Virginia Gutiérrez de Pineda:
una vida de pasión,
investigación y docencia

Parte 1
Parte 2

Parte 2

Una de las hipótesis que nosotros manejamos en la investigación sobre la Escuela Normal Superior es que allí se formó una elite intelectual bajo unos valores modernos que contrastaban con los de la época.

Ya algunos se los he señalado; por ejemplo, la posición racionalista ante los hechos vertidos hacia el conocimiento del país, no de lo foráneo; apreciar en su valor real las propias estructuras y las personalidades; borrar hasta donde podíamos los estigmas de etnicidad; revaluar los conceptos del hombre colombiano tratando de dar un perfil más objetivó; hacer un inventario de la realidad nacional en sus pros y sus contras; no sólo decir que Colombia es el país del café, las esmeraldas y el oro, sino el país de tantas cosas positivas latentes y negativas vigentes.

¿Qué relación percibe en este momento entre lo que era el régimen liberal y la formación de ustedes como intelectuales en unos nuevos valores?

Yo sí creo que lo liberal era la libertad de pensamiento solamente controlada por los principios racionales y la responsabilidad de la afirmación. Mientras que lo otro era el enclaustramiento y la permanencia en el pasado. Nunca me he detenido a pensar en eso, pero creo que eso era: lo secular se aceptaba sin cuestionamiento: acepta, traga entero y muévete en esa línea. En esa época todo estaba tocado de sagrado, y en nosotros, estudiantes de la Escuela Normal Superior de Socarrás, era atrevemos a cuestionar lo tabuizado. ¿Pero quién se atrevía antes a cuestionar sobre religión, sobre sexo, para mencionar dos temas que eran tabúes en la cátedra?

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Paul Rivet con su esposa en 1945.

¿Qué sintió cuando la Escuela Normal Superior fue desmontada? ¿Usted estaba aquí en el país?

Como a quién le apalean la madre, con una profunda sensación de frustración y de incapacidad para defender lo propio, creo, no sabría explicarlo. Nos encontrábamos en Colombia y perseguidos a morir.

¿Cómo se expresaba esa persecución?

¡Santo Dios! Desde todos los frentes. Botándolo del puesto, de cualquier sitio y no dejándolo hacer nada. Nos cercaron a todos. Nos quitaron el derecho al trabajo. Sobre todo porque teníamos un estigma: normalistas; vale decir comunistas, manera de lanzarnos a las tinieblas exteriores. Es que hoy decir que se es de izquierda es un crédito positivo, no en aquella época. Hoy da estatus a la persona. Decir: este profesional es de izquierda —y se espera que los jóvenes lo sean— es común; en cambio, decir: este estudiante es "godo" es como raro. Haber sido normalistas, era un inri que nos perseguía. Un día de estos le decía yo a Roberto —mi marido—: ¿qué epíteto existe hoy para denigrar a una personalidad? porque no vale ni homosexual, ni comunista, ni guerrillero, ni ateo, ¿no es cierto? Tal vez que sufre de sida. Así era por lo menos el ostracismo social que padecimos.

¿Y a ustedes cómo los señalaban?, ¿cómo normalistas?

¡No! como comunistas. El hecho de estudiar ciencias sociales era cosa peligrosa, estudiar la problemática era tabú, y más si nos atrevíamos a develar críticamente la realidad nacional. Hoy en día quién no lo haga no esta "in".

Aunque lo importante ahora, y todos lo sabemos hasta el hartazgo, es plantear soluciones ante los grandes conflictos del país, porque su realidad ya es evidente.

Para nuestra investigación hemos mirado mucha información de prensa, y hemos encontrado desde 1946 y en el mismo 9 de abril de 1948 publicaciones de El Siglo de este estilo: "Comunistas sabotean las clases en la Normal". ¿En la Escuela Normal Superior había grupos de saboteadores?

Ni de saboteadores ni de comunistas. ¡No! Estudiantes que pudieran manejar una ideología que se llamara comunista, ¡no! había grupos minoritarios cercanos a esa ideología, pero ellos no permeaban la cátedra en el sentido de boicotearla o destruirla. Si planteaban su posición, lo hacían con mucha lucidez y se cuestionaba y se discutía sin caer en el grito escueto, en la ofensa, o en la revuelta, como en el sesenta en la Universidad Nacional. Nunca fuimos anárquicos. Sí nos ponían a leer El Capital de Marx y estudiábamos la teoría del valor, sin que por eso fuéramos objeto y sujeto de la demagogia verbal. Por eso un día en clase, con tanta habladera de los muchachos sobre el cambio de estructuras, al fin dije: ¡Paremos esta clase, que no tiene sentido! Vamos a escribir en el tablero: ¿qué es estructura? Nadie lo sabía. Al fin, ayudando, empujando y obligando, logré que en la clase siguiente cada uno me trajera una definición de estructura desde el punto de vista sociológico y antropológico. Luego definimos cambio. ¿Qué vamos a cambiar, "doctores"? ¡Todo! Bueno, empecemos por todo, pero como no se puede cambiar todo al tiempo, ¿cuáles cambios primero? La tenencia de la tierra. ¿Cómo está caracterizada en nuestro país? Claro, nadie sabía. Posteriormente, estando en México, uno de los institutos de altos estudios de allí proyectó unos seminarios dos veces al año con un profesor alemán, especializado exclusivamente en Marx. Por relaciones de amigos, pude entrar en esos cursos. Nos enseñaba cogiendo cada punto de la teoría, cogiendo cada definición, especulando, proyectando y jugando con ella a la manera weberiana. Entonces me decía: este es el "tatequieto" que los muchachos de la Nacional necesitan. Esto lo hemos debido saber todos los profesores para poder catalizar y dirigir las inquietudes de nuestros muchachos. No es que ser de izquierda, maoísta, "mamerto" o lo que sea fuera pecado. Era un pecado que los profesores no supieran enseñar; los muchachos pidiendo cuerda, y los profesores como unas piedras que no alcanzaban a dar cuerda. Ese es el problema: no sabemos enseñar, ni tenemos qué enseñar. Estamos huecos, vacíos.

¿Por qué cree que están tan "vacíos" los profesores ahora?

Porque no los formaron, y si quiere lo digo en primera persona del plural: porque no estudiamos, porque no nos actualizamos, porque no investigamos. Fíjate que cuando sabes una cosa y la trajinas y la "muerdes" y la comentas, la lanzas y la recoges, ahí no eres vulnerable, o cada vez eres más modesto, porque al ahondar cada vez sabes menos queriendo saber más. Pero puedes dar algo cuando enseñas. Hay una mística que te empuja, un sentido de responsabilidad que tanto te martillaron Socarrás y Ester Aranda. Ellos nos inculcaron estos sentimientos y que la gratificación está en la entrega al discípulo y al país.

Estamos de acuerdo con usted en ese sentido; hay en todos nosotros un conformismo impresionante.

Tal vez en nosotros los profesores. No en los jóvenes que sí quieren saber. Lo lindo de esa generación nuestra, tan inquieta, era también su cuestionamiento. Lo malo fue que al momento social dado de la Universidad Nacional no podíamos responder a sus interrogantes. A nosotros sí nos respondieron, porque en la Escuela Normal Superior, cuando nosotros inquiríamos al profesor, él tenía atrás, en la maleta de su trasfondo mental, un bagaje cultural grandísimo y nos encendía el fuego de nuestra inquietud o nos lo apagaba con la respuesta precisa. Pero cuando al muchacho no hay quien le dé la respuesta sigue preguntando, o se pierde una inteligencia. Como cuando en el niño empieza el despertar del sexo y pregunta por qué crece una barriga. Entonces le dice la mamá que porque tiene lombrices, pues no puede o es incapaz de responderle con la verdad que inhibimos o ignoramos. Esa era más o menos la angustia de esos muchachos del 60 y 70 en la Universidad Nacional, una generación bellísima sin duda. Yo decía que allí llegó también la elite del talento nacional como llegó a la Normal Superior, pero que, a diferencia de ésta, faltaron mentes que la guiáramos a más fértiles destinos. Ellos los de la Nacional, no tuvieron un Socarrás y un equipo de profesores como el nuestro.

La otra vez usted contó en la Universidad Pedagógica, en un panel, que la prensa, en la etapa del desmonte de la Escuela Normal Superior, empezó a hablar mal de las mujeres, a cuestionar la moralidad de quienes estudiaban con hombres. ¿Salía algo en la prensa?

Yo no recuerdo si eran editoriales, pero en El Siglo se escribía que nosotras éramos promiscuas solo porque en la Escuela Normal Superior hombres y mujeres estudiaban juntos, y para afrenta sacaban iniciales de las estudiantes. Eran los editoriales más sucios que se puedan imaginar, la manera de extender la deshonra a la institución y acabarla. Eso debió de ocurrir en 1942 ó 1943. Pero nosotros no promiscuábamos; era, hagamos de cuenta, las monjitas adoratrices, en la pureza más completa. Viendo ahora lo que son las universidades y las relaciones hombre - mujer del momento, nosotras éramos las vírgenes del Sol, de acuerdo con las normas del momento. Nosotros queríamos era saber, estudiar, avanzar, y allí no se hacía ninguna rumba. Eramos ascéticos, con votos de pobreza, castidad y obediencia, como se nos inculcaba que debía ser el maestro.

¿Hasta qué punto una de las razones del bloqueo a la Escuela Normal Superior tiene que ver con el acceso que allí se daba a las corrientes modernas del pensamiento, en contraste con una sociedad que no evolucionaba?

Lo que estás señalando es evidente. Eso lo vivimos. Por ello muchos retornaron al pasado y se quedaron en sus puestos. Otros nos fuimos a las tinieblas exteriores. Eso mismo pasó en la generación mexicana de Tlatelolco: a unos se los tragó la droga, a otros los compró el gobierno y otros se perdieron y eran sólo unas elites de talento que cuestionaban un sistema.

Una de las herramientas que ayudó a la formación de ustedes como elite intelectual fue las bibliotecas de la Escuela Normal Superior, que tenía 50.000 volúmenes en 1951, y parece que no existe el inventario y que parte de la colección se perdió.

Cierto, parte de la colección debió de perderse, quién sabe a dónde fue a parar.

Otro egresado que entrevistamos nos dijo que se hizo una purga de libros y que tal vez algunos fueron quemados.

Pues seguramente. Yo, en ese campo, no podría asegurar nada, porque salimos de la Normal y no pudimos ver más, pero eso es muy posible.

Muchos de los libros fueron llevados a Tunja. Unos los botaron, otros los regalaron. Hubo libros de antropología que hablaban de evolución, del origen del hombre, que nunca fueron desempacados de las cajas, que después se perdieron. Por ejemplo, hemos estado buscando una revista que aparece en la ficha catalográfica de la biblioteca y se ha buscado en las estanterías y no aparece.

Se perdieron hasta las fichas de inscripción y todo el registro nuestro de calificaciones.

¿Cómo hacían ustedes para pedir un certificado de notas? ¿Qué problemas tuvieron?

Cuando nosotros nos fuimos a estudiar a los Estados Unidos, pedimos el certificado y no lo pudimos conseguir. Nos tocó llevar como constancia la libreta de calificaciones. Fue un hecho gravísimo. La respuesta era que esas notas no aparecían. Seguramente las quemaron, ¡qué demonios!, lo hicieron.

¿Tenían que ir ustedes a Tunja a pedir sus certificados?

¡Pues claro! Y en todo ese proceso, yo no sé qué hicieron todo. Eso es un suspenso... Luego viene la etapa más aciaga, de la violencia, posteriormente el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla y perdimos de vista el alma máter, mejor dicho, creo que sentí que ya no era, como cuando se le muere la mamá a uno y le ponen una madrastra.

Sí, esa es una de las cosas que más perplejidad nos ha causado: ver la destrucción de una institución tan valiosa.

La pulverizó desde fuera la pugna politiquera, como casi ocurre con la Nacional desde dentro. Se vivían momentos de intenso fanatismo. Lo que ustedes oyeron a Socarrás en el panel de la Universidad Pedagógica fue cierto. Ustedes lo vieron conmocionarse cuando se mencionó el nombre de Laureano Gómez. Desafortunadamente él destruyó la obra de Socarrás, su creación fértil para un país que la necesitaba como el que más. El cierre de la Normal Superior clausuró el mejor comienzo científico del país, experimento que no ha podido repetirse. Desmembraron el alma máter, y su tradición no perduró en ningún segmento. Creo que fue resultado de uno de tantos momentos políticos del país en que la obnubilación partidista de sus líderes puede más que la razón. Era una época de despertar nacional, con una lucha entre fuerzas seculares y vientos nuevos. Y el ayer tuvo más poder. Sobre nuestra generación de la Escuela Normal Superior había renovaciones académicas venidas de Europa que nuestras estructuras políticas no pudieron asimilar. Había un equipo docente con grandes maestros dispuestos a enseñar. Y al comando la mística y la visión de Socarrás, con una juventud común de nuestra patria, que actuó como cera para dejarnos moldear y como esponjas para chupar conocimientos. Eramos lo joven frente a lo viejo y, repito, perdimos la pelea. ¡Qué maravilloso sería profundizar acerca de estos momentos políticos tan nuestros que se repiten cíclicamente!

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Con su madre, María Cancino de Gutiérrez, 1984.

A excepción de los antropólogos, los otros egresados han hecho muy poca mención de la Escuela Normal Superior y otros no volvieron a decir que eran egresados de allá. ¿Qué opina de esto?

Fue por el estigma y la persecución que nos siguieron. Solamente la racionalidad puede revaluar estas cosas. Quiero recalcar que la Escuela Normal Superior fue un experimento insólito para olvidarlo. En la Escuela Normal Superior no habían diferencias raciales, clasistas. Eramos normalistas. Era una institución donde había gente de todas las regiones del país, de todos los estratos sociales: negros, indios, pobres y desarrapados. Muchos de mis compañeros que luego desempeñaron un gran papel, duraron dos años con el mismo traje, y para cambiarse tenían que ponerse el vestido de dril con que llegaron de la tierra caliente. Pero Socarrás no dejaba presentar a un muchacho sin afeitarse; el maestro le decía: "tiene que hacer respetar su imagen; pobre, pero decoroso". Eso de la ruana y toda esa parafernalia que apareció luego y todo ese caché de los antropólogos jóvenes desgarbados y sucios, como vestidos por el enemigo. ¡No! Cuando fui profesora en la Universidad Nacional, cada vez que dictaba clase iba lo más elegante que podía; para mantener la imagen del maestro que nos inculcó Socarrás, porque el ejemplo educa más que el sermón. Los estudiantes me preguntaban el porqué y yo les contestaba:  "Porque tengo mucho respeto por ustedes, y una de las maneras de mostrar a ustedes mi profundo respeto es presentándome no con lujo pero sí decorosamente. Yo no voy a venir como gitana que dejó la carreta, ni con ruana y con sandalias, sin medias, porque eso es de mal gusto". Esas excentricidades son los bandazos de una generación sin dirección, cuasiadolescente, producto del ambiente social y urbano de unas ciudades crecidas demográficamente, donde se borraron los patrones de comportamiento, donde no aparecieron otras pautas definidas. Al contrario, en la época de la Normal, en Bogotá, una ciudad más pequeña y menos convulsionada, el maestro con menos alumnos era accesible, cariñoso y afectuoso, dentro de unos límites de respeto y distancia, y se proyectaba directa y personalmente sobre nosotros. O esta era su pedagogía.

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En Medellín con sus suegros a los 21 años.

¿Con qué personas egresadas de la Escuela Normal Superior mantiene usted relaciones en la actualidad? ¿Se acuerda de sus compañeros de promoción?

¡Oh, claro que sí! Nosotros formamos un clan, una tertulia que llamábamos "Seminario", en la época de mayor violencia política. Ello significó nuestra tranquilidad racional. Para olvidar y estudiar lo que ocurría nosotros hacíamos una reunión cada semana. El grupo estaba constituido por Darío Mesa, Julio César Cubillos, Miguelito Fornaguera, Carlos Trujillo, Milcíades Chaves, Roberto Pineda y yo. Nos reuníamos solos, sin esposas ni compañeras, para discutir tradicionalmente hasta las dos de la mañana. Después tomábamos un chocolate con pan y queso y cada uno se despedía y se iba para su casa habiendo presentado un tema de profundización que había hecho y sometido a nuestro dictamen acerbo.

¿Qué temas presentaban?

Comenzamos con un estudio de Nariño, su economía, sus grupos indígenas y mestizos, sus carencias; luego sucesivamente otras temáticas. En el momento más pugnaz de la lucha política, eso nos reconfortaba ante la violencia y la falta de libertad. Eramos verdaderos hermanos, eran los lazos de amistad más hondos que tuvimos siempre y éramos los mejores censores el uno del otro. Presentábamos el trabajo que se iba a publicar y todos le caíamos como gallinazos a cuestionarlo y tenían que presentar documentos que confirmaran los asertos. Antes de lanzar una publicación la presentábamos ante el grupo intelectual y nos sometíamos a su acerbía.

¿Constituyeron ustedes un equipo interdisciplinario?

Interdisciplinario no, sí una familia disciplinaria, para reflexionar sobre problemas concretos que cada uno estudiaba, o tenía en su mira. Era una especie de grupo literario pero dentro sólo de las ciencias sociales. Repito, eso nos reconfortó mucho, nos mantuvo vivos. Eran mis hermanos intelectuales y los sigo adorando y respetando a todos ellos.

Hablando de ese tema, alguien nos comentaba que ustedes también hacían unas reuniones, unas tertulias con algunos profesores.

Sí. Por ejemplo, Paul Rivet, Hommes, Cirre, Vila, Martínez, etc., iban a nuestras pensiones de estudiantes pobres. Pero sin embargo, compartían nuestra hospitalidad muy modesta, sin tragos y sin nada; se discutían los temas y se hablaba con cierto nivel intelectual. Esta comensalidad no fue cuando primíparos. Ocurrió cuando éramos un poquito más cuajaditos y nos llevaron a sus casas también. De hombre a hombre en el mundo intelectual nos comunicábamos como pares pero con respeto. Nuestros profesores fueron nuestros amigos, nuestros reales amigos.

¿Qué opina usted del profesor Darío Mesa?

Es un hombre maravilloso, es una gran personalidad. El no ha querido publicar siquiera algo de lo que sabe, porque se lo tragó la docencia en la Universidad Nacional, pero la ha hecho con alma, vida y sombrero. Tiene verdaderos discípulos. Mi hijo es creación suya y dice que en Berkeley para su master y su doctorado lo que le sirvió fundamentalmente fue la enseñanza de Darío Mesa. Mi esposo y yo seguimos comentando y discutiendo nuestros trabajos con él y su esposa. El está muy actualizado siempre y sus criterios tienen la validez de lo racional, lástima que se retrae tanto.

Orlando Fals Borda llamaba a muchos de los egresados de la Escuela Normal Superior a trabajar en la recién creada facultad de sociología de la Universidad Nacional.

El, un místico de la sociología, tenía mucha claridad en lo que le podíamos aportar. ¡Lógico! yo fui la primera. Trabajaba en el Instituto Colombiano de Antropología de planta y dictando una cátedra de antropología en la Universidad Nacional, y entonces me dijo: "¿Quiere venirse para aca?" y conociéndolo me trasladé. La Universidad Nacional sustituyó mi alma máter, la Escuela Normal Superior, y entonces yo me hice entraña de la Nacional. Yo reconozco la maravillosa tarea de Orlando Fals Borda y le doy mi gratitud a su apoyo. El no censuraba ideas, daba oportunidades dentro de una gran liberalidad de pensamiento. El me ayudó mucho en mis dos primeros libros de familia, que los hice mientras enseñaba, gracias a sus estímulos.

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Con Roberto Pineda Camacho, su esposo y compañero de investigaciones.

¿Entonces la Universidad Nacional hereda un poco el espíritu de la Escuela Normal Superior?

Yo sí creo. Porque allá vamos a trabajar Roberto Pineda, Darío Mesa, Milcíades Chaves, Jaime Jaramillo Uribe, Blanca Ochoa de Molina, Ernesto Guhl y yo.

Virginia, para finalizar, ¿por qué no nos cuenta alguna anécdota que le haya ocurrido en su extensa vida de antropóloga?

Empezando mi primera investigación, sobre "Organización social en la Guajira", me encontraba una tarde en la casa de una de las mujeres más importantes de la zona de Maicao, Cristina, recién casada, me contaba con orgullo que su esposo había pagado por ella una dote de cientos de vacunos, mulares, caprinos, más collares, piedras de tume, bolívares, etc.; y mientras hacía alarde de ello, yo como mujer de otra cultura me sentía triste y adolorida de que todavía en el país existiera la compra de mujeres. Cuando ella terminó quedó esperando mis elogios, pero yo, que no conocía todavía esa cultura a fondo, ni el significado profundo de lo que oía, guardé profundo silencio. Entonces me preguntó: Virginia, ¿y tú cuánto costaste? ¡Nada! le respondí orgullosa e indignada, y ella sintió una gran lástima por mí: "Pobrecita, no le costaste ni siquiera unas chivas a Roberto". Después de este suceso se distanció la comunicación entre nosotras. Más tarde, sabiendo más, comprendí que cada una de nosotras veía las cosas desde su cultura y que en este sentido tenía mucho que aprender.

PRODUCCION INTELECTUAL

Notas de campo sobre los indios motilones, Bogotá, 1945, manuscrito.

Organización social en la Guajira, Revista del Instituto Etnológico Nacional (Bogotá), 3, 1948.

Causas culturales de la mortalidad infantil, Revista Colombiana de Antropología (Bogotá), 7:1-125, 1955.

Alcohol y cultura en una clase obrera; Bogotá, en Academia Colombiana de Historia, Homenaje al profesor Paul Rivet, Bogotá, ABC, 1958, págs. 117-168 (Biblioteca de Antropología).

En colaboración con Roberto Pineda Giraldo, En el mundo espiritual del indio Chocó. Miscelánea Paul Rivet, Octogenario Dicadata (México), 2: 435-462, 1958.

El país rural colombiano; ensayo de interpretación, Revista Colombiana de Antropología (Bogotá), 7: 1-125, 1959.

Tensiones de odio en la pequeña comunidad; antagonismos en los estratos sociales, Revista Colombiana Antropología (Bogotá). 9: 277-299, 1960.

La medicina popular en Colombia; razones de su arraigo, Bogotá, Universidad Nacional, 1961, 117 págs. (Monografías Sociológicas, núm. 8).

La familia en Colombia; estudio antropológico, Bogotá, Centro de Investigaciones Sociales, 1962, 86 págs. (Serie Socioeconómica, núm. 7).

La familia en Colombia; trasfondo histórico, Bogotá, Universidad Nacional, 1963, 444 págs.

En colaboración con FALS BORDA, Orlando y ZAMORA, J., Las ciencias sociales en la enseñanza y en la investigación médica, en Medicina y desarrollo social, Bogotá, Ascofame— Tercer Mundo, 1964.

Familia y cultura en Colombia, Bogotá, Tercer Mundo - Facultad de Sociología, Universidad Nacional, 1968, 415 págs.

Tradicionalismo y familia y trasfondo familiar del menor, Bogotá, Ascofame, 1973.

La condición jurídica y social de la mujer como factor que influye en la fecundidad, Ponencia, Reunión de Países del Hemisferio Occidental sobre Condición de la Mujer, Santo Domingo, 1973.

Imágenes y papel de hombres y mujeres en Colombia, en La mujer en América Latina, México, Septentas 1975.

Estructura, función y cambio de la familia en Colombia, Bogotá, Ascofame, 1975-1976, 2 vols.

Status de la mujer en la familia, en LEON DE LEAL, Magdalena (directora), La mujer y el desarrollo en Colombia, Bogotá, Asociación Colombiana para el Estudio de la Población (Acep), 1977, págs. 317-394.

El gamín, su albergue social y su familia, Bogotá, Unicef, 1978, 3 vols.

Medicina tradicional de Colombia; el triple legado, Bogotá, Universidad Nacional de Colombia, 1985, 2 vols.

Antropología médica, Bogotá, 1985.

Medicina tradicional y salud pública, Bogotá, Universidad Nacional, 1986 (Cuadernos de Antropología).

El patriarcalismo, dinámica y conflictos, en preparación.