó: Virginia, ¿y tú cuánto
costaste? ¡Nada! le respondà orgullosa e indignada, y ella sintió una gran lástima por
mÃ: "Pobrecita, no le costaste ni siquiera unas chivas a Roberto". Después de
este suceso se distanció la comunicación entre nosotras. Más tarde, sabiendo más,
comprendà que cada una de nosotras veÃa las cosas desde su cultura y que en este sentido
tenÃa mucho que aprender.
PRODUCCION INTELECTUAL
Notas de campo sobre los indios
motilones, Bogotá, 1945, manuscrito.
Organización social en la
Guajira, Revista del Instituto Etnológico Nacional (Bogotá), 3, 1948.
Causas culturales de la
mortalidad infantil, Revista Colombiana de AntropologÃa (Bogotá), 7:1-125, 1955.
Alcohol y cultura en una clase
obrera; Bogotá, en Academia Colombiana de Historia, Homenaje al profesor Paul
Rivet, Bogotá, ABC, 1958, págs. 117-168 (Biblioteca de AntropologÃa).
En colaboración con Roberto Pineda
Giraldo, En el mundo espiritual del indio Chocó. Miscelánea Paul Rivet,
Octogenario Dicadata (México), 2: 435-462, 1958.
El paÃs rural colombiano; ensayo
de interpretación, Revista Colombiana de AntropologÃa (Bogotá), 7: 1-125, 1959.
Tensiones de odio en la pequeña
comunidad; antagonismos en los estratos sociales, Revista Colombiana AntropologÃa
(Bogotá). 9: 277-299, 1960.
La medicina popular en Colombia;
razones de su arraigo, Bogotá, Universidad Nacional, 1961, 117 págs. (MonografÃas
Sociológicas, núm. 8).
La familia en Colombia; estudio
antropológico, Bogotá, Centro de Investigaciones Sociales, 1962, 86 págs. (Serie
Socioeconómica, núm. 7).
La familia en Colombia; trasfondo
histórico, Bogotá, Universidad Nacional, 1963, 444 págs.
En colaboración con FALS BORDA,
Orlando y ZAMORA, J., Las ciencias sociales en la enseñanza y en la investigación
médica, en Medicina y desarrollo social, Bogotá, Ascofame Tercer Mundo,
1964.
Familia y cultura en Colombia, Bogotá,
Tercer Mundo - Facultad de SociologÃa, Universidad Nacional, 1968, 415 págs.
Tradicionalismo y familia y
trasfondo familiar del menor, Bogotá, Ascofame, 1973.
La condición jurÃdica y social
de la mujer como factor que influye en la fecundidad, Ponencia, Reunión de PaÃses
del Hemisferio Occidental sobre Condición de la Mujer, Santo Domingo, 1973.
Imágenes y papel de hombres y
mujeres en Colombia, en La mujer en América Latina, México, Septentas 1975.
Estructura, función y cambio de
la familia en Colombia, Bogotá, Ascofame, 1975-1976, 2 vols.
Status de la mujer en la familia,
en LEON DE LEAL, Magdalena (directora), La mujer y el desarrollo en Colombia, Bogotá,
Asociación Colombiana para el Estudio de la Población (Acep), 1977, págs. 317-394.
El gamÃn, su albergue social y
su familia, Bogotá, Unicef, 1978, 3 vols.
Medicina tradicional de Colombia;
el triple legado, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1985, 2 vols.
AntropologÃa médica, Bogotá,
1985.
Medicina tradicional y salud
pública, Bogotá, Universidad Nacional, 1986 (Cuadernos de AntropologÃa).
El patriarcalismo, dinámica y
conflictos, en preparación. |