¿Una
crítica académica de la heterodoxia?
La sátira y la antipoesía de
Luis Carlos López
James J. Alstrum
Banco de la República, Bogotá, 1986, 234 páginas.
El académico estadounidense James
J. Alstrum es uno de los estudiosos más importantes de la poesía colombiana que hay en
su país. En una época literaria dominada por la narrativa y por una crítica literaria
que ha hecho sus armas en el estudio de esa narrativa, la posición de Alstrum es
admirable. Su soledad en este campo de estudios es tanto más valiosa cuanto que se trata
de una poesía escrita en una lengua cuyos paradigmas cuyas incontables
posibilidades asociativas no deriva con la misma frescura de un lector
hispano-parlante.
A un riesgo James J. Alstrum ha agregado
otro, a éste un tercero: dentro del espacio aventurado que la poesía representa para los
estudios literarios contemporáneos, el crítico estadounidense ha elegido, pues, aquella
poesía de una lengua que ama y que sabe distinta de la suya; y dentro de esa poesía su
atención se ha inclinado, además, por la obra de un poeta como Luis Carlos López, que
quiso apartarse siempre de esa ortodoxia académica en que Alstrum se ha educado.
El estudio que aquí se reseña es,
según palabras del autor "esencialmente una revisión cuidadosa de la tesis doctoral
que presenté en la Universidad de Vanderbilt en los Estados Unidos" (Pág. 5). El
énfasis de esta declaración quiere distraer al lector antes que encarecerle la penosa
tarea de quien corrige un texto de su juventud. Esa declaración es, ante todo, una
disculpa: el libro de Alstrum no se despoja, pese a la revisión minuciosa, de sus
limitaciones académicas.
No es sólo que el estudio se ciña al
previsible itinerario de una introducción, un desarrollo y una conclusión después
de todo, el lector puede apreciar la claridad de este formato, aunque parezca a veces poco
divertido. Lo que resulta más limitante, más empobrecedor, es el esquematismo de
que adolecen sus observaciones, ese mecanismo suyo que no acaba nunca de abrirse al
espacio de indeterminación e incertidumbre que es propio de toda heterodoxia literaria.
El estudio define su orientación a
partir de una comparación entre la obra de Luis Carlos López y la de Nicanor Parra.
Alstrum se sirve de esa comparación para describir la obra de López como la
manifestación de una antiliteratura y caracterizarla, por tanto, como la obra de "el
primer antipoeta hispanoamericano" (Pág. 161). Más allá del vago privilegio de
inaugurar una postura literaria (o para el caso, antiliteraria), la comparación entre
López y Parra es aparentemente valiosa: parece abrir nuevas posibilidades a la lectura
del poeta cartagenero y, además, quiere situar su obra en un contexto más amplio que el
del antimodernismo o posmodernismo en que acostumbra situarlo la crítica.
La dificultad se presenta, sin embargo,
en el momento de definir la antiliteratura. Alstrum la concibe como el resultado de una
mecánica oposición a la literatura y en esa oposición localiza la clave de la
evolución literaria como si la historia de la literatura consistiera en una sencilla
sucesión de períodos poéticos y períodos antipoéticos. Así pues, al describir el
proceso literario anota que "durante toda la historia de la escritura literaria se
observa una continua evolución que se basa en la reacción de cada generación contra las
creaciones de la generación anterior" (Pág. 14).
Desafortunadamente, Alstrum no ha
supuesto que la partícula anti es ilusoria, que el término antiliteratura es
más la designación de un ismo, de una actitud literaria, que la formulación de
un proceso histórico. De este modo, el crítico estadounidense ha cedido a la comodidad
de esas oposiciones que establece la razón para preservar una lógica clara y distinta en
el desarrollo de los sucesos, para conservar un orden, cierta integridad y, en
consecuencia, al ocuparse en una obra que él mismo define como una poesía de ruptura, no
cesa de defender una continuidad:
Aunque los antipoetas como López o
Parra se acercan a los textos de sus modelos literarios con una perspectiva invertida e
irreverente, no pueden aniquilar la poesía ni librarse de la palabra heredada. La
función primordial del antipoeta es crear poesía. Cuando el lenguaje de su antecesor ya
se ha hecho ritual y las imágenes y metáforas que lo componen han degenerado en clisés
y fórmulas gastadas. el antipoeta las ridiculiza y las invierte para crear una retórica
nueva. No obstante, los elementos del anterior lenguaje poético quedan en la retórica
nueva como puntos de referencia que no pueden ser completamente borrados. [Págs. 20-21].
En el estudio no se dice cuáles sean
esos elementos imborrables, sobrevivientes de todo tiempo, incorruptibles frente a los
más fanáticos desplantes literarios, pero el lector puede figurárselos como
constitutivos de eso que tan vagamente llamamos tradición y que pudiera definirse
como el espacio en que quisiéramos anular toda heterodoxia, todo signo de dispersión o
de discontinuidad. En la idea de tradición la crítica académica ha encontrado
por siglos la posibilidad de su coherencia y de su legitimidad. La tradición es su
bastión, y dentro de él nada, ni lo más disímil, puede perturbar su autoridad.
Alstrum, acrobáticamente, llega a hablar de una "tradición de la heterodoxia";
dicho en sus propias palabras, de una "tradición hispánica de la
antiliteratura"(Pág. 11).
El recurso literario que mejor ilustra
los problemas de la tradición es el de la parodia. El estudio no la define con
precisión, pero el término se menciona incontables veces en sus páginas. De estas
menciones se puede inferir que Alstrum concibe la parodia sencillamente como una
expresión invertida del mundo. La cita de otro autor, muy reconocido, autoriza al
crítico estadounidense para pensarlo: "Federico de Onís acierta, en su Antología
de la poesía española e hispanoamericana, al describir la poesía posmodernista de
López como el modernismo visto al revés "(Pág. 15).
Pero los mecanismos de la parodia no son
simplemente los de una inversión ni la poesía de Luis Carlos López se limita a ser un
modernismo al revés, aunque lo diga Federico de Onís para tranquilidad de quienes aman
las clasificaciones. De lo contrario, la única perspectiva desde la cual podría leerse
la obra de López sería desde una perspectiva modernista con lo que se preservaría, de
todas maneras, una continuidad de la tradición, y nada más ajeno a las literaturas
heterodoxas que la conservación de una continuidad o la defensa de una hegemonía. Su
espacio es menos preciso, más incierto, y deriva entre las diversas corrientes literarias
sin otro propósito que su propia indeterminación.
En este sentido y dado que la parodia se
constituye siempre a partir de otros textos, Alstrum hace bien en trazar el ámbito
literario en que se produce la obra del poeta cartagenero (capítulo III), esto es, al
compararla con la obra de Julio Flórez, José Asunción Silva, Rubén Darío, Guillermo
Valencia y Julio Herrera y Reissig, pero por desgracia no precisa la intercomunicación
que existe entre esas obras, la presencia del texto parodiado en el texto que parodia.
Fiel a su estricto esquema racionalista, le basta con inventariar sus semejanzas y
diferencias.
Siempre se percibirá una rigidez
teórica en estas reparticiones entre lo que pertenece a lo uno y lo que pertenece a lo
otro. Su claridad lógica se paga al precio de la artificialidad y somete el texto
literario al maniqueísmo pedagógico de las clasificaciones. Un poema no se escribe para
que sea modernista o antimodernista, literario o antiliterario. En su espacio conviven las
más diversas tendencias. Alstrum lo ha percibido de un modo muy vago al analizar la
relación que existe entre los poemas de López y los epígrafes que irónicamente quieren
ilustrar, pero no ha profundizado en esa coexistencia de una versión y una inversión
dentro del mismo poema.
A mediados de 1951, Nicolás Guillén
publicó un articulo titulado "La carcajada dolorosa de Luis Carlos López".
Alstrum lo considera una feliz definición de la poesía del escritor colombiano. Podemos
aceptar ese juicio: ni un dolor ni una risa; una criatura distinta que subsiste más allá
de esas antinomias que el estudio del crítico estadounidense no ha superado. Y no
obstante, precisamente porque pone en evidencia esas antinomias, porque esas antinomias
delatan los límites de sus presupuestos teóricos, el trabajo de James J. Alstrum sobre
la obra de Luis Carlos López puede ser considerado como un punto de partida. Los lectores
del futuro podrán olvidarlo, como seguramente olvidarán las líneas de esta reseña. Las
discusiones sobre la ortodoxia y la heterodoxia les parecerán tan antiguas e irreales
como los ángeles de Bizancio.
EDUARDO JARAMILLO Z. |