El escritor y el pintor: Lucha de contrarios


Obregón
Juan Gustavo Cobo Borda
Editorial La Rosa, Bogotá, 1985, 94 páginas.


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Hay libros malos y hay temas malos. En esta ocasión el poeta y crítico se equivocó en la elección del artista, o mejor dicho: eligió un mal momento. El autor es perfectamente consciente de esta barrera. Así, lo más interesante en este libro sobre la vida y obra de Alejandro Obregón es observar un texto elusivo, sujeto a divagaciones y evasiones de las épocas en que la pintura del artista cae en un inmenso pozo de "brillo" y decadencia. En estos ires y venires de una escritura pausada, con respiración y silencios, encontramos un defecto que no tiene que ver con la franqueza, sino con una "forma de ser", muy bogotana, donde prima un comportamiento educado y respetuoso sobre la necesidad de aclarar ciertos vacíos acerca de la obra del maestro.

De ninguna manera se puede ver la totalidad de la obra pictórica de Obregón como un trabajo de gran coherencia, ya que ella demuestra lo contrario; todo, paulatinamente, desarrolla un concepto más desigual. Y el autor lo sabe cuando en la introducción anota: "Con los cóndores de 1957, y no en Barcelona, España, en 1920, nace un pintor. Toros; volcanes de 1959; manglares del 60, aves cayendo al mar, en el 62; barracudas en el 63. Finalmente, en el 66, Los huesos de mis bestias. Aquí me detengo". Nada casual resulta esa frase introductoria que llega, sólo, cuando comienza la dulce decadencia y la fatal grandilocuencia del trabajo de Obregón. Cobo también afirma: "La década del 60, es la década suya por excelencia".

El libro tiene encuentros y desencuentros. Nuevamente oímos la gastada frase de Obregón: "La pintura es el arte del silencio". Parecería que la pintura, como el pensamiento, tiene sólo algunos momentos lúcidos y después se repite. La frase, por su uso, ha entrado en la completa sordina. Todo cae en un vacío inconmensurable, ya no hay presente, todo es la evocación de un pasado pretérito.

En el desarrollo de sus afirmaciones y excusas, Cobo encuentra otra frase aclaratoria cuando afirma: "la cronología de un pintor no es nunca temporal: es siempre temperamental". Así, son los ciclos los que marcan la historia personal, donde se esconde el ser humano con sus aciertos y desaciertos, pero que en este caso no se quiere enfrentar abiertamente. La crítica está velada por una actitud condescendiente. Debería estar claro el cambio rotundo en la obra de Obregón durante el decenio del 70, cuando abandona la pintura y se dedica a la ilustración en acrílicos brillantes. La figura humana lo invade y lo atrapa; así las evocaciones míticas y mágicas de Colombia se convierten en panfleto turístico para la promoción del país en el exterior.

Existe mucha resistencia en aceptar al Obregón decadente, y hay más de una explicación para ello. Una puede ser el fenómeno vanguardista de los costeños. Marco Palacios, en un ensayo titulado "La clase más ruidosa" 1, analiza cómo en el siglo XIX dominó la cultura bogotana, que expresaba "de un modo multifacético el aislamiento geográfico, cultural, comercial y político de Bogotá. El tono menor de esta pasividad sería, por ejemplo, el sentimiento nostálgico de finales del siglo XIX por el pasado colonial, por un Bogotá con el cachet de una verdadera población española". Obregón está montado en el tren de la costeñización que conduce García Márquez y a la que dio combustible López Michelsen con sus tácticas electorales.

Como vemos en el libro, Obregón cumple entonces varios requisitos: tiene el abolengo español, forma parte del Grupo de Barranquilla y es ahora integrante símbolo de la nueva "clase más ruidosa". Todo este fondo sociológico también tiene que ver con el propósito inicial del libro, el cual, por su moderado costo y el empeño de una empresa del Estado, llegaría también a las clases populares. Por eso debía llevar párrafos enteros describiendo los abolengos de Obregón y su distinguida procedencia. No fue el estatus lo que hizo de él un buen pintor, y no por ello dejó de serlo.

Walter Engel y Marta Traba se refirieron a la obra de Obregón como un hecho y como una muestra de expresionismo romántico. Se referían a la buena época de Obregón, cuando su obra estaba llena de rigor. Cobo encuentra un nuevo denominador para su pintura "reciente": figuración expresionista, y allí da una nueva visión de lo que es su pintura y le recorta todos los elementos que lo hicieron ser grande: la magia, el lirismo, la nostalgia, la visión evocativa. Todo, ahora, queda paralizado en un momento pictórico, y reducido a la anécdota figurativa. El libro de Juan Gustavo Cobo sobre Obregón es una lucha de contrarios. El quiere escribir para no decir, se subrayan ciertos puntos para omitir los otros; y Obregón se desboca ante la modernidad en una experiencia efímera. Ya sólo nos queda un libro más y la nostalgia.

ANA MARIA ESCALLON

NOTAS:

1 Revista Eco, No. 254 diciembre de 1982.