El
apolillado reino de la fantasía absoluta
La flor de lilolá
Luis Fernando Macías.
Editorial del propio bolsillo, Medellín, 1986, 74 págs.
"La flor de lilolá dice
Luis Fernando Macías es una antigua leyenda española que, como la mayoría de los
cuentos de la tradición oral, asumió muy diversas transformaciones en los países de
América Latina. En Centroamérica es la historia de un joven que consigue la mágica flor
para salvar a su padre de la ceguera [. . .] En Argentina se llama La Flor de Lirolay y en
Antioquia alcanza un número aún no determinado de versiones, desde el pícaro argumento
del engaño amoroso, hasta la síntesis que en este volumen pongo en consideración del
público infantil colombiano, la cual recuerda [sic] obras tan grandes como Ruslán y
Ludmila, La bella durmiente del bosque y La Odisea de Homero".
Buscando un escenario reconocible para su
relato, Macías transplanta la leyenda al Valle de Aburrá. Allí, al explorar las
posibilidades mágicas y eróticas del paisaje montañero, ve en los cerros El Picacho,
Nutibara y Pandeazúcar los cuerpos voluptuosos de las tres Hespérides cabalgando sobre
sendas partes del mago Seón: una muy lograda "eternización plástica" a la
manera del cuento mitológico, y éste es el cuadro por donde la historia comienza y por
donde se muerde la cola.
Diana, la bella ninfa que juguetea entre
los arbustos, siente un buen día el llamado de la naturaleza. Se suceden los combates
entre Enoc y Andino, que luchan por los favores de la hermosa Diana. Aparece luego el mago
Seón, quien sume a la princesa en un sueño eterno del que sólo puede arrancarla el
perfume de la mágica flor. Enoc y Andino marchan al país del "nuncajamás". En
el jardín de las Hespérides reviven la lucha hercúlea contra el dragón de las cien
cabezas, al que derrotan con la espada invencible. Y en el jardín descubren la flor de
lilolá.
Este destilado de la leyenda que Macías
ofrece al público infantil, tiene el inconveniente de no alcanzar los términos del
genuino relato fantástico. Aquí el mito o la fábula o la leyenda o la parábola,
o cualquier otro rótulo con que se quiera designar este tipo de trabajo alcanza
grado tal de abstracción fantástica, que el espacio, el tiempo, los personajes, la misma
anécdota se difuminan, se hacen evanescentes, irreales, atraviesan las fronteras de la
propia verosimilitud de lo fantástico. Porque, de suyo, el relato fantástico debe
proponer unos términos de credibilidad, debe cumplir unas leyes que permitan acceder a
esa otra instancia de la realidad, a la realidad mágica. Lo dice un fabulador curtido
como García Márquez: "Uno no puede inventar o imaginar lo que le dé la gana,
porque corre el peligro de decir mentiras, y las mentiras son más graves en la literatura
que en la vida. Dentro de la mayor arbitrariedad aparente, hay leyes. Uno puede
quitarse la hoja de parra racionalista a condición de no caer en el caos, en el
irracionalismo total" (El olor de la guayaba, pág. 31).
En La flor de lilolá, Macías se
escapa de los linderos del bosque del cuento de hadas; se mete temerariamente en una terra
incógnita de la literatura; en las palabras mágicas de su cuento, "traspasa la
barrera de la realidad para llegar al mundo de la fantasía" (pág. 43) sin un
abracadabra. Su astrolabio sigue así la estrella que guió al "Príncipe de la
Alienación hecho a la mar con rumbo a Isla Soledad en su buque Tarot, vuelto de espaldas
con su capa de Eternidad, apestando a bolas de alcanfor", según ironizó Tom Wolfe
sobre los esfuerzos de los fabulistas de nuevo cuño.
Entre líneas, en un nivel recóndito,
acaso inconsciente, el autor de este opúsculo parece reconocer las inconsistencias de su
intento al tratar de construir el parapeto aparentemente simple de un cuento infantil.
Pero es difícil engañar a los niños con trucos que convierten lo potencialmente
fantástico en burdamente fantasioso. Tal vez literal, que no metafóricamente, se eche de
ver este problema cuando intenta la invención, la resolución de algunos problemas
mágicos de su relato con fórmulas traídas de los cabellos, como en este fragmento:
"Enoc se colgó de los largos cabellos de Seón y preguntó: ¿Dónde está la
flor de Lilolá? En la mitología del pueblo romano, respondió el mago. Sin
soltarse de los cabellos, Enoc volvió a preguntar: ¿Qué debo hacer para
conseguirla? Debes viajar al otro lado del mundo y buscar el jardín de las
Hespérides [
] La voz del mago desapareció definitivamente. Enoc cayó, quedando
con tres pelos del cabello de Seón. Esto los hizo felices porque [. . .] podían
invocar su ayuda tres veces tres ". Traídos de los cabellos de Seón, Enoc y Andino
"cruzan la barrera de la fantasía".
"Pero hasta la fantasía necesita
anclarse en la realidad, en algo que nos recuerde lo reconocible, lo humano. Sin eso,
falta el poder de la vida y el del arte", como advierte Truman Capote en Se oyen
las Musas (pág. 194). Doble ausencia en este relato, la cual pretende suplantarse con
el uso de fórmulas resabidas, tomadas de los clásicos del cuento infantil (los hermanos
Grimm, Las mil y una noches) o de la mitología (no muy sutil reencauche de los
trabajos de Hércules).
Don Tomás Carrasquilla siempre supo que
lo posible no siempre encajaba "por las buenas" dentro de lo probable.
"Había que quemarse las pestañas". Lo prueba ese cuento fantástico magistral
que es En la diestra de Dios Padre, en el que sobrevive un espacio mítico
verosímil, lleno de encanto y de fuerza, con el convincente poder de esta vida, de ésta
realidad real. Su héroe no enfrenta al monstruo del jardín de las Hespérides, sino a la
Parca "con la güesamenta muy lavada, y en la mano derecha la dejarretadera encabada
en un palo negro muy largo [y en la otra mano] un manojito de pelos que parecían hebritas
de bayeta, para probar el filo de la herramienta
" (Cuentos, pág. 50). Pero
para que en el páramo no hablen de provincianismo y de color local, hay que decir que el
cuento del viejo Carrasca se sustenta en los siete octavos invisibles del iceberg de una
tradición literaria universal.
"La fantasía de nuevo García
Márquez, la invención pura y simple, sin ningún asidero en la realidad, es lo
más detestable que puede haber [. . .] Tampoco a los niños les gusta la fantasía. Lo
que les gusta, por supuesto, es la imaginación. La diferencia que hay entre la una y
la otra es la misma que hay entre un ser humano y el muñeco de un ventrílocuo". (Op.
cit., pág. 31. Enfasis añadido).
RAUL JOSE DIAZ |